Liderazgo

¿Por qué los pastores deben preocuparse por su santidad?

Artículo
19.11.2020

La «vigilancia» tiene que ser el grito de guerra de todo pastor. «El verdadero cristiano está llamado a ser un soldado», escribió JC Ryle, «y debe comportarse como tal desde el día de su conversión hasta el día de su muerte» [1]. Los  pastores se enfrentan a una gran cantidad de tentaciones. Todos son comunes: ociosidad, lujuria e ira. Algunos se hacen más agudos por la naturaleza única del trabajo de un pastor: el orgullo, el descontento y la impaciencia se destacan.

Este artículo se trata de un encargo que todo pastor tiene que mantener ¿Por qué un pastor debería preocuparse por su santidad personal? Aquí hay tres respuestas sencillas.

  1. Porque cada pastor es un cristiano

La batalla contra el pecado se pierde cuando el pastor piensa que está en una clase separada, impermeable a la guerra espiritual que enfrentan todos los creyentes. En primer lugar, debe verse a sí mismo como un cristiano que debe perseverar hasta el fin.

La Escritura es clara. Cada creyente es una nueva creación y debe vivir una vida nueva y santa (2 Co. 5:17). Como un árbol, el verdadero creyente dará fruto espiritual (Ro. 7: 4). El verdadero cristiano está muerto a su pecado y no puede vivir en él (Ro.6:2). Después de todo, los injustos no heredarán el reino de Dios (1 Co. 6:9). La justicia del cristiano es el plan eterno de Dios que ordenó la santidad para cada uno de sus elegidos (Efesios 1: 4).

Pastor, tú conoce mejor que nadie la tentación de parecer simplemente piadoso (2 Ti. 3: 3). Te paras todas las semanas ante una congregación que espera que ejemplifiques la virtud cristiana. No te excuses de la pelea, ni por un segundo. La santidad no es una máscara que usamos; es el camino en que andamos. Esto es cierto para el pastor, porque es cierto para todo cristiano.

  1. Porque cada pastor es un ejemplo

Aunque todo pastor es primero y sobre todo un cristiano, no cabe duda de que el pastor es un líder cristiano. Debe liderar en santidad, modelando para la iglesia cómo se ve un discípulo de Jesucristo. El pastor debe ser más vigilante sobre el pecado, más consciente de su tentación y más comprometido con la santidad personal.

La iglesia depende fundamentalmente de Cristo y su obra expiatoria. Ésta es la verdad primaria. No obstante, en un grado menor pero aún muy real, la iglesia se apoya en la fidelidad del pastor.

Encontramos, por ejemplo, requisitos especiales en las Escrituras para que los pastores sean piadosos. Pablo ordenó a los ancianos de Efeso y, por extensión, a todos los ancianos que «presten mucha atención» a sus vidas (Hechos 20:28). Pablo llamó a la vida del ministro una que es santa, justa e irreprensible (1 Ts. 2:10). Instó a Timoteo a tener «buena conciencia» (1 Ti. 1:5,19) y advirtió a este joven pastor que no participara en los pecados ajenos (1 Ti. 5:22). Pablo resumió su consejo afirmando que el pastor debe huir del pecado y «seguir la justicia» (1 Tim. 6:11).

Los cristianos no aprenden a ser santos simplemente leyendo la Biblia. Deben mirar el ejemplo dado por sus pastores. Pablo les dijo a los corintios, filipenses y tesalonicenses que lo imitaran (1 Co. 4:16-17; 11:1; Fil. 4:9; 1 Ts.1:6; 2 Ts. 3:7-9). Le dijo a Timoteo que diera un ejemplo a los efesios «en palabra, conducta, amor, fe y pureza» (1 Ti. 4:12). Instruyó a Tito para que fuera «ejemplo de buenas obras» (Tito 2:7). Hizo listas especiales de calificaciones para ancianos que comienzan con el llamado a ser «irreprochables» (1 Ti. 3:1-7; Tito 1: 6-9). De hecho, la expectativa del Nuevo Testamento es que los ancianos serán tan conocidos por su santidad que sería ridículo aceptar una acusación contra ellos a menos que haya múltiples acusadores (1 Ti. 5:19).

En pocas palabras, el llamado al ministerio pastoral es un llamado a la santidad. Si dudas de esto por un momento, considera 1 Timoteo 4:16: «Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en esto, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren». Tenemos razón en atribuir la salvación solo a Cristo, pero si no tomamos en cuenta el papel del pastor, hemos disminuido el oficio que tenemos el privilegio de ocupar. Juan Calvino abordó esta inusual realidad:

Un pastor se volverá aún más celoso cuando se le diga que tanto su salvación como la de las personas que lo escuchan dependen de su devoción a su oficio…Solo Dios salva, y ninguna parte de su gloria puede transferirse a los hombres. Pero la gloria de Dios no disminuye en absoluto cuando emplea los esfuerzos de los hombres para otorgar la salvación…Dios solo es el autor de la salvación. Pero esto no excluye el ministerio de los hombres, porque el bienestar de la iglesia depende de ese ministerio [2].

Hermanos, presten atención al mandato de Pablo: «Ten cuidado de ti mismo». No dejes pasar un día sin suplicarle a Dios que te llene hasta desbordar del fruto de su Espíritu Santo. Esta santidad es necesaria no solo por tu bien, sino por el bien de la iglesia que Dios te ha dado para dirigir.

  1. Porque cada pastor es un intercesor

Después de llamar a los enfermos para pedirles a los ancianos que oren por ellos, Santiago dijo que la santidad es el combustible de una oración eficaz: «La oración eficaz del justo puede mucho» (Santiago 5:16). Es por eso que Pedro ordenó a sus lectores «sed sobrios y velad» (1 Pedro. 4:8).

Por el bien de tus oraciones.

Lee el Nuevo Testamento y descubrirás rápidamente que Dios usa las oraciones de los líderes cristianos para hacer crecer sus iglesias. Pablo oró para que la congregación de Filipos tuviera un amor que abundara «más y más, en ciencia y en todo conocimiento» (Fil.1: 9). Oró para que los efesios fueran «fortalecidos con poder» y «cimentados en amor» y «llenos de toda la plenitud de Dios» (Efesios 3:14-19). Oró para que los colosenses estuvieran «llenos del conocimiento de su voluntad [de Dios]» (Col. 1:9) y que los tesalonicenses «anduvieseis como es digno de Dios» (1 Ts. 2:12).

Mientras escribo estas palabras en 2020, algunas iglesias recién comienzan a reunirse después de la cuarentena de COVID-19. La soledad es rampante. La mayoría de las iglesias están luchando por saber cómo responder a los asesinatos de afroamericanos y los disturbios derivados. Soy testigo en las redes sociales de acusaciones de wokismo y racismo. La iglesia está sufriendo.

Hace casi veinte años, DA Carson enumeró varias necesidades urgentes que enfrenta la iglesia. En la parte superior de la lista puso nuestra desatención a Dios: «No somos capturados por su santidad y amor; sus pensamientos y palabras capturan muy poco de nuestra imaginación, muy poco de nuestro discurso, muy pocas de nuestras prioridades». Conocer a Dios, insistió Carson, era nuestro mayor desafío. Argumentó que la forma principal de abordar este problema es «la oración espiritual, persistente y con mentalidad bíblica» [3].

No podría estar más de acuerdo, pero haría una recomendación adicional. Necesitamos pastores santos que lideren el camino en la oración.

No tengo todas las respuestas a los serios problemas de hoy, pero estoy convencido de que parte de la solución son los pastores puestos de rodillas. Sí, la iglesia necesita hombres de Dios que prediquen el evangelio. Necesitamos pastores-teólogos lidiando con argumentos que menosprecian la expiación penal sustitutiva. Necesitamos trabajar a través de las implicaciones del evangelio en lo que se refiere a cuestiones de racismo. Pero Dios solo bendecirá esta obra si hay pastores tan transformados por el evangelio que sean «auto-controlados y sobrios» por el bien de sus oraciones y la salvación de sus iglesias.

Hermano pastor, ¿te importa la santidad? Supongo que sí, de lo contrario no habría llegado al final de este artículo. Por favor, no dejes de preocuparte. Estar atentos. En pie contra tu pecado desde este día hasta el día de tu muerte.


Traducido por Renso Bello

[1]  JC Ryle,  Santidad: su naturaleza, obstáculos, dificultades y raíces  (Chicago: Moody, 2010), 111.

[2] Juan Calvino, 1 y 2 Timoteo  en  The Crossway Classic Commentaries,  ed. Alister McGrath y JI Packer (Wheaton, Ill .: Crossway, 1998), 78.

[3] DA Carson, Un llamado a la reforma espiritual: Prioridades de Pablo y sus oraciones  (Grand Rapids, Michigan: Baker Books, 1992), 15-16.