Oración

¿Cómo se oye una oración de lamento?

Artículo
21.12.2020

Nota del editor:  La semana pasada, publicamos un artículo titulado «Por qué agregamos una oración de lamento a nuestra reunión dominical». A continuación, se muestran dos ejemplos de tales oraciones de Hinson Baptist Church en Portland, Oregón.

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LECTURA DE LAS ESCRITURAS

De Marcos 14:

«32 Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro.33 Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse.34 Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad. 35 Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que, si fuese posible, pasase de él aquella hora. 36 Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú».

TRANSICIÓN

Jesús, el perfecto Hijo de Dios, luchó en forma profunda y emocional con el sendero que se le había presentado. Derramó su alma al Padre, preguntando si había otra manera, sin dejar de expresar su total sumisión a su Padre. Como Jesús, vayamos juntos a nuestro Padre y expresemos nuestro dolor y tristeza por las cosas difíciles de nuestra vida. Por favor, ora conmigo.

ORACIÓN

Padre, esta mañana venimos a ti profundamente angustiados y atribulados. Como Jesús, nuestras almas están abrumadas por el dolor de las circunstancias difíciles que nos han sobrevenido. Circunstancias que, a la vista parecen no tener un fin. Señor, pensamos en aquellos en nuestra familia de la fe que están lidiando con la pérdida de seres amados: cónyuges, hijos, bebés no nacidos, amigos y parientes. Pérdidas que permanecerán con ellos, hasta que ellos también se vayan a casa para estar contigo. Oh Dios, lamentamos estas pérdidas. Confesamos que no entendemos. Las preguntas llenan nuestras mentes: ¿Por qué tuvo que suceder esto? ¿Cómo pudiste permitirlo? ¿Dónde estás tú en medio de todo esto?

También estamos llenos de tristeza por las dificultades relacionales que han llegado a nuestras vidas. Pensamos en los desafíos del matrimonio o la paternidad. Las dificultades que se han apoderado de los matrimonios debido a la adicción a la pornografía, la confianza quebrada, las inseguridades desenfrenadas, los arranques de ira. El dolor de unos niños descarriados que te rechazan, a pesar de todo lo que fueron criados para creer en ti. Las tensiones de cuidar a los padres que envejecen, mientras vemos la vida escurrirse de sus cuerpos. Oh Dios, estas dificultades diarias nos desgastan, hasta sentirnos demasiado agotados para continuar.

Dios, también estamos agotados por las pruebas físicas, mentales y emocionales que has traído sobre muchos de nosotros. Pensamos en aquellos que luchan contra enfermedades físicas y mentales, dolencias y discapacidades. Señor, es un camino tan desmoralizador y deshumanizador. Las constantes náuseas, mareos, fatiga, bruma, temblores, el dolor que se proyecta a través de nuestro cuerpo, el insomnio, la pérdida de funciones físicas básicas, la incapacidad de hacer cosas simples como caminar o correr o jugar con nuestros hijos… o incluso tener hijos. Lamentamos la ansiedad que asola nuestras vidas, la oscuridad de la depresión que sangra en cada parte de nuestra alma, los altibajos que destruyen nuestras relaciones, todo eso, nos hace sentir menos que humanos. LO ODIAMOS. Lo odiamos Dios. Y confesamos que frecuentemente nos cuesta verte en medio de estas pruebas.

Pero, por supuesto, Señor, cuando todo está dicho y hecho, reconocemos que muchas de nuestras pruebas nos han sido provocadas por nuestro propio pecado. Hemos ido tras los dioses falsos del sexo, el dinero, la comodidad, el control, el escapismo y ahora estamos probando las amargas consecuencias de esas elecciones. Como Israel, te rechazamos para ir tras otros amantes, y ahora esos mismos amantes nos han rechazado, en nuestro momento de mayor necesidad. Oh Dios, nuestro pecado nos hacen miserables. Lo odiamos y, sin embargo, a menudo seguimos volviendo a él. Nos sentimos atrapados.

Todas estas cosas llenan nuestros corazones de dolor y aflicción. Y, sin embargo, no nos afligimos como aquellos que no tienen esperanza. De este lado de la cruz, sabemos que todo nuestro dolor, pesar y pecado ha sido llevado de nosotros por otro. Porque allí, en la cruz, Jesús, el último portador de dolor, tomó nuestros pecados y sufrimientos sobre sí mismo para que no seamos consumidos por tu ira o por el sufrimiento que viene en este mundo arruinado. Debido a su obra expiatoria en nuestro favor, no solo experimentamos la salvación en medio del dolor, sino que también tenemos una gran confianza en que un día todo nuestro dolor será borrado, cuando Jesús regrese para corregir todos los males y hacer que andemos contigo en comunión permanente, en una tierra renovada. Oh Señor, tenemos una gran esperanza gracias a Jesús. Y así continuamos sometiéndonos a ti como lo hizo Jesús,

Fortalécenos ahora en el nombre de Cristo, oramos. Amén.

CONCLUSIÓN

Debido a que Jesús bebió la copa de la ira preparada para él, incluso en nuestras circunstancias más difíciles, podemos cantar alabanzas a Dios. Esto no es un triunfalismo trivial, este es el tipo de fe resistente y férrea que derrama nuestras emociones y frustraciones ante Dios, pero luego mira a la cruz y canta de la manera más profunda: «¡Aleluya, qué Salvador!». Por favor, ponte de pie, mientras cantamos eso ahora.

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INTRODUCCIÓN

Este cántico que acabamos de entonar llamando a los pecadores a venir a Jesús, no es un cántico dirigido a esas personas. Es un cántico destinado a confortarnos a nosotros. Somos los que estamos «débiles y heridos, enfermos y abatidos», somos los «perdidos y arruinados por la caída».

Entonces, ¿Cómo nos salvó Jesús a los pecadores?

LECTURA DE LAS ESCRITURAS

Escucha lo que leo en Marcos 15:

«21 Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz. 22 Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. 23 Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó.

24 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno. 25 Era la hora tercera cuando le crucificaron. 26 Y el título escrito de su causa era: EL REY DE LOS JUDÍOS. 27 Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha, y el otro a su izquierda. 28 Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos. 29 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: !!Bah! tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, 30 sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz. 31 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros, con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. 32 El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos. También los que estaban crucificados con él le injuriaban. 33 Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.

34 Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?».

TRANSICIÓN

Qué extraño cuadro de la salvación.

Pero cuando vemos a nuestro Salvador en su sufrimiento, en su clamor, vemos y oímos algo de nuestra experiencia.

Como iglesia, estamos pasando por una serie en Lamentaciones, y en las Escrituras, vemos un modelo para llevar a Dios, no solo nuestras alabanzas y nuestra acción de gracias, sino también nuestro dolor y nuestra aflicción. Entonces, ¿te unirías a mí en oración ahora mientras llevamos nuestros dolores a Dios?

ORACIÓN

Nuestro Padre celestial, Aunque nos reunimos aquí esta mañana limpios por fuera, manteniendo un exterior alegre, Señor, conoces nuestros corazones. Somos los que estamos perdidos y arruinados por la Caída. Representamos todo tipo de aflicciones, dolores y cargas aquí esta mañana.

Oh Dios, conoces el sufrimiento físico particular que existe en esta congregación. Somos aquellos que hemos sido devastados por todas las formas de enfermedad y dolencia: cánceres, enfermedades crónicas, enfermedades incurables, enfermedades mentales y mucho más. En nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestras emociones, hemos sentido la maldición de la Caída. Y Dios, te lo confesamos, esto es difícil. Oh Dios, seguramente ves las batallas diarias, momento a momento: la desesperación, las náuseas, el dolor, la pérdida de perspectiva, los tratamientos interminables y aparentemente ineficaces. Oh Dios, seguramente escuchas los gritos y oraciones de tu pueblo, en todo esto, mientras oramos por nosotros mismos, por nuestros seres queridos, por nuestros hijos.

Y, sin embargo, muy a menudo esas respuestas parecen llegar muy lentamente, o incluso no llegan en absoluto. Oh Dios, conocemos tus promesas de obrar bien en nuestras pruebas, pero Señor, lo confesamos; muchas veces, simplemente no lo vemos. Simplemente no tiene ningún sentido. Entonces Dios, ayúdanos. No nos abandones. Mira nuestro sufrimiento y actúa, en tu misericordia.

Oh Dios, somos un pueblo que ha visto la muerte. Muchos aquí esta mañana lloran la muerte de un cónyuge, la muerte de un hijo, la muerte de un amigo. Extrañamos a estos seres queridos. Nuestros corazones se duelen. Y las noches son largas y solitarias. Oh, Señor, sabemos por tu Palabra que la muerte no fue inicialmente parte de tu creación. Sabemos que la muerte es tu juicio sobre el pecado. Pero Señor, te rogamos, no nos abandones en tu juicio. Porque tú, más que ninguno de nosotros, sientes la maldad de la muerte. Eres el Dios de la vida.

Así que, aunque vivamos en medio de toda esta muerte, mientras vivimos nosotros mismos en estos cuerpos moribundos, oh Señor, no nos abandones. No nos dejes en nuestro dolor. Muéstranos la luz de tu rostro.

Porque en medio de todo este sufrimiento y muerte, nuestro dolor más profundo no es nuestro dolor físico. Nuestro dolor más profundo es la distancia que sentimos de ti. Nuestro dolor más profundo es el hecho de que estamos separados de ti, nuestro Dios, nuestro Padre. No te vemos cara a cara. ¡Nunca lo hemos hecho! Y aunque sabemos y creemos que estás aquí y que has entrado en nuestro mundo, vivimos por fe y no por vista. Lamentamos que no estemos contigo ahora. En nuestro sufrimiento, una y otra vez se nos recuerda esa separación, se nos recuerda nuestro pecado, el juicio que merecemos, tu ira contra nuestro pecado. Así que Dios, ten piedad de nosotros. No permitas que Satanás use nuestro sufrimiento para engañarnos. En medio de nuestro sufrimiento, permanece sobre nosotros.

Oh Dios, creemos que has proporcionado la mejor respuesta a nuestro sufrimiento en la resurrección de tu Hijo. Infunde en nuestro corazón la verdad y la esperanza del evangelio. Ayúdanos a escuchar el consuelo del evangelio más fuerte que la condenación de nuestro dolor. Ayúdanos a ver a Cristo, nuestro Salvador sufriente, nuestro Sumo Sacerdote compasivo. Haz que nuestros corazones estén satisfechos en Él.

Ten piedad de nosotros. Oramos esto en el nombre de Cristo. Amén.

CONCLUSIÓN

En medio de nuestros dolores, tenemos un Salvador que cargó con nuestro pecado y nuestras aflicciones sobre sí mismo, que fue abandonado por Dios, para que nunca seamos abandonados. Eso no nos da respuestas fáciles. Pero nos da esperanza.

El domingo pasado por la noche, aprendimos un nuevo himno, basado en el Salmo 88, que es un salmo de lamento. Dios es lo suficientemente fuerte como para soportar nuestros dolores y, por eso, podemos llevárselos. Permanezcamos sentados mientras continuamos trayendo nuestros corazones ante Dios.


Traducido por Renso Bello