Membresía

¿Comunión o formalidad? El llamado de 1 Juan 1:1-4 a los miembros de la iglesia

Por Alonso Villalobos

Alonso Villalobos es pastor desde hace 6 años en una pequeña iglesia bíblica en ciudad Delicias, Chih. México, llamada Gracia y Verdad Delicias. Es pastor Bi vocacional y alterna su tiempo como encargado de la oficina de Planeación Estratégica de su Municipio. Tiene estudios de diplomado en formación bíblica del curso 222 en asociación con la Iglesia Evangélica de la Gracia de Barcelona y la Iglesia Bautista Reformada de Palma de Mallorca. Esta felizmente casado con Mónica desde hace 7 años y es padre de Ana Paulina, ambos esperan la llegada de su segundo hijo Alonso Leví. Puedes seguirlo en su Facebook como @alonso.v.lara
Artículo
15.12.2025

Todos, alguna vez, hemos estado allí. En un culto dominical, rodeados de hermanos, pero con un corazón indiferente. Se canta, se ora, se escucha la predicación…pero muy adentro, se siente más la distancia que la comunión fraternal. Incluso, te descubres pensando: «¿Esto es todo lo que significa ser miembro de una iglesia?».

La realidad de hoy es que muchos creyentes pueden vivir su membresía solo como una formalidad: la lista de asistencia, el compromiso administrativo, el lugar al cual «pertenecer». No obstante, el Nuevo Testamento te enseña que la vida de iglesia es infinitamente más que eso: también es comunión verdadera. Una realidad espiritual brota del evangelio mismo. El apóstol Juan escribe: «Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido» (1 Jn 1:3-4).

En este artículo tienes algunas verdades, como un recordatorio de lo que significa la comunión, cuando eres parte de la membresía de una congregación:

 1. La fuente de la comunión: el Cristo encarnado y proclamado

En su primera carta, Juan no comienza con consejos prácticos ni con reglas de convivencia. Él inicia con Cristo. La comunión emerge de una realidad histórica y teológica: Jesucristo, el Hijo de Dios, vino, fue visto, oído y tocado (1 Jn. 1:1).

Jesús es el puente entre Dios y nosotros (1 Ti. 2:5). Él te reconcilió con Dios Padre por medio de su sangre (Col 1:20). Y al recibirlo, obtienes también una nueva familia (Jn 1:12). Por esto, cuando los miembros de la iglesia olvidan que su comunión proviene de Cristo, lo único que queda es la formalidad. Entonces, los creyentes pueden cantar juntos, sin vitalidad espiritual. Sirven en la iglesia, pero les falta el gozo. Practican el saludo en los cultos, pero desprovisto de un verdadero afecto fraternal.

La comunión cristiana no es un mero activismo, es el resultado transformador del evangelio.

2. El fruto de la comunión: una vida con Dios y con los hermanos

Por otra parte, el recordatorio del apóstol Juan es que la comunión del creyente con Dios es inseparable de la comunión con sus hermanos. Entre ambas existe una realidad inseparable. Jesús mismo oró al Padre para que sus discípulos fueran «perfectos en unidad» (Jn.17:21-23). La razón: esta unidad es el testimonio del evangelio al mundo. El apóstol Pablo lo confirma, «ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios» (Efesios 2:19).

Así que en perspectiva tienes: una comunión vertical, que es relación viva con el Padre y el Hijo. Y una comunión horizontal, que es la relación de amor, servicio y cuidado entre los cristianos.

Cuando se descuida el primer principio, inevitablemente se resquebrará el segundo. Así, una iglesia local podría convertirse solo en un club religioso. Tiene programación llena de actividades, pero carente del verdadero amor fraternal entre sus miembros.

Y cuando eso ocurre, la incredulidad crece —a la sazón, no se necesita a la comunidad cristiana— o la religiosidad puede gobernar, y el «ministerio» se efectúa con una frialdad pasmosa.

3. El llamado a los pastores: una supervisión de la comunión

Los pastores son llamados a cuidar la calidad de la comunión fraternal en la iglesia. Pastor, Juan te recuerda que el objetivo de la predicación apostólica es la verdadera comunión (1 Jn. 1:3). Así que, supervisar la membresía de la iglesia no es solo asegurarte de los números y la funcionalidad de los programas, sino examinar si las ovejas se regocijan en el evangelio. Las Escrituras te muestra el cómo los primeros cristianos «perseveraban en la doctrina, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42-47). Esta es una normativa bíblica. De la misma manera, se les advierte a los creyentes sobre la necesidad de exhortación mutua, para que ninguno sea engañado por el pecado y caiga en la incredulidad (He. 3:12-13).

Un pastor debe prestar atención a aquellos miembros de la iglesia que comienzan a aislarse, que dejan de edificarse en la Escritura, que están perdiendo el gozo de la salvación (Salmo 51:12). Estas son señales de que la comunión con Cristo se está debilitando en ellos.

4. El llamado a los creyentes: un volver a la comunión verdadera

Si puedes advertir que tu membresía en la iglesia local se ha vuelto una formalidad, todavía hay esperanza para ti como cristiano. Cristo no solo te salva, también te restaura. Aquí tienes algunas recomendaciones que pueden ayudarte a redimir tu comunión con Dios y tu iglesia:

Arrepiéntete de este estado de frialdad (Ap. 2:4-5). Reconoce que has dejado tu primer amor y pídele Señor que renueve tu corazón.

2. Regresa a las disciplinas de gracia. Vuelve a cultivar la vida de oración sincera, la lectura gozosa de la Escritura y la adoración congregacional. Como el salmista, exprésale a Dios tu necesidad de ser vivificado en su Palabra (Sal. 119:25).

3. Practica la confesión y la rendición de cuentas (Stgo. 5:16). Comparte tus luchas con un hermano maduro en la fe, sé transparente y descubre tu religiosidad.

4. Sirve en amor a los demás (Gál. 5:13). La comunión se profundiza cuando dejas de mirarte a ti mismo, usando tus dones para edificar a otros.

5. Busca tu gozo en Cristo, no en la rutina de las actividades ministeriales (Fil. 4:4). El propósito no es tan solo «se cumplió, se logró», sino regocijarse de la vida en Cristo junto con tus hermanos.

Palabras finales,

Procura ser más que un nombre escrito en la lista de membresía de tu iglesia local. Tu membresía debería ser el testimonio eficaz de que estás unido a Cristo y a su cuerpo. Una membresía que se refleja en la comunión gozosa que viene del evangelio. Por otra parte, este mundo ya conoce comunidades basadas en los intereses comunes, las afinidades y las tradiciones. Lo que necesita conocer es una comunión que surge del Dios vivo, del Cristo Resucitado y del Espíritu, y esta comunión habita en una comunidad distinta: el pueblo del Señor.  Si en tu iglesia la comunión bíblica se ha vuelto solo una formalidad, pero anhelas la verdadera comunión fraternal, la respuesta no consiste en agregar más actividades ni mejores programas. Otra vez, la respuesta es volver a Cristo, el Verbo que da vida. Solo en él encontrarás la comunión verdadera con el Padre y con los unos a los otros. Y en esta comunión, tu gozo será cumplido (1 Jn.1:4).

 

Editado por Renso Bello

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