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Nuevo Testamento – Clase 12: 2 Corintios: La debilidad del Reino

Artículo
27.06.2018

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Clase esencial
Panorama del Nuevo Testamento
Clase 12: 2 Corintios: La debilidad del Reino


Era 1960 y John F. Kennedy se encontraba en una intensa batalla por la presidencia con Richard Nixon. Y en la importante noche del 26 de septiembre, los dos candidatos se enfrentaron en un debate, muy parecido a los debates públicos que habían sido modelos en la temporada de elecciones durante muchos años, pero con una diferencia clave: este debate era en televisión en vivo, visto por 80 millones de personas. ¿Los que lo escucharon en la radio? Creyeron que Nixon era el ganador. ¿Los que lo vieron en televisión? Kennedy, con un gran margen. El joven senador apareció bronceado, quieto y sereno, a diferencia del sudoroso y nervioso vicepresidente Nixon.

Independientemente de si prefieres a Nixon o a Kennedy, este dato histórico nos señala algo con lo que los humanos en un mundo caído hemos luchado a lo largo del tiempo: la tendencia a ser engañados por las apariencias. Aunque esta tentación puede parecer particularmente potente en nuestra era mediática, las cosas no eran significativamente diferentes en la iglesia de la ciudad de Corinto, la cual estuvimos estado estudiando la semana pasada y ahora esta semana. No podemos escapar de las apariencias, pero lo que realmente importa es lo que está debajo de la superficie. Y ese es el mensaje de Pablo en 2 Corintios: El Reino de Dios no se hace visible por la fuerza y el éxito; en cambio, el Reino de Dios es el reino de los débiles. Para adentrarnos en esta carta, comencemos con algo de contexto.

Contexto – La historia

Como vimos la semana pasada cuando observamos 1 Corintios, Corinto era una ciudad importante. Tanto el tráfico terrestre como el marino llegaban a través de Corinto, así que era uno de los mejores centros comerciales y filosóficos del Mediterráneo en el siglo I.

Luego de escribir 1 Corintios, Pablo tenía la intención de visitar a Corinto eventualmente, pero no tenía prisa por dejar una provechosa obra en Éfeso (1 Co. 16:9). Por tanto, envió a Timoteo para que trajera un reporte acerca de cómo la iglesia respondió a su carta. Timoteo llegó a una iglesia llena de caos y desorden. La primera carta a los corintios parecía no haber hecho el bien que Pablo pretendía.

Al enterarse de la condición de la iglesia, Pablo se dirigió a Corinto, visita que les había advertido en 1 Corintios 4:21, sería dolorosa de tener que hacerla. Durante su estadía, algunos líderes de la iglesia autoproclamados que se llamaban a sí mismos apóstoles lo atacaron de maneras profundamente insultantes (2 Co. 2:5-8, 10; 7:12). Al parecer, Pablo sintió que esta visita era un completo fiasco, y decide marcharse, esperando que su salida hiciera reaccionar a los corintios. Esta decisión lo dejó abierto a los cargos de ser voluble e indiferente.  Pero Pablo no estaba listo para dejar que el testimonio del evangelio de esta iglesia se apagara. Escribió otra carta, «por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas», como describe en 2 Co. 2:4. Esta carta, la cual no sobrevivió, fue entregada por Tito, y les aseguraba a los corintios de su amor por ellos, pero también contenía palabras severas de reprensión. A pesar de la confusión en la iglesia, Pablo encargó a Tito que recibiera una colecta de los corintios, para la iglesia empobrecida de Jerusalén. Mientras tanto, Pablo dejaba Éfeso después de un motín e iba a Macedonia a esperar a Tito. Temía que su fuerte carta hubiera lastimado a los corintios, pero Tito trajo un buen informe y su preocupación se convirtió en alegría.

Veamos 2 Corintios 7:8-9: «Porque aunque os contristé con la carta, no me pesa, aunque entonces lo lamenté; porque veo que aquella carta, aunque por algún tiempo, os contristó. Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte».

Así, en respuesta a estas buenas noticias por parte de Tito, Pablo escribió 2 Corintios aproximadamente un año después de haber escrito 1 Corintios, probablemente cerca del año 56 d. C., y en los primeros nueve capítulos puedes sentir su gozo por una relación restaurada, y su alivio de que lo peor para la iglesia de Corinto pareciera haber terminado. Sin embargo, antes de enviar esta carta, Pablo debió haber recibido noticias más inquietantes de Corinto. Parece que una vez más, los llamados «súper apóstoles» desafiaban su autoridad, y finalmente, el evangelio. Como resultado, 2 Corintios termina con más fuertes exhortaciones y advertencias para la iglesia. Entonces… con eso como contexto, permíteme resumir un poco el por qué Pablo escribió esta carta.

Propósito

Pablo escribe esta segunda epístola a los corintios por razones públicas, personales y prácticas. En primer lugar, Pablo seguía preocupado por la conducta pública de algunos miembros de la iglesia de Corinto. Por tanto, Pablo escribe para explicar mejor algunas doctrinas clave de la fe y para instruir y advertir a algunos miembros de la iglesia. En segundo lugar, Pablo fue criticado personalmente, así que escribió para defender su ministerio, autoridad e integridad personal. En tercer lugar, Pablo tenía preocupaciones prácticas por la iglesia en Jerusalén. De manera que también escribió para solicitar fondos para el proyecto de asistencia que se estaba llevando a cabo allí.

Y Pablo aborda todas estas preocupaciones a través de su mensaje principal acerca del Reino de Dios. El Reino, dice, no se trata de nosotros ejerciendo nuestra propia fuerza personal, sino en la debilidad que depende del Señor. Como dice Jesús en 12:9: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad». Aquellos que serían engañados por los oponentes de Pablo debido a su aparente fortaleza, perderían la verdadera naturaleza del Reino. Durante el resto de nuestro tiempo, consideraremos las características de este Reino. Y específicamente, veremos tres temas acerca de la verdadera naturaleza del Reino que se encuentran en esta carta.

Los apóstoles del Reino demuestran el poder de Dios en la debilidad

Primero: los apóstoles del Reino demuestran el poder de Dios en la debilidad. La iglesia de Corinto necesitaba apóstoles débiles, como Pablo, no a los llamados «súper apóstoles». La defensa del apostolado de Pablo abarca gran parte del libro, incluyendo la mayoría de los primeros 6 capítulos y los capítulos 10-12. Esto no es para nada porque Pablo sea una especie de egoísta que se promueve a sí mismo. Más bien, es porque al apartarse de Pablo, los corintios se sienten atraídos hacia aquellos que son egoístas, y lo que es peor, aquellos que no tienen la comisión apostólica de Jesús que Pablo tiene.

Aquellos que se oponían a Pablo parecían estar aprovechando tres aspectos del apostolado de Pablo para sugerir que él no era digno de confianza. 

  1. Primero, Pablo había planeado visitar a los corintios otra vez, pero al final decidió no hacerlo. Sus críticos afirmaban que esto era porque era voluble. Escuchamos ecos de sus críticas en 2 Co. 1:17: «Así que, al proponerme esto, ¿usé quizá de ligereza? ¿O lo que pienso hacer, lo pienso según la carne, para que haya en mí Sí y No?». Pablo explica que una vez que se dio cuenta de que había serios problemas con la iglesia de Corinto, una rápida visita amistosa no hubiera sido apropiada, y una rápida visita severa no hubiera sido amable o alentadora; entonces, pensó que sería mejor para los corintios no visitarles hasta que las cosas se hubieran aclarado. Dice en 2 Co. 2:1: «Esto, pues, determiné para conmigo, no ir otra vez a vosotros con tristeza».
  1. No solo era supuestamente voluble, sino que, en segundo lugar, sus críticos lo acusaron de ser duro. Señalaron la fuerte carta que Pablo había escrito acerca de un asunto de disciplina. La iglesia parece haber entendido mal la carta, pensando que la disciplina debía ser permanente. Pero Pablo los alienta en 2 Co. 2:7-8 a reconciliarse con el hermano que había pecado y ahora se arrepintió.
  1. Tercero, los llamados «súper apóstoles» señalaban que Pablo carecía de credenciales. Pablo no tenía ninguna de las cartas de recomendación de otras comunidades que los predicadores itinerantes de este tiempo utilizarían para demostrar que eran legítimos. Pablo, por su parte, insistió en que la alabanza mundana no tiene cabida en el ministerio cristiano, en 2 Co. 3:1-2: «¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros, o de recomendación de vosotros? Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres». Mucho mejor que las cartas de recomendación, la fe del pueblo corintio mostró que el ministerio de Pablo fue bendecido por Dios.

Pero lo más importante es que la principal defensa de Pablo de su apostolado no proviene de responder a pequeñas acusaciones, sino simplemente al establecer una visión positiva del ministerio de un apóstol, que él había llevado a cabo fielmente, pero de la cual los autodenominados y superdotados apóstoles se habían quedado cortos. Y aquí tenemos una de las secciones más claras y valiosas de la enseñanza acerca del liderazgo de la iglesia en toda la Biblia. Pablo nos muestra no solo lo que hace a un verdadero apóstol, sino también la clase de ministerio por la que nuestra propia iglesia debería orar y esforzarse. Aquí hay algunas cosas que Pablo nos enseña acerca del ministerio cristiano y cómo este demuestra el poder de Dios en nuestra debilidad:

  1. La gloria del ministerio es la gloria del evangelio, no la gloria de la apreciación humana. 2 Co. 2:14-16:

«Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden;  a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?».

En otras palabras, proclamar el mensaje de Jesucristo es algo glorioso, independientemente de si las personas lo rechazan o lo aceptan.

  1. El poder para este ministerio no proviene de la capacidad humana, sino de la gracia de Dios. 2 Co. 3:4-6:

«Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica».

  1. El enfoque del ministerio no es el mensajero, sino el tema de su mensaje: el Señor Jesucristo. 2 Co. 4:5-6:

«Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo».

  1. La preocupación del ministerio del Reino es el corazón, no las apariencias externas. 2 Co. 4:16-18:

«Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas».

  1. El agente del ministerio del Reino es Dios. Nosotros solo somos embajadores; Dios reconcilia a los pecadores consigo, usando el mensaje del evangelio. 2 Co. 5:20-21:

«Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él».

  1. El resultado del ministerio del Reino es vidas transformadas. 2 Co. 6:14, 7:1:

«No os unáis en yugo desigual con los incrédulos…». «Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios».

Entonces, así es como se ve el ministerio de un apóstol «débil». No se trata de apariencias externas, sino de realidades espirituales: la realidad de que Dios se glorifica a sí mismo al derramar su gracia sobre pecadores débiles e indignos como nosotros.

Y Pablo solidifica su caso hacia el final de la carta, en los capítulos 10-12. Al parecer, los oponentes de Pablo creían que si un maestro era popular, exitoso y vivía una vida de buena fortuna, entonces su mensaje debía ser cierto. ¿Cómo puede estar equivocado alguien que conduce un BMW? Pablo, en contraste, parecía un verdadero perdedor, siempre estaba siendo golpeado, encarcelado, perseguido. Casi puedes escuchar a los «súper apóstoles» burlarse de él: «¡Qué fracaso! ¿Quién escucharía a alguien que sufre tanto? ¡Tal vez esté maldito!».

Por su parte, los súper apóstoles acumularían listas de todos los logros y habilidades con los que esperaban impresionar a su audiencia. Pablo se involucra en el mismo tipo de argumentación en estos últimos capítulos. Reúne una gran cantidad de evidencia, citando ejemplo tras ejemplo para exponer su caso –¡excepto que todo lo que enumera es totalmente poco impresionante! Desde el dolor a la enfermedad, a los naufragios, a la persecución, a ser atormentado por demonios y al famoso «aguijón el carne», el currículum de Pablo es un catálogo de debilidad. Él se «gloría», pero se gloría como un tonto ante los ojos del mundo, porque como dice en 2 Co. 11:30, solo se gloriará en las cosas que muestran la gloria de Cristo y su propia debilidad.

Y esta es una buena pregunta a considerar. ¿Valoramos las mismas cosas que el mundo valora? ¿Deberíamos escoger una iglesia principalmente porque nos gusta la forma en que el pastor habla, su doctorado, sus habilidades con la gente, o escogemos una iglesia basándonos principalmente en el mensaje que se predica, incluso si el mensajero no es impresionante? Pablo nos dice que no debemos dar crédito a las apariencias, sino que debemos mirar la obra del Espíritu en los corazones transformados. ¿Ves cómo esto nos enseña acerca de cómo podemos orar por nuestros ancianos? Oremos para que no pongan su confianza en la sabiduría de este mundo, el dinero o logros impresionantes, sino que consideren que todo esto es inútil en comparación con la grandeza incomparable de conocer a Cristo Jesús como Señor. Y ora para que, en cambio, enseñen con la sabiduría que viene de él.

La debilidad del Reino se demuestra en las aparentes deficiencias de Pablo en comparación con los súper apóstoles. Pero eso no es todo, también lo demuestran los verdaderos ciudadanos de este Reino. Y eso nos lleva al segundo tema que vemos en este libro: los ciudadanos del Reino reflejan la generosidad de Dios en la debilidad.

Los ciudadanos del Reino muestran la generosidad de Dios en la debilidad

Vemos este tema en las instrucciones de Pablo acerca de la colecta para la iglesia en Jerusalén. La reunión que Pablo no pudo hacer antes con Tito, ahora la ha hecho. El relato de esta reunión (2 Co. 7:5-16) sirve como un enlace para la comunión restaurada de los corintios con Pablo. Ha escuchado el buen informe de Tito, y ahora envía a Tito a buscar fondos para los creyentes en Jerusalén que se encuentran en extrema pobreza. Y la importancia de esta colecta no se limita al Corinto del primer siglo: nos dice algo de cómo son los ciudadanos del Reino de Dios.

Veamos 2 Co. 8:9: «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos».

La exhortación a dar es una prueba de si los corintios han entendido las enseñanzas de Pablo acerca del Reino de Dios, un reino edificado sobre la generosidad sacrificial de Jesús. Estos creyentes tienen la responsabilidad y una gloriosa oportunidad de servir a sus hermanos y hermanas necesitados.

Hemos estado diciendo que una verdad central del cristianismo es la debilidad de aquellos en el Reino de Dios y, por supuesto, una de las debilidades más comunes, tanto en los tiempos de Corinto como en la actualidad, es la pobreza. Así, al proveer para los cristianos de Jerusalén que eran pobres y evidentemente débiles, los corintios estarían luchando contra la tentación omnipresente de usar principalmente su dinero de maneras que los fortalecerían. Pablo los llama a dar, y al hacerlo, a hacer una inversión espiritual.

¿Cómo abordas el dar a otros cristianos en necesidad? ¿Recibimos oportunidades para sacrificar lo que tenemos? ¿Cómo sería que nos caracterizáramos por el corazón que Pablo dice que exhibieron los macedonios en 2 Co. 8:1-4: «que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad.  Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos» (8 2-4). ¿Este tipo de actitud nos caracteriza hoy? ¿Somos el tipo de personas que dan «incluso más allá de nuestra capacidad»? ¿O damos solo cuando nos sentimos cómodos, solamente a quienes realmente queremos dar? La generosidad es un fruto de la fe en Cristo. En lugar de confiar en nuestro dinero, confiamos en el cuidado soberano de Dios para con sus hijos.

Por tanto, este libro nos enseña que la iglesia sana es una iglesia que da para suplir las necesidades de otros, para la propagación del evangelio y la edificación de los creyentes. Los que participan en esta gracia deberían hacerlo con alegría y libertad, porque Pablo dice en 2 Co. 9:7-9: «Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra».

Ese es nuestro segundo tema: la debilidad de los ciudadanos del Reino. Pero finalmente, un último tema que vemos recorriendo esta carta, es el resultado de dicha debilidad en nuestras iglesias: las iglesias del Reino muestran la gracia de Dios en la debilidad.

Las iglesias del Reino muestran la gracia de Dios en la debilidad

A lo largo de toda esta carta, Pablo enfatiza la importancia de la iglesia. Enseña que la iglesia es donde Dios habita y, por tanto, los cristianos están llamados a vivir en santidad. 2 Co. 6:16: «¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». La presencia de Dos descansa en la iglesia y, por consiguiente, la iglesia muestra la gloria de Dios a todo el universo. ¿Qué significa eso para nosotros como iglesia local, como congregación del pueblo de Dios aquí en Capitol Hill? Pablo identifica algunas pasiones que deberían caracterizarnos como cuerpo de Cristo. 

Una pasión por la debilidad

Como cabe esperar, en primer lugar, deberíamos tener una pasión por la debilidad. Un aspecto de esta carta que no puedes ignorar es la pasión de Pablo por exaltar a Dios en su ministerio. Y una de las mejores maneras en que lo hace, es demostrando la fortaleza de Dios para lograr grandes cosas a través de la debilidad de Pablo. Como ya hemos visto, Pablo continuamente hace referencia a sus propios sufrimientos en esta carta (1:6-9; 6:3-10; 11:16-29; 12:1-10).  Con un gozo que parece ajeno a nuestros oídos que buscan palabras de comodidad, él se gloría en estas debilidades porque dan gloria a Dios. Nosotros también, somos descritos como débiles: nuestros cuerpos son llamados «vasos de barro» en 2 Co. 4:7 debido a su fragilidad, pero es precisamente en nuestro quebrantamiento que Dios revela su fortaleza. Por esa razón, Pablo exalta a Dios incluso por sus limitaciones.

Ve 2 Co. 12:8-10:

«Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

¿Y nosotros? Cuando el sufrimiento llega a nuestras vidas, ¿lo vemos como una oportunidad para que el poder de Dios se muestre al mundo? ¿O nos complacemos en la autocompasión? Podemos aprender de Pablo a agradecer a Dios por cada circunstancia que nos humilla, que nos hace depender más de su gracia y menos de nuestras propias fuerzas. ¿Alguna vez has pensado cómo una prueba en tu vida podría ser usada por Dios para dar a conocer su gloria a tus familiares y amigos? Escucha lo que nuestro pastor, Paul Tripp, dice acerca de este pasaje: «Mientras más nos acercamos al Señor, mientras más caminamos con él, y mientras más entendemos su Palabra, somos más forzados por nuestra debilidad, incapacidad y pecado. Pablo dijo que se gloriaría más bien en sus debilidades. No era porque amara la idea de ser débil, sino porque era en la debilidad que el poder de Cristo reposaba en él. Nuestras debilidades no se interpondrán en lo que Dios quiere hacer con nosotros, ¡nuestros delirios de fortaleza sí lo harán! ¡El poder de Dios es para los débiles! ¡La gracia de Dios es para los incapaces! ¡Las promesas de Dios son para los desfallecidos! ¡La sabiduría de Dios es para los necios!» [1].

Esa es la primera pasión que debería caracterizar a las iglesias del Reino. Abrazamos la debilidad porque la debilidad revela la suficiencia de Cristo. En segundo lugar, vemos una pasión por el evangelio.

Una pasión por el evangelio

El ministerio de Pablo había estado bajo ataque y su autoridad había sido cuestionada por los súper apóstoles. En respuesta, él resalta el verdadero evangelio, porque al recordarle a los corintios este mensaje central del perdón de los pecados a través de Jesucristo, expondría a sus oponentes como falsos maestros que habían fallado en comprender la realidad de la gracia de Dios.

Como tal, la prioridad del evangelio debería ser evidente en nuestra iglesia, especialmente en nuestra predicación. El evangelio es lo que Pablo predicó, y es por eso que predicó. Como Pablo, predicamos a Jesucristo como Señor (4:5a) porque somos embajadores de Cristo. Mira 2 Co. 5:14-15 y 18-21:

«Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos».

Y luego pasamos al versículo 18:

«Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él».

Ese último versículo, el versículo 21, es uno de los resúmenes más compactos del evangelio en la Biblia. Ante un Dios santo, cada ser humano es culpable por causa del pecado. Nuestro pecado merece ser castigado. Sin embargo, Jesucristo, el eterno Hijo de Dios, estaba libre de pecado. No merecía ser juzgado. No obstante, por amor, Jesús tomó nuestro lugar y recibió el castigo que nosotros merecíamos, muriendo en una cruz. Y Jesús resucitó otra vez, ofreciendo el regalo de su justicia perfecta a todos los que se arrepienten de su estilo de vida pecaminoso y creen él.

Este mensaje de que Cristo es un sustituto en nuestro lugar, convirtiéndose en pecado por nosotros, soportando el castigo de Dios, fue fundamental para la salud de la iglesia de Corinto, y es fundamental para la salud de nuestra iglesia. Debemos orar para que esta buena noticia no se convierta en algo anticuado, para que el Espíritu Santo encienda nuestra pasión por el evangelio, porque recordar el evangelio va a protegernos de las clases de falsas doctrinas que habían atraído a los corintios. Una iglesia apasionada por el evangelio también es diligente en refutar evangelios falsos que no predican al Jesús bíblico. Así, en 2 Co. 11:13, Pablo declara su intención de «quitar la ocasión a aquellos que la desean… Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo» (11:12-13). Tal es la pasión de un ministerio impulsado por Dios para el evangelio de Jesucristo.

Una pasión por el arrepentimiento

Por último, vemos en 2 Corintios que debería existir una pasión por el arrepentimiento en la iglesia. Arrepentirse significa simplemente apartarse del pecado y volverse a Dios. Pablo está muy contento con las noticias de Tito de que la iglesia se había alejado de su pecado anterior, y está ansioso de que continúen en este camino de arrepentimiento. Vayamos a 2 Corintios 7:8-13 y veamos qué dice:

«Porque aunque os contristé con la carta, no me pesa, aunque entonces lo lamenté; porque veo que aquella carta, aunque por algún tiempo, os contristó.  Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto. Así que, aunque os escribí, no fue por causa del que cometió el agravio, ni por causa del que lo padeció, sino para que se os hiciese manifiesta nuestra solicitud que tenemos por vosotros delante de Dios. Por esto hemos sido consolados en vuestra consolación».

La clase de iglesia a la que Pablo alienta es, primero que nada, una iglesia preocupada por la piedad. No una que se preocupa por la prominencia o el éxito percibido, su principal preocupación es ver al cuerpo de Cristo edificado y un día presentado a Dios: sin «mancha ni arruga». Por ello, los que hemos probado la gracia de Dios al salvarnos de nuestros pecados debemos orar por una pasión que nos lleve a continuar arrepintiéndonos de nuestros malos caminos y a continuar confiando en el amor de Cristo en fe.

CONCLUSIÓN

En conclusión, me pregunto si puedes ver algo de ti en los corintios. Ciertamente no eran el mejor modelo a seguir. Sin embargo, acaso no es increíble pensar que esta iglesia —esta ignorante y jactanciosa e inmoral iglesia—, esta iglesia fue el plan escogido de Dios para glorificarse en la ciudad de Corinto y en todo el mundo.  Estas fueron las personas que Dios eligió y escogió para salvar, como le dijo a Pablo en un sueño en Hechos 18. Y estas fueron las personas a las que Pablo vertió gran parte de su corazón y alma, sudor y lágrimas durante su breve ministerio aquí en la tierra. Si no obtenemos nada más de estas cartas, entonces entendamos esto: nunca se promete que la iglesia será perfecta. En todo caso, como nos recuerda Pablo, la iglesia está formada por aquellos que aparentemente son débiles, tontos e insignificantes en este mundo. Pero nuestra debilidad es la tierra donde el poder de Dios hace que los verdaderos frutos crezcan para su gloria, y seguimos a un Salvador que nos ha dado su ejemplo. 2 Co. 13:4: «Porque aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros». Como aquellos que aguardan la resurrección de Jesús, podemos confiar en Dios mientras transforma a personas egoístas, malhumorados, impacientes y débiles como nosotros en su novia gloriosa y radiante. Cerraré con las familiares palabras de 2 Co. 13:14: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén». Oremos.

 

[1] Tripp, Paul. War of Words, p. 130