Membresía

Tu constitución es un documento teológico

Artículo
27.09.2019

«La Constitución de la Iglesia». Justo cuando hablo de ese tema, tú podrías sentir el poder espiritual y teológico retumbando en ti, ¿Lo sientes? Probablemente no. De hecho, la mayoría de las personas (incluso los líderes de la iglesia) no tienden a pensar en sus constituciones como documentos teológicos en absoluto, mucho menos como algo que tenga algún valor espiritual. Ese tipo de mérito está reservado para los Pactos (las promesas que nos hacemos unos a otros como miembros de la iglesia) y las Declaraciones de fe (las apreciadas doctrinas del cristianismo que defendemos como verdaderas). ¡Esos son los temas, sobre los cuales puedes dar apasionados y significativos sermones en las clases de membresía!

LAS NORMAS Y LOS PROCEDIMIENTOS PUEDEN SER ESPIRITUALES Y TEOLÓGICOS

¿Pero lo será una constitución? ¿Cómo es posible que en este mundo algo tan mundano y aburrido como las normas y los procedimientos califiquen como ejemplo de algo teológico, y mucho menos de algo espiritual? Pues bien, de esa proposición contra corriente es de la que quiero convencerte en este artículo: que la constitución de tu iglesia (o el conjunto de estatutos, si es que los llaman así) es un documento profundamente teológico, y por tanto, es parte de los actos de adoración espiritual de la iglesia al Rey Jesús. Ilustraremos esto en varias etapas:

Primero, debemos reconocer que, en esencia, una constitución es simplemente una definición de las estructuras de autoridad de la iglesia. Fundamentalmente, define quien puede hacer qué y bajo cuáles circunstancias. Así, por ejemplo, define quien puede postular ancianos, quien puede elegir ancianos, quien puede remover ancianos, quien puede aprobar y modificar un presupuesto, quien puede remover a un miembro de la iglesia, quien puede cambiar la constitución de la iglesia, y probablemente otra docena de cosas. Por su propia naturaleza, la iglesia de Jesucristo con frecuencia necesita hacer cosas como un cuerpo corporativo. Una constitución define cómo y por quién se hacen tales cosas.

Segundo, es una verdad básica de las Escrituras que toda autoridad en la iglesia fluye del Rey Jesús. Cuando enseño en la clase de membresía de nuestra iglesia sobre la constitución, frecuentemente comienzo con una pregunta: «¿De dónde fluye toda autoridad en la iglesia?». Y doy todo tipo de respuestas: la congregación en asamblea, los ancianos, el pastor (¡si es el único!), la convención, el obispo, etc. Pero ninguna de ellas es finalmente la respuesta correcta. La autoridad en la iglesia, absolutamente, proviene en última instancia del Rey Jesús.

Tercero, es importante reconocer que la iglesia es, en esencia, la embajada del Rey Jesús en este mundo caído. Lee Mateo 16, 18, y 28, y verás que una vez que Pedro vino a ser la primera persona en reconocer de manera clamorosa quien era realmente Jesús, el Rey comenzó su real trabajo, es decir, comenzó a hacer lo que hacen los reyes: la organización del pueblo de su reino. Luego en Mateo 16, él  constituye (o crea) la iglesia; en Mateo 18, él establece normas a la iglesia, dotándola de autoridad (simbolizada por las llaves del reino) para hablar en su nombre; y más tarde en Mateo 28, él la comisiona, diciéndole que eso debe ser cumplido hasta que él regrese. Esencialmente, Jesús está ejerciendo su prerrogativa real como Rey para establecer la embajada del reino del cielo en el mundo.

Cuarto, como cualquier rey haría, Jesús ha dado a su embajada, la iglesia, un conjunto de instrucciones sobre cómo debe organizarse y conducirse ella misma hasta que él regrese. Estas instrucciones, por supuesto, se encuentran en la Biblia. Ahora bien, no podemos decir que tales instrucciones sean exhaustivas en sus detalles. Ningún rey le dice a su embajador precisamente cómo hacer todas las cosas; él simplemente da alguna instrucciones generales sobre cómo deben hacerse las cosas. Eso es lo que encontramos en la Biblia. Mediante su Espíritu que inspiró a los apóstoles, el Rey nos dice, por ejemplo, que la iglesia debe: tener ancianos y diáconos, predicar la Palabra, administrar las ordenanzas, identificar a los miembros, ejercer fielmente la disciplina de la iglesia, y otras cosas pertinentes. Y dado que nosotros somos su embajada en el mundo, estamos obligados a obedecer tales decretos del Rey; es decir, asegurarnos que nuestras iglesias están organizadas fielmente de acuerdo a las amplias instrucciones que el Rey ha dado.

Sin embargo, surge un Quinto asunto, ¿no es cierto? Como hemos mencionado antes, el decreto del Rey da instrucciones generales; no nos da todas las particularidades sobre cómo deben ser llevados a cabo sus mandatos. Por ejemplo, ¿Cómo se supone que la iglesia debe elegir a los ancianos? ¿Simplemente por el voto mayoritario, o por mayoría calificada, o mediante algún otro proceso? ¿Cómo se supone que la iglesia debe elegir a los diáconos o aprobar un presupuesto? ¿Cuál es exactamente el modelo que debe tener el proceso de membresía o el de la disciplina de la iglesia?

AVANZAR COMO EMBAJADORES DEL REY

Esas preguntas no son respondidas con todo detalle en la Biblia. Entonces, ¿Cómo respondemos a tales preguntas? Sugiero que sea a través de la sabia dirección del Espíritu ejercida por la congregación misma. La iglesia como un todo considera las claras instrucciones del Rey como se encuentran en las Escrituras y luego, guiados por el Espíritu, trata de tomar decisiones sabias sobre, precisamente, cómo llevar a cabo tales instrucciones. Dicho brevemente, tratamos de actuar como fieles, obedientes y sabios embajadores de nuestro Rey. Y los documentos que surgen de allí (los que definen sabios procesos sobre cómo obedeceremos las instrucciones del Rey) es la constitución de la iglesia.

¿Te das cuenta? La constitución de la iglesia no es precisamente un documento tecnocrático demandado por una oficina estatal de impuestos, ni es un mal necesario para tratar de evitar o mitigar los conflictos en una iglesia. Es un documento profundamente teológico y espiritual. Y es así porque tanto su creación como su seguimiento son actos de adoración; ellos representan el sentir de nuestros corazones como una iglesia local, (como una embajada del alto Reino del cielo) para obedecer a nuestro amado soberano.


Traducido por Vladimir Miramares

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