Consejería

En la terraza del rey: El cristiano y el pecado sexual secreto

Artículo
25.07.2017

David salió a pasear por la terraza de palacio. Después de una larga siesta, le apetecía sentir la brisa de la tarde. Desde allí vio a Betsabé que se estaba bañando, la deseó en su corazón y la hizo traer a sus aposentos (2 Samuel 11). Todos conocemos la historia del pecado del rey David. Un pecado que el rey se esforzó por mantener oculto. Un pecado sexual secreto cuyos efectos catastróficos empezó a sentir de inmediato en su propia alma.

Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano (Salmo 32:3-4).

Pero la historia del rey David tristemente se repite en la vida de muchos cristianos. La terraza del rey David sigue abierta al público. No es una terraza cubierta de losas de mármol, pero sigue siendo rectangular… como la pantalla de un teléfono móvil… como una página de una revista… como el televisor de un hogar… Al asomarse a esas terrazas modernas, muchos cristianos sienten ese mismo pesar que el rey David expresa, mientras pretenden seguir viviendo una vida secreta de lujuria que les esclaviza cada vez con más fuerza.

En este breve artículo quisiera compartir 10 grandes temas que desde la consejería bíblica podemos tratar en estos casos para ofrecer ayuda al que lucha con el pecado sexual secreto de la pornografía, la masturbación y, en general, con la lujuria, esperando que estas líneas sean también de ánimo al pastor y consejero en su práctica cotidiana de aconsejar.

  1. Confiesa tu pecado

La expresión de David en el Salmo anterior es demoledora. “Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió…”. Es imprescindible en primer lugar confesar este pecado a tu esposa, a tu pastor, a tu consejero. Haz que el pecado secreto deje de ser secreto, y así poder recibir dirección. La lujuria es pecado, así como complacerse en ver la fornicación de otros mediante la pornografía (Ro. 1:28-32). Aunque la Biblia no habla directamente de la masturbación, tal como dice Joshua Harris,

La masturbación se basa en una visión egoísta de la sexualidad… Cuando damos rienda suelta a nuestros deseos lujuriosos, empujamos a la relación sexual contra un rincón y la transformamos en una experiencia egoísta y aislada que refuerza una visión egoísta de la vida.[1]

  1. Confiesa tu idolatría

La relación matrimonial tiene el propósito de ilustrar la relación de amor entre Cristo y su Iglesia (Ef. 5:22-33). Nuestra sexualidad es por tanto un reflejo de nuestra teología. En Romanos 1 vemos claramente como por causa del pecado los hombres cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible… Por consiguiente, Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones (v.23-24). El hombre, en vez de adorar al Creador, prefiere adorar las criaturas. En la pornografía y la masturbación se está dando un verdadero culto idolátrico.

Dice el Señor, “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua” (Jer. 2:13). El apóstol Juan nos repite después de dos mil años “Hijos, guardaos de los ídolos” (1 Jn. 5:21). ¿Por qué después de haber comido del árbol de la vida íbamos a querer comer del árbol prohibido? La pornografía ofrece paz, esperanza, seguridad, intimidad, gozo… pero a la hora de la verdad solo se cosecha tristeza y soledad. Los ídolos de este mundo prometen grandes cosas, para defraudarnos profundamente después de haberlos servido.

Los hombres persiguen implacablemente su satisfacción en las cosas terrenales. Se agotarán en los deleites engañosos del pecado y todos encontrarán que sólo es vanidad y vacío, se quedarán perplejos y muy defraudados. Pero aun así, continuarán su búsqueda infructuosa. Aunque cansados, todavía se tambalean bajo la influencia de la locura espiritual, y no alcanzan ningún resultado, sin embargo, persisten en esa eterna desilusión, y siguen adelante. No proveen nada para su estado eterno; los absorbe la hora presente. Y se vuelven a otra y otra cisterna rota, esperando encontrar agua donde ni una gota ha sido descubierta todavía (Charles Spurgeon).

  1. Adora a Cristo

¿Por qué habría el cristiano de beber agua salada que no satisface? ¿Por qué, si Cristo es el agua viva que sacia nuestra sed? ¡Adora a Jesús y abandona las falsas promesas de la serpiente! Bebe del agua fresca y viva que es él, y cuando la hayas probado, abandona tu cántaro a sus pies. Cristo es el agua que anhelas. Tu alma tiene sed del Dios vivo.

En nuestro camino de santidad sabemos que pertenecemos a él en alma y cuerpo, y que el Espíritu Santo debe tener control absoluto de nuestras vidas (Ef. 5:18). Ese crecimiento en santidad supone dejar atrás las tinieblas para andar en luz, y consagrarnos en alma y cuerpo para la gloria de Dios. Glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1 Co. 6:15-20).

Usando una expresión de Ed Welch, un trastorno de la adoración solo puede encontrar su medicina en la adoración verdadera. En palabras de John Piper “El fuego de los placeres de la lujuria se debe combatir con el fuego de los placeres de Dios”. A medida que todo nuestro ser se goza en adorar al Dios vivo, la idolatría de la lujuria se difumina como la niebla al salir el sol de la mañana.

  1. No obedezcas a tu cuerpo

En el episodio de 2 Samuel 11 vemos en el rey David claras señales de alerta. El pasaje nos dice que era la época del año cuando los reyes salen a la guerra, y sin embargo David prefirió quedarse en Jerusalén. En concreto ese día, durmió una larga siesta hasta caída la tarde, y se paseaba por la terraza de palacio curioseando qué pasaba en casa de sus vecinos. David estaba ocioso. David escuchó a su cuerpo y el bienestar que le demandaba, y se entregó a la comodidad absoluta.

La santificación cristiana no es algo mágico, sino que requiere de lucha y sacrificio. En nuestro caminar en santidad la Palabra de Dios nos recuerda innumerables veces que hemos de dominar los deseos de la carne, y no darles rienda suelta porque sabemos que “cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Stg. 1:13-14). Los que son de Cristo “han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá. 5:24).

Evita la actitud ociosa del rey David. No te entregues al sueño y al dormitar. No hagas zapping frente al televisor. No navegues por internet sin un propósito claro. Planifica aún incluso tu tiempo de entretenimiento, para poder dedicarte a aquello que edifica y no a lo que tu cuerpo te exija.

  1. Controla tus ojos

Sabiendo la importancia de los ojos, Job exclama estas palabras en Job 31:1 “Hice un pacto con mis ojos, ¿cómo podía entonces mirar a una virgen?”. Sobre el mismo tema, dice el Señor Jesús en Mateo 5:28 “el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón”.

¿Eres capaz de controlar tus ojos? Tus ojos son la puerta de entrada a tu alma, y es en esa puerta donde hemos de poner los mejores centinelas. Tu corazón se alimenta de lo que entra por tus ojos, y aquello será lo que acabe deseando. Si no somos capaces de dominar nuestros ojos, la solución que nos da el Señor es radical. Leemos en Mateo 5:29: “Y si tu ojo derecho te es ocasión de pecar, arráncalo y échalo de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”.

Es una solución radical pero no literal. La mano derecha, o el ojo derecho, hacen referencia a las mejores capacidades de la persona. Jesús está diciendo que sea lo que sea a lo que tengas que renunciar, arráncalo de tu vida antes que caer en la esclavitud de la lujuria.

Créeme. Tus ojos fueron creados para contemplar la belleza del Creador, que es infinitamente superior a las cosas creadas. El corazón de Job se llenaba de gozo ante esa realidad cuando exclamaba “mis ojos [lo] verán” (Job 19:27), y Jesús nos enseñó que son “Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mt. 5:8).

  1. Controla los ojos del alma

Pero no solo miramos con los ojos del cuerpo. El alma tiene ojos, que también debemos controlar. Nuestra mente tiene una gran capacidad de crear imágenes que solo uno mismo puede ver. Fantasear es dirigir en nuestra mente una película donde todo nos va mejor que en la vida real. Fantasear es jugar a ser Dios creando un mundo mejor. Fantasear es decirle a Dios que el mundo que él ha creado y las circunstancias en las que nos ha puesto son un gran error. En nuestro interior inventamos un mundo paralelo, un paraíso privado hecho a imagen y semejanza de nuestras pasiones más ocultas. La pornografía alimenta ese oscuro mundo interior, de manera que aun cuando los ojos del cuerpo no ven, los ojos del alma siguen viendo.

  1. Teme las consecuencias

Sabemos que “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23), pero no solo en un sentido espiritual, sino también en un sentido práctico y cotidiano. Todo pecado tiene unas consecuencias, una onda expansiva de destrucción. Nuestras pasiones pecaminosas nos atraen y seducen, “Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte” (Stg. 1:15).

El hábito de la pornografía y la masturbación causa estragos a todos los niveles. Los jóvenes a los que he podido aconsejar describen el poder adictivo de la pornografía. El cuerpo experimenta una respuesta hormonal y fisiológica placentera, semejante a las drogas, y del mismo modo las dosis que el cuerpo pide son cada vez mayores reduciendo la capacidad de decisión y esclavizando la voluntad. Como nos advierte Salomón, “Porque por causa de una ramera uno es reducido a un pedazo de pan, pero la adúltera anda a la caza de la vida preciosa. ¿Puede un hombre poner fuego en su seno sin que arda su ropa?” (Pr. 6:26-27).

El pecado sexual secreto va dejando de ser tan secreto. Se descuidan las disciplinas cristianas, y la energía se ve mermada para hacer el bien. Un joven me explicaba que “ya no podía ver a las mujeres de forma normal”. La pornografía altera la percepción por completo y uno se siente cada vez más incapaz de relacionarse con las chicas de manera natural. En los casados la relación matrimonial se va erosionando por causa de un sinfín de adulterios virtuales que alejan a la pareja física y emocionalmente. Las fantasías sustituyen a la realidad y consumen toda la ilusión, sumiendo a la persona en una continua insatisfacción con su vida diaria. Como un cáncer, el pecado va ganando terreno en el corazón, y éste va perdiendo su sensibilidad. En un alto número de casos, la adicción a la pornografía conduce a la fornicación y el adulterio.

Como una bomba, el pecado explota, y su onda expansiva causa estragos en la familia, el cónyuge, los hijos, la iglesia… Quiera el Señor que sea justo al revés en nuestras vidas, que nuestra adoración sea solo para él. Que nuestro corazón irradie bendiciones. Que así como María de Betania (Jn. 12:1-3), ese perfume de adoración que derramemos a los pies de Cristo llene toda la casa para bendición de los que tenemos más cerca.

  1. No proveas para la carne

El hijo pródigo se fue a un país lejano a gastar su dinero en deleites, comilonas y rameras, y solo dejó de pecar cuando se le acabó el dinero. Es necesario poner límites a la capacidad de pecar, y construir verdaderas murallas que detengan nuestros pasos. No tiene ningún sentido orar al Padre diciendo “no nos metas en tentación”, para meterse uno mismo donde no debe. Es de sabios no ver ciertas películas, no ir a ciertos lugares, no andar en ciertas compañías, poner filtros en internet, etc. No es de cobardes, es de sabios. Es cobarde el que huye de un conejo, pero no es cobarde el que huye de un león. El conejo no te puede matar, pero el león sí. Así mismo es de sabios huir del pecado y no acercarse a él porque sabes que es más fuerte que tú y te quiere quitar la vida.

¡Muchas veces la Palabra de Dios nos anima a huir! “Huid de la idolatría” (1 Co. 10:14); “Huid de la fornicación” (1 Co. 6:18); “Pero tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas…” (1 Ti. 6:11). ¡Si se trata del pecado, huir es de santos! Cuando hayas puesto todo de tu parte, si aún la mujer de Potifar te persigue, ¡Huye! ¡Renunciando a lo que haga falta y dejándolo atrás! ¡Huye! Como dice Matthew Henry, porque “mejor es perder una buena túnica, que perder una buena conciencia”.

Así mismo en el terreno de los pensamientos. El pensamiento tiene el propósito de ayudarnos a planificar nuestras acciones. Pensar no es un juego. Es un programador de nuestra conducta. Las fantasías sexuales son por tanto altamente peligrosas, porque nos estamos diciendo a nosotros mismos que pensemos en cosas que no estamos dispuestos a llevar a cabo. El hijo pródigo, cuando volvió en sí estando en aquella sucia pocilga, pensó lo bueno para llevarlo a cabo después “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc. 15:18).

  1. ¡Sé valiente!

¿De qué huyes entonces? El que busca refugio en la pornografía, está huyendo de algo. Tal vez sea la insatisfacción ante la vida, la codicia frustrada, los deseos de poder y grandeza que no se cumplen… pero yendo tras el ídolo de la lujuria, pronto se da cuenta de que sus promesas son huecas. Recuerda a Amnón y su obsesión con Tamar, y cómo después de acostarse con ella la aborreció con un odio muy grande; porque el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado(2 S. 13:15).

El verdadero amor es servicial. No busca recibir sino dar. El pecado sexual secreto se convierte para muchos en un búnker donde esconderse del llamado a servir y pertenecer a otra persona. El casado huye del deber de acercarse a su esposa y su familia. El soltero huye del reto de conocer una mujer y comprometerse con ella.

Qué contradicción tan grande. Es como huir del incendio corriendo hacia las llamas. Dios diseñó el matrimonio para satisfacer nuestra necesidad de amor, compañía e intimidad, y el hombre huye del matrimonio pretendiendo hallar eso mismo. En el acto de la pornografía y la masturbación hay una evidente confesión de cobardía. ¡Sé valiente! ¡Pórtate varonilmente! Abandona la lujuria, camina en pureza y santidad, y ora al Señor por una esposa cristiana.

  1. Teme a Dios

Una última pregunta puede venir a la mente del lector. Si se trata de un pecado sexual secreto, ¿por qué abandonarlo entonces? El último ingrediente, pero el más importante, es la necesidad de crecer en el temor de Jehová. “El temor del Señor es el principio de la sabiduría” (Pr. 1:7).

Hemos hablado del rey David, pero otro personaje bíblico que se enfrentó a la tentación del pecado sexual secreto fue el joven José. Hubiese podido sucumbir ante la mujer de Potifar, y haber excusado su conducta refugiándose en su triste pasado, su falta de afecto, la pérdida de su madre en su juventud, el desprecio de sus hermanos… Podría haber rechazado a esa mujer alegando primeramente su fidelidad a su amo Potifar, o a la educación de sus padres, o a las leyes de Egipto… sin embargo los ojos de José estaban puestos en Dios. José vivía Coram Deo, ante la mirada de Dios, y respondió a la mujer que le tentaba “¿Cómo entonces iba yo a hacer esta gran maldad y pecar contra Dios?” (Gn. 39:9).

Necesitamos que nuestro temor del Señor crezca día a día. Que todo lo que pensemos y hagamos busque honrar su Nombre. Que no nos mueva lo que los hombres vean, sino lo que ve en nosotros el Dios que nos hizo. Crezcamos en el temor de Jehová, y seremos sabios. Vivamos Coram Deo. Qué diferente hubiese sido todo si David, al ver a Betsabé bañándose hubiese apartado su vista, y pronunciado las palabras de José “¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?”. Que diferente la vida de cada cristiano si exclamara esas mismas palabras al encontrarse en la terraza del rey.

[1] Harris, Joshua. Ni aún se nombre, 110.