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La sana doctrina es el combustible para la adoración

Artículo
25.11.2014

La sana doctrina es para la adoración lo que la madera es para un fuego. Si quieres una hoguera ardiente que dure toda la noche, apilas leños secos y compactos. Así también, la sana doctrina enciende nuestra adoración.

D. A. Carson ha dicho: “Lo que debería convertir la adoración en un deleite para nosotros no es —en primer lugar— su novedad o su belleza estética, sino su objeto: Dios mismo es un deleite maravilloso, y nosotros aprendemos a deleitarnos en él”.[1] La sana doctrina nos enseña a deleitarnos en Dios porque nos muestra cuán deleitoso es Dios. Coloca ante nuestros ojos las perfecciones de su carácter, la abundancia de su gracia y la majestad de su dominio soberano sobre todas las cosas.

La sana doctrina nos dice por qué deberíamos adorar a Dios. Y cuando la sana doctrina es atesorada profundamente en nuestros corazones, extrae y motiva nuestra adoración.

Esto es algo que vemos claramente en los Salmos. Por ejemplo, mira como el Salmo 95 empieza con un conmovedor llamado a la adoración: “Venid, aclamemos alegremente a Jehová; can te mos con júbilo a la roca de nuestra salvación. Lleguemos ante su presencia con alabanza; aclamémosle con cánticos” (vv. 1-2).

Pero el salmo no nos manda simplemente a adorar, nos dice por qué: “Porque Jehová es Dios grande, y Rey grande sobre todos los dioses. Porque en su mano están las profundidades de la tierra, y las alturas de los montes son suyas. Suyo también el mar, pues él lo hizo; y sus manos formaron la tierra seca” (vv. 3-5). ¿Has visto esa pequeña palabra “Porque” al principio del versículo 3? El salmo nos está dando razones para adorar a Dios. Basa nuestra alabanza en que Dios es completamente digno de ser alabado. El versículo 3 dice que debemos adorar a Dios porque es grande. Él es exaltado como Rey por encima de todos aquellos que se llaman dioses. Deberíamos adorar a Dios porque solo él es Rey soberano sobre toda la tierra. Dios no tiene rival en el cielo y no debería tener rival en nuestros corazones.

Los versículos 4 y 5 nos ofrecen más pruebas de la grandeza de Dios. Nos recuerdan que Dios creó el mundo y, por tanto, el mundo le pertenece. Los picos de las más altas montañas y los más profundos océanos son todos suyos. Solo Dios ha creado la tierra, la mantiene y gobierna sobre ella.

Por tanto nosotros —como criaturas de Dios— estamos obligados a derramar delante de él nuestros corazones con una alabanza agradecida, entregada y llena de asombro. Deberíamos cantarle por las mismas razones que cantaron los ángeles cuando Dios creó los cielos y la tierra: porque toda la creación declara la gloria, el poder, la sabiduría, la belleza y la impresionante soberanía de Dios.

A continuación, el salmo nos vuelve a instar a la adoración: “Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor” (v. 6). De nuevo, el salmo nos da razones para adorar: “Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano” (v. 7a). Dios en nuestro Dios. Él se ha comprometido con nosotros a hacernos bien (Jer. 32:40). Nos ha hecho suyos. Somos su pueblo y él es nuestro Pastor (Sal. 23:1-6; 100:3). Se preocupa personalmente de nosotros y nos alimenta con sus propias manos. Esas mismas manos omnipotentes que sostienen picos de granito son las que nos cuidan, nos proveen y nos dirigen con delicadeza en la dirección que debemos caminar. El exaltado y majestuoso Señor de todas las cosas ha condescendido a relacionarse con nosotros.

La Escritura nos enseña que Dios nos ha rescatado de nuestro pecado, nos ha reconciliado consigo mismo y se ha comprometido a proveer para todas nuestras necesidades, ahora y para siempre. Todas estas cosas son motivos para alabarle, adorarle, dar gritos de júbilo y postrarnos ante él en sumisión y obediencia. Todo esto es lo que la Biblia quiere decir cuando habla de adoración. Y el Salmo 95 nos muestra que esta adoración es alimentada por la sana doctrina.

[1] D. A. Carson, “Worship under the Word”, en Worship by the Book (Ensayo por D. A. Carson “La adoración bajo la Palabra”, en La adoración dirigida por el Libro), p. 30, Ed. D. A. Carson, Zondervan, Grand Rapids, 2002.

Bobby Jamieson es un estudiante PhD en Nuevo Testamento en la Universidad de Cambridge. Previamente sirvió como editor asistente de 9Marks. Puedes seguirle en Twitter: @bobby_jamieson