Reflexiones Pastorales

No solo un hacedor de buenas obras: Reflexiones pastorales sobre la bondad

Artículo
19.03.2018

La palabra «bueno» casi ha perdido su significado hoy en día. El cocinero tomará como una crítica cuando le digas que la cena simplemente estuvo buena. Él pensará que si realmente te gustó la comida, hubieras dicho que estuvo estupenda, fantástica, maravillosa. Comparado con adjetivos como estos, la palabra «bueno» implica algo promedio en el mejor de los casos.

Este entendimiento deficiente de lo bueno hace que sea más difícil para nosotros apreciar la Biblia. Por ejemplo, cuando Pablo menciona la «bondad» como un fruto del Espíritu, no somos impresionados. Sabemos que la bondad es importante, pero que ya no es vibrante y colorida. Lo «bueno» es como una toalla blanca que ha sido lavada tantas veces que se ha vuelto gris.

¿QUÉ ESTÁ EN JUEGO?

¿Quién se preocupa? ¿Por qué es esto algo importante? Tal vez una historia ayudará a preparar el escenario.

Dave se inicia en el ministerio a los 22 años. Él aspira a hacer que el mundo sea un mejor lugar. Él ha pensado en otras vocaciones como: la medicina, la política y las leyes. Todas son buenas elecciones, pero ninguna tiene que ver con los detalles más importantes del alma—de lo cual Dave se preocupa más que nada. Él fue al seminario, y eventualmente tomó el pastorado de una pequeña iglesia urbana.

Las semanas de Dave están llenas. Los miércoles enseña en un centro de rehabilitación vocacional. Los jueves es voluntario en un programa de sala de tareas. Dave trabajó los viernes para preparar el mensaje del domingo. Los lunes su agenda está llena de reuniones, y luego se prepara para repetirlo todo nuevamente. Dave quiere servir a otros. Él se esfuerza por hacer la diferencia. Él desea hacer el bien.

Mientras pasaban los años, Dave no solo se cansaba sino que se amargaba. Las personas no eran tan agradecidas como él esperaba que fueran por las inversiones que él hacía. Los niños de la calle raras veces respondían a su mensaje. Él comenzó a preguntarse si su trabajo era realmente importante. Dave pasó por episodios de depresión. Él trató de hacer que el mundo fuera un mejor lugar, pero el ministerio se sentía como succionar el océano con una esponja.

¿Qué sucedió? En algún lugar del camino, Dave descuidó su corazón. Él se dedicó a las buenas obras, pero falló en buscar lo interno, el fruto espiritual de la bondad. Dave era un hacedor de bondad que hizo del ministerio una lista de tareas que tenían que ser cumplidas. Él hizo lo bueno, pero se olvidó de su necesidad de Dios «porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13). Antes de poder ayudar a Dave, debemos repasar el significado de lo bueno.

RECUPERANDO EL SIGNIFICADO DE LO BUENO

Uno de los encuentros más significativos de Jesús comenzó con un hombre que le preguntó, «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna» (Marcos 10:18; Lucas 18:19)? Nosotros esperaríamos que Jesús le revelara los secretos del reino de Dios, o tal vez lo exhorte a nacer de nuevo, pero en lugar de eso Jesús rechaza la pregunta: «y Jesús le dijo, ¿por qué me llamas bueno? No hay bueno, sino sólo Dios».

Profundicemos. «No hay bueno, sino sólo Dios».

Claramente, el hombre trató de ser respetuoso. Él buscó honrar a Jesús como rabino sabio, un maestro digno de ser escuchado. Pero su saludo honorífico hizo que tuviera una visión reducida de la palabra bueno, y consecuentemente una visión reducida de Dios.

Todos los fracasos teológicos y morales se derivan del rechazo a llegar a un acuerdo sobre la naturaleza de Dios. Fácilmente descuidamos el alcance y significado de la santidad, el poder, y la justicia de Dios. Dios es tan puro que ni siquiera podemos comprenderlo. El rey David cantó sobre la bondad de Dios: «Grande es el Señor, y digno de ser alabado, y su grandeza es inescrutable» (Salmos 145:3). Tratar de escapar de la bondad de Dios es como darle a un niño algo que escoger y pedirle que vacíe una mina de oro; él puede que comience pero nunca terminará.

Afortunadamente, la Biblia está llena de individuos que disfrutaron y vieron que el Señor es bueno (Salmos 34:8).

Jetro llenó su cubeta de oro cuando Moisés le explicó la manera en que Dios salvó al pueblo de Israel: «y se alegró Jetro de todo el bien que Jehová había hecho a Israel, al haberlo librado de mano de los egipcios» (Éxodo 18:9). Consciente del Éxodo, Jetro se dio cuenta de que no había nadie como Dios. Sólo Dios salva. No se puede confiar en nadie totalmente. Nadie puede ser verdaderamente adorado.

Cuando Job cuestionó la bondad de Dios, el Señor le respondió, «¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú?» (Job 40:8)? Dios le reveló su carácter a Job, y Job respondió de manera apropiada: «de oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:5-6).

Decir que Dios es bueno es afirmarlo que lo es sin ninguna falta, sin una onza de error, sin ningún tipo de engaño. Dios nunca toma una mala decisión, nunca piensa un pensamiento malvado, y nunca lleva a nadie hacia el camino del mal. Él es un Padre que únicamente sirve y bendice a sus hijos. Los padres humanos disciplinan a partir de la ira y estropean por la pereza. Dios no hace ninguna de estas cosas. Él es la mezcla perfecta de la dureza y la suavidad, lo firme y lo afectuoso.

Imagínate un mar que se extiende por la eternidad sin una sola ola—infinitamente largo y ancho pero tan liso como un cristal. Dios es tan santo como el agua es tranquila. Él es tan misericordioso como el mar es profundo. No es una sorpresa que luego de reflexionar en la gracia de Dios Pablo exclama, «!Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! !Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos (Romanos 11:33)!».

La «bondad» es esa cualidad de Dios que caracteriza su carácter divino—cada atributo de nuestro Dios Trino se resume en una simple palabra. Los oradores ingleses del mundo moderno pueden decir que Dios es maravilloso, pero en las palabras de Jesús, Dios es bueno.

Con eso en mente, considera como todo cristiano debe ser lleno del fruto espiritual de la bondad. No somos sólo hacedores de buenas obras; nuestras venas espirituales deben fluir con la bondad misma de Dios.

¿ERES TÚ UN HACEDOR DE BONDAD?

Muchos de nosotros somos como el pastor Dave. ¡Sé que lo soy! Quiero agradar a la gente. Trato de predicar mensajes que ayuden. Espero hacer la diferencia en la vida de los demás. Tú también puede que seas así. Puedes trabajar duro para motivar a tus amigos—una llamada no solicitada, un mensaje motivador, una invitación a cenar. Tal vez haces de todo por tus hijos—le cambias los pañales, los ayudas con las tareas, le compras ropa. Tal vez trabajas para edificar la iglesia—enseñando en la escuela dominical, discipulando un nuevo creyente, sirviendo en el salón de cuna. Cada una de estas acciones es un esfuerzo muy digno.

Pero ninguna de estas acciones cierra la brecha que hay entre tú y Dios. Pueden ser muy «buenas», pero no son lo «buenas» de la manera en que Dios es bueno. no eres tan bueno como Dios. Cuando evalúas tu mérito basado en tu productividad, en el momento en que computas tu valor por el número de las buenas obras hechas, te pierdes de la verdad cristiana más importante: la bondad de Dios no es una montaña que debe ser escalada sino un don que debe ser recibido. «El fruto del Espíritu es…bondad» (Gálatas 5:22).

Mientras más conocemos de la bondad de Dios, menos propensos somos a ser impresionados por nuestras buenas obras. Eso no significa que deberíamos dejar de hacerlas. ¡De ninguna manera! Sino que nuestras obras solo pueden ser buenas en la medida en que representan a Dios obrando a través de nosotros. (Efesios 2:10).

EXPLOSIÓN DEL PASADO

Las generaciones anteriores de creyentes explicaban como las buenas obras podían, de hecho, ser buenas. Sus declaraciones sonaban como algo extraño para los oídos modernos, pero las verdades que resumieron son joyas de sabiduría divina.

Los autores de la Segunda Confesión de Londres, una antigua declaración de fe, dijeron que las buenas obras son sólo buenas si se derivan de un corazón fiel y sincero. Las buenas obras «son los frutos y evidencias de una fe verdadera y viva; y a través de ellas los creyentes manifiestan su agradecimiento, fortalecen su seguridad, edifican a sus hermanos, adornan la profesión del evangelio, callan las bocas de los adversarios, y glorifican a Dios». Las buenas obras son un componente valioso y necesario en la vida del creyente.

Sin embargo, y como los autores aclararon, las buenas obras tienen sus limitaciones; no pueden ganarse un asiento en la mesa de la salvación. Nuestras buenas obras no nos harán merecernos la vida eterna porque aún cuando sean muy buenas, son limitadas en comparación con Dios. Mientras más entendemos lo bueno que es Dios, más difícil será pensar que nuestras buenas obras pueden impresionarlo. «La distancia infinita que hay entre Dios y nosotros» no puede ser superada a través de millones de sermones fieles o trillones de proyectos de servicio. Por eso es que necesitamos la cruz de Cristo. Su buena muerte, no sus buenas obras, asegura el perdón.

¿Significa esto que nuestras buenas otras no son dignas? ¡Para nada! La Segunda Confesión de Londres afirma que podemos agradar a Dios en verdad cuando nuestras buenas obras son hechas correctamente, a partir de corazones llenos de fe, Dios «las ve a través de su Hijo y se deleita en aceptar y recompensar lo que es sincero». En otras palabras, por la gracia de Dios, nuestras obras pueden realmente ser buenas, agradables y aceptables para Dios.

Y esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿Cómo podemos saber si nuestras buenas obras se derivan de un corazón sincero? Esto nos lleva al fruto espiritual de la bondad.

CORAZONES QUE REBOSAN DE BONDAD

Para que tus buenas obras sean sinceras, el Espíritu debe estar trabajando en ti. Porque para que tus obras sean verdaderamente buenas, tu corazón debe estar lleno de bondad (Gálatas 5:22) y esto es un don de Dios. De todas las piezas del fruto del Espíritu, ninguna es tan importante como esta.

Necesitamos que Dios nos cambie desde adentro hacia afuera. Necesitamos que él no sólo nos de una nueva vida, sino que santifique nuestro corazón. La sinceridad no es algo que se deriva del poder de la voluntad. No será manifestada porque llegamos temprano a la oficina, o porque no le hablamos con ira a los niños, o porque terminamos otro mes sin mirar pornografía. La sinceridad es un don del Espíritu Santo. Sólo aquellos cuyos corazones están llenos de bondad son sinceros.

Amamos porque Él nos amó primero (1 Juan 4:9). Hacemos buenas obras porque el Espíritu nos llena de bondad. Y cuando esto sucede, poco a poco, Dios nos hace ser más como él.

Cuando entiendes esto, todas tus buenas obras son puestas en perspectiva. En lugar de ser desmotivado por tu impacto mínimo en el mundo que te rodea, puedes ser motivado por el máximo impacto del Espíritu en ti. La sinceridad que hace que nuestras buenas obras tengan valor se deriva de un corazón que reboza de la bondad de Dios.

¿Y dónde vemos la bondad de Dios más claramente? En la persona y obra de Jesucristo.

Un corazón lleno de bondad desea conocer y experimentar más de él. Antes de levantar un dedo para llevar a cabo alguna buena obra, deberíamos orar para que el Espíritu envuelva nuestro corazón alrededor de la cruz de Cristo. Que esta sea nuestra oración por la bondad del libro El Valle de la Visión:

Ayúdame a encontrar en su muerte la realidad e inmensidad de su amor. Ábreme para recibir más de los maravillosos volúmenes de verdad que hay en su expresión ‘Consumado es.’ Aumenta mi fe en el claro conocimiento de la expiación alcanzada y completada, la satisfacción del hecho, la culpa quitada, mi deuda pagada, mis pecados perdonados, mi persona redimida, mi alma salvada, el infierno vencido, los cielos abiertos, la eternidad hecha mía. O Espíritu Santo, profundiza en mí estas lecciones salvadoras.

Jetro se regocijó por la bondad de Dios que salvó a Israel. ¿Cuánto más podemos nosotros regocijarnos por la bondad de Dios que nos salvó y ahora trabaja amorosamente su bondad dentro de nosotros?

¿CÓMO PUEDO CRECER EN ESTO?

Aún mientras lees este artículo, hay otra labor que necesitas hacer. Puede que tengas un esposo o esposa que servir, una familia que cuidar, un amigo que  motivar. ¿Cómo podemos cuidarnos de ser abrumados por el trabajo que tenemos por delante? ¿Cómo podemos cuidarnos de la amargura cuando la tarea parece ser muy grande y nuestros esfuerzos muy pequeños?

Necesitamos crecer no sólo en hacer el bien, sino en ser buenos. Necesitamos el fruto espiritual de la bondad. ¿Cómo puedes crecer en esto?

  • Dedícate a trabajar en tu alma. Si eres cristiano, pon una pausa en las buenas obras que has hecho, y medita sobre Cristo como el sacrificio expiatorio por tus pecados. Esto podría significar comprometerte nuevamente a hacer tus devociones diarias. Puede significar tomar un día para evaluar nuevamente el estado de tu vida espiritual. Vivimos en un mundo frenéticamente conectado que no se presta a sí mismo para el trabajo del alma. Busca una manera de apartarte de las multitudes, como Jesús hacía, y negocia con tu Padre celestial. Esto toma tiempo. Una lectura cuidadosa del libro Habits of Grace: Enjoying Jesus Through the Spiritual Disciplines es una buena manera de comenzar.
  • Medita en el carácter de Dios. Esta una práctica muy descuidada. Somos rápidos en agradecer a Dios por su obra y lento  para maravillarnos de su naturaleza. Un corazón lleno de bondad entiende, tanto como sea humanamente posible, lo que significa decir que sólo Dios es bueno. Si oras a través del acrónimo A-C-T-S, trata de aumentar el tiempo en que te enfocas en la A, «adoración.»
  • Cambia tu alabanza. Un corazón lleno de bondad sabe que sólo Dios es bueno y sólo él, por lo tanto, merece alabanza. Convertirse en un adicto a la afirmación es más fácil de lo que piensas. Todos queremos ser reconocidos. El cristiano sabio puede recibir motivación y alabar a Dios al mismo tiempo. El fracaso en cambiar nuestra alabanza eventualmente nos llevará a la amargura cuando no exista la alabanza.
  • Clama a Dios por un entendimiento más profundo de la cruz. Aquellos que más aprecian lo que hizo Jesús por ellos servirán a los demás a través de las buenas obras. Lo harán no esperando nada a cambio más que la afirmación final de Aquel que es más importante: «¡Bien, buen siervo y fiel!» (Mateo 25:23). Aquellos cuyos corazones están llenos de bondad se asombran al conocer a su buen Dios que sufrió y murió por ellos.
  • No olvides ponerte a trabajar. Si el Espíritu ha depositado bondad en ti, tu vida debe mostrarlo (Efesios 2:10). Aplastarás las tinieblas con la luz que Dios te dio. Haz una diferencia. Sirve a tu prójimo. Comparte el evangelio. Ponte a disposición de una viuda. Cuida un huérfano. Simplemente no lo hagas para estar bien con Dios, sino porque Dios te hizo estar bien con él.

Traducido por Samantha Paz.