Clases esenciales: Masculinidad y Femineidad Bíblicas

Masculinidad y Femineidad Bíblicas – Clase 2: Masculinidad Bíblica (Parte 1)

Artículo
20.07.2017

  Descargar Manuscrito en formato Word
  Descargar Folleto del Alumno en formato Word

 

Clase esencial
Masculinidad y Femineidad Bíblicas
Clase 2: Masculinidad Bíblica (Parte 1)


I. Introducción

[Ora]

¿Qué significa ser un hombre en el siglo XXI? Cuando miramos la cultura popular, no hay una respuesta clara. ¿Qué dice nuestro mundo que es la esencia de la masculinidad?

E incluso como cristianos, todos llevamos alrededor estos «diccionarios invisibles» de lo que creemos que es la masculinidad bíblica, que honestamente, ¡puede ser bastante diferente de las enseñanzas de la Escritura!

Así que esta mañana, nuestro deseo es ser honestos y reconocer el quebranto y la confusión que nuestra cultura en general y hasta muchos de nosotros hemos experimentado en este tema. Pero nuestro mayor deseo es recurrir a las enseñanzas de la Escritura para ver lo que Dios dice que define la verdadera masculinidad.

II. Repaso

Comencemos volviendo a Génesis 1: 26-27 y revisando lo que vimos la semana pasada. La Palabra de Dios dice:

«Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó».

La Biblia comienza afirmando que los hombres y las mujeres están hechos igualmente a imagen de Dios. Por tanto, comparten igual valor, estimación, dignidad e importancia. No hay superioridad, ni inferioridad. (Repetir dos veces para enfatizar).

Sin embargo, aunque poseen una igualdad de esencia, en Gn. 2 vimos que hay una distinción en el rol. Como vimos en Gn. 3, las diferencias en el rol no son el resultado pecaminoso de la caída, ni son borradas en la redención como vimos en Gá. 3, Ef. 5 y otros textos del Nuevo Testamento. Los hombres y las mujeres están diseñados por Dios para complementarse con roles distintos y hermosos.

De Gn. 1 y 2 también vimos que el género nos fue dado por Dios. Es su regalo. Por consiguiente, el género es dado, bueno y definido por Dios. Ser hombre o mujer es parte de la esencia de una persona. Esto va en contra de los vientos culturales que dicen que el género es un «constructo social» (una idea o percepción de género que el mundo o la sociedad que nos rodea ha definido). Esta perspectiva rechaza la bondad y la naturaleza creada y dada por Dios del género. Dice que el género no es algo dado, sino «plástico». Es maleable (puede adaptarse o cambiarse con los tiempos), definido por la cultura o por uno mismo, para que los individuos puedan adoptar diferentes expresiones o identidades de género. Esta visión dice que el cuadro bíblico de la masculinidad y femineidad nos esclaviza en un dualismo de género. Los nuevos pensadores prometen hoy libertad abriendo todo un espectro de expresiones de género a todos.

La Biblia no está de acuerdo. El género es un constructo—un constructo divino, ¡y por ende hermoso! Compartimos una humanidad común, iguales en valor, pero no somos idénticos. Uno fue hecho masculino, la otra femenina. Para ser claros, no debemos sorprendernos de que nuestros corazones pecadores y caídos, tiendan a rebelarse contra la forma en que Dios estableció el mundo. Y, ciertamente es posible en un mundo caído que algunas personas se sientan confundidas o incómodas con su género. Pero tal incomodidad no prueba que el género mismo sea fluido. [Veremos más sobre eso en unas pocas semanas].

Por ahora, cuando se trata de los hombres y las mujeres, si se pierde la igualdad de valor, la relación entre los sexos se convierte en un desfile con uno al frente y uno en la parte de atrás. Los hombres dominantes menosprecian a las mujeres y les ladran órdenes porque son superiores. Pero si se pierde la distinción en los roles, su relación se convierte en una carrera. Es el macho contra la hembra, adelantándose a codazos en una carrera para llegar a la cima. Pero la Biblia dice que no es un desfile, ni una carrera, sino un baile. Los dos géneros en este baile tienen diferentes pasos o papeles, y sin embargo juntos se mueven como uno, en perfecta armonía.

III. Fundamentos para la Masculinidad Bíblica

Para ver esto, ve a la siguiente página de tu folleto, y echemos un vistazo a Génesis 2:15-24. Vamos a centrarnos en el relato de la creación y a quedarnos en Génesis hoy porque es tan fundamental para ver la intención original de Dios para los hombres y las mujeres. Cuando nos volvemos al Nuevo Testamento, Jesús[1] y Pablo[2] citan y aluden a Génesis 1-3, mostrando que ellos vieron que éstos continúan siendo pertinentes y autoritativos. Estudiar Génesis ahora nos ayudará a apreciar esos textos del Nuevo Testamento cuando nos volvamos a ellos más adelante en el curso. Entonces, ve a Génesis 2:15-24:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él. Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne».

A. Autoridad y Responsabilidad

En este pasaje vemos dos pilares de la masculinidad bíblica dados por Dios: La autoridad y la responsabilidad.

Vemos esto en cómo Dios puso al hombre primero en el huerto (es decir, antes de que Eva fuera creada − puedes ver eso claramente en los vv. 21-22). En las Escrituras, ser primogénito implica autoridad. Sólo el primogénito recibiría el derecho de nacimiento, piensa en Jacob y Esaú.[3] Esto culmina en Jesús, el segundo Adán, que es la verdadera «imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación». (Col. 1:15) Llamar a Jesús el «primogénito» no significa que él haya sido creado, sino que posee toda autoridad sobre la creación, autoridad demostrada en sus milagros, desde caminar sobre el agua hasta salir de la tumba.

La autoridad y la responsabilidad también se ven en cómo Dios comisionó al hombre para que trabajara en el huerto y velara por él (Gn. 2:15).[4] Dios trajo todas las criaturas vivientes al hombre, y lo llamó para ponerles nombre (vv.19-20), destacando su liderazgo sobre el reino creado. ¿Oyes los ecos de cómo Dios nombró lo que creó en el capítulo 1? Vemos a la mujer creada con el propósito de ser un «complemento» (HCSB), o «ayuda adecuada» (NIV), o «ayuda ideal» (ESV) para el hombre. Vemos a Dios dando a Adán la autoridad de nombrar a su ayudante (aquí «mujer» (2:23), Eva en Génesis 3:20). El hecho de que Dios crea a Eva mientras Adán está durmiendo destaca que ella también es divinamente creada, de ninguna manera inferior al hombre, pero funcionalmente distinta. Sólo él recibe la instrucción de Dios para trabajar y cuidar el huerto antes de que ella fuese creada, pero cada uno tiene un papel que desempeñar en el trabajo de llenar (procreación) y subyugar la tierra.

También vemos los cimientos de autoridad y responsabilidad evidentes en la caída. Vuelve a Génesis 3:1:

«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?».

¿Por qué la serpiente, Satanás, fue primero a Eva? No fue porque ella era inferior o sufría de alguna debilidad moral inherente. ¡No! ¡Él tentó a Eva porque era una amenaza directa a la autoridad de Adán! Satanás apuntó directamente al corazón mismo de lo que significaba para Dios hacer a Adán el líder, y a Eva su ayudante. Satanás buscó socavar y poner al revés el orden creado de las relaciones. Así, en lugar de que el hombre se someta a Dios, la mujer acepte el liderazgo del hombre y ambos tengan autoridad sobre la creación, aquí «la mujer escucha a la criatura, el hombre escucha a la mujer y ninguno escucha a Dios».[5] Satanás procuró engañar a Eva, porque sabía que al socavar el liderazgo de Adán, desharía todo el bien que Dios tenía para ellos.

¿Y qué sucede más adelante en el capítulo? Mira conmigo Génesis 3:8-9, después de haber pecado y esconderse de Dios:

«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?».

Observa que Dios llama al hombre primero, a pesar de que fue la mujer quien comió primero de la fruta. ¿Por qué? ¡Porque el responsable es Adán! Había abandonado su puesto de líder. Cuando llegó la batalla, no estaba donde tenía que estar. De modo que, cuando Dios llamó a Adam a rendir cuentas, él estaba «reafirmando el orden creado originalmente».[6]

La autoridad de Adán también se ve en las maldiciones pronunciadas sobre él y su esposa. Echemos un vistazo a Génesis 3:16-19:

«16A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. [Este versículo no está estableciendo roles diferentes; está diciendo que los roles ya dados ahora serán corrompidos.] 17Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. 18Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. 19Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás».

Para la mujer, la maldición que Dios pronuncia se centra en su relación con su esposo y con los hijos. Dios quiere ilustrar cómo su pecado ha estropeado la responsabilidad y el ámbito que le fueron dados—su relación con su esposo como ayudante. Pero a Adán, Dios dice «maldita será la tierra por tu causa». El reino sobre el cual se le dio la responsabilidad, el suelo que debía trabajar, y así proveer para su esposa y familia, está corrompido.

Pero aún más que eso, la sentencia de muerte de Génesis 3:19 está dirigida al hombre. Él sigue siendo el primogénito que aprende primero que va a morir. Adán funciona como la cabeza de toda la humanidad. Observa que es debido al pecado de Adán, «a causa de ti». Dios le dice a Adán en Génesis 3:17, no a causa de ti y tu esposa, sino a causa de ti, Adán, la creación es maldita. Eva tendrá que rendir cuentas, pero Adán tiene la responsabilidad final porque él representa a la raza humana. [7] Más adelante en el Nuevo Testamento, Pablo se basa en este orden creado del liderazgo masculino en Ro. 5:12-21 cuando dice que el pecado y la muerte vinieron por «un hombre». Pablo no dice por medio de Adán y Eva, sino por medio «un hombre» refiriéndose a Adán.

Es inconfundible por lo que vemos en Gn. 1-3 que Dios le da a los hombres responsabilidad, autoridad y liderazgo para ejercitarlos en ciertos ámbitos que él designa. Pueden optar por abdicar, ignorarlo, huir de ello, pero de una forma u otra ejercerán esa autoridad y responsabilidad, para bien o para mal.

B. Trabajar y Vigilar

Entonces, ¿cómo pueden los hombres ejercer esta autoridad y responsabilidad? Vuelve conmigo a Gn. 2.15. «Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén». ¿Con qué propósito? «Trabajarlo y vigilarlo» (HCSB), o «trabajar y cuidarlo» (NVI), o «trabajar y mantenerlo» (ESV). Este «trabajar» y «vigilar» son las dos maneras principales en las cuales la autoridad del hombre debe ser ejercida.[8]

Esta palabra «trabajar» también significa «servir», «labrar» o «cultivar». Ese es el papel del hombre en el huerto. Pero eso no significa que todos los hombres estén llamados a ser jardineros. El huerto era el mundo. Era el reino donde Adán debía vivir sus responsabilidades dadas por Dios. Así que, hombres, estamos llamados a «trabajar (labrar)» en cualquier «campo» que Dios nos ha dado: (Ej.: abogado, banquero, chef, maestro de escuela, camarero o mecánico), a invertir nuestro tiempo, energía e ideas en traer cosas buenas a la existencia, para proveer para nosotros mismos y para los demás. Un hombre fiel, entonces, es aquel que se ha dedicado a cultivar, construir y producir.[9] No sólo cosas, sino también personas. Piensa en Ef. 5, donde los esposos son llamados a «nutrir» a sus esposas. Los dedos de un hombre deben estar acostumbrados a trabajar en el suelo del corazón humano. Richard Phillips lo explica bien:

Este mandato bíblico de trabajar – aquí con el énfasis en cultivar y cuidar – acaba con un gran error sobre los roles de género. Se nos ha enseñado que las mujeres son las principales alimentadoras, mientras que los hombres deben ser «fuertes y silenciosos». Pero la Biblia llama a los hombres a ser cultivadores, y eso implica un énfasis significativo en cuidar los corazones de aquellos dados a nuestro cargo[10]tales como una esposa, hijos, compañeros, miembros de la iglesia, amigos, empleados, colegas, parientes… La lista podría continuar.

Los hombres viven su autoridad y liderazgo trabajando, cultivando y cuidando cualquier «tierra» que Dios les haya dado.

Pero la otra mitad de la vocación del hombre se encuentra en ese segundo verbo traducido como «vigilar», (HCSB) «cuidar de» (NVI) o «guardar» (ESV) (2:15). La palabra se usa para referirse a soldados, pastores y sacerdotes, incluso a Dios mismo. Esta palabra hebrea a menudo implica protección, y cuando se usa para Dios, describe cómo el Señor «vigila» a su pueblo para mantenerlos a salvo.[11]

Lo que vemos es que un hombre debe tanto manejar el arado de provisión como llevar la espada de protección. Como representante de Dios en el huerto, «Adán no sólo tenía que hacerlo fructífero sino que lo tenía que mantener seguro».[12] Y cuando Adán y Eva son expulsados ​​del Edén, el Señor asigna un ángel para «guardar»—la misma palabra hebrea—el camino a el árbol de la vida, ya que Adán había fallado en su trabajo (Génesis 3:24).

Ahora bien, esta imagen del hombre que cultiva el huerto trabajando y guardando todo lo que Dios le ha confiado es radicalmente diferente de las imágenes contemporáneas de la masculinidad, incluso dentro del Cristianismo. Tal vez, el libro cristiano más vendido sobre la masculinidad, al menos hace 15 años, fue Salvaje de Corazón de John Eldridge. En él, él lamentaba justificadamente cuántos hombres son feminizados y pasivos. Pero perdió el corazón del problema y la solución. Él dijo que Dios creó a Adán fuera del huerto, así que la masculinidad no se encuentra en la vida hogareña. En su lugar, los hombres necesitan embarcarse en una serie de misiones salvajes y aventuras de auto-descubrimiento. El problema es que esta imagen de la masculinidad simplemente no encaja con Gn. 2. Dondequiera que Adán fuera creado, el punto es que Dios lo coloca en el huerto, y lo llama a trabajar y cuidarlo. Y en Génesis 3:23, cuando Dios lo saca del huerto, él lo llama… a trabajar la tierra fuera del huerto. La masculinidad no se encuentra en las búsquedas de identidad fuera del huerto, sino en el liderazgo con mente de servicio dentro de cualquier ámbito que Dios nos haya dado, cumpliendo con las tareas de Dios de trabajar y velar por todo lo que él nos ha confiado. Ser hombre no se trata principalmente de cazar, escalar rocas, y reparar de coches. Se trata principalmente de proveer para las necesidades de los demás y protegerlos con amor sacrificial. Eso puede tomar la forma de caza en ciertas culturas y para ciertos chicos, pero también puede tomar la forma de ser un maestro de jardín de infancia de voz suave que viste suéteres cárdigan, escribe poesía, ama a su familia, ora por su iglesia, ofrenda para las misiones, y nunca sube una montaña o construye una canoa con sus propias manos.

C. Liderazgo Servicial

Este liderazgo con mentalidad de siervo que había de caracterizar al primer Adán, se refleja perfectamente en el segundo Adán, Jesucristo. Vuelve conmigo a Lucas 22:24-27:

«24Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. 25Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; 26mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. 27Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve».

Jesús toma la idea del mundo de la jerarquía y el poder y la pone patas arriba. No porque ya no haya un lugar legítimo para la autoridad y la responsabilidad. Esas distinciones son buenas y todavía existen. La idea revolucionaria aquí es que los líderes—aquellos que tienen el poder—deben ejercerlo no para el beneficio o engrandecimiento de sí mismos, sino para el beneficio de aquellos que están bajo esa autoridad. En la economía de Dios, liderar es servir. El altruismo/abnegación es otro rasgo definitorio de la verdadera masculinidad.

¿Alguna pregunta?

V. La confianza en el hombre perfecto

La próxima semana, pasaremos nuestro tiempo trabajando en una definición de la masculinidad bíblica que debería ayudarnos a pensar cómo honrar a Dios como un hombre en la vida cotidiana y práctica. Pero al cerrar esta mañana, quiero terminar con una nota de esperanza. ¿Qué deberíamos hacer todos si hemos ignorado o resentido el buen don de Dios del género? ¿Qué deberían hacer los hombres si han descuidado o abusado de las buenas responsabilidades que Dios les ha dado? Algunos aquí puede que necesitemos arrepentirnos y confesar las formas en las que hemos sido pasivos y perezosos y no hemos honrado a las mujeres, o las formas en que las hemos ofendido, o las hemos tomado como objetos o maltratado. Cuando abusamos de la autoridad, mentimos acerca de Dios. Él ve todo y lo sabe todo y juzga a todos.

Algunas mujeres pueden preguntar dónde pueden recurrir cuando los hombres en sus vidas las han decepcionado constantemente o han ejemplificado una imagen monstruosa de la masculinidad, que no es la bíblica. Todos nosotros, cualquiera que sea nuestro pecado o vergüenza, que hayamos sido objeto de cualquier forma de pecado, podemos tener esperanza hoy. Todos debemos confiar en el hombre perfecto, Jesús. Ro. 5:19 «Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos». El primer Adán fue maldecido por comer de un árbol; el más grande Adán, Jesús, fue maldecido colgando de un árbol. El primer Adán comió de la tierra en dolor (Génesis 3:17); el más grande Adán multiplicó los cinco panes de la tierra en abundancia. El primer Adán volvió a la tierra en la muerte (Génesis 3:19); el más grande Adán se levantó de la tierra resucitando a la vida.

Sí, Dios hace responsables a los hombres, pero para aquellos que confían en Cristo, Jesús ha intervenido y recibido la ira de Dios por cada forma en la que hemos distorsionado nuestro llamado bíblico, y nos ha dado su Espíritu para que realmente podamos caminar en una vida nueva y honrarle. Para aquellos que han sido objeto del pecado de hombres caídos, él es el Esposo fiel que siempre ama, nutre y cuida a su Novia. Nuestra esperanza está en él.

Oremos.

[1] E.j., Mateo 19:4-5, Marcos 10:6-8

[2] E.j., 1 Corintios 11:8-9, 1 Timoteo 2:12-14

[3] Dios también llama a Israel «mi hijo primogénito» en Ex. 4:22, reflejando la responsabilidad y autoridad del pueblo de representar a Dios ante las naciones.

[4] Observa la intima conexión entre el hombre y la tierra en Gn. 2-3. Antes de Adán, no había «hombre que labrase la tierra» (2:5)—es como si la existencia de polvo sin utilizar pidiera que alguien convirtiera el caos en orden, como lo hizo Dios mismo en el 1:2 con la tierra  desordenada y vacía. El hombre fue formado «del polvo de la tierra» (2:7) y el juego de palabras en hebreo es un recordatorio constante de su origen: hombre (‘adam), de la tierra (‘adamah). Esto no debería extenderse demasiado, ya que Dios también formó a todos los animales «de la tierra», según el 2:19). La conexión continúa cuando «la tierra» es maldita «por causa» del hombre (3:17), y cuando el hombre regrese a «a la tierra» cuando muera (3:19).

[5] Smith, Clair. Gods Good Design [El buen diseño de Dios], (Matthias Media: Kingsford, 2012), pg. 175.

[6] Ibid, 176.

[7] Ibid, 176.

[8] Mira cómo incluso después de la maldición, Dios específicamente envía a Adán  para que «labrase la tierra de que fue tomado». —No se menciona a Eva para realizar esta tarea (Gn. 3:23).

[9] Paráfrasis de Phillips, Richard D. The Masculine Mandate [El mandato masculino], (Reformation Trust: Harrisonburg, 2010), pg. 13.

[10] Ibid., 14.

[11] «He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré…» Gn. 28:15. O Sal. 121:7 «Jehová te guardará de todo mal; Él guardará tu alma;… 8 Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre».

[12] Ibid, 15.