Liderazgo

¿Deberíamos reemplazar los funerales por «celebraciones de vida»?

Artículo
17.06.2020

Acababa de terminar el seminario cuando me hice amigo del propietario de una casa funeraria. Me acuerdo de preguntarle qué fue lo más importante que aprendió a lo largo de los años en su trabajo. Como él era un hombre de Dios, un miembro de mi iglesia, pensé que me ofrecería una idea profunda y teológica. En cambio, simplemente dijo: «La savia de la vida viene… y se va».

Aprecié su excéntrica brevedad, aunque esperaba que dijera algo más. Me quedé mirándolo, esperando… pero no dijo nada más.

Casi diez años después, sigue obsesionándome la franqueza y brevedad de su respuesta. Sus palabras siguen resonando en mi mente casi una década más tarde. A todos nos llegará el día: la savia de la vida viene… y se va.

¿FUNERALES…O «CELEBRACIONES DE VIDA»?

En la última década, mientras sirvo en mi iglesia local, he notado cierta tendencia: a la gente no le gusta pensar en la muerte. Rechazamos, ignoramos y nos negamos a reconocer nuestra mortalidad de todas las formas posibles. En las palabras del artista de blues Albert King: «Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morir». Nadie quiere morir y nadie quiere pensar en la muerte. Por lo general, podemos mantenernos lo bastante ocupados y distraídos como para no pensar tanto en la muerte, pero ¿qué pasa cuando muere un miembro de nuestra familia? Seguramente entonces nos vemos obligados a pensar en este tema tan escabroso, ¿cierto? ¡Pues no!

Como pastor, he notado cómo la aversión con que tratamos la muerte afecta el modo en que nos comportamos con los fallecidos. Hemos cambiado los funerales por «celebraciones de vida». Cada vez son más los miembros de mi congregación que «no quieren un funeral» para sus seres queridos. Más bien, quieren celebrar la vida de la persona que amaron.

No tengo nada en contra de celebrar la vida de un servidor del Señor Jesús. Debemos honrar a los seguidores fieles de Jesús por terminar su carrera. Debemos desafiar a los presentes a comportarse «como es digno del evangelio de Cristo». Sin embargo, me pregunto: ¿no es este deseo de celebrar la vida el resultado de un deseo más fuerte de evitar la muerte?

Las celebraciones de vida son atractivas. Son divertidas. Son brindis post mortem para personas no famosas. Para honrar a quien falleció, los amigos se ponen de pie y hacen bromas sobre él. El programa es sencillo: algunas anécdotas divertidas, un par de canciones y una incómoda homilía.

Lo he oído lo bastante a menudo como para saber de qué se trata: «¡Queremos que el funeral sea optimista y alegre!» Las celebraciones de vida quizá cumplan con «el optimismo y la alegría». Pero con frecuencia, no ofrecen esa esperanza que distingue al cristianismo.

FELICIDAD ≠ ESPERANZA

Como pastores, parte de nuestro trabajo es enseñar a las personas que no necesariamente hay una relación uno a uno entre la felicidad y la esperanza. Jesús demostró esto claramente en Juan 11, ante la tumba de Lázaro. Él llora. Es más: debemos entender que ayudar a las familias de luto a lidiar con la muerte es parte de la descripción del puesto. Tenemos que ayudar a nuestra gente a entender que en el duelo cristiano hay espacio para la alegría —e incluso para la risa— porque está ligado a la victoria final que Jesús obtuvo por nosotros.

Los funerales brindan una oportunidad única para explicar esto a los presentes. Nos obligan a pensar seriamente en lo que viene luego de la irrevocable muerte. En Eclesiastés, el orador nos dice que «les irá bien a los que a Dios temen» y que «no le irá bien al impío». Estas verdades contrastantes les siguen a los comentarios del orador sobre el sepelio del pecador. Una vez que ha sido elogiado en la ciudad, probablemente elogiado en el entierro, el impío ya está muerto; lo que importa ahora es si temió o no a Dios.

¿Significa esto que todo funeral debe ser gris y deprimente? Claro que no. En lugar de eso, el tenor emocional debe estar en apropiada sintonía con la triste realidad de la muerte, aun cuando se la considera junto con la alegre memoria del fallecido.

Después de todo, la muerte es el enemigo de Dios. Pablo nos lo dice en 1 Corintios 15:26. Pero es un enemigo que ya ha sido derrotado por la resurrección de Jesús. ¿Qué mejor lugar que un funeral para resaltar esta gloriosa verdad? No deberíamos buscar algo «optimista y alegre» cuando el profundo aljibe emocional de esperanza cristiana está a nuestra disposición. No deberíamos dedicarles tanto tiempo a las bromas que le restamos importancia a Jesucristo, quien luego de vencer el pecado y la muerte, abrió un camino para que los impíos sean perdonados y justificados.

Por más extraño que suene, no podemos permitirnos desperdiciar las oportunidades que presenta un funeral.

CONCLUSIÓN

Entonces, pastor, si una familia afligida te incita a ser «optimista y alegre», recuérdales con delicadeza Juan 11. Muéstrales que Jesús lloró por Lázaro debido a la maldición del pecado, tal como se ve en su muerte. Recuérdales que, así como Jesús llamó en voz alta: «¡Lázaro, ven fuera!», así también llama a su pueblo para que pasen de la muerte espiritual a la vida eterna. Para los presentes que teman a Dios, este recordatorio del evangelio será un llamado a la adoración. Y para aquellos que no teman a Dios, quizá sea el medio por el cual él los llame a vida eterna.

Si verdaderamente queremos celebrar la vida en los funerales (y deberíamos hacerlo), entonces hagámoslo: transitemos el duelo por la trágica realidad de la muerte y luego celebremos la vida eterna que Jesús obtuvo para su gente.


Traducido por Melisa Trinajstic