Conversión

El componente corporativo de la conversión

Artículo
19.10.2014

Si tu doctrina de la conversión no incluye el elemento corporativo, entonces le falta una parte esencial del todo. La cabeza del pacto está relacionada con el pueblo del pacto.

VERTICAL PRIMERO, HORIZONTAL INSEPARABLEMENTE SEGUNDO

Eso no quiere decir que debamos poner el elemento corporativo al frente. Uno pudiese coincidir con el conocido comentario de N.T. Wright acerca de la justificación: “no tanto sobre la doctrina de la salvación como de la eclesiología, no tanto sobre la salvación como acerca de la iglesia” (Lo que realmente dijo San Pablo, 119). Sin embargo, esto es un claro ejemplo, en la casi tan conocida perspectiva de Douglas Moo, de poner en segundo plano lo que el Nuevo Testamento prioriza y viceversa (citado en D.A. Carson, “Fe y fidelidad”).

No puede haber verdadera reconciliación entre los seres humanos hasta que los individuos pecadores se reconcilien previamente con Dios. Lo horizontal, necesariamente, sigue a lo vertical. La eclesiología sigue; indefectiblemente, a la soteriología. Esto equivale a decir que el elemento corporativo no debe ser lo primero, a menos que perdamos la perspectiva.

Sin embargo, debe estar presente. De hecho, el elemento corporativo debe permanecer dentro de la estructura misma de la conversión. Nuestra unidad corporativa en Cristo no es tan solo una consecuencia de la conversión sino que es parte de ella misma. Ser reconciliado con el pueblo de Dios es distinto a, pero al mismo tiempo,inseparable de ser reconciliado con Dios.

A veces nuestro énfasis se pierde en la mecánica de la conversión, como cuando nuestras discusiones doctrinales no van más allá de la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana o de la necesidad del arrepentimiento y de la fe. No obstante, una verdadera comprensión de la conversión debe incluir también una explicación de que nos estamos moviendo desde y hacia. Ser convertido implica ser pasado de muerte a vida, desde el dominio de las tinieblas al dominio de la luz. Y esto incluye ser movido desde el desamparo a pertenecer a un pueblo, de ser una oveja descarriada a pertenecer a la manada, de ser algo desmembrado a ser miembro de un cuerpo.

Observa las declaraciones paralelas de Pedro: “vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habiais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 P 2:10).

Recibir misericordia (reconciliación vertical) es simultáneo a convertirse en un pueblo (reconciliación horizontal). Dios tiene misericordia de nosotros perdonando nuestros pecados, y una consecuencia necesaria de ello, es la inclusión en su pueblo.

LA NATURALEZA CORPORATIVA DE LOS PACTOS

De hecho, el elemento social de nuestra conversión se puede apreciar observando apenas la estructura del pacto en la Biblia. Es cierto que todos los pactos del Antiguo Testamento encuentran su cumplimiento en la simiente —en singular— de Abraham. Jesús es el nuevo Israel. Sin embargo, también es cierto que todo lo que está unido a Cristo a través de la nueva alianza también se convierte en el Israel de Dios y la simiente —en plural— de Abraham (Gá. 3:29; 6:16).

En otras palabras, la cabeza del pacto trae consigo, por definición, al pueblo del pacto (Ro. 5:12 y ss.). Pertenecer al nuevo pacto, entonces, es pertenecer a un pueblo.

No sorprende entonces que las promesas del Antiguo Testamento de un nuevo pacto estén, por tanto, relacionadas a un pueblo: “Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jer. 31:34).

VERTICALIDAD Y HORIZONTALIDAD EN EFESIOS 2

Toda la historia se exhibe maravillosamente en Efesios 2. Los versículos del 1 al 10 explican el perdón y la reconciliación vertical con Dios: “Porque por gracia sois salvos”. Los versículos del 11 al 20 presentan, acto seguido, la reconciliación horizontal: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (v. 14).

Observa que la acción del versículo 14 está en tiempo pasado. Cristo ya ha hecho a los judíos y a los gentiles un solo pueblo. No hay imperativo aquí. Pablo no está ordenando a sus lectores que busquen la unidad. Antes bien, está hablando en modo indicativo. Esto es lo que ellos son porque Dios lo ha hecho, y Dios lo hizo en el mismo lugar que logró la reconciliación vertical, en la cruz de Cristo (véase también la relación entre indicativo e imperativo en Ef. 4:1-6).

En virtud del nuevo pacto de Cristo, la unidad corporativa pertenece al modo indicativo de la conversión. Ser convertido es ser hecho un miembro del cuerpo de Cristo. Nuestra nueva identidad contiene un elemento eclesial. Cristo nos ha hecho personas eclesiales.

Aquí se presenta una imagen sencilla. Supongamos que mamá y papá van hasta el orfanato para adoptar un hijo, traerlo a casa y colocarlo en la mesa de la familia con un nuevo conjunto de hermanos y hermanas. Pero ser un hijo no es lo mismo que ser un hermano. La filiación es lo primero. Sin embargo, la hermandad, necesariamente, le sigue.

Es como decir que la conversión nos califica para una foto de familia.

APLICACIÓN PERSONAL: ¡ÚNETE A UNA IGLESIA!

¿Cuál es la aplicación para nuestras vidas? Simplemente: ¡Únete a una iglesia!

Has sido hecho justo, por tanto, debes ser justo. Has sido hecho miembro de su cuerpo, por lo que debes unirte a un cuerpo real. Has sido hecho uno, así que debes ser uno con un grupo real de cristianos.

APLICACIÓN CORPORATIVA: ASUME LA MECÁNICA CORRECTA

¿Qué significa esto para nuestras iglesias? Esto significa que conseguir los antes mencionados mecanismos verdaderos de conversión en nuestra doctrina es de gran importancia. Debemos tener concepciones fuertes tanto de la soberanía divina como de la responsabilidad humana, tanto del arrepentimiento como de la fe. Los desequilibrios aquí darán lugar a una iglesia desequilibrada y enferma. Lo que se pone en la cazuela de la conversión se convertirá en la sopa de la iglesia.

Si tu doctrina de la conversión carece de una fuerte concepción de la soberanía de Dios, tu predicación y tu evangelización correrán el riesgo de convertirse en manipuladoras y complacientes al hombre. Tu enfoque hacia el liderazgo es más que probable que derive en un enfoque pragmático. Correrás el riesgo de quemarte a ti mismo y a tu congregación con un horario sobrecargado de actividades. Tus prácticas de membresía se convertirán en derechos o beneficios en base a obras (como un club de country). Tus prácticas de rendición de cuentas y de disciplina se desvanecerán por completo. Vas a poner en riesgo la santidad. La lista continúa.

Si tu doctrina de la conversión carece de una fuerte concepción de la responsabilidad humana, es más que probable que hagas una mala mayordomía de tus propios dones, así como de los dones de tu congregación. Es más que probable que caigas en tentaciones hacia la complacencia en la evangelización y en la preparación de sermones. Puedes ser menos propenso a comunicar el amor y la compasión hacia los que están en dolor. Puedes acercarte a los demás con aspecto grave o dando palmaditas, sin involucrarte realmente. Puedes sufrir de una vida de oración débil, por lo que perderás todas las bendiciones que podrían ser tuyas. Se pone en riesgo el amor. La lista continúa.

Si tu doctrina de la conversión carece de una fuerte concepción del arrepentimiento, te apresurarás a ofrecer una garantía de la salvación, y serás lento para pedirle a la gente que asuma el costo de seguir a Cristo. Serás más tolerante con lo mundano y con la división en la iglesia, y los miembros de la iglesia solo puede que toleren estas cosas porque muchos de ellos permanecerán en las aguas poco profundas de la fe. El nominalismo también será más común, porque la gracia será barata. En general, a la iglesia le gustará mucho cantar a Cristo como Salvador, pero no tanto acerca de Cristo como Señor. Ya no se verá muy diferente al resto del mundo.

Si tu doctrina de la conversión carece de una fuerte concepción de la fe, tendrás una iglesia llena legalistas ansiosos, autojustificados y complacientes de hombres. Los miembros más disciplinados de la iglesia se sienten, autoengañándose, bien consigo mismos, mientras que los miembros menos disciplinados, en silencio, esconden su pecado secreto y cada vez aprenden a condenarse a sí mismos y a molestar a los otros. La transparencia será algo raro; siendo lo común la hipocresía. Los inconversos y los pródigos percibirán que no se siente la calidez y la compasión de la verdadera gracia. Las preferencias culturales se confundirán con la ley. A la iglesia le va a gustar cantar acerca de las órdenes de marcha de Cristo Rey, pero no tanto sobre un Cordero manchado de sangre, un Cordero que fue inmolado por ellos.

Estoy exagerando, por supuesto. Las cosas no ocurren exactamente así. Pero la idea básica en todos estos ejemplos es mostrar la estrecha conexión entre la conversión y la iglesia. Si la conversión implica necesariamente un elemento corporativo o, más concretamente, si las conversiones individuales producen esencialmente un pueblo unido, todo lo demás que permanezca en tu doctrina de la conversión afectará dramáticamente el tipo de iglesia que resultará.

¿Quieres una iglesia sana? Entonces, trabaja en tu doctrina de la conversión, y enseña todas las partes de la misma a tu gente. Asegúrate, además, que las estructuras y los programas de tu iglesia sean coherentes con esta doctrina multifacética y de gran alcance.

Jonathan Leeman, miembro de Capitol Hill Baptist Church, es el director editorial de 9Marks y el autor de la Membresía de la iglesia: Cómo sabe el mundo quién representa a Jesús y La disciplina de la iglesia: Cómo protege la iglesia el nombre de Jesús.

Traducido por Vladimir Miramare