Predicación expositiva

Un enfoque conversacional: ¿Funcionará?

Artículo
26.10.2014

Conversación es una de las palabras de moda en la iglesia del siglo XXI. Tiene connotaciones muy positivas que contrastan con palabras menos amables como debate, discusión, disputa, pelea, exhortación o reprensión. Solo hay que mirar la portada y la contraportada del libro de Doug Pagitt Preaching Re-Imagined (La predicación reimaginada) para ver cómo se percibe la diferencia entre un monólogo y una conversación.

La conversación es amable, respetuosa, colaborativa, reveladora, humilde y compasiva (Allen, 21-22).

También es bíblica; debemos ser rápidos para escuchar y lentos para hablar (Stg. 1:19). Los cristianos que dejan de entablar auténticas conversaciones entre ellos y con el mundo no siguen el ejemplo de su maestro. A través de la conversación puede proclamarse la verdad con poder y comprenderse en profundidad. Fue a través de la conversación que:

  • Nicodemo descubrió que debía nacer de nuevo;
  • La mujer samaritana cambió su cántaro de agua por agua viva;
  • El hombre ciego de nacimiento recibió la vista tanto física como espiritual;
  • La esperanza de Marta en cuanto a la resurrección se centró en Aquel que da vida;
  • Pedro obtuvo el perdón y una renovación de su llamamiento.

La conversación centrada en la Biblia es una señal de que una congregación está conectando con la Biblia.

Entonces, ¿por qué la mayoría de los cristianos —cuando nos congregamos para la reunión más importante de la semana— no mantenemos una conversación? En lugar de ello, un predicador se coloca delante de una congregación durante treinta, cuarenta, e incluso cincuenta o sesenta minutos y habla sin ninguna interacción verbal de parte de la gente (excepto algún que otro ¡amén!).

¿No va siendo hora de sustituir esa única voz del sermón por algo, digamos, más conversacional?

Desde luego, están surgiendo conversaciones que proponen precisamente esto.

Wesley Allen es uno de los que comenzó a tratar el tema. Aunque Allen no se considere evangélico, algunos llamados postevangélicos —como Doug Paggit— defienden posturas muy parecidas en cuanto a la predicación. Paggit lanza un enérgico alegato a abandonar la centralidad de la predicación convencional (que él llama «discursear»).

Los discursos semanales actúan como un trastorno por estrés repetitivo tanto para el predicador como para la congregación. Si ocurren de vez en cuando no le hacen daño a nadie, pero convertirlos en una práctica habitual puede ser casi un acto de violencia, que llega a ser perjudicial para las comunidades que queremos cuidar (25-26).

Algunos artículos en Internet también denuncian los sermones monólogo. Galen Currah y George Patterson sugieren que el fruto de tales predicaciones incluye creyentes que son “solamente oidores”, jóvenes predicadores llenos de orgullo, congregaciones aburridas, mala comunicación y la necesidad de una preparación que dificulta el comienzo de nuevas iglesias.

También se debaten las mismas ideas en diferentes blogs. El comentario de Louise —de Malta— refleja los típicos sentimientos que se expresan al respecto: “sentarse y escuchar pasivamente a alguien nunca va a cambiar el mundo, y eso es a lo que hemos sido llamados”.

Por supuesto, nadie defiende de forma explícita escuchar sermones pasivamente. Hasta los que apoyan escuchar predicaciones en silencio abogan por escuchar activamente, o incluso escuchar expositivamente.

Sin embargo, el tipo de sentimiento que expresan Pagitt o Louise de Malta tipifica lo que cada vez más evangélicos dicen. Tachan la predicación tradicional de ser autoritaria, irrelevante, mero monólogo, oscurantista, seca y poco participativa; un elemento que solo se valora en centros de predicación, iglesias donde las relaciones son débiles e impersonales. Pero, ¿no será esta descripción una simple caricatura?

De aquí en adelante, me referiré a la predicación tradicional como predicación autoritativa. Y para que quede claro, la predicación autoritativa consiste en hablar con fidelidad la Palabra de Dios bajo la autoridad de Dios, de una forma muy parecida a cómo un embajador habla con autoridad de parte de su rey. Esta predicación, por tanto, requiere los oídos de una congregación que desea escuchar y ser transformada por el Señor.

Voy a aclarar también lo que no quiero decir. La predicación autoritativa no significa que el predicador deba gritar. O que el predicador deba ignorar su propia naturaleza pecadora e imperfecta. No significa que sea inaccesible o incontestable, o que se niegue a tener conversaciones con su congregación después de la reunión o durante la semana.

Una de las cosas que me frustraban al leer acerca de la predicación conversacional es la falta de claridad en cuanto al tema concreto que se trataba. El término predicación conversacional puede significar diferentes cosas en un solo libro, o incluso en un solo párrafo.

Por ello, dedicaré el resto de este artículo a examinar las diferentes ideas que la gente propone cuando recomienda la predicación conversacional. Algunas propuestas son loables; otras son reacciones a verdaderos problemas en algunas predicaciones actuales, pero son aun así reacciones poco sanas; otras demuestran una falta de comprensión acerca de la naturaleza de la Palabra de Dios y de la autoridad del evangelio.

1. Un contexto conversacional: una voz provoca otra.

A veces un autor aboga por la predicación conversacional para enfatizar el hecho de que las iglesias no son solo centros de predicación, sino comunidades de creyentes. Debería llevarse a cabo una variedad de conversaciones acerca del evangelio que coexistan dentro de la congregación. El predicador no debería solo predicar, sino involucrarse en relaciones en las que las conversaciones sobre el evangelio sean centrales a lo largo de toda la semana.

“Este tipo de preparación requiere que el predicador tenga no solo una relación íntima con el texto, sino también con la congregación” (Pagitt, 187, cf. Allen, 93). “Lo que normalmente ocurre entre el pastor y un comentario debería también ocurrir entre el pastor y la comunidad” (Pagitt, 189). Pero la predicación verdaderamente expositiva también se beneficia de esa interacción.

El deseo de ver que se lleva a cabo una conversación acerca del evangelio, como una parte fundamental de la vida de la congregación, es loable. No deberíamos ver el sermón como un acontecimiento aislado del curso de la vida de la iglesia.

En la iglesia a la que pertenezco ciertamente se valora la conversación. Cada miércoles por la noche, la iglesia se reúne para un estudio bíblico inductivo. A un versículo o dos de las Escrituras le sigue una conversación acerca de ellos y de su relevancia en nuestras vidas. Después de esta y de cualquier otra reunión, la gente a menudo se queda para al menos una hora de conversación informal, que los pastores animan a que esté centrada en la Palabra que acaba de ser predicada. También, muchos de nuestros miembros participan en pequeños estudios bíblicos inductivos en grupo a lo largo de la semana, así como en reuniones menos formales y comidas. Dos veces al mes —después del culto del domingo por la mañana— tenemos una comida de preguntas y respuestas para estudiantes universitarios con la persona que ha predicado.

La predicación autoritativa no ignora las conversaciones que tienen lugar a lo largo del resto de la semana. Esas conversaciones ayudan a la preparación del predicador. En nuestra iglesia, el predicador normalmente estudia el texto, prepara un bosquejo del sermón, pero entonces, antes de escribir el sermón en sí, hace una pausa para comer con otro anciano o miembro de la iglesia para comentar distintas formas en las que el texto del domingo puede aplicarse a la congregación. La vida congregacional auténtica —llena de conversación— es el contexto adecuado para la predicación expositiva. El pastor debe conocer a su rebaño.

Otro hábito que he adquirido en nuestra iglesia es repasar una página del directorio de miembros al preparar los sermones para pensar cuidadosamente sobre cómo puede aplicarse el sermón a personas que están en diferentes etapas de la vida. La predicación que no busca involucrar a la congregación en particular que va a escuchar el sermón no llega a ser expositiva. El predicador puede entender el mensaje del texto, pero sin lograr predicarlo a su gente en particular.

Sin embargo, algunos escritores ofrecen afirmaciones más radicales acerca de la relación entre el sermón y la conversación que se lleva a cabo en la iglesia.

El sermón deja de ser el punto de partida o el centro de la conversación y se convierte en un factor que contribuye con cierta importancia a la conversación que se lleva a cabo y pertenece a la comunidad… El púlpito se sitúa a un lado del círculo conversacional de la comunidad y el predicador es tan solo una voz entre muchas en la matriz de conversaciones de la congregación (Allen, 15-16).

En cuanto decimos que la predicación es una mera voz periférica en la conversación —en lugar del centro, el combustible y la brújula para la conversación— hemos olvidado la fuente y los cimientos de la comunidad cristiana. No tenemos vida aparte de la que el Espíritu de Dios nos imparte a través de la Palabra de Dios. Es él quien edifica la vida y la conversación de la comunidad. Ese momento de la semana en el que su Palabra no se debate sino que se escucha, debe permanecer central si queremos que su voz única y clara no quede marginada por nuestras muchas voces confusas.

2. Un tono conversacional: ninguna voz tiene autoridad.

La predicación conversacional —tal y como se ha propuesto— también puede significar que el predicador no debería hablar en tono autoritativo, y con tono me refiero tanto a la modulación de la voz como al lenguaje que se usa para formar y presentar las proposiciones homiléticas. Adoptar un tono conversacional significa, por tanto, que los predicadores no deberían declarar la voluntad de Dios sino que deberían sugerir una posible forma de entender lo que la Palabra de Dios pudiera estar diciendo.

“Hay algo peligroso en la vida del predicador que le dice a los demás con regularidad cómo son las cosas, cómo podrían ser, o cómo deberían ser” (Pagitt, 32). “Cuando propongo una idea, la formulo con frases como ‘a mí me parece’, ‘esta es mi postura’, o ‘desde mi punto de vista’. Esta forma de hablar nos ayuda tanto a la comunidad como a mí” (Pagitt, 32).

De nuevo, compadezco a los que han tenido que escuchar a predicadores que golpean el púlpito y regañan a su congregación semana tras semana. ¡Un amigo me dijo hace poco que es gracias a los predicadores que algunos médicos especialistas de garganta tienen trabajo! Pero no deberíamos confundir la autoridad personal del predicador con la autoridad de la Palabra que predica. Tampoco deberíamos confundir el sentido general de la declaración autoritativa del texto con un dogmatismo equivocado en áreas donde la interpretación textual es especialmente difícil. No hay nada malo con decir en ocasiones algo como: “Bueno, este es un versículo difícil. Algunas personas piensan que aquí los ángeles son criaturas celestiales pero, teniendo todo en cuenta, yo creo que se refiere a mensajeros humanos”.

Pero decir que algunas afirmaciones en el sermón deberían ser poco rotundas no significa en absoluto que todas deban serlo. Un predicador no debe decir: “A mí me parece que el que no naciere de nuevo no puede entrar en el reino de los cielos”. Esto puede sonar a humildad, pero en realidad es arrogancia. Es no querer reconocer la autoridad de la Palabra de Dios. Un tono conversacional en este punto nos deja solo con las opiniones de un pecador acerca de la Palabra de Dios, en lugar de con la Palabra de Dios en sí, y así la Palabra no nos llega a implorar, a exhortar, a reprender, ni a animar.

La mejor manera de protegernos de la predicación que otorga la autoridad a la personalidad del predicador es proteger lo que estoy llamando predicación autoritativa. Con la predicación autoritativa, un predicador sabe que lo que dice viene de haber entendido lo que Dios ha dicho; después, lo aplica con fidelidad a la congregación, confiando en que Dios haga su obra transformadora. La respuesta no es un tono conversacional, sino una verdadera predicación expositiva y autoritativa.

Cualquiera que haya intentado predicar expositivamente sabe que hacerlo te obliga a ser humilde. Podría levantarme un domingo por la mañana y decir: “a mí me parece…”, sin haber hecho mucha introspección. Pero cuando sé que me voy a levantar ante Dios y los hombres y a declarar: “el Señor nos manda hoy…” debo ponerme de rodillas y rogar que, en su misericordia, él me dé fidelidad.

Los predicadores no son infalibles, por lo que ellos mismos deberían iniciar conversaciones regulares para aceptar posibles correcciones. En nuestra iglesia, el equipo pastoral y los estudiantes en prácticas se reúnen una vez a la semana para examinar los cultos y ofrecer retroalimentación a los que predican, dirigen o participan de otras formas en las reuniones. Casi siempre hay desacuerdo sobre alguna parte del sermón pero, en la medida en que el sermón sea fiel a la Biblia, es autoritativo y debería presentarse así. Eso no quiere decir que el predicador deba gritar, pero sí significa que debería demostrar una pasión apropiada a la carga del texto.

3. Una jerarquía conversacional: ninguna voz debe liderar.

Puede que una de las doctrinas que se citan más a menudo para sugerir que la predicación autoritativa no es cristiana es el sacerdocio de todos los creyentes.

“La creencia en el sacerdocio de todos los creyentes nos obliga a reconsiderar nuestras ideas sobre los discursos y la autoridad pastoral… En realidad, la idea de que una persona necesite recibir una educación específica para entender las cosas de Dios es poco más que el engreimiento occidental… Había tiempos en los que las iglesias creían que un pastor debería ser el único que hablara de parte de Dios porque él era de los pocos que podían leer, como si el único conocimiento importante de Dios es el que viene de leer” (Pagitt, 153).

Todos los creyentes tienen el Espíritu Santo, y todos los creyentes han sido capacitados para comprender la verdad divina mejor que el no creyente más inteligente y culto. Pero el sacerdocio de todos los creyentes nunca se enseña en las Escrituras para contradecir los dones de enseñanza de algunos cristianos. La Biblia dice claramente que no todos deberíamos ser maestros (Stg 3:1). De igual modo, los cargos bíblicos requieren que quienes los ocupen sean aptos para enseñar. Si lo que esas personas van a enseñar son las ideas reveladas de Dios —¡y lo son!—, entonces como mínimo deben saber leer y, más que eso, deben usar bien la Palabra de verdad (2 Ti. 2:15). Esa enseñanza también se describe como autoritativa (1 Ti. 2:12). De hecho, a los pastores se les manda que enseñen con autoridad (Tit. 2:15). Por tanto, no es arrogancia que un predicador enseñe con esa autoridad, sino humilde sumisión a la Palabra de Dios y obediencia en el cargo que el Señor le ha dado dentro de la congregación.

El Espíritu Santo —en su amor— da pastores y maestros para la edificación de la congregación (Ef. 4:11). Los defensores de la predicación conversacional no parecen tener una categoría para alguien que ejerza con amor esa autoridad dada por Dios en favor de otros. “Si la función de la predicación es edificación mutua, entonces la creación de la predicación debe ser un acto colectivo” (Pagitt, 39). ¿Por qué, entonces, ha dado Dios a algunos para la edificación de todos? Él ha dado dones diversos a su pueblo deliberadamente. No creo que cantar como congregación fuera más edificante si todos nos turnáramos para tocar el piano. ¿Por qué deberíamos asumir que la predicación sería mejor si todos compartiéramos el púlpito?

4. Un formato conversacional: todas las voces se deben escuchar.

A decir verdad, Allen no llega —ni mucho menos— a sugerir reemplazar el sermón en sí por una conversación coral, pero Pagitt sí lo hace.

“El diálogo progresivo no significa pensamiento en grupo, debate, o ni siquiera acuerdo. Significa escucharnos unos a otros de manera que lo que pensamos no pueda quedar igual. Oímos lo que dicen los demás en nuestra comunidad y no tenemos más remedio que dejar que impacte en nuestro pensamiento” (Pagitt, 54).

Desde luego, es verdad que la conversación en grupos grandes acerca de un texto bíblico puede ser muy útil para mostrar la comprensión de la gente y ayudar a muchos a comprender mejor el texto. Cada miércoles por la noche, nuestra iglesia tiene un estudio bíblico de este tipo, como ya he mencionado. Pero la función de la predicación autoritativa es un tanto diferente y bastante más significativa.

La predicación autoritativa simboliza y muestra la propia naturaleza del evangelio. Los que defienden un formato conversacional malinterpretan la relación entre la predicación y el evangelio. El evangelio es una noticia que anunciar, no una opinión que debatir. Cuando nos reunimos como pueblo de Dios, necesitamos escuchar que se proclama esa noticia como un edicto real que nos concierne directamente. El predicador no es el rey, sino el embajador. La autoridad de un sermón no reposa en la autoridad personal del predicador, sino en la autoridad de la Palabra que predica. El predicador no es un filósofo, sino un embajador. Sus ideas no vienen de él, sino que proclama fielmente las ideas de Dios a su pueblo.

Puede que esto nos resulte incómodo. Así debe ser, porque lo que hace la Palabra de Dios no es confirmar nuestra propia sabiduría. El Señor habla y nos humilla en nuestra necedad. ¡Que la tierra calle ante él! La voz de la congregación debe escucharse, pero debe escucharse en respuesta a su revelación. Debe ser una voz unísona de alabanza, confesión y compromiso a la obediencia, en todas las diferentes formas que eso se pueda hacer en nuestras diferentes culturas y vidas individuales.

5. Una hermenéutica conversacional: el texto no tiene voz.

Lo que más miedo me da de quitar la predicación autoritativa de la congregación es que las Escrituras mismas dejarán de tratarse como autoritativas. Me temo que la gente tiene reservas en cuanto a la predicación autoritativa porque —en última instancia— quieren protegerse de la autoridad de las Escrituras. Si todas las exposiciones de la Biblia se interrumpen por una serie de opiniones acerca de lo que las Escrituras quieren decir en realidad, el texto mismo perderá su voz. No nos quedará más que las voces individuales y las perspectivas personales. Entonces, ¿para qué molestarnos en escuchar el texto en absoluto?

Muchos de los que abogan por una predicación conversacional dicen que es necesaria en el presente clima cultural postmoderno. La gente ya no puede sentarse y escuchar a una voz. ¡No! El postmodernismo ha hecho que la predicación autoritativa sea más importante que nunca. En un contexto donde se supone que los textos no tienen significado, donde toda autoridad es relativa, donde ninguna voz es más autoritativa que cualquier otra, solo la predicación autoritativa expondrá la visión bíblica del mundo a un mundo postmoderno. La voz de Dios debe escucharse con la boca cerrada. La salvación no es algo que encontramos a través de un proceso colaborativo comunitario; ha sido iniciada, declarada y efectuada por el único Señor soberano. Mientras aún éramos pecadores, Dios tomó la iniciativa enviando a su Hijo a morir por nosotros. Confiábamos en nuestra propia visión del mundo y éramos incapaces de escuchar su voz, así que vino el Verbo.

El evangelio confronta las asunciones relativistas de una época postmoderna. Solo hay una fuente de autoridad: “un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Ef. 4:4-6). Me pregunto si la confusión de tantas voces es una de las razones por las que el libro de Pagitt no ofrece ninguna clara expresión del evangelio, aunque se declare evangélico.

En la predicación expositiva y autoritativa, la cuestión no es “¿cuál es la perspectiva de la congregación acerca de este texto?”, sino “¿cuál es la perspectiva del texto acerca de esta congregación?”. En resumen, recomiendo encarecidamente entablar conversaciones con la congregación antes y después del sermón. Recomiendo encarecidamente usar las palabras para involucrar las vidas de la congregación a lo largo del sermón. Pero si el simbolismo de la predicación autoritativa —una voz bíblica dirigiéndose a la congregación— se pierde, entonces la propia autoridad de Dios para dirigirse a su pueblo pronto se verá arrinconada.

Un enfoque conversacional puede consolar, involucrar y afirmar. Pero, al final, no sirve para predicar.

Mike Gilbart-Smith es pastor asistente en Capitol Hill Baptist Church en Washington, D.C.

Traducido por Raquel Farrugia