Predicación expositiva

La predicación en la era del individualismo expresivo: Contando la historia de nuestra nueva identidad

Por Michael Lawrence

Michael Lawrence es el pastor principal de la Iglesia Bautista Hinson en Portland, Oregon. Puede encontrarlo en Twitter en @pdxtml.
Artículo
31.03.2026

Hace unas semanas, en una discusión de la escuela dominical, un miembro antiguo de mi iglesia describió la evangelización como «compartir mi verdad». Me quedé perplejo al oírlo; no se trataba de un «guerrero cultural» woke de la generación millennial o Z, sino de un boomer. Es muy posible que no entendiera lo que esa frase significa en el lenguaje moderno, pero me hizo comprender hasta qué punto nuestra cultura ha avanzado cuando ni siquiera se le pasó por la mente a este querido santo que el significado del evangelio se encuentra precisamente en que no es «mi verdad», sino «la verdad».

Nos guste o no, todos estamos nadando en las aguas culturales del individualismo expresivo. Esto es más que un simple relativismo moral radical; es el rechazo de la naturaleza humana esencial en favor de un sentimiento subjetivo desenfrenado. Es la sustitución de la ética por la preferencia personal, y del sentido de la vida por la autocreación de la identidad. Sus expresiones más extremas se ven en el transgenerismo y en las políticas de identidad modernas, pero su impacto es mucho más sutil e insidioso. Si incluso nuestros miembros más maduros se ven afectados por estos hábitos de pensamiento, ¿qué debe hacer un pastor?

Predica la Palabra

En nuestros sermones semanales, al exponer la Palabra de Dios para el pueblo de Dios, se nos ha dado todo lo que necesitamos para hacer discípulos en la era del individualismo expresivo. Quiero destacar dos puntos de aplicación en nuestra predicación que pueden ayudar a combatir la influencia corrosiva del espíritu de nuestra época.

Identidad: Una cuestión de «ser»

Aunque el énfasis en nuestra identidad en Cristo es relativamente reciente en el evangelicalismo moderno, no hay duda de que las Escrituras tienen mucho que decir al respecto. Desde el llamado de Israel a ser distinto y santo entre las naciones (Éx. 19:6), hasta el énfasis de Pablo en la nueva creación (2 Cor. 5:17), pasando por la declaración de Jesús: «Ustedes son la luz del mundo» (Mt. 5:14), las Escrituras están repletas de un lenguaje que define quiénes somos, tanto individual como corporativamente. En este lenguaje tenemos la oportunidad de contraatacar los cimientos del individualismo expresivo.

A menudo, en la aplicación de nuestros sermones, tendemos a centrarnos en imperativos morales. Por ejemplo, si predico sobre Ester 1, sería muy fácil centrarme exclusivamente en el imperativo ético de la sumisión piadosa a la autoridad. Y no estaría equivocado al hacerlo. Pero en este momento cultural, muchos en nuestras congregaciones sentirán intuitivamente que tal autoridad es arbitraria o incluso opresiva.

Si voy a aplicar el texto eficazmente, necesito dar un paso atrás y abordar la cuestión fundamental de la identidad humana y cristiana que otorga fuerza moral al imperativo. Eso significa definir nuestra identidad como seres con género, como portadores de la imagen de Dios, creados tanto para ejercer autoridad como para someterse a ella. Significa explicar que nuestra sumisión es siempre «como al Señor» (Col. 3:18). Por lo tanto, lejos de ser una experiencia degradante, el respeto a la autoridad es un acto de adoración que fluye de nuestra identidad como siervos del Rey de reyes.

Nunca pierdas la oportunidad de definir la identidad de tu pueblo según las Escrituras. No te limites a decirles qué hacer; recuérdales quiénes son por obra de la creación y la nueva creación. La batalla se libra en la identidad, no solo en el comportamiento.

Hora de contar la historia

Si me preguntas quién soy, te contaré una historia. Definimos nuestras vidas a través de narrativas. El individualismo expresivo hace lo mismo. Basándose en el consumismo («soy lo que poseo») y en la psicología moderna («soy lo que deseo»), define al individuo a través del arco heroico de la autocreación frente a las fuerzas opresivas de la moral convencional o incluso la biología. Es una historia embriagadora, pero no es nueva.

Comenzó en el jardín del Edén con la mentira de Satanás (Gén. 3:5) y continuó en Babel (Gén. 11:4). Hoy continúa igual.

Nosotros tenemos una historia mejor. Es la historia de la creación de Dios, nuestra caída, Su rescate y la consumación final a través de la vida, muerte y resurrección de Su Hijo. Es una historia mejor porque es verdad, y porque tiene el poder de explicar nuestra experiencia presente y darnos una esperanza futura.

La Biblia cuenta la gran historia de la redención. Y como aún no hemos llegado al final, es una historia que nos contiene. No la miramos desde fuera; estamos inmersos en ella. Si queremos rechazar la falsa narrativa del individualismo expresivo, debemos ayudar a las personas a verse a sí mismas dentro de la narrativa que forma nuestra identidad: la historia de la redención.

Una pequeña palabra

Durante cientos de años en Occidente, tuvimos la bendición de una cultura que reforzaba nuestro mensaje. Esos días han quedado atrás. Nuestra cultura está (re)tornando al paganismo.

Pero eso no significa que nuestra tarea haya cambiado. Nuestra lucha no es contra carne y sangre (Ef. 6:12). Como escribió Martín Lutero: «Si el demonio nos quiere dañar, no debemos temer… una pequeña palabra lo derribará».

Predica la Palabra. Aplícala a la vida de tu pueblo. Diles quiénes son en Cristo. Recuérdales dónde se encuentran en Su historia. La Palabra hará el resto.

Menos «mi verdad» y más «la Verdad»: predica la Palabra para definir nuestra identidad en la gran historia de la redención.

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