Ministerio

Redimiendo la ambición pastoral

Artículo
24.11.2020

Los incendios forestales, en el verano, arden cada año en California y Arizona, consumiendo todo a su paso. Los árboles jóvenes tan nuevos como la primavera y los árboles maduros tan viejos como la Declaración de Independencia se reducen a cenizas. Con demasiada frecuencia, nuestro deseo de grandeza es así: un fuego que lo consume todo.

CORROMPIENDO LA VERDADERA GRANDEZA

La Biblia cuenta una historia tras otra de hombres y mujeres que buscaban su propia grandeza. Vemos esto en gobernantes impíos como Faraón en el libro de Éxodo y Nabucodonosor en el libro de Daniel. A veces vemos entre los creyentes buscadores de gloria mundanos, como cuando Dios reprendió al escriba de confianza de Jeremías, diciendo: «¿Y tú buscas grandeza para ti? No las busques» (Jeremías 45:5).

Sin embargo, la búsqueda de la gloria aún continúa. En su búsqueda se emplean cantidades incalculables de esfuerzo, pasión, dinero y habilidad. Si pudiéramos conocer perfectamente nuestros propios corazones, tendríamos que admitir que esta también es nuestra historia. Alguna visión de grandeza, consciente o inconscientemente, nos arrastra. Parece ser el tema de todos los discursos de graduación.

«Ve a cambiar el mundo», se les dice a los graduandos ambiciosos, lo que habitualmente significa, «Ve a ser grande a los ojos del mundo». Nuestra cultura actual de agitaciones laterales también puede avivar el descontento. A veces he luchado para sentir que mi llamado a pastorear una iglesia local es suficiente. Como que, si hiciera más, sería algo más valioso. Probablemente no soy el único pastor que se siente así.

Los discípulos de Jesús tenían este mismo problema. En Marcos 9, después de contemplar la gloria de su Señor en su transfiguración, Marcos nos dice que los discípulos participaron posiblemente en el argumento más estúpido en la historia del mundo: una pelea sobre cuál de los discípulos era el mayor.

El contexto de la conversación hace que su argumento sea aún más ridículo. Considera lo que sucedió en Marcos 9. Jesús reveló su gloria en un monte alto, mostrando que no era frágil y débil, sino fuerte y glorioso. Entonces Jesús recibió el sello de aprobación de Dios el Padre y fue destacado como mucho más importante que Moisés y Elías, dos importantes profetas del Antiguo Testamento.

Entonces Jesús batalló victoriosamente contra un demonio que previamente había derrotado a los discípulos. Entonces Jesús prometió resucitar de entre los muertos, invocando imágenes de sí mismo como la exaltada figura del «Hijo del Hombre» que se menciona en Daniel 7: 9–14. La conclusión burdamente subestimada de Marcos 9 es que Jesús es un gran problema.

Cuando Jesús pregunta a los discípulos de qué hablaron, Marcos dice que guardaron silencio porque «en el camino habían disputado entre sí, quién habría de ser el mayor» (9:34). No responderán por vergüenza. Tienen las manos en el frasco de las galletas, pero creen que, si deslizan el frasco detrás de la espalda de alguien, bueno, quizás Jesús no lo sepa.

Pero él lo sabe. Ve las migajas en el suelo y el chocolate en sus mejillas. Su argumento mezquino y miope sobre la grandeza del mundo es pecado, al igual que cuando los pastores nos evaluamos mutuamente en las conferencias y los estudiantes de seminario ven a los compañeros de clase como competidores.

LA INVITACIÓN A LA VERDADERA GRANDEZA

Zack Eswine señala en su libro El pastor imperfecto que la ambición tiene un cierto «incendio provocado». Eso es indudablemente cierto. Pero si leemos las palabras de Jesús con atención, veremos que Jesús no quiere apagar el fuego. Quiere apagar nuestro deseo de grandeza con gasolina.

Se podría esperar que Jesús emitiera una dura reprimenda. Quiero decir, él es un profeta, y los profetas hacen ese tipo de cosas de vez en cuando. En cambio, lo que obtuvieron, y lo que obtenemos, es paciencia. Él enseña, instruye, redefine y reorienta. Despediríamos a estos discípulos y contrataríamos a otros. Pero Jesús los ama. Él les dice: «Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos». Nota la frase exacta: «servidor de todos», no solo siervo de los grandes, como siervo de un pastor famoso o de un presidente de seminario. Su punto es que la grandeza de nuestro servicio no se ve disminuida por la falta de grandeza de aquellos a quienes servimos.

Para nosotros, los aprendices visuales, Jesús continúa ilustrando su punto. Llamó a un niño, tomó al niño en sus brazos y dijo a los discípulos: «El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió» (9:37). Jesús da a entender que la grandeza es recibir niños porque son un ejemplo específico del principio más amplio del servicio. Al recibir niños, Jesús nos muestra que la verdadera grandeza — por su definición— es servir, amar y cuidar las necesidades de las personas que no pueden pagarte.

LA REDENCIÓN DE LA GRANDEZA

Por supuesto, los discípulos no lo entienden, al menos no antes de la cruz y la resurrección. Como registra Lucas, incluso durante la última cena con Jesús, este mismo argumento detonó entre ellos. «Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: ‘Toma esto, y repartidlo entre vosotros… Y hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor» (Lucas 22:17, 24).

La lección de Cristo sobre la verdadera grandeza no se mantuvo. En última instancia, necesitamos más que una lección o una invitación. Necesitamos redención. Nuestra definición de grandeza es demasiado corrompida. Todos tenemos en nosotros lo que el comediante Brian Regan llama el «yo-monstruo». Doy el 20% de mis ingresos. Memoricé el libro de Efesios. Tengo 2000 amigos en Facebook. Mi iglesia tuvo una docena de bautismos el mes pasado. Hago levantamiento de banca de 158 kg, y corro en maratones. YO…YO…YO.

Jesús les dijo a sus discípulos: «Yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lucas 22:27). De hecho, lo era. Y su servicio a los pecadores lo lleva a la cruz donde muere por nuestros pecados, incluidos aquellos que cometemos en pos de la grandeza a los ojos del mundo. Y él redime nuestra corrupción y nos muestra un camino mejor. Si quieres cambiar el mundo, has el máximo esfuerzo y ser un príncipe de predicadores moderno; entonces, por la gracia de Dios, sé un siervo de todos.