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Nuevo Testamento – Clase 6: Juan: El Rey divino

Artículo
27.06.2018

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Clase esencial
Panorama del Nuevo Testamento
Clase 6: Juan: El Rey divino


Introducción

La fe cristiana se construye sobre una secuencia lógica simple. Un hombre llamado Jesús vivió en la antigua Palestina. Afirmó ser Dios. También afirmó que sería asesinado y que resucitaría de los muertos. Él fue asesinado. Resucitó de entre los muertos. Por tanto, su afirmación de divinidad fue verificada indudablemente y, con eso, la autoridad de toda su enseñanza con respecto a quién era, por qué vino y la importancia de su muerte por nosotros.

Este es el mensaje de todos los Evangelios. Pero ninguno proclama esta preciosa secuencia de evidencia más claramente que el Evangelio de Juan. ¿Por qué fue escrito este libro? Echemos un vistazo a lo podríamos llamar la «declaración de tesis» de Juan en el capítulo 20, versículos 30-31.

«Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».

Durante nuestro tiempo juntos en la mañana de hoy, examinaremos todo el Evangelio de Juan, pero este versículo será nuestra guía. Discutiremos brevemente la autoría del libro, la fecha y la composición. Luego, en primer lugar, miraremos lo que Juan que deberíamos creer: «Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios».

En segundo lugar, veremos por qué deberíamos creer: «Pero éstas se han escrito para que creáis». «Éstas» son las señales milagrosas que Juan registra, dándonos una razón para creer.

En tercer y último lugar, miraremos los resultados de creer: «para que creyendo, tengáis vida en su nombre».

Autor y fecha

Pero inicialmente, como ya mencioné, algo de contexto básico, empezando por la autoría. Al igual que los otros Evangelios, el autor de libro de Juan no se identifica. No obstante, a diferencia de los otros Evangelios, cuando el autor escribe acerca de los discípulos, no habla del discípulo Juan en tercera persona. En cambio, menciona «el discípulo a quien amaba Jesús», y en el capítulo 21 indica que él es el discípulo amado. De allí, que el apóstol Juan se registra como el autor de este Evangelio a comienzos del siglo II d. C. por el padre de la iglesia, Policarpo, quien era discípulo de Juan. Y la riqueza de los relatos de primera mano en este libro, especialmente en escenarios privados, sugiere que el autor debió haber sido parte del círculo más íntimo de Jesús.

El evangelio parece haber sido escrito después de los otros tres, en parte porque alude la futura muerte de Pedro en el capítulo 21:18-19 como un acontecimiento pasado. Dada la tradición de que Juan vivió una vida bastante larga en Éfeso, se cita una fecha bastante antigua en el siglo I, quizá cerca del año 90 d. C. Curiosamente, dada su fecha tardía, es gracias a Juan que tenemos el fragmento físico más antiguo de cualquiera de los Evangelios, que data alrededor del año 125 d. C.[1].

Composición

Pero volviendo a la composición del libro en sí, al leerlo, notas de forma inmediata algunas diferencias significativas de los tres primeros Evangelios en tu Biblia. Eusebio, un padre de la iglesia primitiva, escribe: «Juan, sabiendo que los detalles externos habían sido registrados en los Evangelios, animado por sus discípulos y movido divinamente por el Espíritu a componer un Evangelio espiritual», en otros palabras, un Evangelio más enfocado exclusivamente en la identidad y propósito de Jesús como el Hijo de Dios.

Lo que eso implicó es un libro de cinco secciones. Estas se destacan en el bosquejo de tu folleto.

La primera mitad del capítulo 1 contiene las famosas palabras del prólogo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios», y la increíble descripción del Jesús divino que sigue. El resto del capítulo 1 hasta el capítulo 12 relata el ministerio público de Jesús, conteniendo la mayoría de las señales milagrosas que Juan usa para incitar la fe de su audiencia. El capítulo 12 marca entonces un momento decisivo en el Evangelio. Previo a este punto, Jesús ha comentado frecuentemente: «Aún no ha venido mi hora» (2:4, 7:6, 7:8, 7:30, 8:20). Pero inmediatamente seguido de la entrada triunfal en Jerusalén en el capítulo 12:23, escuchamos a Jesús decir: «Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado»[2].

Y a partir de este punto, Jesús enseña de manera privada, un ministerio que abarca los capítulos 13 al 17. Los capítulos 18 al 20 describen su pasión, muerte y resurrección. Y el capítulo 21, actuando como un epílogo, culmina el libro con una exhortación a seguir a este Mesías resucitado.

Habiendo establecido el contexto, volvamos a la declaración de propósito de Juan en el capítulo 20:31: «Pero éstas [señales] se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».

Lo que deberíamos creer

En primer lugar, ¿qué deberíamos creer? Debemos creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Dos cosas básicas que vemos aquí: que Jesús es Dios, y que cuando Jesús vino como el Mesías, vino para hacer algunas cosas muy específicas. Veremos cada una de ellas por turno.

Jesús es Dios

Primero, debemos creer que Jesús es Dios. A muchas personas les gusta hablar de Jesús como un sabio ambulante, un profeta radical, un maestro dotado, un hombre de negocios ejemplar, o como un simple reflejo del carácter de Dios. Pero muchos de aquellos que realmente conocieron a Jesús, que caminaron con él y le escucharon enseñar, no lo consideraron como nada de eso. Lo odiaban.

Vemos esto a lo largo de todo el libro de Juan. Se escandalizan de él en el capítulo 2 (2:12-15). Lo llamaron mentiroso en el capítulo 7 (7:12). Frecuentemente intentaron juzgarlo (7:30-32) e incluso apedrearlo en los capítulos 7 y 8 (8:59).  ¡Incluso buscaron asesinar a Lázaro después de que Jesús lo resucitó de los muertos en el capítulo 12 (12:10-11)! Y luego, por supuesto, Jesús fue traicionado, arrestado, amarrado, interrogado, golpeado, azotado, burlado, coronado con espinas y crucificado.

Claramente, cualquier cosa que Jesús enseñó que suscitó una reacción violenta, no fue solo una sabia enseñanza acerca de ser amables los unos a otros. No, estas reacciones parecen resultar de cómo Jesús se describió a sí mismo como Dios.

Ahora bien, adivino que la mayoría estará de acuerdo con esa declaración. Después de todo, nos encontramos en una iglesia creyente de la Palabra esta mañana. Sin embargo, no te retires aquí. Si vamos a ser fieles en el evangelismo, necesitaremos insistir en que Jesús afirmó ser Dios. Así que, al estudiar esta declaración en el libro de Juan, ten presente a tus amigos no cristianos. Incluso más significativamente, como cristianos, la verdad de este hecho, que Jesús afirmó ser Dios, es vital para nuestra fe. No hay mejor lugar al que acudir para recordar y meditar sobre esta verdad que el Evangelio de Juan. Permíteme examinar brevemente algo de esta evidencia.

Jesús le dijo a Nicodemo en el famoso Juan 3:16 que él es el «Hijo unigénito» de Dios.

Explicando lo que eso significa en el capítulo 5, versículo 26, Jesús dijo: «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo». El Padre tiene «tiene vida en sí mismo»; es autosuficiente. Sin embargo, ¡el Padre da al Hijo «vida en sí mismo»! Lo que eso significa en el contexto es que el Hijo de Dios también es autosuficiente, su vida no depende del Padre; más bien, como Dios, el Hijo puede dar vida a aquellos que están espiritualmente muertos. Este acuerdo recíproco de igualdad entre el Padre y el Hijo, glorificándose mutuamente por igual (Juan 17), está en el centro de la enseñanza de Jesús de sí mismo.

Y sus afirmaciones de deidad fueron entendidas. En Juan 5:18, sus oponentes estaban furiosos porque «decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios». Más adelante, los judíos insisten, en el capítulo 19, versículo 7: «Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios». No solo uno de muchos hijos de Dios; el Hijo de Dios.

Y no deberíamos malinterpretar esta filiación como algo secundario a, o creado por el Padre. Jesús la usó de forma opuesta, para demostrar que él era de la misma esencia de Dios. Vemos esto particularmente en los famosos dichos «Yo soy» del Evangelio de Juan: «Yo soy la vid verdadera» (15:1), «Yo soy el buen pastor» (10:11), «Yo soy la resurrección y la vida» (11:25), «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (14:6) y así sucesivamente. Todos estos habrían incitado a la mente hebrea a recordar las palabras de Yahvé a Moisés por la zarza ardiente: «YO SOY EL QUE SOY» (Ex. 3:14). Por esa razón, cuando Jesús dice «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy» en Juan 8:58, el pueblo trató de apedrearlo. Jesús está afirmando ser eterno, preexistente… Dios mismo.

Como lo dice tan claramente en Juan 10:30: «Yo y el Padre uno somos».

Incluso si tu profesor universitario o nuestros amigos musulmanes, o la revista Time lo niegan, podemos escuchar lo que esos judíos monoteístas y piadosos escucharon en los tiempos de Jesús: Jesús estaba afirmando ser Dios.

Pero eso es solo la mitad de lo se nos dice que debemos creer. «Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios…». ¿Qué dice Juan acerca de que Jesús es el Cristo (la palabra griega para Mesías)? ¿Qué vino a hacer Jesús? 

Lo qué Jesús vino a hacer

El Evangelio de Juan nos dice que como el Cristo, él vino a hacer una serie de cosas.

En primer lugar, vino a exponer la incomprensión y la desobediencia. Estaba mostrando a una sociedad profundamente religiosa, pero hipócrita que necesitaban a un salvador. Este es el punto de gran parte de la controversia en torno a Jesús sanando en el día de reposo. Como Jesús dice después de dicha sanidad, en Juan 5:17: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». ¿El punto? Mira la lógica: Dios no deja de trabajar por el bien de todo el pueblo en el día de reposo. Jesús sana a un hombre en el día de reposo y dice que está actuando justo como su Padre. Por tanto, Jesús es Dios. Para los fariseos, el día de reposo era una manera de medir su tarjeta de fariseísmo. Para Jesús, era una manera de demostrar su identidad como el Salvador. Los fariseos no entendieron el punto. Y así, Jesús expuso sus corazones endurecidos de incredulidad.

Pero para quienes que lo escuchan, la segunda cosa que vino a hacer fue proveer un sacrificio para la salvación de los pecadores. Como dijo a los judíos en el capítulo 12: «No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo». Por eso, Juan el Bautista en el capítulo 1 llama a Jesús: «El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (1:29). Jesús es el cordero de Pascua que fue asesinado en lugar de los pecaminosos seres humanos. Y así, en el capítulo 6, luego de alimentar a los 5000, Jesús dice: « De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero» (6:53-54). Tenía la intención de derramar su sangre y quebrantar su cuerpo cuando lo levantaron en la cruz. Lo que quiere decir con esta enseñanza es que los pecadores deben poner su confianza y su fe en su sacrificio sustitutivo.

Pero por encima de nuestra salvación, hay un tercer y mayor propósito para todo esto: que Jesús pueda ser glorificador por el Padre. Al entrar en Jerusalén, Jesús anuncia: «Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado» (12:23). Y al orar en Juan 17 justo antes de ser crucificado: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti» (17:1). La pasión que está en el clímax de este libro no es en definitiva una historia contigo y conmigo en el centro, aunque somos los beneficiarios eternos de este sacrificio. No, es una historia que se centra en el Padre y el Hijo, recibiendo correctamente la gloria de nuestra salvación, a medida que las promesas de misericordia y las afirmaciones de justicia de Dios finalmente se reconcilian.

Eso es lo que deberíamos creer según el libro de Juan. Que Jesús es el Hijo de Dios, y que como Cristo, vino a revelar nuestro pecado, a salvarnos de él y a ser glorificado. 

Por qué deberíamos creer

Las señales

¿Por qué deberíamos creer? Esa pregunta nos lleva a las señales reveladoras que marcan el libro de Juan. Juan estructura su Evangelio en torno a siete milagros (ocho, si incluyes la resurrección) que proporcionan evidencia para la afirmación de Jesús de ser el Cristo, el Hijo de Dios. Y, afortunadamente para nosotros que somos lentos para entender, la mayoría de ellos están acompañados de una extensa enseñanza que nos ayuda a entender lo que significan estas señales.

Recorramos las páginas del libro de Juan juntos para mostrarte de lo que estoy hablando.

Señal #1: Juan 2 comienza con Jesús convirtiendo el agua en vino en la boda: «Este principio de señales hizo… y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él» (2:11). ¿Qué significa esta señal?  Más adelante, en el capítulo 3, Jesús explica a Nicodemo que solo se puede entrar en el reino de Dios si ha nacido «de nuevo». Y esto debe ser un milagro del Espíritu de Dios: « Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (3:6).

Por tanto, la señal muestra el poder de Jesús para transformar. Su principal interés no es la transformación de un líquido a otro. Está aquí para inaugurar un nuevo pacto, en el cual su propio cuerpo es el nuevo templo del pueblo de Dios. Y ese nuevo pacto, como predijeron los profetas, requerirá una transformación del corazón humano más milagrosa que cualquier otra señal, una transformación tan completa que es llamada el nuevo nacimiento.

Señal #2: Llegamos al capítulo 4. Jesús está hablando con la mujer samaritana en el pozo, y dice que si ella supiera quién era realmente, le habría pedido «agua viva» (4:10). ¿Está esta nueva vida, el nuevo nacimiento, disponible a todo el que pide? Más adelante en el capítulo, un oficial le pide a Jesús que sane a su hijo. Pese a que están muy lejos del muchacho, el oficial se entera después que a las siete, justo cuando Jesús había dicho «tu hijo vive», es precisamente cuando su hijo fue sanado. Esta es la segunda señal, y demuestra que podemos pedirle vida a Jesús, y será otorgada.

La señal #3 está en el capítulo 5, y es la sanidad del día de reposo en el estanque llamado Betesda que mencione anteriormente. El milagro hace que la multitud reconozca que Jesús reclama la misma autoridad que Dios el Padre. Por tanto, puedes ver que el cuadro se completa. El hombre que fue sanado escuchó la voz de Jesús en cierto sentido; pero Juan 5:25 dice: «Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán». Señala un milagro mucho mayor.

Las próximas dos señales (#4 y #5), la alimentación de los 5000 y Jesús caminando sobre el agua, se explican en el discurso del «Pan de Vida»: «Jesús, el pan de vida» en el capítulo 6. Y aquí tenemos una nueva arruga en la historia. ¿Cómo se dará esta nueva vida? Ya mencioné la analogía de Jesús.  «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna…» (6:54). Sí, Jesús es el pan del cielo que alimenta y salva a su pueblo. Pero tal salvación solo será impartida, porque su propio cuerpo es dado a sus seguidores.

Señal #6: Ahora las señales y las explicaciones invierten el orden. En el capítulo 8, versículo 12, Jesús afirma ser la luz del mundo, que da vista espiritual. Esta afirmación es ratificada en el capítulo 9 cuando Jesús sana al hombre ciego de nacimiento. La sexta señal. Jesús explica en Juan 9:4-5: «Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo». El milagro de Jesús es una ilustración de la necesidad de todos nosotros de ser libres de la ceguera espiritual, y una advertencia de que él es el único que puede hacerlo.

Señal #7: Y esto nos lleva a la explicación de la séptima señal, que está por llegar. Paradójicamente, Juan yuxtapone el discurso del «Buen Pastor» de Jesús en el capítulo 10, donde dice que él entregará voluntariamente su vida por sus ovejas (10:14, 17-18) y la resurrección de Lázaro en el capítulo 11, donde demuestra que posee poder incluso sobre la muerte. Ahora bien, si Jesús puede levantar a los muertos ¿Por qué sacrificaría su propia vida? La respuesta está en Juan 10:18. «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar». Si Jesús resucita a Lázaro de los muertos, luego entrega su propia vida, podemos estar seguros de que su muerte no es un accidente ni una conspiración del destino. Él ha entregado su vida por decisión propia, por amor a nosotros, sus ovejas.

La séptima señal, entonces, la resurrección de Lázaro en el capítulo 11, es lo que finalmente nos conduce a la pasión de Cristo y a la mayor de las señales en el libro de Juan, la resurrección de Jesús de entre los muertos.

Así que… ¿por qué deberíamos creer? En realidad no por causa de las siete señales. Muchos vieron los milagros de Jesús y no creyeron en él. Es lo que significan los milagros, como Jesús les explica, lo que debería hacer que nos aferremos a Cristo en fe. Como mencioné al inicio de la clase, Jesús afirmó ser Dios, predijo su resurrección, y de hecho, resucitó de los muertos. Esa es toda la evidencia que necesitamos. Pero creemos porque estas señales nos muestran que estamos espiritualmente ciegos, condenados por Dios y con una necesidad desesperada de una nueva vida. 

Qué significa creer    

En un momento en el capítulo 6, el pueblo pregunta directamente qué deben hacer para complacer a Dios. Jesús responde: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado» (6:28-29).

Quizá esta mañana estás aquí y reconoces que Dios es santo y justo. Nos creó y espera que le obedezcamos y complazcamos en cada área de la vida. Pero todos hemos fallado en cumplir ese encargo. Lo que es peor, hemos abandonado a Dios en nuestro pecado y vivido para complacernos, en lugar de quien nos creó. Por ello, Dios es justo al condenarnos a todos al castigo eterno en el infierno. Con todo, como ya hemos visto en el libro de Juan, que hay una gran esperanza para nosotros, porque de tal manera amó Dios al mundo: «que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (3:16). Jesús murió y resucitó de la tumba, para que todos los que se arrepientan de sus pecados y crean en él puedan ser perdonados y hereden esta nueva vida, por su gracia complaciéndole eternamente.

Si así es como somos reconciliados con Dios, entonces creer es fundamental para comprender. Entonces, ¿cómo creemos? ¿Qué significa creer?

En Juan 1, aprendemos que significa «recibir» a Jesús. Versículos 12-13: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». Por tanto, creer es una especie de recibir, y aparentemente Dios produce esto en nuestros corazones.

Incidentalmente, la idea de que creer es, en última instancia, obra de Dios, está escrita en todo el libro. En Juan 5:21 se nos dice que el Hijo da vida a quien él desea. Vemos en el capítulo 6, versículo 37 que el Padre nos da al Hijo para que podamos creer. Y en Juan 10:16, aprendemos que cuando las ovejas que no son del rebaño de las ovejas de Dios entran, son «traídas» por él.

Entonces, creer es un tipo de recibir, y es obra de Dios. Pero, ¿qué es exactamente lo que recibimos?

Bueno, para empezar, recibimos y creemos sus palabras. Jesús describió la incredulidad como el fracaso de tener la «palabra morando en vosotros» (5:38). Positivamente, describió el creer como confianza en lo que las Escrituras dicen acerca de él (5:39).

Pero, además, la fe verdadera no significa simplemente creerle a Jesús, es decir, creer que está diciendo la verdad. Más bien, la frase que vemos una y otra vez es creer en Jesús.  «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente» (11: 25-26). Creer, entonces, es confiar completamente en su persona y confiar totalmente en lo que enseña de sí mismo.

Creer, entonces, para resumir, es recibir a Cristo como un acto de Dios. ¿Qué significa recibir? Confiar en las palabras y la obra de Jesús. Y con esta idea de confianza en su lugar, tiene sentido que Jesús describa la vida de un creyente como una vida de amor por Dios. Jesús dijo a sus discípulos: «el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios» (16:27). Este amor no es un simple sentimiento; Juan 14:21 nos recuerda que la fe amorosa resulta en obediencia: «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama».

Debemos creer en estos hechos acerca de Jesús: que vino de Dios, vivió, murió y resucitó. Y debemos creer en la persona y obra de Jesús, que podemos confiar en su amor y sacrificio por nosotros en la cruz. Pero cuando recibimos estas cosas a través de la obra de Dios en nuestros corazones y vidas, creeremos en él con amor y obediencia perseverantes. 

Los resultados de creer

Y eso nos lleva a la tercera parte de la declaración de propósito de Juan para el libro: «Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (20: 31). ¿Cuáles son los resultados de creer? Como dice Juan en este versículo, al creer,  se nos dará vida en el nombre de Jesús. Varias declaraciones están involucradas en este proceso. 

Es importante saber dónde comenzamos: en la muerte. Jesús nos dice en el capítulo 5, el versículo 24: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». En ese sentido, nacemos muertos. Sin fe, estamos condenados por nuestro pecado.

Creer da como resultado salvación

Pero, como Jesús le dice a Nicodemo: «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él» (3:17). ¡Alabado sea el Señor! Jesús vino a salvar. El primer resultado de creer es nuestra salvación.

Pero hay más.

Creer da como resultado vida

En segundo lugar, creer da como resultado vida. El tema resuena en voz alta a lo largo de todo el Evangelio. Jesús dio vida al hijo del noble en el capítulo 5. Se llamó a sí mismo el «pan de Dios» que da vida al mundo (6:33).

En esto, Jesús se diferencia de los líderes religiosos de la época. Jesús sintetiza el contraste entre ellos y él en Juan 10:10: «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia». Entonces… ¡vida en abundancia! Él nos puede dar una vida plena porque nos da su vida, ¡una vida llena de gracia, verdad y gozo! Mientras oraba al Padre en el capítulo 17: «Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos» (17:13). ¿Es esta vida gozosa libre de dificultades? No. Citando a Jesús en Juan 16: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (16:33).

Si eres cristiano, pero sientes ese gozo distante y ausente, pasa un tiempo en el libro de Juan aprendiendo de la plenitud de la vida de Jesús, del gozo de Jesús. Debido a que este gozo está en él, y no en ti y tus circunstancias, esto significa que los cristianos pueden encontrar verdadero gozo en medio de la adversidad.

Creer da como resultado vida eterna 

Pero la vida que proviene de creer no es solo plena, es eterna. «De cierto os digo», dice Jesús: «El que cree en mí, tiene vida eterna» (6:47). La vida eterna se da como un regalo de Cristo: «yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (10:28). La vida eterna es de otro mundo: «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará» (12:25). Y la vida eterna, finalmente, es comunión con Dios. Jesús la define hermosamente en su oración final: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (17: 3). 

Creer da como resulta en amor

Por último, creer no solo da como resultado salvación y vida eterna, sino que también da como resultado amor. «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (13:34-35). Para nosotros en CHBC, amarnos unos a otros puede sonar como un cliché. Pero Jesús dice que es una señal reveladora de la fe cristiana. Tal vez podríamos usar este versículo para diagnosticar el estado de nuestra fe esta semana. Mentalmente repasa tus relaciones en la iglesia y pregúntate: «¿Estoy pensando, hablando, actuando de manera amorosa hacia esa persona?». Luego, reflexiona sobre el amor de Cristo que vemos en Juan. Don Whitney escribe: «Dios es la fuente del amor que arde en el corazón cristiano. Debemos disfrutar de su amor antes de que podamos esperar que brille consistentemente en nosotros hacia los demás»[3].

¿Por qué es tan importante para nosotros obedecer los mandamientos de Cristo? Porque él dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos». Y de esta manera podemos saber que realmente creemos no solo acerca de, sino en, este salvador, Jesucristo. Si lo amamos a él y a su pueblo.

Conclusión

Así que ese es el mensaje del libro de Juan. El objetivo: creer en Jesús como el Hijo de Dios: El motivo: las señales que nos ha dado. El resultado: la vida eterna, demostrada en nuestro amor mutuo.

Una manera de resumir el libro es mirar la historia del fariseo, Nicodemo. Aparece en este Evangelio casi como una versión en miniatura de lo que Juan anhela ver en todos nosotros. En el capítulo 3,  un Nicodemo curioso, pero escéptico se acerca a Jesús, de noche, en privado, para hacerle algunas preguntas. Y se va confundido. Ya en el capítulo 7, Nicodemo sugiere públicamente que quizá Jesús merece un juicio más justo. Y en el capítulo 19, se encuentra presente en el entierro de Jesús y ayuda a preparar su cuerpo. Juan nos muestra que ha ocurrido una transformación: Nicodemo pasó de ser escéptico a simpatizante, y de simpatizante a salvo.

¿Has experimentado tal transformación? ¿Un nuevo nacimiento? ¿Ves el amor de Cristo por ti en tu amor por otros? Lee el Evangelio de Juan, y úsalo conforme a su propósito: nacer en tu corazón para que también tengas vida eterna.

Oremos.

 

[1] Rylands Library Papyrus P52

[2] Véase también 13:1, 16:21, 16:32, 17:1.

[3] Whitney, Diez preguntas para diagnosticar tu salud espiritual.