Las 9Marcas
Edificando iglesias sanas tras las rejas
El poder del evangelio redime a un recluso y lo capacita para plantar una iglesia sana y bíblica tras las rejas.
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Por David Graham
Resumen: David Graham comparte su testimonio de cómo Dios lo salvó mientras cumplía una condena a cadena perpetua en prisión. Tras su conversión, Graham llegó a comprender la importancia de una iglesia local sana y buscó plantar una tras las rejas. En este artículo, comparte sobre los desafíos singulares del ministerio en este contexto, así como sobre la forma en que las iglesias que están fuera del sistema penitenciario pueden animar y apoyar a las iglesias dentro de él.
«Acabas de desperdiciar tu vida»
Escuché estas palabras muchas veces durante los dos años que esperé mi juicio en una cárcel de Fort Worth. Pero las palabras no daban en el clavo: la vida que había desperdiciado no era la mía.
Hace treinta años, cuando cursaba el último año de escuela secundaria y tenía dos nombramientos en academias militares, golpeé y disparé a una amiga inofensiva de dieciséis años. Hasta el día de hoy, sigo confundido en cuanto a qué me motivó a hacerlo; todavía sacudo la cabeza con incredulidad. De alguna manera, pensé que su muerte aplacaría a otra chica: mi prometida y compañera de fechorías.
Nueve meses después me arrestaron y me acusaron de asesinato. Inexplicablemente, me declaré inocente. A pesar de mi negativa a asumir la responsabilidad, los padres de la víctima se negaron en su gracia a solicitar la pena de muerte. Fui declarado culpable y condenado a un mínimo de cuarenta años de prisión. Cuatro años después terminé mis apelaciones y admití mi culpa. Era un ateo de veinticuatro años con una condena a cadena perpetua y un parecido sorprendente con los incrédulos descritos en Romanos 1:30–31: «murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia».
La gracia de Dios y las oraciones de mi familia me protegieron de una mayor autodestrucción durante la década siguiente. Mientras obtenía una licenciatura en sociología y trabajaba en la fábrica de la prisión como dibujante, busqué egoístamente entablar relaciones con las mujeres curiosas que me escribían.
Atraído por el Espíritu
En 2009 conocí a Charlotte, una cristiana profesante ingeniosa, bonita y vulnerable a quien mi ateísmo no logró disuadir. Fomenté sus acercamientos y en cuestión de meses nos enamoramos y hablábamos de matrimonio. Mi hermana fue la única voz de oposición a una unión que servía a mis intereses, pero que beneficiaba poco a Charlotte. Aunque ignoré el consejo sabio y me casé con ella, el tiempo antes y después de nuestra boda en 2010 fue una temporada de despertar espiritual para mí.
Surgieron tres indicios de que el Espíritu Santo me estaba atrayendo a poner mi fe en Jesucristo. En primer lugar, mi madre, que siempre oraba, me convenció de que empezara a leer la Biblia, aunque solo fuera por amor a Charlotte. Lo hice. A diferencia de mi exposición infantil a la Palabra de Dios, que era obligatoria y me llevaba a intentar manipular a Dios para mi propio beneficio, esta vez estaba buscando con sinceridad y con esperanza.
Mi segunda pista llegó cuando leí un folleto que defendía la historicidad de los Evangelios. Anteriormente, la afirmación de que Jesús vivió, murió y resucitó caía en un corazón endurecido. Ahora fui despertado a la realidad y a la confiabilidad de la Palabra de Dios.
El tercer indicio se produjo cuando empecé a ser más sensible a las necesidades de Charlotte que a las mías. Durante las semanas posteriores a nuestro matrimonio, me di cuenta de lo poco que tenía para ofrecerle. Con mi cosmovisión atada al humanismo y al materialismo, era alguien cínico y egoísta. Había dejado a mi paso una serie de vidas y relaciones rotas, y tenía pocas esperanzas de que el futuro fuera diferente. Algo tenía que cambiar, y tenía que ser yo.
Charlotte y yo nos casamos en agosto, y en septiembre fui a la capilla de la prisión, donde escuché proclamar el evangelio. Fui por voluntad propia, orando en silencio por ayuda para vencer mi incredulidad, consciente de la futilidad de mi ateísmo y con la esperanza de que, en esta rendición, el Dios que nos hizo a mí y a mi nueva esposa, en Su misericordia me transformaría en un esposo y en un hijo amoroso. En ese momento, no era consciente de la magnitud de mi depravación, ni encontré respuesta a todas mis dudas, ni mi corazón se sintió cálido en mi interior. Simplemente supe que necesitaba la misericordia de la cruz de Cristo.
Oré: «Dios, te he negado durante diez años. Si toma diez años obtener mis respuestas, aún así seguiré a Jesús». Llamé a Charlotte y le dije: «Estoy listo para edificar nuestro matrimonio sobre la Palabra de Dios».
Bautizado y edificando iglesias sanas
Al mes siguiente fui bautizado por el capellán de la prisión y comencé un año de discipulado bajo la guía de ancianos (pastores) reclusos. Ese mismo mes, los funcionarios de prisiones del estado anunciaron una asociación con la fundación sin fines de lucro Heart of Texas y el Seminario Teológico Bautista del Suroeste (SWBTS). Bajo este acuerdo, se seleccionaba a cuarenta presos al año para un programa de licenciatura que los prepararía para servir como «ministros de campo». Dos años después de volverme a Jesús en fe y arrepentimiento, fui seleccionado para asistir a este seminario. En mayo de 2017 me gradué y fui enviado a predicar el evangelio a una prisión cerca de Wichita Falls.
Desperdicié mi vida en el pecado, pero Jesús me la devolvió cuando me salvó
Mi primera asignación ministerial duró ocho años. En el camino, experimenté muchos de los desafíos que conlleva la edificación de una iglesia sana en prisión. Como estaba convencido de que los recursos de 9Marcas eran bíblicos, comencé a examinar nuestra reunión semanal a la luz de cada una de las marcas de la salud de una iglesia. Aunque es un contexto inusual, mi experiencia me ha demostrado que se pueden edificar iglesias sanas incluso dentro de los muros de una prisión.
Permítanme, entonces, identificar tres características de las iglesias en las prisiones, para luego compartir algunas maneras en las que he tratado de promover las marcas bíblicas de una iglesia sana en este contexto tan singular.
1. Las iglesias en prisión tienen reuniones ecuménicas
Los capellanes de las prisiones de Texas deben facilitar un servicio semanal para los reclusos protestantes, lo que significa que los bautistas adoramos junto a nuestros hermanos de trasfondos metodistas, pentecostales y no denominacionales. Los reclusos residentes sirven en el ministerio de música y como ujieres, mientras que los voluntarios invitados, los reclusos y el propio capellán se encargan de la predicación. Desde ya, pueden ver cómo una iglesia en prisión luce diferente a la mayoría de las iglesias en el exterior.
Sin embargo, lo que puede parecer una receta para la confusión puede brindar a estas iglesias la oportunidad de mostrar unidad en sus creencias fundamentales. Para edificar una iglesia en este entorno, apelo a las convicciones compartidas de la congregación con respecto a su amor por la Palabra de Dios y su reverencia por el evangelio.
La eficacia de la predicación expositiva
La predicación expositiva, en particular, permite a los ministros exponer la Palabra de Dios de una manera clara y directa. Los presos de nuestra iglesia conocen la diferencia entre los sermones impulsados por el texto y los sermones impulsados por testimonios personales, y ellos quieren la Biblia. Tristemente, los hombres (y mujeres) que se ofrecen como voluntarios para predicar en la cárcel deben pasar estrictas verificaciones de seguridad, pero no verificaciones teológicas. Aunque el capellán tiene la responsabilidad de evaluar a los voluntarios invitados, el método y el contenido del sermón generalmente reciben muy poca supervisión. Y los prisioneros rara vez conocen el texto de antemano, y a menudo no conocen al predicador.
Si bien esta situación está lejos de ser ideal, he trabajado para capellanes que están abiertos a mostrar un mayor discernimiento sobre quién entra y qué dice. Incluso he encontrado capellanes entusiastas acerca de la enseñanza expositiva a través de libros enteros de la Biblia, una práctica que trasciende las diferencias denominacionales. Cuando un hermano cristiano mayor llamado Randy se estaba muriendo de una enfermedad hepática hace varios años, dijo: «Lo único que lamento es que no podré escuchar el final de nuestra serie sobre las epístolas de Juan». Para promover una predicación sana, he enseñado a mis compañeros reclusos, he hablado con amabilidad a los voluntarios, he rogado a los capellanes, he animado a otros ministros reclusos y me he ofrecido como voluntario para cada oportunidad de predicación que surge.
La centralidad del evangelio
Cuando tengo la oportunidad de dirigirme a la congregación, explico que no nos mantiene unidos la raza, de dónde somos, la afiliación a pandillas ni ningún otro rasgo que los prisioneros suelen valorar. Somos un pueblo unido por un compromiso compartido con el evangelio. Y debido al evangelio, nuestra iglesia en prisión debe cultivar relaciones que contrasten profundamente con las relaciones típicas de nuestra población carcelaria segregada.
Para promover la alfabetización en el evangelio, he repartido docenas de copias del libro ¿Qué es el Evangelio? de Greg Gilbert, junto con una guía de estudio que elaboré. En mis clases de discipulado y previas al bautismo, en las reuniones con el equipo ministerial de reclusos y en mi predicación, abogo por una cultura centrada en el evangelio que se proponga «no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (1 Co. 2:2). Como soy responsable de servir a todos los cristianos profesantes, y no solo a los reformados, las verdades centrales del evangelio me dan una «base» a la que puedo regresar de manera segura después de aventurarme en doctrinas secundarias. Gradualmente, la congregación aprende a vivir en la prisión como un pueblo definido por el evangelio.
La importancia de la conversión y el evangelismo
Si bien he encontrado una buena disposición para unificarnos en torno al evangelio, he notado cierta confusión sobre cómo compartirlo con los demás. Los prisioneros están acostumbrados a invitados que dirigen a toda la congregación en la típica «oración del pecador», y conocemos al menos a un hombre abatido que, entre lágrimas, entrega su vida a Jesús todos los domingos. Cualquier profesión de fe verbal se celebra como una conversión genuina, y la mayoría de los ministros dudan en indagar si el recluso se ha convertido de manera creíble.
Como a todos los cristianos, a quienes ministran en prisión se les debe recordar que la conversión es una obra soberana del Espíritu de Dios, y que se produce a través de la Palabra proclamada. Se debe animar a los ministros y a los reclusos cristianos a compartir a Cristo en sus interacciones diarias, no simplemente a invitar a otros a asistir a la capilla (aunque esto puede ser un buen comienzo). Como ocurre en cualquier iglesia, la edificación de una cultura de evangelismo requiere enseñanza desde el púlpito, en entornos más pequeños y en el discipulado de vida a vida. Muchos presos cristianos adoptarán un enfoque bíblico del evangelismo si se les muestra el camino.
2. A las iglesias en prisión se les permite poca estructura formal
Las reglas de la prisión prohíben las organizaciones lideradas por reclusos en las que uno tenga autoridad sobre otro. Para muchos capellanes, esto significa que la reunión semanal no es una iglesia y que los reclusos que enseñan y predican no son ancianos. Otros capellanes, al darse cuenta de que el liderazgo espiritual es voluntario y no coercitivo, permiten cierta estructura formal bajo su supervisión directa.
El surgimiento de líderes en la iglesia
A pesar de los desacuerdos sobre cómo llamarlos, los líderes de la iglesia suelen surgir orgánicamente en la congregación de la prisión. Cuando llegué a mi primera asignación ministerial, tenía el título oficial de «ministro de campo», pero no tenía influencia informal. Los verdaderos pastores eran los hombres que vivían allí antes que yo y que discipulaban amorosamente a la congregación. Después de unos años, los hombres comenzaron a llamarme su pastor, no porque mi título formal hubiera cambiado, sino porque los alimentaba y los cuidaba espiritualmente. Dondequiera que haya una iglesia, habrá «jóvenes» y habrá «padres» (1 Juan 2:12-14). Estos «padres» deben cumplir con sus responsabilidades incluso si no tienen reconocimiento formal.
El privilegio de la membresía de la iglesia
Otro desafío para lograr una estructura eclesial sana en la prisión es identificar a los miembros de la iglesia. En mi última prisión, el capellán permitía que cualquiera, fuera cristiano o no, asistiera a un servicio dominical de «convocatoria abierta». En mi prisión actual, por el contrario, los asistentes deben solicitar un pase para ser agregados a la lista de asistentes aprobados. En cualquiera de los casos, los ancianos de facto de la iglesia deben aprender los nombres de los asistentes habituales, visitarlos y brindarles cuidado pastoral.
Con el apoyo del capellán, la congregación puede organizarse gradualmente en torno a un pacto de iglesia y una declaración de fe, un proceso que se inició y se abandonó en mi prisión actual antes de mi llegada. Si Dios quiere, reanudaremos esta práctica, permitiendo que aquellos que afirmen nuestro pacto obtengan los beneficios de la rendición de cuentas y la identidad de la iglesia. Quienes no estén dispuestos a afirmar el pacto de miembros tendrían libertad para seguir asistiendo, aunque los cargos ministeriales solo se ofrecerían a los miembros del pacto, y la Cena del Señor estaría restringida exclusivamente a los miembros.
La seguridad de la disciplina de la iglesia
Sin la estructura de la membresía de la iglesia y del liderazgo formal, la disciplina de la iglesia a menudo luce muy diferente tras las rejas, ya que depende de la solidez de las relaciones entre estos hermanos en Cristo. Insto a nuestros hombres más maduros a cultivar relaciones que puedan soportar la corrección en amor. Y aunque no puedo esperar que otro recluso me escuche simplemente porque trabajo para el capellán, puedo persuadirlo a través de mi cuidado diario de que lo amo y quiero lo mejor para él.
Si bien la excomunión es (legalmente) difícil de ejercer de manera formal, puede tener lugar una forma de disciplina a través de las relaciones interpersonales. Por ejemplo, cuando a un miembro se le sorprende drogándose, el encuentro inicial de «entre tú y él a solas» suele ser el punto de restauración. Si es necesario, el capellán puede tomar medidas formales para suspender o retirar a alguien cuyo comportamiento esté dañando la reputación de Dios o de la iglesia.
En última instancia, el guardián de la iglesia en prisión es el Buen Pastor, quien expondrá el pecado, levantará subpastores y reunirá a Su rebaño dondequiera que se encuentre. Ya sea a través de un capellán concienzudo, el tierno cuidado de compañeros de rendición de cuentas, o el ministerio redargüidor del Espíritu Santo, he visto a la iglesia en prisión sobrevivir a estos desafíos estructurales.
3. Las iglesias en prisión están compuestas por relaciones marcadas por el tiempo y la transparencia
Por extraño que parezca, la privación material y los espacios reducidos de la prisión pueden ser un entorno espiritualmente edificante. ¡Qué saludable es compartir un bloque de celdas con un anciano espiritual, estar bajo su supervisión y rendición de cuentas cuando luchas con el pecado, o tener una abundancia de tiempo para pasarlo con un nuevo creyente al que estás discipulando! Por su transparencia y por el tiempo juntos que permite, el entorno carcelario es un terreno fértil para un discipulado profundo.
La intimidad del discipulado
Intento construir relaciones de discipulado principalmente dentro de mi unidad habitacional. Como nuevo converso en 2010, recibí un cuidado constante y vigilante de media docena de hermanos que vivían cerca de mí. Ofrecían consejos, corrección, oración y estudio bíblico diario, y sus vidas me modelaron el cristianismo maduro. Las relaciones de maestro-discípulo pueden prosperar rápidamente, ya que los creyentes más jóvenes pueden vivir a tan solo un metro de distancia de un santo maduro. Y hay tiempo de sobra para orar, estudiar la Palabra y disfrutar la vida juntos. Las iglesias en prisión son más fuertes cuando los creyentes más maduros toman la iniciativa en estas relaciones de discipulado dentro de sus bloques de celdas.
Las oportunidades para la oración
Las áreas comunes de nuestros bloques de celdas son nuestro lugar de encuentro más accesible, y en cada prisión en la que he estado, hay una apertura a la espiritualidad y un temor a lo divino durante un evento comunitario conocido como el «llamado a la oración». Un recluso extrovertido anuncia la hora señalada, y los hombres dejan lo que están haciendo para formar un círculo y compartir sus peticiones. Cuando esto se hace bien, puede convertirse en evangelismo a través de la oración: una oportunidad para que un creyente comparta la necesidad de orar mediante Jesucristo y Su llamado a que todos los hombres en todo lugar se arrepientan. El llamado a la oración es solo un medio para que la iglesia de la prisión comparta una visión bíblica de la oración.
Dado el tiempo que tenemos para el discipulado uno a uno, me es posible modelar la oración varias veces al día. En los espacios donde es posible la oración corporativa, precedo mis oraciones con breves exhortaciones sobre las prioridades bíblicas para la oración, tales como las tres primeras peticiones de la Oración del Señor (Mt. 6:9-10). La proximidad física a mis hermanos significa que por lo general estoy disponible para unirme a ellos en oración, y cuando mi propia alma está agotada, ellos están disponibles para unirse a mí.
El desafío de llevar a cabo la misión de la iglesia
Un último desafío para las iglesias en la cárcel se presenta en el ámbito de las misiones. Nuestra familia local de creyentes debe mirar primero hacia las áreas de la prisión donde las personas aún no han escuchado el evangelio y son incapaces —a menudo por razones de máxima seguridad— de reunirse con nosotros. En mi prisión actual, consideramos que la asamblea principal de la población general de reclusos es la «iglesia enviadora» (o iglesia local), y su campo misionero son las áreas de reclusión de mayor seguridad, incluido el corredor de la muerte. Esta «iglesia enviadora» manda ministros a predicar y a reunirse con los creyentes en otras partes de la penitenciaría.
Nuestra misión también abarca la plantación de iglesias en las celdas con grupos de apenas tres miembros, algo que resulta especialmente útil en prisiones donde la asamblea principal es disfuncional. Este fue el caso en 2019, cuando el Señor nos guio a un grupo de diez de nosotros a entrar en un pacto entre nosotros dentro de un dormitorio de ochenta hombres. Por la gracia de Dios, establecimos esta iglesia local justo a tiempo para el estricto encierro de un año que provocó la pandemia de COVID-19. Durante 2020 y 2021, nos reunimos semanalmente para adorar, orar y estudiar; servimos a nuestros vecinos mediante el evangelismo y la caridad; y representamos la esperanza de Cristo en medio de una época muy difícil.
Un ruego final
Es posible que usted no esté leyendo esto desde la celda de una cárcel, pero me pregunto si usted, pastor, ha considerado las cárceles y prisiones locales como la mía como uno de los campos misioneros de su congregación. Al otro lado de la cerca de seguridad y detrás de los altos muros hay hombres y mujeres que tal vez nunca lleguen a experimentar el privilegio de una iglesia sana si usted no planta una allí. Esto requerirá una relación sólida con el capellán de la prisión, destinar tiempo para enseñar a los reclusos nociones de eclesiología básica, y la ayuda del Espíritu para guiarlo a usted y a su congregación a reunir a estos marginados y conformarlos como una iglesia.
Las marcas bíblicas de una iglesia, destacadas por el ministerio de 9Marcas, me han servido como un barómetro y una brújula mediante los cuales mido la salud de las iglesias en las prisiones y trazo un rumbo a seguir. No creo que las restricciones de una prisión hagan que esta importante labor sea imposible. De hecho, he procurado explicar que este contexto trae consigo ciertas ventajas para una iglesia fiel y centrada en la Palabra. El Buen Pastor, que reúne y guía a Sus ovejas, abrirá el camino. Y como un ministro más que ha sido incluido en esta sublime exhibición de la gracia de mi Salvador, estoy profundamente agradecido.
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