Reseñas

Reseña del libro: Missional Renaissance [El renacimiento misionero] de Reggie McNeal

Review
26.09.2021

Cada cierto tiempo, la iglesia evangélica parece atravesar una especie de crisis de la mediana edad. El mundo proclama regularmente nuestra irrelevancia en el mejor de los casos o nuestra hipocresía en el peor de ellos. Y mientras se burlan de nosotros, asumimos que nuestra oportunidad de ganar una audiencia para Cristo se nos escapa de las manos. Nuestra importancia está siempre en discusión.

Missional Renaissance: Changing the Scorecard for the Church [El renacimiento misionero: Cambiando el marcador para la Iglesia] de Reggie McNeal fue escrito en un momento de la sociedad mucho más esperanzador que ahora.  Pero luego, al igual que ahora, hubo muchas críticas válidas a las iglesias evangélicas por ser aisladas, interesadas y alejadas de la realidad. McNeal intenta abordar esa irrelevancia al establecer un plan de trabajo para el cambio.

El movimiento misionero se «opone a la iglesia de siempre» y se empeña en marcar una diferencia significativa en el mundo. Missional Renaissance [El renacimiento misionero] es un intento de empezar la definición de lo que debe ser aceptado para que lo «misional» suponga un cambio duradero en el cristianismo (xv). La propia metáfora de McNeal es evidente en el subtítulo: necesitamos cambiar el marcador, porque lo que celebramos como una victoria es lo que promoveremos y en lo que invertiremos nuestra energía. Sin embargo, a pesar de toda la palabrería acerca de la revolución, el nuevo cuadro de mando de McNeal para la iglesia parece equivaler a un consejo útil en la comunidad, el desarrollo personal y un desinterés total en los asuntos de la eternidad o justicia.

BUENAS PREOCUPACIONES Y FALSAS OPCIONES

McNeal es consciente de los muchos problemas que existen en una iglesia suburbana estadounidense (estereotipada). Al rechazar el status quo, establece una opción binaria entre los proyectos y programas de construcción o el ministerio de misericordia y las personas (por ejemplo, 1, 131, 137). Ante estas opciones, no conozco a muchos pastores que escojan la primera categoría. ¿Pero por qué son esas las únicas opciones? El libro se encuentra atrapado en terribles dicotomías: elegir un ministerio dedicado a construir una monstruosidad centrada en los programas con la esperanza de que atraiga a la gente atendiendo a sus necesidades sentidas, o elegir un ministerio dedicado a construir empresarios, inversores y comedores sociales competentes con la esperanza de que atraigan a la gente atendiendo a sus necesidades materiales. Ambos enfoques se encontrarán esclavizados a las debilidades del momento cultural.

ESCEPTICISMO INSTITUCIONAL Y LA INSTITUCIÓN DE DIOS

El deseo de McNeal de preparar personas para el ministerio en lugar de dejarlo en las manos del clero es loable (139-40), al igual que su preocupación por que la vida de las personas no se rija por actividades de la iglesia que los alejen de su comunidad. Pero McNeal no parece dispuesto a reconocer que rechazar el ministerio basado en programas no implica rechazar a la iglesia como institución. Como resultado, se aleja de cualquier visión de la iglesia como una institución con una comisión específica, autorización y estructura de rendición de cuentas. Pero Cristo proporcionó a la iglesia precisamente esas cosas, como institución a fin de completar la comisión de hacer discípulos (cf. Mt.16, 18 y 28).

Así, McNeal enmarca cualquier preocupación por la asistencia a la iglesia como algo egoísta (11, 93). Su crítica se basa en la visión de la participación de una iglesia que equivale a perpetuar los programas de la iglesia. De nuevo, si hay que escoger entre mantener a la gente ocupada con los eventos de la iglesia o capacitarlos para estar activos en sus comunidades, estoy con McNeal.

¿Pero y si Dios ha dicho que reunirse como iglesia es crucial para la fidelidad en el mundo (He. 10:24-25)? ¿Y si la forma en que los cristianos se cuidan unos a otros tiene como propósito alabar a nuestro Señor ante un mundo que nos observa (Jn.13:36)? ¿Y si la forma en que el Espíritu Santo pretende facilitar la rendición de cuentas y preservar nuestra fe en un mundo hostil es a través de la institución de la iglesia (Mt. 18, Jud. 20-23)? ¿Y si protegernos unos a otros fuera la forma de preservar el mensaje del Evangelio en pureza y verdad, no solo para el mundo que nos rodea ahora, sino también para las generaciones futuras (Gál. 4:28-30, 1 Co.5)? ¿Y si los pastores no debieran ser psicoterapeutas e instructores de seminarios, sino pastores responsables ante el Señor por su cuidado del rebaño de Dios comprado con su propia sangre (Hch. 20:28)?

Irónicamente, creo que McNeal se beneficiaría de una visión más clara de la iglesia como institución, para diferenciar entre las muchas cosas buenas que queremos que los cristianos consideren hacer y lo que la iglesia reunida debe hacer [1].

ENCONTRAR NUESTRA MISIÓN EN EL PERIÓDICO Y NO EN LA BIBLIA

McNeal se refiere regularmente a la declaración de Cristo de que ha venido para dar vida, y vida en abundancia (35, 45, 82, 111). Sin embargo, en ninguna parte sugiere que la «vida» o la «vida abundante» tengan algo  que ver con la salvación, el perdón o incluso la «vida eterna» [2]. En cambio, lo considera como una cifra que representa la preocupación de Dios por que las personas vivan vidas plenas y saludables: realizando un trabajo bueno y significativo, disfrutando dinámicas familiares sanas, contribuyendo a la sociedad que crece en capital económico y social. Por supuesto, todas estas cosas son buenas. ¿Pero en qué beneficia a un hombre fortalecer su comunidad durante cincuenta años si pierde su propia alma?

McNeal sugiere que debemos entender nuestra misión como iglesia al ver lo que Dios está haciendo en el mundo y al unirnos a él en ello (23). En la práctica, eso implica establecer nuestro parámetro según las tendencias seculares. El aumento de las donaciones altruistas a través de instituciones como Bill and Melinda Gates Foundation y Oprah’s Big Give son aparentemente indicaciones de lo que Dios está haciendo (4ff). ¿Realmente deberíamos mirar a la familia Gates, a Oprah y Warren Buffet para determinar lo que es bueno y lo que la iglesia debe hacer? Seguramente, ¿tenemos una autoridad mejor (quizá divina) con instrucciones más claras en relación con nuestra misión? No pretendo restar importancia a la preocupación de McNeal por las necesidades materiales de nuestros vecinos, ni su inquietud por el hecho de que las iglesias a menudo están desconectadas de las comunidades que las rodean.  Tiene grandes consejos prácticos para conectar con la comunidad. En estos temas su creatividad y sabiduría práctica brillan.

¿Y la preparación de nuestros vecinos para presentarse ante el tribunal y la justa ira de Dios? ¿Qué hay de la esperanza segura de la misericordia de Dios a través del arrepentimiento y la fe en la muerte expiatoria de Cristo?

EL MENSAJE MÁS RELEVANTE DE TODOS

Confío en que McNeal afirmaría la centralidad del evangelio si le preguntases. El problema es que habría que preguntárselo a él. Este libro parece haberse olvidado en gran medida de las cosas de Dios. Estoy agradecido por los cristianos que invierten en sus comunidades, que ayudan en la escuela local, que se trasladan a las partes difíciles de la ciudad, que trabajan para brindar atención médica a los desfavorecidos. Estoy agradecido por los cristianos que toman decisiones realmente sacrificiales por el bien de otros. Esas son buenas acciones. No solo recomiendan el evangelio al mundo, sino que también abordan las desigualdades e injusticias reales.

En los casos en que el movimiento misionero nos ha hecho sentirnos incómodos con nuestra comodidad mientras un mundo en ruinas necesita nuestra ayuda, les estoy agradecido. Tengo muchas preocupaciones sobre ese movimiento (incluyendo llamarlo movimiento). Pero agradezco que me empujen a sentir la urgencia de la misión. Ese tipo de «misionerismo» está muy lejos de la indiferencia hacia los asuntos de la eternidad en Missional Renaissance [El renacimiento misionero]. En ese sentido, el libro de McNeal parece ser una excelente guía de lo que debe hacer la iglesia si el cielo, el infierno y la resurrección no son verdaderos, pero queremos aferrarnos a alguna apariencia de utilidad.

Sin embargo, en el mundo en el que vivimos, necesitamos algo más que consejos prácticos sobre el compromiso creativo. Necesitamos algo más que libros en los que se habla mucho de estar en misión, pero en los que nunca se menciona la obra expiatoria de Cristo. No necesitamos un renacimiento que lo cambie todo. Necesitamos iglesias llenas de cristianos que se animen mutuamente a confiar en que nuestro evangelio es el mensaje más relevante para el mundo, incluso cuando el mundo nos diga que no importa en absoluto.

Traducido por Nazareth Bello.

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[1] Por ejemplo, como se describe en el capítulo de Jonathan Leeman en Four Views on the Mission of the Church (Cuatro perspectivas acerca de la misión de la Iglesia).

[2] En la página 35, sí dice que Dios ha tenido la misión de «volver a enamorar a la humanidad para que tenga una relación íntima con él». Pero incluso eso parece ser un medio para un fin. «El pecado roba la vida. Jesús lucha contra los ladrones de la vida en su vida, muerte y resurrección. Declaró que había venido a dar vida, vida en plenitud. Esto significa que los seguidores misioneros de Jesús están comprometidos en todos los aspectos de la experiencia humana —política, social, económica, cultural, física, psicológica y espiritual— para trabajar por aquellas cosas que mejoran la vida y oponerse a las que la roban». Incluso la referencia a las preocupaciones espirituales es aquí una parte de la experiencia humana. No aborda nuestra posición ante un Dios santo.