Reseñas

Reseña del libro: Truth We Can Touch [Verdad que podemos tocar], de Tim Chester

Review
31.10.2021

Las conversaciones protestantes internas acerca de las ordenanzas a menudo se sienten como disputas arraigadas en los distintivos eclesiales acerca de todo lo que estos símbolos no son. Muchos de estos argumentos han enfatizado lo que los pastores comunican al administrar las ordenanzas, o lo que los cristianos dicen al participar en ellas, y las implicaciones eclesiales que se derivan de estas prácticas. Podríamos estar consternados, entonces, cuando un autor evangélico decepciona deliberadamente nuestra inclinación por las respuestas partidistas respecto al tema, la manera y el modo; inquietante, lo sé, pero todo articulado por otras voces capaces.

Lo que obtenemos a cambio de nuestra decepción, sin embargo, es una meditación afirmativa, devocional y confesional de cómo funcionan las ordenanzas para nuestro estímulo cristiano y crecimiento en la gracia. En lugar de insistir en lo que [nosotros] decimos a los demás en estos símbolos, Chester nos invita a escuchar de nuevo lo que Jesús nos dice en ellos. Como resultado, no vemos cómo las ordenanzas dividen a las iglesias, sino cómo unen a los cristianos.

Pero, por favor. ¿Puede realmente un libro unir si se niega a reconciliar las controversias que dividen? Yo también me lo pregunté; y luego lo leí.

SI EL BAUTISMO Y LA COMUNIÓN DESAPARECIERAN, ¿LOS EXTRAÑARÍAS?

Chester comienza preguntándose si los protestantes realmente extrañaríamos la Cena del Señor o el bautismo si nos los quitaran. Atribuye nuestra indiferencia hacia las ordenanzas a nuestra complicidad al permitir que la sola Escritura sea secuestrada por el racionalismo. Como resultado, inclusive muchos cristianos se sienten más cómodos viviendo una cosmovisión «desencantada» (18-20, 159-164); después de todo, ¿no debería la palabra triunfar sobre la experiencia? Adictos a la trascendencia, desconfiamos de la inmanencia.

Pero es precisamente en las ordenanzas donde Jesús ha «materializado» o dramatizado de algún modo su presencia prometida; no obstante, no nos atrevemos a preguntar cómo. Experimentar lo trascendente en términos de lo tangible parece más bien… tabú, medieval, místico: no protestante. Tal vez, por esa razón, en parte, la palabra «sacramento» nos pone los pelos de punta a algunos y, por eso, (yo incluido) nos refugiamos en la fortaleza lingüística de la palabra «ordenanza».  Sí, practicamos el bautismo y la Cena del Señor, pero solamente porque Jesús nos lo dijo… y siempre con cuidado de no disfrutarlo demasiado.

PERSONIFICAR LA PROMESA DEL EVANGELIO

El resumen de Chester de su argumento es que «es útil pensar en lo sacramentos como promesas personificadas… El agua, el pan y el vino son realidades objetivas fuera de nosotros que personifican la naturaleza objetiva de la promesa del evangelio…». Su significado se deriva del evangelio. Son… declaraciones objetivas de la promesa de Dios para nosotros (43-44 énfasis original). Así pues, aunque el bautismo es nuestra adhesión a Cristo, es, ante todo, la manifestación tangible de la acción de Dios de limpiarnos del pecado y unirnos a Cristo en su muerte y resurrección.

Chester desafía a los evangélicos a considerar si pensamos más como los católicos de lo que nos gustaría admitir cuando vemos el bautismo exclusivamente o inclusive principalmente como «algo que hacemos por Dios» (declarar nuestra fe), cuando realmente las ordenanzas «son algo que él hace por nosotros» (50). Nuestra misma pasividad en el bautismo —no nos bautizamos, sino que somos bautizados— significa la objetividad de nuestra unión con Cristo. No es sólo que estemos haciendo algo al ser bautizados, o que la iglesia esté haciendo algo por nosotros (aunque es cierto). Es que Dios está haciendo algo por nosotros al bautizarnos, dándonos una señal promulgada e inclusive palpable para asegurarnos de que la promesa de su evangelio es real y tiene un efecto real en el mundo real de personas reales.

Esta misma objetividad, representada de manera tangible en el agua y en la experiencia de ser bautizado, es lo que Lutero estaba reafirmando de sí mismo mientras se encerraba en Wartburg gritando a nadie en particular: «Baptizatus sum… Soy un hombre bautizado» (51). Es difícil saber en qué estaba pensando Lutero cuando dijo eso; pero lo que Chester puede extraer es que el bautismo de Lutero fue la experiencia tangible y el recuerdo que lo redirigió fuera de sus sentimientos subjetivos sobre su rechazo por el mundo, y hacia la objetividad de su unión con Cristo, sin importar cómo se sintiera internamente. Y esto, al parecer, es lo que hace Pablo en Romanos 6:1-4: dirigir a la iglesia de Roma de vuelta a la realidad espiritual objetiva concretada (tangibilizada) en su bautismo en agua (130). Las ordenanzas, por tanto, son las experiencias multisensoriales (me atrevería a decir de inmersión) que Jesús da a su pueblo como una forma de hacer tangible su presencia espiritual entre nosotros durante su ausencia física.

UNA PEQUEÑA OBJECIÓN SOBRE LA PALABRA «TRANSMITIR»

Si tengo una objeción, es que el libro utiliza el verbo «transmite» (36) para explicar la relación funcional de las ordenanzas con la gracia, cuando a mis oídos protestantes les resultaría más fácil escuchar algo como «expresa», «sugiere», «ilustra» o «simboliza». Por ejemplo, Chester escribe: «Los signos transmiten la realidad que significan sin convertirse en la realidad que significan» (72, énfasis original).

Quizá sea cuestión de semántica, pero el verbo «transmite» puede comunicar involuntariamente la misma relación ex opere operato que Chester niega. No creo que el significado pretendido sea que las ordenanzas «transmitan el perdón y la aceptación de la gracia de Dios» (36, citando a Melvin Tinker) en el sentido de que transmitan o entreguen directamente la gracia como una cinta transportadora transporta la carga. Más bien, las ordenanzas sugieren, dramatizan, simbolizan, visualizan o ilustran esa gracia y su recepción en formas tangibles que nos aseguran y nos ayudan a apreciar y disfrutar esa gracia otra vez. En el contexto de una conversación histórica llena de malentendidos, yo evitaría usar la palabra «transmitir».

LAS ORDENANZAS Y LA IGLESIA LOCAL

Dicho eso, sería difícil encontrar una introducción más sucinta, precisa y legible a las posiciones históricas acerca de la comunión que en el convincente capítulo de Chester acerca de la Cena del Señor como «presencia promulgada». Dentro de los agradables confines de unas pocas páginas, Chester explica y rechaza la presencia física real del catolicismo, la ubicuidad del cuerpo de Cristo que sustenta la consubstanciación luterana y el mero memorialismo de Zwinglio (82-88), y aboga por la presencia espiritual real enseñada por Calvino, Cranmer y el bautista de todos los bautistas, el propio Spurgeon (88-91).

Chester también es fuerte en los aspectos del pacto y eclesiales de las ordenanzas (¡ya ves, ahí voy de nuevo!). Dado que «toda Cena del Señor es una ceremonia de renovación de pactos» (121, 123), nuestra iglesia la toma como un momento oportuno para renovar nuestros compromisos de membresía entre nosotros, recitando juntos nuestro pacto eclesiástico. Pero «si el bautismo es como una boda, la comunión es como un abrazo… la reafirmación del amor del pacto» (98). «El bautismo es la encarnación de nuestra unión con Cristo. La Cena del Señor es la encarnación de nuestra comunión con Cristo» (101).  Una vida bautizada, por tanto, es realmente una vida cruciforme: una vida moldeada por la unión con la muerte y resurrección de Cristo (133-134), que es lo que simboliza el bautismo. Y la comunión da forma a nuestro servicio cristiano recordándonos el sacrificio de nuestro Maestro, reavivando nuestra gratitud por él y renovando nuestra visión del mundo como uno en el que el Dios trascendente está inmanente entre nosotros (134-142).

Dado que las ordenanzas son pactadas, Chester enfatiza con razón que son eclesiales. En este punto, los bautistas podríamos sentir que estamos volviendo a un territorio más familiar. «Si quieres recibir la bendición de Dios, no necesitas ir en busca de alguna experiencia nueva y dramática. El lugar donde debes estar es en tu iglesia local, donde se proclama la Palabra y se administran los sacramentos» (74).

En las últimas quince páginas (143-158), afirma que el bautismo es un prerrequisito tanto para ser miembro de la iglesia como para la Cena del Señor, la intención horizontalmente reconciliadora de la Cena (149-150), la relación de la comunión con la disciplina de la iglesia y las llaves (151-155), y la Cena del Señor como la oportunidad para que los no creyentes se vean y se sientan útilmente excluidos de la cena familiar, no como un desaire malintencionado, sino como un medio de evangelización corporativa y como una protección contra la falsa seguridad (155-158).

Por supuesto, la negativa deliberada del libro a entrar en el debate sobre el pedobautismo y el credobautismo obliga a admitir que «sólo hay una puerta de entrada a la iglesia, que es la fuente o el baptisterio» (144). Ah, solo hay una puerta… pero hay un «o», y ahí está el problema. Pero esa es una conversación para otro libro.

UNA NUTRIDA MEDITACIÓN SOBRE LAS ORDENANZAS

Si quieres una meditación nutritiva sobre las ordenanzas, el libro de Chester es un buen lugar para empezar. Es un modelo de la mejor clase de ecumenismo centrado en el evangelio que puede ayudar a los bautistas evangélicos y a los presbiterianos a estar de acuerdo entre sí sobre el significado de las ordenanzas, sin quedarse estancados en las distinciones denominacionales. Es un buen ejemplo de cómo saborear nuestros acuerdos antes de dar rienda suelta a nuestros debates. Quiero que nuestra propia congregación escuche más detalles acerca de las ordenanzas que los que aborda este libro.

Sin embargo, Chester me ha dado algunos estímulos que espero utilizar en mis comentarios sobre la dirección del servicio para guiar a la congregación a través de la observación de la comunión y los bautismos. Ha proporcionado a la iglesia una herramienta de discipulado accesible para animar a los cristianos inexpertos o mal enseñados en el significado de nuestros símbolos cristianos, que son, a pesar de todos nuestros desacuerdos, la verdad hecha tangible.

Traducido por Nazareth Bello