Predicación expositiva

«No Robarás» y Otros Puntos del Sermón que No He Inventado: Algunos Pensamientos Sobre el Plagio Pastoral

Artículo
22.11.2021

Hace un poco más de diez años, me pidieron escribir anónimamente un libro para un famoso autor cristiano. Fue entonces cuando me di cuenta de la realidad del plagio entre líderes cristianos. Había oído de la «escritura fantasma», simplemente desconocía lo generalizada que era hasta que vi el detrás de escena del mundo editorial evangélico. Me pregunté: «¿Cómo pueden los creyentes profesantes hacer pasar las palabras de otros por suyas?».

¡Imagina mi asombro algunos años más tarde cuando descubrí por primera vez que algunos predicadores cristianos hacían lo mismo!

Tal parece que es algo bastante grande, más propagado de lo que la mayoría de los feligreses saben. Hace tan solo un par de meses, un amigo me pidió un consejo acerca de qué hacer respecto de un pastor conocido del otro lado de la ciudad que predica regularmente los sermones de alguien más como si fueran suyos. Inclusive hay algunas iglesias y servicios de recursos de predicación que empaquetan el contenido de sermones para venderlos a predicadores que necesitan un mensaje.

¿Es realmente tan malo? ¿Acaso no nos apoyamos todos en la Palabra de Dios que no es original para nosotros, de todos modos? ¿Y si a alguien le ayudó el sermón, no es eso todo lo que importa?

Pues no. El plagio pastoral importa porque la adoración en «espíritu y en verdad» (Jn. 4:24) importa. La predicación plagiada es, de hecho, bastante grave. ¿Cómo lo sabemos?

POR QUÉ ES IMPORTANTE LA PREDICACIÓN PLAGIADA

1. El plagio es desobediencia

Dios nos ha prohibido mentir y robar. Hacer pasar el trabajo de otro como propio es una desobediencia doble. El predicador que se apoya en el material plagiado no solo es deshonesto, también está robando el trabajo duro de otro.

No es sabio poner a prueba a Dios así. Presentarte regularmente ante su pueblo para declarar su verdad mientras participas en una deshonestidad voluntaria es un récipe para el desastre espiritual. Si tomas estos atajos torcidos y perezosos en un elemento tan importante de tu ministerio como el sermón semanal, otros atajos torcidos y perezosos le seguirán, y probablemente ya estén ocurriendo.

2. El plagio es potencialmente descalificante

Los dos elementos innegociables del trabajo pastoral son «la oración y el ministerio de la palabra» (Hch. 6:4). Hay muchas otras cosas importantes que los pastores deben hacer, pero estas dos son esencialmente las que conforman el pastorado. Y un requisito indispensable para el oficio de pastor es ser «apto para enseñar» (1 Ti. 3:2). Esta es realmente la única «habilidad» que se requiere para ser pastor (ya que todos los otros requisitos bíblicos hablan del carácter y la disposición). Ser apto para enseñar es, por supuesto, un don, no simplemente una habilidad; pero el plagiador habitual y voluntario de sermones pone en duda su don y su habilidad.

Ser «apto para enseñar» no significa simplemente ser capaz de hablar en público. No se trata principalmente de la elocuencia. Se trata de poder manejar correctamente la Palabra de verdad (2 Ti. 2:15). Si con frecuencia te apoyas en la exégesis, en la exposición o en las ilustraciones personales de alguien más, socavas tu propia credibilidad de hacer el trabajo y, por tanto, tu calificación para ocupar el cargo.

3. El plagio es claramente antipastoral

Esto es lo que quiero decir: los predicadores fieles piensan en su iglesia cuando preparan sus sermones. Oran por su congregación, nombrando al mayor número de personas posible, cuando leen y meditan en el texto. Hacen una correcta contextualización en su predicación, teniendo presente a miembros específicos y sus necesidades y preocupaciones, pecados e ídolos cuando realizan la aplicación o componen las ilustraciones.

Los predicadores fieles escriben sermones para su iglesia. Los plagiadores creen que las sobras de alguien serán suficientes. ¿Qué pensarías del pastor que se basó en el trabajo de alguien más para alimentar a sus ovejas? Si no se anima a hacer por sí mismo el duro trabajo de alimentar a las ovejas, podrías pensar, después de un tiempo, que no las ama realmente.

Ahora que conoces y te preocupas por el plagio, ¿Cómo podrías evitarlo?

CÓMO NO PLAGIAR

1. Cuando tengas dudas, cita

La mayoría de los predicadores entienden que volver a predicar el sermón completo de alguien más no solo es deshonesto, sino extraño. Son más bien los pequeños elementos del sermón los que a veces tienen la sensación de ser grises. ¿Cómo saber cuándo atribuir ciertos giros de frases o sentimientos populares? Si no estás seguro acerca de la fuente de un renglón o de un pasaje en particular, busca con la debida diligencia. Si sabes que alguien creó la frase, pero no puedes ubicar la fuente, por lo menos presenta el renglón con algo como: «Como alguien dijo una vez…» o «Como dicen…».

2. Cuando no tengas dudas, cita

Si sabes que alguien originó una frase o parte de tu sermón que quieres recrear, da créditos. Siempre. Por supuesto, no tienes que dar la fecha de publicación ni el número de página en un sermón de púlpito, pero no se pierde nada con introducir esa parte con algo como: «John Piper escribe…», o «R. C. Sproul dijo una vez…». No se pierde nada excepto quizá un poco del orgullo del que no deberías jactarte de todos modos. Ciertamente no se gana nada bueno al hacer pasar las palabras de otro como propias.

Esto también se aplica a las ilustraciones. En algunos de los ejemplos más extraños de plagio pastoral que me han contado —pero que nunca he presenciado, ¡que yo sepa! —, alguien me cuenta que ha oído a un predicador narrar una historia conmovedora o divertida en primera persona, y que luego escuchó la misma historia, con las mismas palabras, de otro predicador, ¡también en primera persona! Hacer pasar la experiencia de otra persona como propia no solo es mentir y robar, también es bastante bizarro. No lo hagas. Si la ilustración es realmente buena y no puede faltar en tu sermón, di: «Una vez escuché a Matt Chandler contar una historia acerca de…» o algo parecido. O mejor aún, piensa en una historia real de tu propia experiencia que sea comparable.

3. Haz el trabajo y confía en el evangelio

No hay nada sustancialmente satisfactorio en hacer pasar el trabajo duro de otro como propio. Tal vez «termine» bien. Tal vez conmueva a las personas. Podría generar las risas, las lágrimas y los aplausos que deseas, pero sabes que es mentira. No lo merecías. Es una estafa.

¿Cómo sucede esto? A veces los predicadores caen en la tentación de plagiar debido a agendas muy ocupadas. Se quedan sin tiempo de preparar un sermón cada semana y se sienten presionados por el plazo del domingo. Es más fácil tomar el mensaje largo y bien pensado de otra persona que estudiar y elaborar con ahínco uno propio. En esos casos, tal vez sea necesario revisar las prioridades pastorales.

Recuerda que el ministerio de la Palabra es la labor principal del pastor. Esto significa que tal vez sea necesario que otras cosas pasen a un segundo plano. En algunas iglesias pequeñas o escenarios bivocacionales, quizá tengas que ser diligente para entrenar a tu iglesia en ministrar bien a los demás, en lugar de depender totalmente de ti como su único suministro de ministerio. Pero haz todo lo posible por dar prioridad a la Palabra y comienza cuanto antes a preparar la predicación. Esto es lo que Dios te ha llamado a hacer.

En ocasiones, sin embargo, no es la falta de prioridades o manejo del tiempo lo que lleva al predicador a caer en la tentación de plagiar. A veces, es simplemente su propia inseguridad. Menosprecia su predicación y teme que la congregación haga lo mismo. Tal vez incluso se lo hayan dicho. Dejando de lado por el momento la posibilidad de que uno no esté calificado para enseñar, recuerda que la predicación bíblica no depende de la elocuencia o del espectáculo. No depende del elitismo intelectual ni de las demostraciones académicas. Depende del evangelio de Jesucristo.

Confía, pues, en el evangelio. Trabaja duro en tu sermón, realizando tu trabajo como para el Señor. Invierte tu corazón, alma, mente y fuerzas en ello. Tu congregación merece tu mejor esfuerzo. Pero el ímpetu para hacerlo semana tras semana debe provenir de tu posición aprobada como coheredero de la gracia. Si tu sentido de la aprobación o justificación se encuentra en un gran desempeño o en la aprobación de la congregación o en el aumento de la asistencia, te estás preparando para el fracaso. Confía en que el evangelio puede hacer lo que tú no puedes, incluso en tu mejor día. El evangelio es poderoso. Puede que Mark Dever, H.B. Charles, y Ray Ortlund prediquen el evangelio mejor que tú, ¡pero no pueden predicar un mejor evangelio!

Fue James Spurgeon quien dijo eso, por cierto, acerca de su nieto Charles.

Traducido por Nazareth Bello.