Predicación expositiva

Foro de pastores y teólogos de 9Marks

Artículo
12.07.2017

¿Debe ser un sermón una especie de monólogo? Si no lo es, ¿debería serlo? En otras palabras, ¿permite la Biblia que el estilo habitual de la exposición principal de las Escrituras en la congregación consista en una conversación recíproca (del tipo preguntas y respuestas)? Si es así, ¿es esto prudente para el cuidado pastoral? Consideremos las respuestas de Ajith Fernando, Albert Mohler, Kevin Smith y Derek Thomas.

 

Ajith Fernando

La Biblia usa el término dialegomai para describir la proclamación de los primeros evangelistas (ver Hch. 19:8; 20:29; 24:25; He. 12:5). Esto sugiere que existía la oportunidad de respuesta a lo que era proclamado. Sin embargo, el uso de dialegomai en la Biblia difiere de su uso en el griego clásico, donde el diálogo implicaba el intercambio de ideas para que aquellos involucrados en el diálogo llegasen a la verdad. En el Nuevo Testamento, la comunicación del evangelio conlleva en sí misma la idea de proclamar la buena noticia como un heraldo (kerussô) o de anunciar el evangelio (euaggelizô) con el fin de persuadir (peithô) a la gente. El objetivo es cambiar la mentalidad de la gente con respecto a la verdad y verles aceptar a Cristo como su único Señor. Los primeros evangelistas sabían que eran portadores de la verdad que el Creador del mundo había revelado a su creación una vez y para siempre, y querían comunicar esta verdad a sus oyentes.

Parece ser que gran parte de la enseñanza de Jesús fue transmitida en forma de diálogo. Algunas de las verdades más importantes que proclamó fueron comunicadas en medio de situaciones que justificaban algún comentario por parte de los oyentes. Del mismo modo, hoy en día mucha de la enseñanza cristiana tiene lugar en contextos informales, donde los líderes enseñan a otros cristianos a través de conversaciones con respecto a los asuntos de Dios. En realidad, toda proclamación cristiana es en forma de diálogo aun cuando no se da una respuesta verbal. La mente del oyente está involucrada de tal modo que le lleva a responder de alguna manera.

No obstante, Jesús habló con autoridad. Tenía un mensaje definitivo de Dios que debía dar a la gente. Nosotros también tenemos esta autoridad cuando proclamamos la Palabra. Esta autoridad no es intrínseca a nosotros — como era en el caso de Jesús — sino que se deriva de la Palabra de Dios (la cual nos proporciona el contenido de nuestra proclamación), la unción de Dios (que nos da la autoridad para proclamar dicho contenido), y el poder del Espíritu Santo (el cual nos dirige en el uso de la verdad inmutable de Dios y nos convierte en instrumentos de su poder convincente). Por supuesto, el hecho de que nuestra autoridad sea derivada y de que nuestro ministerio sea por gracia, excluye toda base para una arrogancia de nuestra parte y da a esta proclamación una singularidad que ayuda a llevar a la gente a Cristo y a su verdad.

Siempre debemos reconocer el hecho de que hemos recibido un mensaje de Dios que hemos de proclamar. Cualquiera que sea el método que usemos, debemos hacerlo de tal manera que la autoridad del Dios que habló de forma definitiva a la humanidad se manifieste en las palabras que usamos.

 

Albert Mohler

La manera en que esta pregunta ha sido formulada es interesante. En primer lugar, creo que referirse a la proclamación pública de la Palabra de Dios como un monólogo no es la mejor manera de describirla. Es una voz la que habla, pero esta voz no está hablando en su propio nombre, sino como una que ha sido autorizada para proclamar y enseñar la Palabra de Dios. Al mismo tiempo, no parece haber ninguna justificación bíblica para un tipo de predicación conversacional. En todo caso, parece que el modelo bíblico asigna la responsabilidad de la predicación a un individuo que se atreve a hablar en nombre de Dios presentando y aplicando la Palabra de Dios.

Estoy pensando en un pasaje como Nehemías 8:1-8. En esa situación, Esdras y sus compañeros “leyeron en el Libro de la Ley de Dios, interpretándolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura”. Un poco más arriba en este pasaje, se nos dice que “los oídos de todo el pueblo estaban atentos al Libro de la Ley”. Aquellos que predicaban lo hacían con autoridad. Al mismo tiempo, no sería correcto sugerir que estos oyentes permanecían pasivos. Eran receptores activos de la Palabra predicada. Estaban atentos.

Del mismo modo, la congregación no debe quedarse sentada en los bancos de forma pasiva meramente observando la predicación de la Palabra. Por el contrario, la iglesia debe estar involucrada activamente en las disciplinas de escuchar, recibir y responder a la Palabra de Dios según es predicada por aquel que es investido con los dones y las responsabilidades correspondientes.

Un enfoque similar es evidente en el Nuevo Testamento. Cuando Pablo instruye a Timoteo acerca de sus responsabilidades como predicador, no hay nada en el pasaje que sugiera que Timoteo debía involucrarse en una especie de diálogo con la congregación. En vez de eso, Pablo encarga a Timoteo la sagrada y solemne responsabilidad de predicar la Palabra “a tiempo y fuera de tiempo”. En todo caso, advierte a Timoteo en contra de tener demasiado en cuenta la respuesta de sus oyentes. Esto difícilmente describe una especie de diálogo.

Según lo veo yo, la presión a favor de una forma de predicación más basada en el diálogo es una redefinición de la predicación tal y como es descrita en las Escrituras. El cambio parece ir de la mano de los grandes movimientos culturales en contra de la autoridad en la enseñanza y de la idea misma de una Palabra autoritativa. Lo último que necesita el evangelicalismo moderno es la sustitución de la predicación bíblica por el “diálogo” congregacional. Esto también entra dentro de nuestras tentaciones modernas y, al final, amenaza con expulsar la Palabra autoritativa de nuestra mente.

 

Kevin Smith

¡Los afroamericanos van a hablar! La predicación de los afroamericanos es conversacional. A pesar de cómo se pueda sentir uno con el término predicación afroamericana, cualquier observador sincero reconocerá que algo un tanto diferente ocurre durante el tiempo de predicación en una iglesia afroamericana típica. La predicación afroamericana es voluntaria o involuntariamente conversacional debido al elemento histórico de invitación y respuesta con el que se asocia la religión afroamericana. Esta interacción entre el líder y los participantes con frecuencia se puede remontar a las reminiscencias culturales que los africanos retuvieron cuando fueron llevados a Occidente como esclavos.

Sobre la cuestión de si esto debería ser así, mi respuesta es: ¡depende! Teológicamente, la respuesta es no. Homiléticamente, la respuesta es problamente, sí. ¿Estoy siendo ambivalente? Quizás. No obstante, la realidad es esta: la gente afroamericana, en una iglesia afroamericana, con un predicador afroamericano, no espera escuchar el tipo de sermón que se predicaría en una iglesia no afroamericana; ni tampoco estarán realmente receptivos al mismo. Esa es la realidad.

Afortunadamente —creo yo—, mi teología bíblica gobierna mi homilética. Por tanto, no creo que un predicador debería ser intencionadamente dialogal al predicar un sermón, a pesar de su contexto étnico. Ciertamente, no tenemos un modelo escritural para ser dialogales. Cualquier consideración del púlpito en Nehemías capítulo 8, la notable autoridad asociada con la proclamación de Jesús en los evangelios, o la predicación de los apóstoles en el libro de Hechos, echa por tierra el mito de que la voz del predicador es una voz entre muchas. No, no, no. La predicación de un sermón es el momento en el que Dios habla y su pueblo calla y escucha.

Además, como aspecto práctico, el analfabetismo bíblico general asociado con gran parte de la comunidad pseudo-cristiana hoy día debería hacer pensar al predicador contemporáneo si es conveniente el diálogo como un modelo de predicación. Esta es con frecuencia mi lucha como predicador afroamericano. A menudo, tengo que corregir el diálogo erróneo que no es bíblico, lo cual puede llegar a ser embarazoso en el frecuente intercambio emocional entre el púlpito y los bancos en la iglesia afroamericana. Nada mata el diálogo tanto como decir a tus compañeros de diálogo — en este caso, la congregación — que están equivocados.

Sin embargo, para mantener mi ambivalencia, debo decir que uno se siente realmente bien como predicador cuando un santo sazonado con la gracia divina afirma la verdad de las Escrituras exclamando: “¡Predícalo!” o “¡Amén, hermano!”.

 

Derek Thomas

La predicación (a diferencia de la lección de la escuela dominical o de un estudio bíblico) debe ser del tipo monólogo porque:

  1. Refleja mejor lo que el Nuevo Testamento da a entender con kerygma (lo que se predica, el mensaje, la proclamación, y su palabra afín kerussô; proclamar, dar a conocer, predicar, proclamar a voces como un heraldo), que es la palabra que se usa en el griego original para describir la predicación (ver Lc. 4:18-19; Ro. 10:14; Mt. 3:1);

 

  1. Refleja el patrón de la predicación kerigmática de los apóstoles y profetas en ambos testamentos;

 

  1. Refleja la autoridad de Jesús en su propia predicación;

 

  1. Logra de forma efectiva lo que es realmente la predicación; no es meramente el mero hecho de transmitir información, sino que transmite la verdad bíblica con pasión, fervor y autoridad para convencer de pecado y demandar obediencia motivada por la verdad del evangelio;

 

  1. Crea una atmósfera propicia para escuchar, la cual refleja mejor el significado del texto según la exégesis gramatical e histórica de maestros y ancianos de renombre (más que una epistemología democrática postmoderna y una pluralidad de perspectivas).

La predicación de tipo monólogo se ciñe mejor al mandato divino de arrepentirse y creer, exhortando a la obediencia más que al diálogo y el debate. En este sentido va necesariamente en dirección opuesta a la cultura, sin acomodarse a las opiniones postmodernas y deconstructivas acerca de la naturaleza misma de la verdad.

Habiendo dicho esto, considero que la mejor predicación de tipo monólogo es aquella que es dialogal en el sentido de hacer preguntas retóricas, y que se dirige al individuo con miras a demandar y provocar una respuesta por parte del mismo. Dicha predicación debería tener aplicación para la mente, la voluntad y las emociones, y no debería manifestar hegemonía clerical.