Predicación expositiva
El problema de mucha de la predicación de hoy (y la teología bíblica como el remedio)
La predicación moralista debilita a la iglesia. Su cura es la teología bíblica: predicar a Cristo a través de toda la Biblia.
Diagnóstico: El problema de mucha de la predicación de hoy
Dentro de la asociación de iglesias a la que pertenezco —la Convención Bautista del Sur—, es posible que la batalla por la inerrancia de las Escrituras ya se haya ganado. Sin embargo, ni nosotros ni otras denominaciones o iglesias evangélicas que hayan ganado batallas similares deberíamos felicitarnos demasiado rápido. Porque puede que las iglesias conservadoras abracen la inerrancia de la Escritura, pero sigan negando en la práctica la suficiencia de la Palabra de Dios. Podemos decir que las Escrituras son la Palabra inerrante de Dios y, sin embargo, no proclamarla seriamente desde nuestros púlpitos.
De hecho, hoy en día hay un hambre terrible por la Palabra de Dios en muchas iglesias evangélicas. Las series de sermones llevan títulos que imitan programas de televisión como La isla de Gilligan, Bonanza y Mary Tyler Moore. A menudo, la predicación se concentra en los pasos para un matrimonio exitoso o en cómo criar a los hijos en nuestra cultura. Por supuesto, los sermones sobre cuestiones familiares son apropiados y necesarios, pero a menudo surgen dos problemas. En primer lugar, se descuida lo que realmente dicen las Escrituras sobre estos temas. ¿Cuántos sermones sobre el matrimonio exponen de manera fiel y urgente lo que Pablo realmente dice sobre los roles de los hombres y las mujeres (Ef. 5:22–33)? ¿O acaso nos avergonzamos de lo que dicen las Escrituras?
En segundo lugar, y quizás de mayor gravedad, estos sermones casi siempre se predican en un nivel puramente horizontal. Se convierten en el alimento básico de la congregación semana tras semana, y se pasa por alto en silencio la cosmovisión teológica que impregna la Palabra de Dios y que proporciona el fundamento para toda la vida. Nuestros pastores se convierten en moralistas como los columnistas de consejos sentimentales, dando pautas sobre cómo vivir una vida feliz semana tras semana.
Muchas congregaciones no se dan cuenta de lo que está sucediendo porque la vida moral que recomienda dicha predicación concuerda, al menos en parte, con las Escrituras; y apela a las necesidades sentidas tanto de creyentes como de incrédulos.
Los pastores también creen que deben llenar sus sermones de historias e ilustraciones, para que las anécdotas den vida al punto moral enunciado. Todo buen predicador utilizará ilustraciones. Pero los sermones pueden llegar a estar tan repletos de historias que quedan desprovistos de cualquier teología.
He escuchado a evangélicos decir con bastante frecuencia que a sus iglesias les va bien en teología porque las congregaciones no se quejan de lo que les enseñan. Ese comentario es bastante aterrador. Como pastores, tenemos la responsabilidad de proclamar «todo el consejo de Dios» (Hch. 20:27). No podemos depender de encuestas congregacionales para determinar si estamos cumpliendo con nuestro llamado; debemos depender de lo que exigen las Escrituras. Puede ser que a una congregación nunca se le haya enseñado seriamente la Palabra de Dios, por lo que no son conscientes de en qué áreas estamos fallando como pastores.
Pablo nos advierte que «entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño» (Hch. 20:29). Y en otro lugar dice que «vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas» (2 Ti. 4:3–4). Si evaluamos nuestra predicación por lo que desean las congregaciones, podríamos estar preparando una receta para la herejía. No estoy diciendo que nuestras congregaciones sean herejes, solo que la prueba de la fidelidad debe ser la Palabra de Dios y no la opinión popular. El llamado de los pastores es apacentar al rebaño con la Palabra de Dios, no complacer a la gente con lo que desean escuchar.
Con demasiada frecuencia, nuestras congregaciones reciben una capacitación deficiente por parte de quienes predicamos. Consideremos qué sucede cuando alimentamos a una congregación con una dieta constante de predicación moralista. Es posible que aprendan a ser amables, indulgentes, amorosos y buenos esposos o esposas (¡todas cosas buenas, por supuesto!). Sus corazones pueden conmoverse e incluso ser edificados. Pero mientras se descuide el fundamento teológico, el lobo de la herejía acechará cada vez más cerca. ¿Cómo? No porque el pastor en sí mismo sea un hereje. Él puede ser completamente ortodoxo y fiel en su propia teología. Sin embargo, él da por sentada la teología en toda su predicación y, por lo tanto, no le predica a su congregación la trama central y la teología de la Biblia.
Por consiguiente, en la próxima generación o dos, la congregación puede llamar, inadvertidamente y sin saberlo, a un pastor más liberal. Este nuevo pastor también predicará que las personas deben ser buenas, amables y amorosas. También enfatizará la importancia de los buenos matrimonios y las relaciones dinámicas. Es posible que las personas sentadas en los bancos ni siquiera perciban la diferencia, ya que la teología suena exactamente igual a la teología del pastor conservador que le precedió. Y, en cierto sentido, lo es, pues el pastor conservador nunca proclamó ni predicó su teología. El pastor conservador creía en la inerrancia de las Escrituras, pero no en su suficiencia, ya que no proclamó todo lo que las Escrituras enseñan a su congregación.
Nuestra ignorancia respecto a la teología bíblica sale a la superficie constantemente. En mi mente destacan dos ocasiones en los últimos diez años (una de ellas en un gran estadio con un orador cuyo nombre no recuerdo) en las que un orador invitó a la gente a pasar al frente. El sermón en el estadio tenía la intención de ser un mensaje evangelístico, pero puedo decir con sinceridad que el evangelio no fue proclamado en absoluto. No se dijo nada acerca de Cristo crucificado y resucitado, ni sobre por qué fue crucificado y resucitado. No se dijo nada acerca de por qué la fe salva en lugar de las obras. Miles pasaron al frente y, sin duda, fueron debidamente registrados como salvos. Pero yo me rascaba la cabeza preguntándome qué estaba pasando realmente. Oré para que al menos algunos se convirtieran verdaderamente, quizás porque ya conocían el contenido del evangelio por haberlo escuchado en otras ocasiones. Lo mismo ocurrió en el servicio de una iglesia que visité. El predicador extendió una conmovedora invitación a «pasar al frente» y «ser salvos», ¡pero no dio ninguna explicación del evangelio!
Esa predicación puede llenar nuestras iglesias de personas inconversas, que son doblemente peligrosas: los pastores les han asegurado que son convertidas y que nunca podrán perder su salvación, pero en realidad siguen perdidas. Luego, a partir de ese día, a estas mismas personas se les exhorta semana tras semana con nuestro nuevo evangelio para estos tiempos posmodernos: «sean buenas personas».
Descubrimiento: Qué es la teología bíblica
La solución a los problemas de la predicación superficial descritos en la primera parte es en realidad bastante sencilla: los pastores deben aprender a utilizar la teología bíblica en su predicación. Sin embargo, aprender a hacer eso requiere que comencemos por preguntarnos: ¿qué es la teología bíblica?
Teología bíblica frente a teología sistemática
La teología bíblica, a diferencia de la teología sistemática, se centra en la línea narrativa (la trama central) de la Biblia.
La teología sistemática, aunque se nutre de la teología bíblica, es atemporal. D. A. Carson argumenta que la teología bíblica:
«Se sitúa más cerca del texto que la teología sistemática, tiene como objetivo lograr una sensibilidad genuina con respecto a la singularidad de cada corpus, y busca conectar los diversos corpus utilizando sus propias categorías. Por lo tanto, de manera ideal, la teología bíblica se erige como una especie de disciplina puente entre la exégesis responsable y la teología sistemática responsable (aun cuando cada una de estas influye inevitablemente en las otras dos)». [1]
En otras palabras, la teología bíblica se restringe de manera más consciente al mensaje del texto o corpus que se está considerando. Pregunta qué temas son centrales para los escritores bíblicos en su contexto histórico, e intenta discernir la coherencia de dichos temas. La teología bíblica se centra en la gran historia de las Escrituras: el desarrollo del plan de Dios en la historia redentora. Como consideraremos con más cuidado en la tercera parte, esto significa que debemos interpretar y luego predicar cada texto en el contexto de su relación con toda la trama de la Biblia.
La teología sistemática, por otro lado, le plantea al texto preguntas que reflejan las inquietudes o preocupaciones filosóficas de la época. Los teólogos sistemáticos también pueden —con buenos propósitos— explorar temas que están implícitos en los escritos bíblicos pero que no reciben atención prolongada en el texto mismo. Aun así, debería ser evidente que cualquier teología sistemática digna de ese nombre se construye sobre la base de la teología bíblica.
El acento distintivo de la teología bíblica, como señala Brian Rosner, es que «permite que el texto bíblico marque la pauta». [2] Kevin Vanhoozer articula el rol específico de la teología bíblica al decir: «“Teología bíblica” es el nombre de un enfoque interpretativo de la Biblia que asume que la Palabra de Dios es mediada textualmente a través de las diversas palabras humanas, de carácter literario y condicionadas históricamente». [3] O bien: «Para formular la afirmación de manera más positiva, la teología bíblica corresponde a los intereses de los propios textos». [4]
Carson expresa bien el aporte de la teología bíblica:
«Pero, idealmente, la teología bíblica, como su nombre lo indica, aun cuando trabaja de forma inductiva a partir de los diversos textos de la Biblia, busca descubrir y articular la unidad de todos los textos bíblicos tomados en conjunto, recurriendo principalmente a las categorías de esos textos mismos. En este sentido, es una teología bíblica canónica, una teología bíblica de “toda la Biblia”». [5]
La teología bíblica puede limitarse a la teología del Génesis, del Pentateuco, de Mateo, de Romanos o incluso a todo el corpus paulino. Y, sin embargo, la teología bíblica también puede abarcar todo el canon de las Escrituras, en el cual se integra la trama de las Escrituras en su conjunto. Con demasiada frecuencia, los predicadores expositivos se limitan a Levítico, Mateo o Apocalipsis sin considerar el lugar que ocupan en el hilo conductor de la historia redentora. Aíslan una parte de la Escritura de la otra y, por consiguiente, predican de manera truncada en lugar de proclamar todo el consejo de Dios. Gerhard Hasel comenta acertadamente que debemos hacer teología bíblica de una manera «que busque hacer justicia a todas las dimensiones de la realidad de las que testifican los textos bíblicos». [6] ¡Hacer este tipo de teología no es una tarea exclusiva de los profesores de seminario; es responsabilidad de todo predicador de la Palabra!
Pensemos nuevamente en las diferencias entre la teología sistemática y la bíblica, para lo cual Carson nos traza el camino. [7] La teología sistemática considera la contribución de la teología histórica y, por lo tanto, extrae del trabajo de Agustín, Aquino, Lutero, Calvino, Edwards y muchísimos otros para formular la enseñanza de las Escrituras. La teología sistemática intenta comunicar la Palabra de Dios directamente a nuestro entorno cultural y a nuestra época. Obviamente, entonces, todo buen predicador debe estar arraigado en la teología sistemática para comunicar una palabra profunda y poderosa a sus contemporáneos.
La teología bíblica es más inductiva y fundacional. Carson dice con razón que la teología bíblica es una «disciplina mediadora», mientras que la teología sistemática es una «disciplina culminante». Podemos decir, entonces, que la teología bíblica es intermedia, funcionando como un puente entre el estudio histórico y literario de las Escrituras y la teología dogmática.
La teología bíblica, entonces, trabaja a partir del texto en su contexto histórico. Eso no quiere decir que la teología bíblica sea un emprendimiento puramente neutral u objetivo. La noción de que podemos separar pulcramente lo que significó de lo que significa, como afirmaba Krister Stendahl, es una quimera. Scobie dice lo siguiente acerca de la teología bíblica:
«Sus presuposiciones, basadas en el compromiso de la fe cristiana, incluyen la creencia de que la Biblia transmite una revelación divina, que la Palabra de Dios en la Escritura constituye la norma de la fe y la vida cristiana, y que todo el material variado, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, puede relacionarse de alguna manera con el plan y el propósito del único Dios de toda la Biblia. Dicha teología bíblica se encuentra en algún punto entre lo que la Biblia “significó” y lo que “significa”». [8]
De esto se deduce, entonces, que la teología bíblica no se limita solo al Nuevo Testamento o al Antiguo Testamento, sino que considera a ambos Testamentos de forma conjunta como la Palabra de Dios. De hecho, la teología bíblica parte de la noción de que el canon de las Escrituras funciona como su norma y, por ende, se necesitan ambos Testamentos para desentrañar la teología de las Escrituras.
Equilibrando el Antiguo y el Nuevo Testamento
Existe una dialéctica maravillosa entre el Antiguo y el Nuevo Testamento al hacer teología bíblica. El Nuevo Testamento representa la culminación de la historia de la redención que comenzó en el Antiguo Testamento y, por lo tanto, la teología bíblica es por definición una teología narrativa. Captura la historia de la obra salvadora de Dios a lo largo del tiempo. El desarrollo histórico de lo que Dios ha hecho se puede describir como historia de la salvación o historia redentora.
También resulta fructífero considerar las Escrituras desde el punto de vista de promesa y cumplimiento: lo que se promete en el Antiguo Testamento se cumple en el Nuevo. Debemos tener cuidado de no borrar la particularidad histórica de la revelación del Antiguo Testamento, no sea que eliminemos el contexto histórico en el que nació. Por otro lado, debemos reconocer el progreso de la revelación desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo. Dicho progreso de la revelación reconoce la naturaleza preliminar del Antiguo Testamento y la palabra definitiva que llega en el Nuevo Testamento. Decir que el Antiguo Testamento es preliminar no cancela su papel crucial, ya que solo podemos entender el Nuevo Testamento cuando también hemos captado el significado del Antiguo, y viceversa.
Algunos dudan en abrazar la tipología, pero ese enfoque es fundamental para la teología bíblica, puesto que es una categoría empleada por los propios escritores bíblicos. ¿Qué es la tipología? La tipología se refiere a las correspondencias divinamente intencionadas entre eventos, personas e instituciones en el Antiguo Testamento y su cumplimiento en Cristo en el Nuevo [9], como cuando Mateo en su Evangelio alude a María, a José y al regreso de Jesús desde Egipto utilizando el lenguaje de la salida de Israel de Egipto (Mt. 2:15; Éx. 4:22, 23; Os. 11:1). Por supuesto, no solo los autores del Nuevo Testamento observan estas «correspondencias divinamente intencionadas». Los autores del Antiguo Testamento también lo hacen. Por ejemplo, tanto Isaías como Oseas predicen un nuevo éxodo que seguirá el patrón del primer éxodo. De la misma manera, el Antiguo Testamento anticipa un nuevo David que será aún mayor que el primer David. Vemos entonces en el Antiguo Testamento mismo una escalada en la tipología, de modo que el cumplimiento del tipo es siempre mayor que el tipo mismo. Jesús no es solo un nuevo David, sino el gran David.
La tipología reconoce un patrón y un propósito divinos en la historia. Dios es el autor definitivo de las Escrituras; la historia es un drama divino. Y Dios conoce el final desde el principio, de modo que nosotros, como lectores, podemos ver en el Antiguo Testamento prefiguraciones o sombras del cumplimiento final.
Dirección: Cómo aplicar la teología bíblica al predicar
Al predicar las Escrituras, es vital comprender dónde encaja el libro que estamos estudiando en la línea de tiempo histórico-redentora. A riesgo de simplificar demasiado, hacer buena teología bíblica mientras se predica consta de dos pasos básicos: mirar hacia atrás y luego mirar el conjunto.
Mirar hacia atrás: La teología antecedente
Walter Kaiser nos recuerda que, mientras predicamos las Escrituras, debemos considerar la teología antecedente de cada libro. [10]
Por ejemplo, cuando predicamos el libro de Éxodo, difícilmente interpretaremos correctamente su mensaje si lo leemos separado de su contexto previo. Y el contexto que precede al Éxodo es el mensaje transmitido en Génesis. En Génesis aprendemos que Dios es el creador de todas las cosas y que hizo a los seres humanos a su imagen, con el fin de que extendieran el dominio del Señor sobre todo el mundo. Adán y Eva, sin embargo, fallaron en confiar en Dios y en obedecer el mandato divino. La creación fue seguida por la Caída, que introdujo la muerte y la miseria en el mundo. Sin embargo, el Señor prometió que la victoria final vendría a través de la simiente de la mujer (Gn. 3:15). Se desataría un conflicto intenso entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. Pero la primera prevalecería. Vemos en el resto de Génesis la batalla entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente, y descubrimos que la simiente de la serpiente es notablemente poderosa: Caín mata a Abel; los impíos abruman a los justos hasta que solo quedan Noé y su familia; los seres humanos conspiran para hacerse un nombre edificando la torre de Babel. Aun así, el Señor permanece soberano. Él juzga a Caín. Él destruye a todos menos a Noé y a su familia en el diluvio. Y Él frustra los planes de los seres humanos en Babel.
El Señor hace un pacto con Abraham, Isaac y Jacob, prometiendo que la victoria anunciada en Génesis 3:15 llegará a través de su descendencia (simiente). El Señor les concederá descendencia, tierra y bendición universal. Génesis se enfoca especialmente en la promesa relativa a la descendencia. En otras palabras, Abraham, Isaac y Jacob no llegan a poseer la tierra prometida, ni bendicen al mundo entero durante su propia generación. Pero Génesis concluye con el relato de los doce hijos que el Señor le concedió a Jacob.
Entonces, ¿por qué esta «teología antecedente» de Génesis es crucial para leer el libro de Éxodo? Es fundamental porque, cuando Éxodo comienza con Israel multiplicándose en gran manera, inmediatamente reconocemos que se está cumpliendo la promesa abrahámica de Génesis sobre una gran descendencia. No solo eso, al recordar Génesis 3, nos damos cuenta de que Faraón es descendiente de la serpiente, mientras que Israel representa a la simiente de la mujer. El intento de Faraón de matar a todos los niños varones representa las intenciones de la simiente de la serpiente, a medida que la batalla entre las simientes que anticipó Génesis continúa.
A medida que avanzamos por Éxodo y el resto del Pentateuco, podemos ver que la liberación de Israel de Egipto y la promesa de que conquistarán Canaán también representan un cumplimiento del pacto del Señor con Abraham. La promesa de la tierra ahora comienza a cumplirse. Además, Israel ahora funciona, en cierto modo, como un nuevo Adán en una tierra nueva. Al igual que Adán, ellos deben vivir en fe y obediencia en el espacio que el Señor les ha dado.
Si leyéramos Éxodo sin estar informados por el mensaje antecedente de Génesis, no percibiríamos el significado de la historia. Leeríamos el texto fuera de su contexto y seríamos presas de una lectura arbitraria.
La importancia de la teología antecedente es evidente en todo el canon, y aquí debemos conformarnos con unos pocos ejemplos más:
- La conquista bajo Josué debe interpretarse a la luz del pacto con Abraham, de modo que la posesión de Canaán se entienda como el cumplimiento de la promesa a Abraham de que disfrutaría de la tierra de Canaán.
- Por otro lado, el exilio tanto del reino del norte (722 a. C.) como del reino del sur (586 a. C.), amenazado en los profetas y registrado en varios libros, representa el cumplimiento de las maldiciones del pacto en Levítico 26 y Deuteronomio 27–28. Si los predicadores y las congregaciones no conocen la teología antecedente del pacto mosaico y las maldiciones con las que se amenazaba en dicho pacto, difícilmente podrán discernir la importancia de que tanto Israel como Judá fuesen enviados al exilio.
- La promesa del nuevo David refleja el pacto previamente hecho con David de que su dinastía duraría para siempre.
- El Día del Señor, que es tan prominente en los profetas, debe interpretarse a la luz de la promesa hecha a Abraham.
Y lo mismo ocurre en el Nuevo Testamento, por supuesto:
- Difícilmente podremos comprender la importancia del reino de Dios en los Evangelios Sinópticos si no conocemos la línea narrativa del Antiguo Testamento y si ignoramos los pactos y promesas de Dios a Israel.
- El significado de que Jesús sea el Mesías, el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios está enraizado en la revelación previa.
- El libro de los Hechos, como lo indica Lucas en su introducción, es una continuación de lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, y por lo tanto está informado tanto por el Antiguo Testamento como por el ministerio, muerte y resurrección de Jesús.
- Las epístolas también se fundamentan en la gran obra salvadora consumada por Jesucristo, y explican y aplican el mensaje salvador y el cumplimiento de las promesas de Dios a las iglesias ya establecidas.
- Finalmente, Apocalipsis tiene sentido como la culminación de la historia. No es simplemente un añadido al final para brindar algo de emoción sobre los últimos tiempos. Las numerosas alusiones al Antiguo Testamento demuestran que el Apocalipsis está diseñado sobre el telón de fondo de la revelación veterotestamentaria. Tampoco tiene sentido el libro a menos que uno vea que se erige como la consumación de todo lo que Jesucristo enseñó e hizo.
Esto no quiere decir que la trama de la redención tenga la misma centralidad en todos los libros del canon. Podríamos pensar en libros sapienciales como el Cantar de los Cantares, Job, Eclesiastés, Proverbios y los Salmos. Sin embargo, incluso en estos casos, los autores bíblicos presuponen las verdades fundamentales de la creación y la caída relatadas en Génesis, así como el rol especial de Israel como el pueblo del pacto de Dios. A veces incluso articulan este rol, como cuando los Salmos relatan la historia de Israel. Aun así, se nos recuerda la diversidad del canon y reconocemos que no toda la literatura tiene la misma función.
La verdad principal para los predicadores aquí es que deben predicar de tal manera que integren sus sermones en la historia bíblica más amplia de la historia redentora. Los que están sentados en los bancos necesitan ver el panorama general de lo que Dios ha estado haciendo, y cómo cada parte de las Escrituras contribuye a ese cuadro. Lo cual nos lleva a…
Mirar el todo: La predicación canónica
Como predicadores, no debemos limitarnos únicamente a la teología antecedente. También debemos considerar la totalidad de las Escrituras, el testimonio canónico que ahora tenemos en el ministerio, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Si solo predicamos teología antecedente, no trazaremos bien la Palabra de verdad, ni le llevaremos el mensaje del Señor a la gente de nuestro tiempo.
Por lo tanto, cuando predicamos los primeros capítulos de Génesis, también debemos proclamar que la simiente de la mujer es Jesucristo, y que la caída de la creación en la futilidad será revertida mediante la obra de Jesucristo (Ro. 8:18–25). Nuestros oyentes deben ver que la vieja creación no es la última palabra, sino que hay una nueva creación en Cristo Jesús. Debemos mostrarles a partir del libro de Apocalipsis que el final es mejor que el principio, y que las bendiciones de la creación original se multiplicarán en sobremanera en la nueva creación.
De la misma manera, ¿qué podemos decir como predicadores al enseñar sobre Levítico si no lo predicamos a la luz del cumplimiento que ha venido en Jesucristo? Seguramente debemos proclamar que los sacrificios del Antiguo Testamento han hallado su cumplimiento en la obra de Jesucristo en la cruz.
Además, las normas relativas a las leyes alimentarias y a la pureza deben interpretarse de manera canónica, de modo que comprendamos que el Señor no nos llama a nosotros a seguir las leyes alimentarias o los reglamentos de purificación. Estas reglas apuntan a algo mucho mayor: a la santidad y a las nuevas vidas que debemos vivir como creyentes (1 Co. 5:6–8; 1 P. 1:15–16).
Tampoco es el caso, como lo enseña claramente el Nuevo Testamento, de que los creyentes sigan estando bajo la ley mosaica (Gá. 3:15–4:7; 2 Co. 3:7–18). El antiguo pacto tenía la intención de estar en vigor durante un cierto período de la historia de la salvación. Ahora que ha amanecido el cumplimiento en Cristo, ya no estamos bajo el pacto que el Señor instituyó con Israel. Por lo tanto, es un error pensar que las leyes que obligaban a Israel como nación deben servir como paradigma para los estados nacionales de hoy en día (tal y como lo promulgan los teonomistas de nuestros días). En nuestra predicación, debemos reconocer la diferencia entre Israel como pueblo de Dios y la iglesia de Jesucristo. Israel era el pueblo teocrático de Dios, que representaba tanto al pueblo del pacto de Dios como a una entidad política. Pero la iglesia de Jesucristo no es una entidad política con un estatuto de leyes para las naciones. La iglesia está compuesta por personas de todo pueblo, lengua, tribu y nación. El no apreciar esta diferencia entre el antiguo y el nuevo pacto podría causar estragos en nuestras congregaciones.
Si no entendemos las diferencias entre el antiguo y el nuevo pacto, nos resultará difícil, por ejemplo, proclamar la posesión de la tierra en Josué. ¡Con toda seguridad, la promesa para la iglesia de Jesucristo no es que algún día poseeremos la tierra de Canaán! Más bien, al leer el Nuevo Testamento, aprendemos que la promesa de la tierra se entiende tipológicamente y que también escala hacia un cumplimiento final en el Nuevo Testamento. Hebreos explica que la promesa de reposo dada bajo Josué nunca tuvo la intención de ser el reposo final para el pueblo de Dios (He. 3:7–4:13). Pablo explica que la promesa de la tierra para Abraham no puede limitarse a Canaán, sino que se ha universalizado para incluir a todo el mundo (Ro. 4:13). Descubrimos en Hebreos que, como creyentes, no esperamos una ciudad terrenal, sino una ciudad celestial (He. 11:10, 14–16; 13:14), una ciudad por venir. O, como lo expresa Juan en Apocalipsis 21-22, aguardamos la Jerusalén celestial, que no es otra cosa que una nueva creación. En otras palabras, si predicamos desde Josué y no enfatizamos nuestra herencia en Cristo y la nueva creación, entonces hemos fracasado miserablemente en comunicar la línea central de las Escrituras al exponer el libro. Hemos truncado el mensaje de tal manera que nuestra gente no logra ver cómo toda la Escritura se cumple en Cristo, y cómo todas las promesas de Dios son «sí» y «amén» en Cristo Jesús (2 Co. 1:20).
Si predicamos las Escrituras canónicamente, empleando la teología bíblica, entonces proclamaremos a Cristo tanto desde el Antiguo Testamento como desde el Nuevo Testamento. Debemos evitar, por supuesto, el peligro de la alegorización simplista o de forzar conexiones entre ambos Testamentos. No caeremos presa de tales errores si hemos hecho correctamente el trabajo de teología bíblica y hemos seguido la hermenéutica de los propios escritores apostólicos. Los escritores apostólicos, después de todo, creían que el propio Antiguo Testamento apuntaba a Cristo y encontraba su cumplimiento en Él. Y aprendieron su hermenéutica de Jesucristo mismo, justo como Él les abrió las Escrituras a Cleofás y a su amigo en el camino a Emaús (Lc. 24). A este respecto, algunos han afirmado que la hermenéutica de los apóstoles fue inspirada pero que no debería ser imitada en la actualidad. [11] Semejante postura es defectuosa porque sugiere que el cumplimiento que los apóstoles vieron en el Antiguo Testamento no concuerda con lo que los textos realmente significan. Si esto fuera así, las conexiones establecidas entre los testamentos serían arbitrarias, y los apóstoles (¡y el propio Cristo!) no servirían como modelos para interpretar el Antiguo Testamento hoy.
Sin embargo, si creemos que los apóstoles fueron lectores inspirados y sabios del Antiguo Testamento, entonces tenemos un patrón para leer todo el Antiguo Testamento a la luz del cumplimiento logrado en Jesucristo. Toda la historia redentora y las estructuras del Antiguo Testamento apuntan hacia Él y se completan en Él. [12] Cuando leemos acerca de la promesa de Abraham en el Antiguo Testamento, nos damos cuenta de que se cumple en Cristo Jesús. Las sombras de los sacrificios del Antiguo Testamento encuentran su sustancia en Cristo. Por ejemplo:
- Fiestas como la Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos apuntan a Cristo como el sacrificio pascual, al don del Espíritu y a Jesús como la Luz del mundo.
- Ya no se requiere que los creyentes observen el sábado (día de reposo), porque también es una de las sombras del antiguo pacto (Col. 2:16–17; cf. Ro. 14:5) y pertenece al pacto del Sinaí que ya no está vigente para los creyentes (Gá. 3:15–4:7; 2 Co. 3:4–18; He. 7:11–10:18). El sábado mira hacia el reposo que ha comenzado para nosotros ahora en Cristo y que se consumará en el reposo celestial en el día final (He. 3:12–4:11).
- El templo anticipa a Cristo como el verdadero templo, mientras que la circuncisión encuentra su consumación en la circuncisión del corazón anclada en la cruz de Cristo y asegurada por la obra del Espíritu.
- David, como rey de Israel y hombre conforme al corazón de Dios, no representa la cúspide de la realeza; David es un tipo de Jesucristo. Cristo, el mayor David, no tuvo pecado. Él es el Rey mesiánico que, mediante su ministerio, muerte y resurrección, ha inaugurado las promesas que Dios le hizo a su pueblo.
Si no predicamos el Antiguo Testamento en términos de todo el canon, nos limitaremos a extraer lecciones morales del Antiguo Testamento o, lo que es igual de probable, rara vez predicaremos del Antiguo Testamento. Como cristianos, sabemos que gran parte del Antiguo Testamento ya no habla directamente a nuestra situación actual. Por ejemplo, Dios no nos ha prometido liberarnos de la esclavitud política como liberó a Israel de Egipto. La tierra de Israel es políticamente inestable hoy en día, pero los cristianos no creen que su gozo provendrá de vivir en Israel, ni piensan que la adoración consiste en ir al templo a ofrecer sacrificios. Sin embargo, si no predicamos el Antiguo Testamento de forma canónica, a la luz de la teología bíblica, este será pasado por alto con demasiada frecuencia en la predicación cristiana. Al hacerlo, no solo nos privamos de maravillosos tesoros de la Palabra de Dios, sino que también fracasamos en ver la profundidad y el carácter multifacético de la revelación bíblica. Nos colocamos en una posición en la que no leemos el Antiguo Testamento como lo hicieron Jesús y los apóstoles, y por lo tanto no vemos que las promesas de Dios son «sí» y «amén» en Jesucristo.
Leer el Antiguo Testamento canónicamente no significa que el Antiguo Testamento no se lea en su contexto histórico-cultural. La primera tarea de todo intérprete es leer el Antiguo Testamento por derecho propio, discerniendo el significado del autor bíblico cuando este fue escrito. Además, como argumentamos anteriormente, cada libro del Antiguo Testamento debe leerse a la luz de su teología antecedente, de modo que se capte el hilo de la historia de las Escrituras. Pero también debemos leer toda la Escritura de forma canónica, de manera que el Antiguo Testamento se lea a la luz de toda la historia completa: el cumplimiento que ha llegado en Jesucristo.
En resumen, siempre debemos considerar la perspectiva del todo —la del Autor divino— al hacer teología bíblica y al predicar la Palabra de Dios. Debemos leer las Escrituras de principio a fin y de fin a principio. Siempre debemos considerar el desarrollo de la historia, así como el final de la misma.
Conclusión
Nuestra tarea como predicadores es proclamar todo el consejo de Dios. No cumpliremos con nuestro llamado si, como predicadores, fallamos en hacer teología bíblica. Es posible que recibamos muchos elogios de nuestra gente por nuestras lecciones morales y por nuestras ilustraciones, pero no estaremos sirviendo fielmente a nuestras congregaciones si ellos no comprenden cómo toda la Escritura apunta a Cristo, y si no obtienen de nosotros una mejor comprensión de la gran historia de la Biblia. Que Dios nos ayude a ser maestros y predicadores fieles, de modo que cada persona a nuestro cargo sea presentada perfecta en Cristo.
Notas:
[1] D. A. Carson, «Systematic and Biblical Theology», en New Dictionary of Biblical Theology (eds. T. Desmond Alexander y Brian S. Rosner; Downers Grove: InterVarsity, 2000), 94. Charles H. H. Scobie presenta otra definición: «La Teología Bíblica puede definirse como el estudio ordenado de la comprensión de la revelación de Dios contenida en las Escrituras canónicas del Antiguo y del Nuevo Testamento» («The Challenge of Biblical Theology», Tyndale Bulletin 42 [1991]: 36).
[2] Brian S. Rosner, «Biblical Theology», en New Dictionary of Biblical Theology, 5.
[3] Kevin J. Vanhoozer, «Exegesis and Hermeneutics», en New Dictionary of Biblical Theology, 56.
[4] Ibíd., 56.
[5] Carson, «Systematic and Biblical Theology», 100.
[6] Gerhard Hasel, «Biblical Theology: Then, Now, and Tomorrow», Horizons of Biblical Theology 4 (1982): 66.
[7] Para la siguiente discusión, ver Carson, «Systematic and Biblical Theology», 101-02.
[8] Scobie, «The Challenge of Biblical Theology», 50-51.
[9] Para una introducción más amplia a la tipología, ver David L. Baker, Two Testaments, One Bible (IVP, 1976), capítulo 7.
[10] Walter Kaiser, Jr., Toward an Exegetical Theology: Biblical Exegesis for Preaching and Teaching (Grand Rapids: Baker, 1981), 134-40.
[11] Richard N. Longenecker, Biblical Exegesis in the Apostolic Period (2ª ed.; Grand Rapids: Eerdmans, 1999).
[12] Para más sobre la importancia de estar centrados en Cristo en nuestra predicación, ver Graeme Goldsworthy, Preaching the Whole Bible as Christian Scripture: The Application of Biblical Theology to Expository Preaching (Grand Rapids: Eerdmans, 2000); Sidney Greidanus, Preaching Christ from the Old Testament: A Contemporary Hermeneutical Method (Grand Rapids: Eerdmans, 1999); Edmund P. Clowney, Preaching Christ in All of Scripture (Wheaton: Crossway, 2003).
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