Evangelización

Hay algo peor que la muerte

Artículo
14.02.2015

Nunca entenderemos la Biblia, la misión de la iglesia, o la gloria del evangelio a menos que entendamos esta aparente paradoja: la muerte es el último enemigo, pero no es el peor.

Claramente, la muerte es un enemigo, el último enemigo que será destruido, nos dice Pablo (1 Co. 15:26). La muerte es el trágico resultado del pecado (Ro. 5:12). Debería ser odiada y despreciada. Debería encender nuestra ira y una triste indignación (Jn. 11:35, 38). La muerte debe ser derrotada.

Pero, por otra parte, no debemos temerle. Vez tras vez la Escritura nos dice que no tengamos temor de la muerte. Al fin y al cabo, ¿qué puede hacernos el hombre (Sal. 56:3-4)? El nombre del Señor es torre fuerte; los justos corren a él y son levantados (Pr. 18:10). Entonces, incluso si fuéramos entregados a nuestros enemigos, ni un cabello de nuestra cabeza perecería sin que Dios lo ordenara (Lc. 21:18). Como cristianos conquistamos por la palabra de nuestro testimonio, no por aferrarnos a la vida (Ap. 12:11). De hecho, no hay nada más fundamental para el cristianismo que la certeza de que la muerte será ganancia para nosotros (Fil. 1:21).

Por tanto, no tememos a la muerte. En cambio, “confiamos” porque “quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Co. 5:8).

El consistente testimonio de la Escritura es que la muerte es grave, pero está lejos de ser el desastre definitivo que le pueda acontecer a una persona. De hecho, hay algo peor que la muerte. Mucho peor.

A esto temed

La mayor parte del tiempo, Jesús no quiso que sus discípulos tuvieran miedo. Les dijo que no tuvieran miedo de sus perseguidores (Mt. 10:26), ni de aquellos que pueden matar el cuerpo (v. 28), y que no temieran por los preciosos cabellos de sus preciosas cabezas (v. 30). Jesús no quiso que tuvieran miedo de muchas cosas, pero sí quiso que tuvieran miedo del infierno. “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar”, les advirtió Jesús. “Temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (v. 28).

La gente a menudo habla como si Jesús no hubiera querido asustar a las personas con escenas de juicio. Pero tal sentimiento expone un prejuicio sin fundamento más que una exégesis cuidadosa. A menudo Jesús advirtió acerca del día del juicio (Mt. 11:24; 25:31-46), habló sobre la condenación (Mt. 12:37; Jn. 3:18), y describió el infierno en términos gráficos e impactantes (Mt. 13:49-50; 18:9; Lc. 16:24). Solo tienes que leer sus parábolas sobre los arrendatarios, el banquete de bodas, las vírgenes, o los talentos para darte cuenta de que Jesús frecuentemente motivó a sus oyentes a escuchar su mensaje advirtiéndoles del juicio venidero. No era poco frecuente que Jesús asustara a la gente.

Obviamente, sería impreciso caracterizar a Jesús y a los apóstoles como nada más que fanáticos con un letrero colgado en el cuello, con miradas perdidas gritando a las personas que se arrepientan si no quieren perecer. El Nuevo Testamento es degradado más allá de lo reconocible cuando lo convertimos en un gran tratado sobre cómo salvar almas del infierno. Sería más próximo a la verdad visualizar a Jesús y sus apóstoles —por no mencionar a Juan el Bautista— suplicando apasionadamente a las personas que huyan de la ira venidera, más que imaginarlos haciendo planes de renovación cósmica y ayudando a la gente en sus viajes espirituales. Cualquiera que lea los Evangelios, las Epístolas y el Apocalipsis con una mente abierta tiene que concluir que la vida eterna después de la muerte es la gran recompensa que esperamos, y que la destrucción eterna después de la muerte es el terrible juicio que deberíamos querer evitar a toda costa. De Juan 3 a Romanos 1, de 1 Tesalonicenses 4 a Apocalipsis… Bueno… Todo ello. Raramente hay un capítulo en el que Dios no aparezca como el gran Salvador de los justos y el justo Juez de los malvados. Hay una muerte para los hijos de Dios que no debería ser temida (He. 2:14-15), y una segunda muerte para los impíos que sí debería serlo (Ap. 20:11-15).

Manteniendo la estabilidad

La doctrina del infierno, por muy impopular que pueda ser y por más que deseemos suavizar su dureza, es esencial para un testimonio cristiano fiel. La creencia de que hay algo peor que la muerte es, recordando la imagen de John Piper, un lastre para estabilizar los barcos de nuestro ministerio.

El infierno no es la Estrella Polar. Es decir, la ira divina no es nuestra luz de guía. No define la dirección para todo en la fe cristiana como, digamos, la gloria de Dios en Cristo. El infierno tampoco es el timón de la fe que dirige la nave, ni el viento que nos impulsa, ni las velas que captan la brisa del Espíritu. Aun así, el infierno no es algo casual en este barco que llamamos la iglesia. Es nuestro lastre, y lo tiramos por la borda ante el gran peligro de que nosotros y todos nos ahoguemos en alta mar.

Para quienes no estén familiarizados con la terminología de los barcos, el lastre es un peso que normalmente se pone en la parte baja y central de la embarcación, y que mantiene el barco estable en el agua. Sin un lastre, un barco no se puede estabilizar apropiadamente. Perdería su curso con facilidad o se agitaría de un lado a otro. El lastre mantiene el barco en equilibrio.

Así es la doctrina del infierno para la iglesia. La ira divina puede que no sea el adorno que pongamos en lo más alto del mástil, o la bandera que icemos en cada asta. Es posible que esta doctrina esté por debajo de otras doctrinas. Puede que no siempre se vea. Pero su ausencia siempre se sentirá.

Puesto que el infierno es real, debemos ayudarnos unos a otros a morir bien, incluso más que esforzarnos por ayudar a nuestro prójimo a vivir cómodamente. Dado que el infierno es real, nunca debemos pensar que aliviar el sufrimiento terrenal es lo más amoroso que podamos hacer. Ya que el infierno es real, la evangelización y el discipulado no son simplemente buenas opciones o ministerios loables, sino que son literalmente una cuestión de vida o muerte.

Si perdemos la doctrina del infierno, ya sea que estemos demasiado avergonzados como para mencionarla o que seamos demasiado sensibles a la cultura como para afirmarla, podemos estar seguros de esto: el barco irá a la deriva. La cruz será despojada de la propiciación, nuestra predicación estará desprovista de urgencia y poder, y nuestra labor en el mundo ya no estará centrada en instar a las personas a la fe y el arrepentimiento, y en edificarlas para que alcancen madurez en Cristo. Si perdemos el lastre del juicio divino, nuestro mensaje, nuestro ministerio, y nuestra misión al final cambiarán.

Manteniendo el rumbo

Toda la vida debe vivirse para la gloria de Dios (1 Co. 10:31). Y deberíamos hacer el bien a todas las personas (Gá. 6:10). No hay que pedir disculpas por preocuparnos por nuestras ciudades, amar a nuestro prójimo, o trabajar duro en nuestras vocaciones. Estos también son “deberes”. Pero con la doctrina del infierno como lastre en nuestros barcos, nunca nos burlaremos de los viejos himnos que nos llaman a rescatar a los que perecen, ni despreciaremos el salvar almas, como si solo fuera un seguro contra el fuego glorificado. Siempre habrá cínicos moderados que nos recuerden ansiosamente que el objetivo de las misiones es más que un mero escape del infierno. “Bueno”, responde John Piper, “no existe tal cosa como un ‘mero’ escape del infierno. El rescate del peor y más largo sufrimiento solamente puede ser tildado de ‘mero’ por aquellos que no saben lo que es, o que no creen que es real”. [1]

Hay algo peor que la muerte y solo el evangelio de Jesucristo, proclamado por los cristianos y protegido por la iglesia, puede librarnos de aquello que verdaderamente debemos temer. La doctrina del infierno nos recuerda que la mayor necesidad de cada persona no será satisfecha por las Naciones Unidas, el Habitat for Humanity o el United Way. Es solamente a través del testimonio cristiano, por medio de proclamar a Cristo crucificado, que la peor cosa de todo el mundo no caerá sobre todos los que están en el mundo.

Así que, a todos los maravillosos cristianos que se sacrifican, que asumen riesgos, que aman la justicia, que se preocupan por los que sufren, y que anhelan renovar sus ciudades, Jesús les dice: “Bien hecho, pero no te olvides del lastre”.

[1] John Piper, Jesus: The Only Way to God: Must You Hear the Gospel to Be Saved? (Grand Rapids: Baker, 2010), 14.

Kevin DeYoung es el pastor principal de University Reformed Church en East Lansing, Michigan, cerca de Michigan State University. Puedes seguirle en Twitter @RevKevDeYoung