Reseñas

Reseña del libro: Métodos misioneros: ¿Los nuestros o los de Pablo? de Roland Allen

Review
07.03.2021

A mi hija de 3 años le encanta «ayudar». Ella quiere ayudar en la cocina, guardar los platos limpios e incluso armar el juego de muebles de IKEA. Pero en este momento de su vida, su ayuda es contraproducente. Ella derrama la pasta y deja caer los platos. No puede obtener el torque suficiente para apretar los tornillos de los muebles los cuales «revisa» muy diligente, o cuando realmente consigue que giren, se aflojan, porque no los aprieta.

En casi todas las formas en que ella ayuda, puedo hacerlo más rápido y mejor. Pero todavía la dejo «ayudar». La estoy entrenando y ayudando a alcanzar la madurez, permitiéndole intentarlo para que pueda aprender a hacer esas cosas ella misma algún día. Si yo siempre hiciera estas tareas, seguro que las haría más rápido, pero mi hija nunca aprenderá cómo hacerlas sin una supervisión constante. El desafío como padre es determinar cuándo y cuánta ayuda damos a un niño, determinar el equilibrio entre hacer las cosas y equipar a la próxima generación para llevar a cabo las tareas.

Enfrentamos este mismo desafío cuando discipulados a los nuevos creyentes. ¿Cuán firme orientación estás dándoles? Cuando un joven creyente está luchando con un problema de conciencia, y puedes ver claramente cuál es el curso más fiel, ¿Cuándo decides intervenir?

Hay momentos en que debes «romper el cristal», pero también hay momentos en los que se debe permitir al joven creyente desarrollar su propia sabiduría. El desafío es determinar cuándo dejarlos luchar y cuándo intervenir.

Ese mismo desafío se multiplica cuando entramos en un contexto intercultural, donde no solo el creyente en forma individual sino iglesias enteras, son jóvenes e inmaduras en la fe. Históricamente, las iglesias occidentales han errado hacia un estilo de formación de sus creyentes de «vigilancia excesiva» en su trabajo misionero.  Roland Allen lo describe de esta manera: «Podemos creer más fácilmente en el trabajo del Señor en nosotros y a través de nosotros, que el que podemos creer en su trabajo en, y a través de nuestros convertidos. No podemos confiar en nuestros convertidos a él» (4).

En ese contexto, el clásico de misiones de Roland Allen, Métodos misioneros: ¿Los nuestros o los de Pablo?  ofrece un consejo cuidadoso y esclarecedor.

APRENDER MISIONES DE PABLO

El subtítulo de Allen presenta la premisa y el argumento del libro. Con demasiada frecuencia, los misioneros y los plantadores de iglesias dependen únicamente de sus propios dispositivos de estrategia y planificación. Los misioneros frecuentemente sienten que sus circunstancias son extraordinarias, por lo que concluyen que las estrategias aplicadas en otros contextos no funcionarán en las suyas.

Contra tal pensamiento, Allen argumenta: «En ningún otro trabajo colocamos a los grandes maestros completamente a un lado, y enseñamos a los estudiantes de hoy que lo que sea que puedan copiar, no pueden copiarlos, porque vivieron en una época distinta, bajo condiciones excepcionales» (7).

Allen examina el método del apóstol Pablo en sus esfuerzos de plantación de iglesias y los contrasta con los métodos típicos de su época. Allen pasó su vida ministrando en India, China y Kenia, por lo que aporta la sabiduría de la experiencia personal, así como la mano segura de un exegeta cuidadoso. Si bien no estará de acuerdo con cada argumento que haga, debe comprometerse con ellos.

UN SABIO CONSEJO

Hay muchos puntos fuertes en este delgado volumen. Allen presenta argumentos sólidos y textuales sobre la primacía de predicar la necesidad de la fe y el arrepentimiento (57), la necesidad crucial de creer en la doctrina del infierno (60) y la centralidad de la iglesia local para el éxito de la misión (64, 65). Se opone a las tentaciones de diluir el evangelio o la gran comisión con la claridad que proviene de haber luchado personalmente con tales tentaciones, así como una visión clara de las consecuencias de la desobediencia.

La mayor fortaleza del trabajo de Allen es su sensibilidad a los problemas de dinero y autoridad en la iglesia local. Muchas personas evitan el impacto que el apoyo financiero puede tener en las relaciones como un tema sucio y tabú. Pero sigue el dinero, y encontrarás quién realmente tiene el poder y la responsabilidad de una iglesia. Puedes saber quién se siente invertido en una iglesia al ver quién literalmente ha invertido en ella. Y la gente en todo el mundo sabe que el dinero extranjero detrás de una iglesia significa que los occidentales son los que están detrás de la cortina. Si una iglesia depende del dinero de las iglesias occidentales, los líderes deben responder a Occidente, no a sus congregantes. Como señala Allen:

¿Es posible que el ingenio humano idee un esquema mejor calculado para controlar el libre flujo de la liberalidad, crear malentendidos, socavar la independencia de la iglesia y acentuar las distinciones raciales? (51)

De un modo más significativo, argumenta Allen, también obstaculizará la maduración de los creyentes locales, cuando ellos no inviertan en sostener el ministerio de la iglesia.

Si el dinero es la forma más práctica en que los misioneros corren el riesgo de socavar la madurez y la salud de una iglesia nacional, el tema estrechamente relacionado con la toma de decisiones también lo afecta. Allen aconseja a los misioneros que trabajen para ‘retirarse’. Retirarse del liderazgo de la iglesia antes de que sean removidos por la fuerza, por emergencia o la muerte (117-18).

Enciende el fuego de mi corazón congregacionalista escuchar a un misionero anglicano defender tan fuertemente la propiedad congregacional de las finanzas, la membresía y la doctrina de una iglesia. Allen argumenta por experiencia lo que Jonathan Leeman ha sostenido más recientemente: el congregacionalismo es el programa de discipulado de Jesús. Allen argumenta que un alto nivel de conexionismo formal, combinado con occidentales en la cima y líderes nacionales siempre subordinados, se parece más al paternalismo cultural que a la fraternidad eclesial.

CÓMO ENTENDER MÉTODOS MISIONEROS

Por todo lo bueno de este libro (realmente deberías leerlo), permíteme ofrecerte algunas críticas. En primer lugar, es importante recordar el contexto en el que escribió Allen. Métodos misioneros: ¿Los nuestros o los de Pablo? Se publicó por primera vez en 1912. Allen ministró durante el apogeo del modernismo y todo el imperialismo cultural que vino con él. La suposición en aquellos días era que la civilización occidental era superior en todos los sentidos, y parte del trabajo de los misioneros era promover la causa de las normas culturales occidentales.

La corrección del error a menudo conduce a una sobre corrección. Las correcciones de Allen contra la arrogancia del modernismo podrían malinterpretarse fácilmente y aplicarse en exceso en la atmósfera de sospecha posmoderna en la que vivimos hoy. Si bien los occidentales modernos aún pueden asumir erróneamente que la iglesia en Uagadugú (Burkina Faso) o Almaty(Kazajistán) debería parecerse al Primer Bautista Jackson, la mayoría de los misioneros que conozco son muy sensibles a la carga de que podrían estar importando sus propios valores y normas culturales.

Allen nos advierte «Existe un peligro muy grave al importar sistemas completos de adoración y teología [énfasis mío]» (73). Debemos tener cuidado de recordar contra lo que él estaba luchando, antes de afirmar algún tipo de reduccionismo teológico que prive a los hermanos y hermanas del pleno consejo de Dios simplemente por su nacionalidad. Los misioneros deben aprender a distinguir entre sus supuestos culturales y lo que es bíblico. La mejor manera de hacerlo es confiar en los comentarios y consejos de hermanos y hermanas de una cultura distinta, no en espiral hacia el minimalismo doctrinal, que es la norma de hoy.

Del mismo modo, el argumento de Allen para que los misioneros se muden rápidamente a nuevas ciudades (como lo hizo Pablo) debe ser escuchado como una crítica a un fuerte paternalismo cultural que mimaba a los creyentes locales, no un argumento para dejar a los jóvenes cristianos sin disciplina.

UNA PREOCUPACIÓN METODOLÓGICA

Más significativamente, mientras Allen proporciona un análisis holístico de los métodos misioneros de Pablo, su método fundamental es un tanto problemático. Allen simplemente contrasta los métodos de Pablo con las tendencias contemporáneas. No se propone responder preguntas sobre lo que es prescriptivo en el libro de los Hechos versus lo situacional y descriptivo. No entiende que la eclesiología de Pablo sea representativa de una teología coherente del Nuevo Testamento [1].

Allen sostiene los métodos de Pablo como ejemplares debido a su sabiduría como apóstol y al éxito de su estrategia. Sus argumentos a favor de la autonomía de la iglesia local están informados de manera pragmática, no tienen un mandato bíblico. Si bien proporciona observaciones persuasivas y precisas, en última instancia, no proporciona razones suficientes para la adhesión fiel.

Estos puntos fueron retratados tristemente en el propio ministerio de Allen, donde esencialmente renunció a las iglesias locales establecidas y argumentó que la familia, — no la iglesia—necesitaba convertirse en el centro de la vida cristiana, incluso redefiniendo la Cena del Señor para ser un rito familiar.

APUNTANDO A LA FIDELIDAD QUE PERDURA

La filosofía de las misiones de Allen en su libro Métodos Misioneros está llena de una sabiduría moderada y cuidadosa consideración de cómo el objetivo de las misiones debería dar forma a su práctica. Aunque deseo que más misioneros y pastores operen con sus categorías y precauciones en mente, son insuficientes. La certeza de que debemos obedecer los preceptos de las Escrituras, aun cuando no podamos ver los resultados, es crucial para la fidelidad que perdurará. De lo contrario, me temo que seguiremos a Rolland Allen, no solo en su sabia exégesis y deseo de congregaciones maduras, sino también en su frustración por los malos resultados.

Traducido por Renso Bello


[1] Este punto se evidencia en sus comentarios sobre el Concilio de Jerusalén (104). Reconoce que el concilio es representativo de un gobierno más episcopal, pero argumenta que fue un concilio de una iglesia fundada por alguien diferente al apóstol Pablo (es decir, no es una prueba contra la eclesiología de Pablo, ya que él participó, pero él no lo creó). Esto supone que había múltiples políticas en juego, una interpretación anglicana común del Nuevo Testamento.