Evangelio

¿Quieres que tu iglesia disfrute de unidad? Deja que el evangelio haga su obra divisoria

Artículo
26.02.2021

Cuando me convertí en pastor principal, prediqué el evangelio con entusiasmo, pero no entendía su poder divisorio ni lo positivo que sería ese proceso. Como todos los pastores, no quería división. Quería unidad e inclusión. Pero no es así como funciona el ministerio.

Todos en el primer siglo sabían lo que Juan el Bautista quería decir cuando predijo que Cristo limpiaría su iglesia (Mateo 3:12). Porque todos conocían el propósito de un aventador. Los agricultores lo usaban para separar el trigo de la paja. Aventaban el grano al aire, el viento separaba la paja más liviana hacia un lado y el trigo más pesado caía al piso de su era.

En otras palabras, el evangelio fue el aventador de Jesús que separó a las personas en dos montones —trigo y paja. Esto es lo que Simeón quiso decir cuando advirtió a María que su hijo sería «puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel» (Lucas 2:34). En su edad adulta, la respuesta a su ministerio fue generalmente «disensión entre la gente» (Juan 7:43). Lo mismo sucedió con Pablo. «Y la gente de la ciudad [de Antioquía] estaba dividida» (Hechos 14:4).

El ministerio fiel del evangelio significa predicar «todo el consejo de Dios» (Hechos 20:27). Eso incluye la gracia, la misericordia y el amor infinitos de Dios. Estas verdades rara vez se dividen. También incluye la santidad de Dios, su ira, la naturaleza inflexible de su justicia y la realidad del eterno tormento consciente en el infierno. Estas verdades tienden a causar división. No obstante, prediqué el evangelio con regularidad, con la plena confianza de que «es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Romanos 1:16). Confiando en Dios, esperaba fruto —y este vino.

Pero sucedió algo que no esperaba, el evangelio dividió a mi congregación, y aunque fue triste, esa «división» resultó ser una bendición.

EL EVANGELIO DIVIDE

El evangelio es inherentemente divisivo. Afecta tanto a los incrédulos como a los santos. Los creyentes responden con alegría. Otros responden con ira, condescendencia, disgusto o apatía. A veces, los visitantes incrédulos saldrán a la mitad de tu sermón dominical. A veces, los cristianos profesantes también lo harán.

¿Por qué? Porque el evangelio nos manda a humillarnos y renunciar a la dependencia de nuestras buenas obras. Nos manda a someternos a la gracia soberana. Este mensaje es humillante y a nuestro orgullo no le gusta ser humillado. El evangelio divide a la iglesia al ofender al orgullo. Después de todo, el Dios detrás del evangelio no es lo que espera la incredulidad. Él es la Puerta Estrecha (Mateo 7:13), que salva solo a los obedientes (Mateo 7:21) y amenaza a la incredulidad con el «lloro y el crujir de dientes» en el fuego eterno (Mateo 13:42). Pablo fue claro en este tema: «Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida» (2 Corintios 2:15-16).

A veces, el trabajo de separar el trigo de la paja es instantáneo, pero generalmente es gradual. Algunas personas se desenmascararán y luego se esfumarán lentamente después de que se hayan ofendido o vueltos descontentos, cada vez más. Pero algunos permanecerán. Estoy pensando en un católico cultural que empezó a asistir. Quería saber la diferencia entre protestantes y católicos. Finalmente nos reunimos para tomar un café. Después de que le expliqué el evangelio, se puso nervioso. «Si esto es cierto», dijo, «entonces mis padres católicos no están en el cielo».

«Dios no quiere que te preocupes por tus padres», le respondí. «No sabes con certeza que rechazaron el evangelio. Tu trabajo es someterte a las buenas nuevas y confiar en que Dios ha hecho lo correcto con tus padres».

Unas semanas después, regresó con su esposa. Al principio, venía una vez al mes. Luego, dos veces al mes. Nueve meses después, venía semanalmente. Al final del año, pidió ser bautizado. Alabado sea Dios, su experiencia no es inusual.

DIVISIONES QUE CONSTRUYEN

Por extraño que parezca, todas las iglesias —sí, incluso todas las iglesias credobautistas— están compuestas por convertidos y no convertidos. Los pastores deben ser conscientes de esto, porque la presencia a largo plazo de la incredulidad persistente enturbia las aguas. Pero uno de los beneficios de predicar el evangelio es que motiva la partida de los incrédulos y atrae irresistiblemente a los verdaderos creyentes. Este proceso es doloroso y triste, pero necesario. Después de todo, una congregación con un gran número de incrédulos a menudo estará dividida, sin gozo, contenciosa, tibia y sin compromiso.

Pero cuanto más dejemos que el evangelio separe el trigo de la paja, más unidad espiritual experimentaremos. De hecho, es poco probable que una iglesia disfrute de la unidad a menos que primero haya dejado que el evangelio haga su obra divisoria.

Una vez que esto suceda, vendrá el fruto. Una iglesia unificada llena de creyentes que están creciendo en el Señor será más evangelista, más atractiva para el mundo que la observa, más generosa financieramente y más acogedora para los visitantes incrédulos.

En su libro The Compelling Community, Mark Dever y Jamie Dunlop lo resumen de esta manera: «La exclusividad que alimenta a una ardiente comunidad de creyentes puede hacer mucha más obra del evangelio que diluir la amplitud y profundidad del compromiso para sentirse inclusivo».

¿Qué se opone a esta obra divisoria? En mi propia experiencia, el principal obstáculo es el miedo al hombre. Tememos lo que la gente pensará de nosotros después de escuchar lo que pensamos sobre la Biblia. Un segundo obstáculo es el dolor de separación antes mencionado. En pocas palabras, duele cuando las personas que amamos y que no conocen al Señor se van. Para mantenerlos cerca, el mundo, nuestra carne y el Diablo nos tentarán a transigir verdades cruciales. Pero para la salud a largo plazo de nuestra iglesia, debemos dejar que el evangelio haga su obra divisoria. Debemos perseverar en la fe y abrazar el rechazo por el gozo duradero de una mayor unidad.

CONCLUSIÓN

Jesús dividía, Pablo dividía y los apóstoles dividían. Durante 2000 años, los pastores han visto cómo el evangelio predicado fielmente separa el trigo de la paja. Este proceso es doloroso, pero para aquellos que avanzan con fidelidad, Dios promete una rica recompensa. Nunca olvides que, «El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero» (2 Timoteo 2:6), y que, «Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán» (Salmo 126:5).


Traducido por Samuel Ortiz