Liderazgo

Oye, pastor, ¿Alguna vez, alguien te ha dicho que eres un buen oyente?

Artículo
06.04.2021

Algunos aspectos de nuestro tumulto político actual son relativamente nuevos. El nivel de intensidad no se encuentra entre ellos. A mediados del siglo XIX, por ejemplo, los conflictos políticos que precipitaron la guerra civil polarizaron a las iglesias. A mediados del siglo XX, las iglesias se encontraron en medio de las batallas por los derechos civiles, los fomentos antiautoritarios, la revolución sexual y la legalización del aborto. Las tensiones políticas de nuestros días pueden parecer estridentes en comparación con los 40 años anteriores, pero no son nada nuevo bajo el sol.

Lo que no tiene precedentes ahora es el grado en que, las tensiones políticas, dividen a los miembros de la misma iglesia local. La agenda de tensiones políticas de hoy —justicia racial, reforma policial, interseccionalidad, incluso el coronavirus—, divide a las personas piadosas que se sientan en el mismo banco.

Cubierto sobre estos temas, el candidato antiabortista de las elecciones celebradas lució una extensa lista de fallas morales atroces, lo que generó un polémico debate entre los santos sobre su calificación para la función.  Mientras los pastores se esfuerzan por mantener la paz en medio de tal agitación política, recordemos que navegar sobre la división no es nada nuevo. El pecado que mora en nosotros asegura que cada asamblea de santos, en un grado u otro, constituya una arena de confusión relacional, política o de otro tipo.

Las relaciones amorosas se ganan con esfuerzo y exigen la capacidad de la iglesia para sortear fuertes diferencias de opinión. Los miembros de una iglesia local sana deben aprender a emplear una variedad de estrategias para buscar el amor y la unidad a través de sus divisiones. Divisiones las cuales palidecen, en comparación con aquellas que la muerte de Jesús ha unido ya (Gálatas 3:28; Efesios 2: 11-22; 3:6).

Primordialmente, los miembros de la iglesia deben comprometerse a escucharse unos a otros. El amor se inclina hacia adelante y escucha. La ambición orgullosa y egoísta se eleva con trompetas. Por el bien de la gloria de Dios y la unidad de nuestras iglesias locales, aprende a ser un pastor que escucha. Mientras lo hacemos, aquí hay cuatro cosas para recordar.

1. Escuchamos a un Dios que habla y hablamos a un Dios que escucha

Estamos hechos a imagen de un Dios que habla y escucha. Dios habló al mundo para que existiera y usa como medio el lenguaje humano para revelarse a su pueblo. Los ídolos, por el contrario, son sordos y mudos. «Tienen boca, pero no hablan…oídos, pero no oyen» (Sal 115: 5-6). Los que adoran a dioses falsos se vuelven como ellos (v.8). Aquellos que adoran al Dios vivo le hablan y escuchan su Palabra.

¿Qué significa esto para escuchar a otros? Una vida dedicada a prestar atención a la Palabra de Dios — «haciendo estar atento tu oído a la sabiduría [de Dios]» (Pr. 2: 2) —, habitúa el alma para escuchar a otros. Escuchar a Dios requiere la humildad de buscar fuera de mí la verdad que da vida y la disciplina de aplicar la verdad de Dios a mi vida diaria, incluso cuando eso resulte doloroso. Caminar con Dios me orienta naturalmente hacia la escucha humilde y atenta de los que son hechos a su imagen.

Los pastores que luchan por escuchar bien, revelan cierto nivel de fracaso cuando se trata de escuchar bien a Dios. ¿Con qué frecuencia hemos sido testigos de tal decadencia espiritual cuando otro pastor desacreditado deja de escuchar a los demás? Ya sea impulsado por el orgullo, la codicia, el sensualismo o la pereza, una de las primeras señales de que un pastor, que pronto va a caer, ha dejado de escuchar a Dios, es que él deja de escuchar la sabiduría de los santos que Dios ha puesto a su alrededor.

Descarta la sabiduría de otros ancianos o miembros de la iglesia que intentan responsabilizarlo, rechazar sus ideas egoístas o cuestionar correctamente sus motivos. Estos hábitos de taponar los oídos están arraigados en taponar los oídos en su relación con Dios. Eventualmente darán el fruto amargo del orgullo, desestimación desatendida de lo que otros tienen que decir. Especialmente, cuando lo que tienen que decir, es lo que Dios le ha estado diciendo todo el tiempo. Escuchar a los demás es un músculo espiritual que ejercitamos, en el gimnasio de la devoción íntima con Dios.

2. Nos escuchamos para conocernos

Escuchar es más que una estrategia de transferencia de información. Escuchar a alguien es aprender sobre alguien. Para el creyente, escuchar la Palabra de Dios es la vida misma (Dt. 32: 45–47). La Palabra me revela el corazón de Dios, y me atrae para amarlo con todo el mío (Dt.6: 4-5).

Desde la otra dirección, mientras Dios nos escucha, la meta va más allá de nuestro bienestar psicológico. Al invitar a nuestras oraciones y peticiones, Dios nos invita a unirnos a él, para redimir nuestro mundo quebrantado, a la luz de sus promesas futuras: resistir al mundo, es decir, con la seguridad de lo que será (Mateo 6:10; Hechos 4: 23–31). Esto significa que, al escuchar la Palabra de Dios y oramos a él, llegamos a conocerlo.

De forma similar, llegamos a conocer a los demás, en parte, escuchándolos. Incluso si tenemos opiniones divergentes. Incluso si prestamos nuestro oído a un crítico injusto o a un creador de opiniones que está confundido. Escuchar nos permite mirar con atención a través de la ventana de su alma. El amor da la bienvenida a tales oportunidades. Podemos encontrar la ventana manchada con un discurso auto-engañoso, deshonesto o banal, pero escuchar nos permite conocer a alguien más a fondo. Por eso, el amor se regocija al escuchar.

Los pastores deben recordar esto frecuentemente. Después de todo, es fácil escuchar al miembro del rebaño que cree como tú o comparte tus intereses. Es fácil escuchar palabras de respeto y aprecio de los espíritus allegados. Pero nuestro Señor nos amó cuando éramos sus enemigos, y tu hermano o hermana, no importa lo difícil que sea de soportar, no es tu enemigo. Son santos elegidos por Cristo y unidos a su cuerpo por su sangre derramada. El amor escucha para conocerlos.

Escuchar también me ayuda a conocerme a mí mismo. Siempre que un creyente esté dispuesto a discutir conmigo asuntos polémicos y divisivos, debo recibirlo como un regalo. Incluso si lo que dicen es doloroso de escuchar o si la conversación parece no producir un bien duradero, en última instancia es un regalo. La mayoría de las críticas contienen al menos un granito de verdad que necesitamos escuchar. Que Dios nos ayude a aprender a despejar las nubes de la resistencia emotiva, escuchando atentamente para vernos con mayor precisión y así, darnos cuenta del efecto santificador que Dios quiere para nosotros.

3. Escuchar bien a los demás involucra un control enfocado

Algún ingenioso observó que Dios nos creó con dos oídos y una boca, por lo que debemos escuchar el doble de lo que hablamos. Quizá este proverbio popular se inspiró en la exhortación de Santiago de «ser pronto para oír y tardo para hablar» (Stg.1:19). Temo que los pastores estamos más programados para predicar sobre ese texto que para obedecerlo. Pero ser pronto para escuchar no es una sugerencia de autoayuda de un entrenador de vida posmoderno. Es un mandato del Espíritu Santo.

Como muchos, los pastores suelen registrarse en el extremo verbal de la escala de comunicación. Nos gusta tanto hablar que lo hacemos para vivir. Los estudios sociológicos afirman que hablar en público es uno de los temores humanos más prominentes; sin embargo, extrañamente, damos la bienvenida a lo que la mayoría de la gente encuentra aterrador. Como resultado, frecuentemente escuchamos acerca de las habilidades de predicación de los pastores. Pero, ¿cuántas veces has escuchado que un pastor es un excelente oyente?

Hermanos pastores, priorizamos el hablar sobre el escuchar a un ritmo escandaloso. Tenemos el encargo de hablar y debemos hacerlo. Pero no deberíamos permitir que este llamado sea excusa para tener una escucha deficiente. Que Dios nos ayude a crecer en la disciplina de sujetar nuestra lengua y abrir nuestros oídos.

4. Escuchar bien a otros no es una terapia

Cuando Dios escucha, siempre está entretejiendo algo. Por el contrario, nuestro mundo promueve una escucha casi totalmente pasiva en la que los oyentes son meras «cajas de resonancia» para ayudar a los hablantes a descubrir su propia sabiduría.

La escucha bíblica no es así. No implica que pongamos una expresión seria y una sonrisa afirmativa, mientras gruñimos «de acuerdo» sin importar lo que se diga. Ese tipo de escucha trata al hablante como soberano y no reconoce que debemos escuchar simultáneamente a Dios, cuya palabra es suprema en cada conversación.

Jesús escuchó bien. Él personificó el mandato del Espíritu: «ser pronto para oír y tardo para hablar». Pero habiendo escuchado, Jesús constantemente tenía algo que decir. A veces de aliento, a veces como una reprensión, a veces como una palabra de guía, a veces como oración. No somos Jesús, por supuesto, pero debemos imitarlo, escuchando con un amor que esté dispuesto a responder por el honor de Dios, si debemos reprender (Mateo 16: 21-23), advertir (Lucas 22: 31-34)), no decir nada (Mat. 27: 11-14), redirigir (Juan 21: 20-22) o salvar el día (Juan 21:15-17).

El amor se inclina y escucha bien. Que Dios nos ayude a amarnos unos a otros.


Traducido por Renso Bello.