Predicación expositiva

La vida personal del pastor: Una fuente de poder en el púlpito

Artículo
22.06.2017

 

«¿Qué derecho tiene él de estar allí de pie predicándonos sobre cómo debemos vivir cuando nos ha mostrado una y otra vez que él mismo no vive así?»

El indignado miembro de la iglesia que me dijo esas palabras hablaba de un pastor cuya vida moral se había convertido en un escándalo, por decir lo menos. Muchos creyentes se sienten de la misma manera cuando descubren que su pastor no es tan devoto después de todo. Cuando eso ocurre, el efecto que una vez tuvo el pastor sobre sus conciencias desaparece. En sus corazones, dicen al predicador, «Médico, ve y cúrate primero y luego quizá vendremos y te escucharemos. Quizá».

Tómalo como una regla general: El día en el que pierdes tu santidad es el día en el que pierdes tu poder en la predicación pastoral. Ambos están estrechamente conectados: Pierdes uno, pierdes el otro. No hay otra forma. Por tanto, es vital para ti como pastor que estés totalmente convencido de que debes proteger tu caminar con Dios y tu crecimiento en santidad. En el momento de la tentación, cuando Satanás te presente un pedazo de pan empapado en miel, recuerda que un solo mordisco puede significar el final de tu ministerio como predicador. No escuches cuando te diga que nadie lo sabrá. Él ha dicho eso a muchos otros que ahora están en el estante. No te permitas caer en su trampa.

Amar a Dios con tu corazón

La verdadera santidad es un fruto de amar a Dios con tu corazón. Si aspiras santidad exterior directamente, todo lo que terminas siendo es un fariseo hipócrita. La moralidad externa puede ser como pegar mangos a un árbol de mango muerto usando una cuerda o una cinta. Necesitas un árbol verdaderamente saludable si deseas cosechar mangos buenos y jugosos. Así sucede con nosotros los seres humanos. A menos que amemos a Dios y queramos ser como Él, no sostendremos simples formas de santidad por mucho tiempo. Lo digo nuevamente, la verdadera santidad es un fruto de amar a Dios con tu corazón.

Puesto que la santidad es un fruto de amar a Dios, aquellos que no han sido convertidos no pueden ser predicadores pastorales poderosos. Sus corazones todavía están muertos en pecado. Ellos aman el pecado en lugar de la justicia. Quizá sean capaces de predicar unos pocos sermones «poderosos» antes de que la congregación realmente llegue a conocerlos. Pero eventualmente, sus verdaderos colores serán revelados. Un mal olor empezará a filtrarse a través de las grietas y el hedor será insoportable. El poder está perdido, y cuanto antes abandonen el púlpito mejor. De lo contrario, sus iglesias se marchitarán y morirán. Por tanto, el primer asunto a establecer es si has sido convertido o no. No puedes ser santo sin antes haber tenido un corazón regenerado.

Primero que todo eres cristiano

Es importante recordar que como pastor, primero que todo eres un cristiano. Eres una oveja antes de ser pastor. Por esto, todas las peticiones que se encuentran en la Escritura para que un cristiano viva una vida piadosa también se aplican a ti. No eres un ángel que vino a la tierra para comunicar sermones pastorales y que luego desaparece al cielo otra vez hasta el próximo fin de semana. Vives en un mundo caído y luchas con los restos de tu propia naturaleza caída, por lo que debes procurar la santidad de la misma forma que cada cristiano es instado a hacerlo.

La Biblia te habla a ti así como a todos los demás cristianos cuando dice, «como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo», 1 Pedro 1:14–16.

Tu vida personal y doméstica

Las dos áreas que las personas miran para ver si realmente quieres decir lo que predicas son tu vida personal y doméstica. Es por eso que Pablo enfatiza estas dos áreas cuando escribe sobre los requisitos del trabajo pastoral, diciendo, «Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;  no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)» (1 Timoteo 3:2–5). Un pastor nunca puede decir, «Hagan como yo digo, mas no como yo hago». Debemos decir como Pablo «Sed imitadores de mí» (1 Corintios 4:16, 11:1).

Por este motivo, es trascendente para tu predicación pastoral que asegures que hay una santidad verdadera en tu vida personal y doméstica. Esto se extenderá a tu vida social. Las personas en tu comunidad o localidad deberían decirse, «Ese es un verdadero pastor. Nos hemos relacionado con él y su familia. Queremos ser como él». Eso es lo que los atraerá a tu predicación, y eso es lo que hará que continúen viniendo a escucharte. Robert Murray M’Cheyne hizo una declaración que ahora se ha hecho conocida en todo el mundo angloparlante: «Lo que Dios bendice no son grandes talentos, sino una gran semejanza a Cristo. Un ministro santo es un arma terrible en la mano de Dios».

Vivir en santidad refuerza tus aplicaciones

¿Qué hace que la vida en santidad de los pastores sea una fuerza tan potente al predicar? Primero que nada, la santidad mejora la aplicación del sermón. Los hombres y las mujeres tendrán excusas para su pecado porque quieren conseguir el nivel más bajo de espiritualidad, y aún así ir al cielo. Disfrutarán los sermones de un pastor siempre y cuando no se les pida que cambien. Sin embargo, la verdadera predicación pastoral debe demandar un cambio por el poder del Espíritu.

Cuando la congregación no ve ningún ejemplo de la clase de vida que el pastor dice que Dios quiere que ellos vivan, procederán a convencerse de que tal vida es imposible. Pero cuando ven en el pastor, la personificación de lo que la Biblia demanda de ellos, sus pretextos son silenciados inmediatamente. Saben que no tienen excusa.

Concluiré con una excelente cita de Thomas Murphy, hablando sobre el efecto de la santidad de un pastor en su predicación. Él dice,

«Dará tanto peso a las palabras del ministro que ninguna de ellas se perderá. Viniendo, como manifiestamente lo hacen, de un corazón honesto y sincero, serán recibidas, y pesadas, y recordadas. Se verá que él mantiene una comunión con Dios, y entonces, los hombres serán inducidos a escucharle, ya que, de lo contrario no lo harían. El respeto que su evidente santidad inspira, los obligará a honrar su mensaje. Y luego su predicación estará inevitablemente vestida de doble poder».