Teología bíblica

Cómo se relaciona el éxodo con el bautismo y la Cena del Señor

Artículo
05.08.2021

La tarea de la Iglesia se puede describir de muchas maneras, pero una de las más evocadoras es esta: estamos llamados a vivir el éxodo. Como cristianos, tenemos una dramática historia de fondo: de esclavitud y liberación, o de Pascua y escape. Pero la gente que nos rodea, que se ocupa de sus asuntos diarios, no reconoce a los faraones; y muchas veces incluso nosotros, no vemos cómo se desarrolla la historia en la vida de la iglesia, y mucho menos en el mundo. Así que, parte de la tarea de la iglesia es amplificar la melodía de la redención de Dios, para que ellos, y nosotros, podamos escucharla como lo que realmente es.

EL BAUTISMO Y EL ÉXODO

Una manera precisa de hacer esto es celebrando las ordenanzas. Jesús dio dos ordenanzas a su iglesia, y ambas recrean el éxodo. En el bautismo, celebramos el entierro del hombre viejo, el paso de la muerte a la vida y el ahogamiento de nuestros enemigos en las inundaciones. En la Cena del Señor, recordamos cómo Dios nos redimió de la esclavitud al pecado y a la muerte mediante la sangre de un Cordero, uniéndonos a él y a los demás.

Siempre que bautizamos a alguien o compartimos la Cena del Señor, estamos testificando tanto a nosotros mismos como al mundo que nos rodea que todos hemos conocido la esclavitud. Pero que ahora, todos tenemos esperanza porque el Dios de Israel se ha involucrado para liberarnos y llevarnos triunfalmente a vivir en una tierra que fluye leche y miel.

No obstante, estamos incluso diciendo más que eso. En el bautismo, no solo declaramos nuestra liberación del Faraón del pecado, sino que también declaramos nuestra nueva identidad como un reino de sacerdotes para Dios. En el bautismo, somos bautizados en el Profeta prometido que es más grande que Moisés. Nos manifestamos como los que se unieron a la muchedumbre de un nuevo pueblo, nacidos de nuevo mediante la liberación divina; se nos ve como siendo guiados por la columna del Espíritu a la nueva creación.

En el bautismo, somos lavados en las mismas aguas que fueron divididas en el segundo y tercer día de la creación, traídas a través de las aguas del Diluvio, llevadas a través de la prueba del vado del Jaboc y sacadas del Mar Rojo. En el bautismo, nuestros cuerpos están rubricados para la resurrección, para la entrada a la nueva creación. Caminamos por el camino de Jesucristo: el camino del éxodo. Y al pasar por las aguas del bautismo, nos unimos a Moisés y Miriam en la otra orilla del mar, cantando tanto lo que Dios ha hecho como lo que hará, sabiendo que el Dios que retuvo las aguas del Mar Rojo las llevará al Jordán.

LA CENA DEL SEÑOR Y EL ÉXODO

Algo similar ocurre con la Cena del Señor. Cada vez que la celebramos, nos recuerda la última cena y, más allá de eso, evoca todos los muchos éxodos y pascuas que la precedieron. No en vano nos dijo Jesús: «Hagan esto, todas las veces que lo beban, en memoria de mí» (1 Corintios 11:25). Al mismo tiempo, también nos muestra lo que nos aguarda en el futuro: la gran cena de bodas, para la cual el pan y el vino son solo el plato de entrada: «No volveré a beber del fruto de la vid hasta ese día cuando lo beba de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre» (Mt. 26:29).

O, como dijo Pablo: «todas las veces que comiereis este pan, y bebierais esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Corintios 11:26). Mientras partimos el pan y compartimos la copa, somos Josué y Caleb, recordando la comida de la Pascua. Pero también estamos probando las uvas de Escol y deleitándonos con el vino que vendrá (Nm. 13: 23-24).

EL ÉXODO Y LA VIDA CRISTIANA

Esta representación simbólica del éxodo, nos traslada a una clave cristiana, se completa y amplifica con el resto de nuestro culto semanal. Cantamos canciones de redención y rescate. Oramos al Dios que escucha nuestros clamores por liberación y le agradecemos por sus poderosos actos. Leemos y estudiamos la historia del pueblo de Dios. Traemos ofrendas económicas para la casa de Dios. Somos enviados, en el poder del Espíritu, con el conocimiento de que el viaje aún no ha terminado.

Mientras vivimos nuestra vida diaria en el desierto, confiamos en la provisión de Dios para nuestra agua, nuestra ropa y nuestro pan de cada día. Seguimos la nube de la presencia de Dios dondequiera que vaya. No vivimos solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt. 4:4). Renunciamos a la adoración de ídolos y todo lo que conlleva: inmoralidad sexual, injusticia, codicia, embriaguez, rebelión, murmuración e incredulidad. Predicamos el evangelio de la redención a quienes nos rodean. Cuando enfrentamos oposición —ya sea de los enemigos del pueblo de Dios (Amalec), de charlatanes religiosos (Balaam), de las tentaciones de pecar (Moab) o de nuestra propia carne— nos mantenemos firmes. Cuando nos encontramos con aquellos que no conocen al Señor, los invitamos como Moisés invitó a Hobab: «Ven con nosotros y te haremos bien, porque Jehová ha prometido el bien a Israel» (Nm. 10:29).

También vivimos como aquellos que recientemente han sido liberados de siglos de opresión; es decir, con una opción preferencial por los pobres y el compromiso de defender la causa de aquellos que han sido abusados, intimidados, capturados, privados de sus derechos, esclavizados, olvidados, excluidos, odiados, ignorados, juzgados, asesinados, linchados, marginados, etc.

La gente del éxodo sabe lo que significa ser reducido al polvo por aquellos que tienen poder. Por eso, siempre que vemos lo que les sucede a otros —minorías raciales, esclavos, mujeres vendidas, pobres, niños por nacer, refugiados, personas sin hogar, personas con discapacidades, extranjeros, huérfanos y viudas — nosotros actuamos. Marchamos. Hablamos. Oramos. Invitamos. Damos. Usamos nuestro poder para servir los intereses de quienes no lo tienen, porque el éxodo nunca fue solo para nosotros. Gente libre hace libre a otra gente.

EL ÉXODO Y NUESTRA EXPECTATIVA

Y, por supuesto, contamos esta historia. Se la contamos a nuestros hijos y la escribimos en los postes de nuestras puertas. El Dios del éxodo es el inmutable «Yo soy». Él estuvo allí para nosotros en Gosén, Ararat, Babilonia y Jerusalén, y siempre estará allí para nosotros en el futuro. Él nos lleva y nos trae, y cuando regresamos, siempre nos encontramos con mucho más de lo que teníamos cuando comenzamos. Un día, el Jordán se dividirá, las trompetas sonarán y los poderes mundanos colapsarán, y la planta de la vid se extenderá hasta donde nuestra vista pueda alcanzar.

Pero mientras tanto, mientras esperamos eso y miramos hacia atrás a nuestra liberación de Egipto, tenemos un cantico para cantar:

«Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente;

ha echado en el mar al caballo y al jinete.

Jehová es mi fortaleza y mi cántico,

Y ha sido mi salvación. Este es mi Dios, y lo alabaré;

Dios de mi padre, y lo enalteceré» (Ex. 15:1-2).

Traducido por Vladimir Miramares.


Nota del editor: Andrew Wilson escribió junto a Alastair Roberts un nuevo libro sobre este tema: Echoes of Exodus: Tracing Themes of Redemption through Scripture.