Oración

Orando Juntos, un trabajo invisible pero vital

Artículo
09.04.2020

Me encantan las tareas con resultados visibles. Muéstrame un espejo de baño manchado, un escritorio lleno de papeles o una maceta de flores llena de hierbas, y me pondré manos a la obra. Con 10 minutos de esfuerzo, puedo convertir la suciedad en destello y el caos en calma. Es un agradable sentimiento.

Las tareas que no amo son las recurrentes y casi invisibles. ¿Preparar una cena para que mis tres hijos se la coman sin comentarios, para que puedan volver a jugar tiros al aro? No tanto. ¿Llamadas al consultorio médico por cuarta vez esta semana, para arreglar nuestro seguro de salud? No, muchas gracias.

NOS GUSTA LO VISIBLE

Al hacer clic en la pestaña «ministerio» de muchos sitios web de iglesias se revela que a menudo tenemos un sesgo similar en lo que respecta a nuestra vida corporativa. Destacamos nuestros grupos de discipulado, consejería, alcance de la comunidad, ministerios estudiantiles, estudios bíblicos y el cuidado congregacional. Nuestras fotos muestran a personas cantando y tocando instrumentos, personas sosteniendo tazas de café y Biblias abiertas, personas maniobrando carretillas y motosierras. Como iglesia, nos gusta lo que es visible.

Quizás por esa razón, orar juntos rara vez encabeza nuestro calendario de eventos. La oración corporativa, ya sea en un servicio de adoración o en una reunión de un día de semana, no tiene mucho que ver. Nos presentamos, inclinamos nuestras cabezas. Le pedimos a Dios por las necesidades diarias y el éxito del evangelio. Entonces, lo hacemos de nuevo. Semana tras semana, año tras año, las mismas personas traen las mismas preocupaciones, de la misma manera al mismo Dios. No siempre produce resultados obvios.

Pero es una de las cosas más importantes que hace la iglesia.

ORANDO PARA CRECER

Para avivar mi entusiasmo por esas necesidades mundanas en mi lista de tareas pendientes, tengo que recordarme que, en efecto, son valiosas. Si mis hijos no comen, no crecen. Si no hago llamadas telefónicas repetidas al consultorio, tendré que pagar una factura elevada. De manera similar, la iglesia necesita recordarse a sí misma que la tarea difícil, invisible y contracultural de la oración corporativa es el trabajo que sostiene todo lo demás que hacemos. Si no oramos, no avanzamos.

Además, reunirse para orar afirma tres cosas esenciales que, de lo contrario, es probable que olvidemos de la iglesia: dependemos completamente de nuestro Dios, necesitamos a cada miembro del cuerpo y tenemos una misión espiritual.

Primero, la iglesia que ora es una iglesia que admite su dependencia de Dios.

En nuestras otras actividades, podemos sentir la tentación de pensar que el éxito depende de nosotros. Si organizamos suficientes retiros juveniles, cantamos nuestros himnos con entusiasmo o cortamos la hierba de nuestros vecinos, entonces nuestra iglesia seguramente crecerá. Si invitamos a suficientes personas, capacitamos a suficientes personas, movilizamos a suficientes personas, seguramente veremos resultados en nuestra comunidad. Estas cosas pueden ser buenas. Pero unirnos para orar nos recuerda que el avance de la iglesia de Cristo no depende en última instancia de nosotros. En oración, extendemos humildemente lo que Thomas Manton llamó «las manos vacías del alma…[que] esperan todo de Dios».

Tomamos como ejemplo a los miembros de la iglesia primitiva que «se dedicaron a la enseñanza de los apóstoles y al compañerismo, al partimiento del pan y las oraciones» (Hechos 4:42). Oraron juntos cuando comieron (Hechos 2:46), y cuando estaban ayunando (Hechos 13: 2–3). Oraron juntos cuando fueron amenazados con persecución (Hechos 4: 23–31), y cuando estaban nombrando nuevos ancianos (Hechos 14:23). Oraron juntos en los servicios formales de adoración en el templo (Hechos 3: 1) y en las reuniones de oración junto al río (Hechos 16:13, 16).

Esos primeros cristianos enfrentaron una enorme carga de trabajo: proclamar el evangelio, hacer discípulos, plantar iglesias y alimentar a las viudas. Al priorizar la oración juntos, admitieron su máxima debilidad y encontraron su inagotable ayuda en Dios.

Segundo, la iglesia que ora afirma el valor de cada miembro del cuerpo.

lamentablemente, algunas veces actuamos como si los miembros patrocinadores de la iglesia fueran las personas cuyas contribuciones son las más notables. Los organizadores del programa y los directores del proyecto a veces parecen más importantes que las viudas mayores o los niños con discapacidades. Pero en la oración corporativa, no hay celebridades. En la oración corporativa, agradecemos las alabanzas de los niños que cierran la boca a Satanás (Salmo 8: 2), y honramos el arduo trabajo de un miembro que ora por los demás (Col. 4: 12-13).

Nos reunimos para orar en la consumación resonante de la profecía, de largo tiempo, de Isaías: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Is. 56:7). Nos reunimos para agregar nuestras oraciones a las de todos los santos en los grandes tazones de oro ante el trono celestial (Ap. 5: 8).

Asista a cualquier reunión de oración de la iglesia, cualquier miércoles por la noche y encontrará un grupo heterogéneo de personas. Allí, hombres y mujeres, pudientes y pobres, adultos y jóvenes, todos afirman su identidad común (Gálatas 3:28) y se comunican con su Dios. El exidólatra, el exhomosexual, el exladrón y el exblasfemo (1 Co. 6: 9-11) —todos los que han sido lavados en la sangre— juntos se acercan al trono de Dios con valentía (Heb. 4: 6, 10: 19). Los más débiles y los más fuertes, los menos honorables y los más honorables, los impresentables y los más presentables (1 Co. 12: 22–26) se ayudan mutuamente a través de la oración. Ninguno está excluido, ninguno se pasa por alto y ninguno se considera innecesario.

Finalmente, la iglesia que ora se reenfoca en su misión central y espiritual.

¿Hay una razón por la que orar juntos no nos parece mucho, por qué lo hacemos una y otra vez a pesar de que no podemos cuantificar los resultados? ¿Hay una razón por la que lo practicamos con los ojos cerrados y la cabeza inclinada?

La razón es simple: la oración es espiritual. Es el arma espiritual de la iglesia en una guerra espiritual (Ef. 6: 10-20). Es una herramienta espiritual que ayuda a nuestra tarea espiritual (2 Co. 1:11), y es nuestro atractivo espiritual para el Espíritu mismo (Lucas 11:13).

La vida y el ministerio de una iglesia no existe simplemente en el nivel visible de carne y hueso, edificios y clases, eventos y reuniones de comités. El mayor trabajo de la iglesia se lleva a cabo en lugares invisibles, y por eso oramos.

Oramos juntos para que el nombre de Dios sea proclamado con éxito en el mundo (Juan 17: 23–26), para que los obreros del evangelio sean enviados (Mateo 9:38), para que las personas se salven y se agreguen a la iglesia (Hch. 2, 47), y para que sus santos estén en unidad (Sal. 133). Oramos juntos para que Dios edifique su iglesia y derrote el reino de Satanás (Mateo 16:18), establezca miembros en las iglesias locales de acuerdo con sus propósitos (1 Co. 12:18), le conceda sabiduría a su pueblo (Mateo 21:15, Santiago 1: 5), garantice la seguridad de sus santos (Juan 6:37), y finalmente nos lleve a vivir juntos con él (Juan 14: 3).

Aunque nuestras oraciones juntos a veces pueden parecer infructuosas e insignificantes, la Biblia nos asegura que los resultados algún día se harán visibles. En Apocalipsis 8, Juan retira el velo del cielo y vemos nuestras oraciones colectivas mezcladas con el fuego de Dios; son arrojados a la tierra con los resultados más espectaculares: «y hubo truenos, voces, relámpagos y un terremoto» (Apocalipsis 8: 5).

Hermanos y hermanas, oremos juntos.


Traducido por Renso Bello.