Consejería

Aconsejando a quienes luchan con pensamientos suicidas

Artículo
07.08.2017

La Escritura nos dice que Dios creó un mundo de indescriptible belleza y bondad.[1] Aún tanto tiempo después de la caída, ésta sigue revelando la majestad del Creador y “su eterno poder y divinidad” (Ro. 1:20).

El estado del primer hombre en el Edén fue maravilloso, en plena comunión con su Creador y viviendo en medio de todo lo que era “bueno en gran manera” (Gn. 1:31). Como si fuese poco, Dios hizo del hombre el depositario de su imagen. Él fue hecho la cabeza federal a través de quien el esplendor divino era mediado a toda la creación. El hombre vino a ser la representación visible del Dios invisible[2] (Ro. 5:12).

No sabemos cuándo este estado paradisíaco del hombre terminó, pero es claro que duró hasta que le prestó atención a la novedosa idea de que podía dirigir su vida lejos de Dios. Entre todas las voces de alabanza que llenaban la creación, el hombre prefirió oír la voz que le decía que su relación con Dios no era tan satisfactoria y que podía encontrar algo mejor que todo lo que ya era “bueno en gran manera”.

Así que, el pecado entró al mundo y, con él, el decaimiento y la muerte, el sufrimiento y la agonía, el lloro y el lamento sobre el viejo y el joven, el rico y el pobre, el entendido y el ignorante. Todo el sufrimiento que hay en el mundo, ya sea causado por la malicia humana (2 Ti. 4:14), accidentes (Hch. 28:3) o simplemente por vivir en este mundo caído (Hch. 27:18-20), son solo una muestra de la realidad de que estamos bajo maldición (Ro. 8:23)[3];  aún “la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora” (Ro. 8:20-22).

 

La Paradoja de Dios y el sufrimiento en la mente humana

Ninguna criatura se ha relacionado y ha conocido a Dios en la manera en que Adán lo hizo (Ro. 1:21).  Sin embargo, él cerró sus ojos con rebeldía a la realidad de Dios y su gloria en la creación (Ro. 1:20); suprimió la verdad de Dios en su conciencia con injusticia cambiándola por la mentira de las criaturas (Ro. 1:25). Además, no habiendo otra criatura más excelsa que él mismo, el hombre se volvió entonces a sí mismo (2 Co. 11:3). Como resultado su razonamiento se envaneció y su corazón se entenebreció (Ro. 1:21). Entonces, no deberíamos extrañarnos de que el hombre esté atestado de toda clase de maldad, tenga deseos perversos y pensamientos que le perturben entre los cuales está el suicidio (Ro. 1:29).

 

El deseo de quitarse la vida

Por naturaleza el deseo de quitarse la vida es complejo en su raíz y desconcertante en su fruto.

  1. Es complejo en su raíz porque es contradictorio

Por un lado quienes desean terminar con su vida niegan la omnipotencia de Dios. Ellos argumentan que si él fuese Todopoderoso, entonces cambiaría su estado de sufrimiento. Por el otro lado, niegan la bondad de Dios. “Si Dios todo lo puede”, dicen, “entonces puede cambiar mi estado de sufrimiento. Pero como no lo hace, entonces no es un Dios de bondad”. Alguien con esta posición escribió: “Puedo adorar más fácil a un Dios que aborrece el sufrimiento pero no puede eliminarlo, que a uno que elige hacer sufrir y morir a niños”.[4]

Como si todas las voces de alabanza por la gloria de Dios desplegada en su creación enmudecieran, ellos solo oyen (así como el primer hombre) la que susurra que Dios les ha abandonado y desechado; que ha cambiado su propósito de bondad hacia ellos, al menos en lo que ellos estén dispuestos a categorizar como “bueno” (Gn. 3:1).

Al tratar con personas tentadas al suicidio debemos mostrarles que en la Escritura coexiste una  tensión entre la absoluta soberanía de Dios y la responsabilidad humana: Dios no se deleita en el sufrimiento (Ez. 33:11). Aunque él lo manda, no se goza en el sufrimiento (Lm. 3:32-33). Pero aún así, el hombre es moralmente responsable ante Dios (Ro. 9:12-20).

Aún más, debemos también mostrarles que siendo Dios absolutamente soberano sobre el sufrimiento, se hizo a si mismo vulnerable a todos los sufrimientos del hombre, pero sin pecado, en la persona de Cristo (He. 4:15). “El otro lado de la soberanía de Dios es el sufrimiento de Dios mismo”[5].

Además debemos llevarles a entender que, en medio de nuestros sufrimiento, Dios está más interesado en que confiemos en él, que en el que entendamos lo que él está haciendo[6] (Job 42:2-3, 6).  También enseñarles a humillarse ante un Dios a quien no le ha placido develar todo el misterio de su gobierno sobre su creación y que, hasta que la cortina final caiga, lo más sabio que podemos hacer es decir como Job: “Aunque él me matare en él esperaré” (Job 13:15).

 

  1. Es desconcertante en su fruto

¿Cómo es que se desea dejar de sufrir infringiéndose sufrimiento? ¿Cómo es que se quiere abrazar la muerte, la última expresión del juicio de Dios contra el pecado, para escapar de los sufrimientos que son consecuencias del pecado? Aunque la causa es compleja y diversa, el resultado que se desea tiene mucho en común uno con el otro: escapar, retornar a un estado de paz, sin lamento ni sufrimiento pero entronando el “yo”. Por eso debemos reconocer al mismo tiempo que, al igual que al principio, nuestro problema es fundamentalmente el mismo: la novedosa idea de buscar la paz en o por nosotros mismos suena más alto en nuestros oídos que buscarla en o según Dios.

 

La teología de Pablo sobre el suicidio

¿Estimula la Biblia a los creyentes a salir de este mundo tan pronto como son salvos? ¿Qué quiso Pablo decir con “el morir es ganancia” (Fil. 1:21)? ¿A que se refería el Apóstol cuando había sido puesto “en estrecho” por su “deseo de partir” (Fil. 1:23)? ¿Era el “estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:23) un asunto de “escoger” (Fil. 1:22)?

Hay quienes pudiesen decir que encuentran en las palabras de Pablo apoyo para el argumento de quitarse la vida; que es un asunto de preferencia y una solución tanto para detener el sufrimiento como para acelerar el encuentro con el Señor.

Además refuerzan su argumento al traer a consideración la manera en que la cultura de la época respondía al sufrimiento y el profundo sufrimiento que estaba experimentando Pablo en la prisión romana (Fil. 1:7; 2-14, 21, 15-18; 4:14; 2 Co. 1:8-9). Estos argumentos se detallan de la siguiente manera:

  1. La cultura y filosofía de la época

Algunas personas afirman que una de las opciones reales y disponibles para Pablo era escoger “morir” (Fil. 1:22), lo cual él llama “ganancia” (Fil. 1:21). De hecho, hubo momentos en los cuales sus circunstancias lo llevaron a desear morir y, según la cultura de ese momento, hubiese sido la salida más honrosa para él (2 Co. 1:8-9).

A la luz de esto, si lo que Pablo quería decir era que había decidido quitarse la vida, sus lectores pudieran haber estado preparados para entender su decisión. Después de todo, morir representaba liberación de los sufrimientos e ir a “estar con Cristo” lo cual  era “muchísimo mejor” (Fil. 1:23).

  1. El profundo sufrimiento que estaba experimentando Pablo en la prisión romana

Si seguimos la misma línea de pensamiento en las circunstancias del Apóstol, debíamos considerar como algo humanamente normal el que Pablo estuviese atormentado por la duda y sumido en depresión por la atmósfera de conflicto (Fil. 1:30). Lo incierto de su diaria existencia (Fil. 1:20) debía añadir ansiedad y gran desaliento al intenso sufrimiento propio de estar en una cárcel romana (Fil. 1:15). De ser así, pudiésemos entender que toda esta secuela de circunstancias negativas para Pablo le traería un profundo sentido de frustración. Esto lo podría impulsar a decidir tomar su vida en sus propias manos. Pablo debía sentir que el propósito de Dios en él había fallado: junto con él, la Palabra estaba presa y el avance del reino[7] a los gentiles bajo ataque de oposición (Fil. 1:15-18; 4:14).

 

Si aceptamos por un momento que las cosas son como se han descrito, también deberíamos aceptar que Pablo al escribir esta carta pudiese estar anticipando que sus lectores estaban esperando lo peor.

Entonces, ¿qué hace el Apóstol? ¿Qué tipo de instrucciones o exhortaciones les da? ¿Qué tipo de respuesta está Pablo esperando de ellos?

Contrario al resultado que pudiésemos esperar bajo esta línea de razonamiento, Pablo gira en una dirección diferente: En vez de limitarse a informarles que estaba preso (lo cual sus lectores sabían) o a compartir sus incomodidades, dudas, incertidumbre, conflictos, decepción, frustración y depresión en la cárcel (caldo de cultivo y plataforma natural para justificar escoger quitarse la vida e “ir a estar con Cristo”) Pablo procede a interpretarles el significado de sus prisiones[8] a través del lente redentor de Dios en Cristo. Cristo, dice Pablo, abandonó el más alto honor (ser igual a Dios, Fil. 2:6) para humillarse (haciéndose hombre) y sufrir voluntariamente hasta la “muerte de cruz” (Fil. 2:7-8).

 

Al introducir los sufrimientos y muerte de Cristo, no como algo inesperado que detuvo el avance del reino que él vino a proclamar, sino como parte del eterno designio de Dios para su gloria, Pablo está reconfigurando el sufrimiento. En nuestro diccionario sufrimiento equivale a “desgracia”, pero en el del Apóstol significa “privilegio”, y aún más, motivo de “gozo”  que lo transforma en gloria (Fil. 1:27).

No se debe dejar de mencionar que muy posiblemente Pablo está evitando que haya quien le identifique con los estoicos. Después de todo, sus exhortaciones hacen eco del lenguaje  usado por aquellos que respondían al sufrimiento según esta filosofía de su época (Fil. 4:11-12). Pablo ha de establecer con claridad que lo que explica su gran capacidad de sufrir sin ceder a la desesperación y la frustración en medio de grandes inconvenientes y estrecheces (Fil. 4:11-12) y aún así estar gozoso, no está en Pablo mismo, sino en Cristo que le fortalece, por quien él todo lo puede (Fil. 4:13).

Por tanto el Apóstol, lejos de alentar el suicidio, lo combate con los propósitos redentores de Dios en los sufrimientos de Cristo en la cruz.

 

La consejería al que lucha con pensamientos suicidas

La consejería más apropiada, entonces, es aquella que busca redefinir el morir y el vivir, así como el sufrimiento, en los corazones de aquellos quienes piensan en el suicidio como alternativa disponible para ellos.

Finalmente, no debemos contentarnos con que la persona diga que ya no tiene dudas, que entiende que debe sufrir por Cristo y se siente esperanzado. Un cristiano saludable es aquel que está ocupado en mucho más que en sí mismo: está empeñado en el mandato de su Señor de ir y haced discípulos.

Por tanto, las prisiones del Apóstol, aun en contra de la cultura, resultaron en el avance del evangelio (Fil. 1:12-14), porque Pablo en sus sufrimientos reflejó la vida de su maestro (Fil. 3:10). Esta forma de pensar transformó la forma en que él respondió tanto aquellos quienes le servían como a sus adversarios (Ro.16: 3-20).

 

Conclusión

Gracias sean dadas a Dios que, en las riquezas de su misericordia, no quiso destruir sino redimir su creación (Ro. 8:23). No tenemos que lamentar el pecado para siempre, ni desesperarnos por nuestra miserable condición caída. Por causa de la promesa del triunfo escatológico de Dios en Cristo, en vez de escapar del sufrimiento, este es transformado en gozo por la esperanza de que el orden divino, ahora distorsionado por los efectos del pecado, será un día restaurado (Ro. 8:21). Entonces todo el sufrimiento que ahora parece interminable y fuera de control, será como nada ante la visión de la gloria que habremos de tener (Ro. 8:18).

Por tanto es esencial que, al aconsejar a una persona que quiere o ha intentado suicidarse, la llevemos a ver su esperanza a través del lente del plan de redención de Dios en Cristo. Por una parte, a través de una correcta teología del sufrimiento, debe mirar la reconciliación provista por Dios en Cristo para todo pecador (2 Co. 5:19-20). Por la otra parte, debe abrazar por fe el llamado de vivir para Cristo, y no para sí mismo, al proceder al arrepentimiento (2 Co. 5:15). El resultado, aún en medio del sufrimiento, será la firme esperanza de vida eterna de una nueva criatura que está “en Cristo” y el gozo de disfrutar desde ya el que todas las cosas “son hechas nuevas”  (2 Co. 5:17).

[1] John Piper y Justyn Taylor, Suffering and the Sovereignty of God (Crossway).

[2] C. S. Lewis, The Problem of Pain: Collected Letters of C.S. Lewis (HarperCollins), p.74.

[3] D.A. Carson, citado por Matt Smethurts en “Six Pillars of a Christian View on Suffering”, 2 de junio, 2013 en https://www.thegospelcoalition.org/article/6-pillars-of-a-christian-view-on-suffering.

[4] Harold Kushner, When Bad Things Happen to Good People (Schocken). Citado por D. A. Carson, How Long, O Lord? Reflections on Suffering and Evil (Baker Publishing Group).

[5] Timothy Keller, Walking with God through Pain and Suffering (Penguin Publishing Group), (2327-2329 Kindle Edition).

[6] Matt Smethurts, op. cit.

[7] L. Gregory Bloomquist, “Subverted by Joy: Suffering and Joy in Paul’s Letter to the Philippians” en Interpretation, vol. 61 no 3 (Julio 2007), p.270-282.

[8] Ibíd.