Conversión

La hermosura de la conversión

Artículo
18.10.2014

A muchas personas la doctrina cristiana de la conversión les parece todo menos hermosa. Dicen que es algo que se impone (“¡Nadie va a imponer sus creencias sobre mí!”). O les parece una doctrina ofensiva (“¿Tú quién eres para decir que lo que yo creo y cómo yo vivo está mal?”).

Es evidente que en ese sentido la hermosura depende de la perspectiva del que la contemple. Lo más importante en cuanto a la doctrina no es si es fea o hermosa, sino si es falsa o verdadera. Pero, dicho lo dicho, la verdadera doctrina de la conversión cristiana es simplemente hermosa.

En un sentido la conversión es hermosa de la misma forma que son hermosas todo tipo de transformaciones. En el colegio los niños estudian la metamorfosis de oruga a mariposa o de renacuajo a rana. Y en la escuela dominical los niños aprenden cómo esas transformaciones ilustran el cambio en el corazón humano de estar “muerto en pecado” a ser una “nueva criatura”. Se abre una flor, se rompe un huevo, un pajarito despliega sus alas por primera vez. Cada una de estas transformaciones es hermosa a su manera, pero todas ellas también son hermosas de la misma manera. En tantos rincones de la creación Dios ha programado la revelación de su gloria que se lleva a cabo en el cambio de muerte espiritual a vida espiritual.

Una de las leyes del mundo natural es que cuando a las cosas se las deja solas, no avanzan, sino que retroceden. Todo muere. Y, sin embargo, en esta misma esfera Dios ha codificado la hermosura del cambio a algo mejor aquí y allí. ¿Acaso no es todo esto señales que apuntan a la maravilla de la salvación?

El caso es que la conversión es aun mayor que esto. Es hermosa en su sencillez (piensa en Romanos 10:9) y en su complejidad (piensa en Efesios 2:1-10).

Pero no es suficiente solo decir que la conversión es hermosa. Vamos a demostrarlo.

HERMOSA EN SU ORQUESTACIÓN

La conversión es hermosa en su orquestación. En la conversión hay un antes y un después; antes, no creemos de una manera salvífica que Jesucristo es el Hijo de Dios o que Dios le ha resucitado de entre los muertos, pero después, sí lo creemos.

Esa decisión inicial de creer, de asir a Cristo con la mano vacía de la fe, es el momento cuando un pecador predestinado, ocupándose en sus asuntos, se encuentra enredado en el ordo salutis. Dios le tenía en la mira desde tiempos inmemoriales, pero ahora el llamamiento eficaz ha llegado a su momento designado. El camino pensado por el hombre se ha visto interrumpido porque Dios ha guiado sus pasos (Pr. 16:9).

Hay un sentido en que la conversión es tanto el fruto del plan de Dios como un punto en el camino de ese plan. Sí, es un momento decisivo, pero ¡cuánta deliberación hay detrás de ese momento! Y vemos el bosquejo de esa deliberación en Romanos 8:30: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”. Nuestros ojos pueden contemplar a la gente arrepintiéndose y profesando su fe en Cristo, pero no pueden contemplar el eterno peso de gloria que lleva a ello y que fluye de ello.

Se podrían escribir muchos volúmenes sobre cada paso del bosquejo de Romanos 8:30. Hay hermosura dentro de hermosura dentro de hermosura. Una fe como una semilla de mostaza plantada en el corazón quebrantado de un pecador desesperado es la culminación del conocimiento previo de Dios de ese pecador desde antes de la fundación del mundo. Hasta en la eternidad pasada Dios, por su gracia, pasó por alto la ofensa eterna del pecado de esta persona acumulado a lo largo de su vida, y en amor la predestinó para ser adoptada como un querido hijo. Y luego Dios envió a su Hijo unigénito para proveerle de una expiación sin pecado, para que pudiera ser justificado por la justicia de Cristo al regenerar el Espíritu su corazón de piedra. ¡Es simplemente asombroso!, ¿verdad? Y que esta semilla de la fe que justifica crezca, gracias a la fidelidad del Padre de ministrar una fe santificadora, nuevamente por la obra del Espíritu, por todo el camino hasta la promesa de la glorificación, ¡es aun más asombroso!

HERMOSA EN SU PROMESA

La conversión es hermosa en su promesa. ¡Y qué promesa! ¿Acaso no consiste en conseguir todo lo que realmente queremos: aquello que tanto el santo como el pecador esperan cada día? Todo el mundo quiere cambios. Todo el mundo quiere creer que lo malo se convertirá en bueno y que lo que está mal se corregirá. Todos tenemos nuestras ideas en cuanto a cómo eso se puede conseguir pero, básicamente, todo el mundo quiere lo mismo: vida.

Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones (Ec. 3:11), y desde entonces cada momento que estamos despiertos es una expresión de adoración de un dios o de otro, la expresión de nuestra innata desesperación por lo auténtico, lo verdadero, lo hermoso, la promesa de algo mejor y más justo. Bruce Marshall escribió estas famosas palabras: “El joven que llama al timbre del burdel busca, de manera inconsciente, a Dios” [1]. Esto es cierto de todas nuestras idolatrías, sean estas el sexo o la espiritualidad, pero la verdad universal es que nadie por sí solo busca al único Dios (Ro. 3:11). Queremos que nuestros dioses sean Dios. De hecho aquello que buscamos se encuentra en aquel a quien de forma perversa queremos evitar.

Así que los que “encuentran a Dios” son, en realidad, los que son encontrados por Dios. Nuestro Consolador, el Espíritu, está rastreando la tierra, buscando a quien resucitar a nueva vida. Dios es paciente para con sus idólatras antes conocidos, no queriendo que ninguno de nosotros perezca, sino que todos procedamos al arrepentimiento. Su Espíritu enciende las luces en nuestro corazón, clama: “¡Salid!”, desde la boca de nuestra tumba, y lo increíble se hace creíble. ¡Yo puedo ser diferente! ¡Puedo cambiar! ¡Puedo conocer a Dios y así conocer la vida! Como reza el himno: “Ninguna culpa en la vida, ningún temor de la muerte, ¡este es el poder de Cristo en mí!”

El evangelio revela la verdadera esperanza tanto para mí como para este mundo. Toda la hermosura de la creación, de las artes y del esfuerzo humano en busca del progreso y de la iluminación, se resume y resulta ser verdad en Jesucristo encarnado, crucificado, sepultado, resucitado y glorificado. Y de la misma manera de que su resurrección fue las primicias, así también nuestra conversión a la fe que salva es la promesa de la conversión a la inmortalidad; que “nosotros seremos transformados” (1 Co. 15:50-53).

HERMOSA EN SUS INCONTABLES MANIFESTACIONES

La conversión es hermosa en sus incontables manifestaciones. La conversión de las personas a la fe salvadora en Cristo es hermosa en todos los momentos decisivos que engloba. Muchos de mi generación y de otras “nos salvamos” al pasar al frente en alguna iglesia, o al levantar la mano, o al repetir una oración determinada. Y muchos de mi generación que ahora son pastores se niegan a recurrir a ese tipo de llamamientos especiales para invitar a la gente a responder al evangelio. Todos deberíamos tener mucho cuidado de asegurarnos de que se predique el evangelio bíblico de manera bíblica. ¡Pero qué milagro que Dios use a hombres falibles y sus medios imperfectos para manifestar el poder perfecto de la buena noticia de Jesucristo!

Yo ya no creo —como antes creía— en ese rapto antes de la gran tribulación en el que creen muchos dispensacionalistas, pero mi conversión llegó después de que el Espíritu Santo en su sabiduría usara una de esas malísimas películas de los años setenta –tipo “Dejados atrás”– para ablandar mi corazón para que anhelara a Jesús para el perdón y la seguridad. Yo ya no usaría ese tipo de medios, pero estoy agradecido por el hecho de que Dios no es tan quisquilloso en cuanto a sus métodos de llevar a sus hijos a la vida. No es tan presuntuoso. Su poder se perfecciona en nuestra debilidad evangelística, incluso en nuestras predicaciones y ruegos tan deficientes. ¡A mí me parece asombroso cómo Dios obra a través de, y a la vez a pesar de, nuestro ministerio evangelístico!

Al final, todas las conversiones a Cristo resultan de contemplarle como nuestro Cristo, la ofrenda para nuestra salvación. Un ejemplo claro es la conversión de Saulo en el camino de Damasco. Muy dramático aquel momento. Para otros, el momento es menos dramático. Un niño hace una oración en la escuela dominical. Un hombre pasa al frente al final de un culto. Un hombre que conozco dijo que se había sentado en la iglesia todos los domingos durante casi tres años hasta que, por fin, se le ocurrió: “Espera, yo necesito ser salvo; yo necesito creer esto.”

En su novela, Esa Horrible Fortaleza, C. S. Lewis, a su manera inimitable, capta la cotidianidad y el peso de la conversión de una mujer en particular:

Lo que la esperaba allí era grave hasta el punto de la tristeza y aun más allá de ella. No había ni forma ni sonido. El moho debajo de los arbustos, el musgo en el camino y el pequeño bordillo de ladrillo no estaban visiblemente cambiados. Pero sí estaban cambiados. Se había cruzado una frontera. Había entrado en un mundo, o en una Persona, o en la presencia de una Persona. Algo expectante, paciente, inexorable, la estaba esperando sin velo o protección por medio…

Rodeada de esta altura, profundidad y anchura, el pequeño concepto de sí misma que hasta entonces había llamado “yo” se cayó y se desvaneció, sin halagos, en la lejanía sin fondo, como un ave en un espacio sin aire. El nombre “yo” era el nombre de un ser cuya existencia ella jamás había sospechado, un ser que todavía no existía del todo, pero que se demandaba. Era una persona (no la persona que ella había pensado), y sin embargo al mismo tiempo una cosa, una cosa hecha, hecha para complacer a Otro y en Él a todos los demás, una cosa que se estaba haciendo en ese mismo momento, sin elección propia, en una forma con la que jamás había soñado. Y el proceso de hacerse continuó en medio de una especie de esplendor, o de tristeza, o de las dos cosas, de lo cual ella no podía percibir si estaba en las manos que moldeaban o en el trozo que se estaba amasando…

pasado se encontró un hueco para sí en un momento de tiempo demasiado corto como para poder llamarse tiempo en absoluto. Su mano se cerró pero sin contener nada más que un recuerdo. Y al cerrarse, sin pausa de un instante siquiera, crecieron las voces de los sin gozo, aullando y chachareando desde cada rincón de su ser.

“¡Ten cuidado! ¡Échate para atrás! ¡No pierdas la cabeza! ¡No te comprometas!,” me dijeron. Y luego, de manera más sutil y desde otra parte: “Has tenido una experiencia religiosa. Esto es muy interesante. No es algo que le pase a todo el mundo. ¡Ahora entenderás mucho mejor a los poetas del siglo XVII!”

…Pero sus defensas ya habían sido tomadas y estos contraataques no tuvieron éxito. [2]

Los demonios se oponen a ella, a veces contradiciendo directamente, a veces cambiando el significado de su experiencia. Pero nada —ni siquiera ángeles o demonios— puede separar a Jane del amor de Dios. Y así, en la tranquilidad de un jardín inglés, como en las oraciones llenas de expectación ante el altar del santuario, o en la intimidad de un alma solitaria leyendo una Biblia en un sillón, desciende la eternidad.

Las incontables maneras mediante las que Dios vivifica a personas muertas son hermosas, algunas de ellas reconociendo enseguida una serie de chocantes realidades nuevas, otras dándose cuenta de su necesidad durante un tiempo. Algunos oyen el mensaje por primera vez y responden con fe. Otros oyen el mensaje a lo largo de sus vidas y sin embargo no tienen los “oídos para oír” espirituales hasta algún día cuando van ya muy avanzados por el camino de la vida. ¡Qué habilidad! Allí está Dios, en el gran despliegue de la experiencia humana y de la vida de cada día, en lo cotidiano y en lo espectacular, ensayando la resurrección una y otra vez. Hasta la conversión más normal y corriente es algo extraordinario. Los ángeles celebraron la primera expresión de fe salvadora de mi hija en su habitación hace unos años tanto como celebraron la de Pablo hace dos mil años. Cada conversión es un milagro. Y la gran visión beatífica de Cristo hace visiones beatíficas de nosotros (2 Co. 3:18).

HERMOSA EN SU FUENTE

La conversión es hermosa en su fuente. Por cuanto el Creador es glorioso, todo lo que hace es glorioso. Y gracias a esta vital verdad, no es lo suficientemente cierto decir que “la hermosura está en el ojo del que la contempla”. La hermosura se encuentra de manera objetiva en la Deidad trina, sea que la contemplen los mortales o no. David pide habitar en la casa del Señor y contemplar la hermosura del Señor (véase Sal. 27:4), pero aun si el Señor no contesta oraciones así, su hermosura no es por eso ni un ápice menor.

Por otra parte, la hermosura de Dios —más conocida como su gloria— se refleja, incluso se magnifica, cuanto más se contempla. De ahí que uno de los aspectos más hermosos de cómo Dios resucita a personas muertas a una nueva vida sea que estas llegan a reflejar la hermosura de él en sermones, en canciones y en corazones llenos de agradecimiento (Col. 3:16). Después de que Pedro hubiera sido testigo de los sufrimientos y de la resurrección de Cristo, pudo referirse a sí mismo como “participante de la gloria que será revelada” (1 P. 5:1). Así que responder al llamamiento del evangelio con fe salvadora es de alguna manera obtener esa hermosura, y así magnificarla. “A lo cual os llamó mediante nuestro evangelio,” escribe Pablo en 2 de Tesalonicenses 2:14, “para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo”.

La conversión es hermosa por cuanto Dios es hermoso. Él es hermoso en la grandeza y majestad de su gloria, en la importante suma de todos sus atributos y cualidades. La manera de que la Biblia habla de la hermosura de Dios es, bueno, hermosa. Desde la santidad en la que se hace hincapié en el Pentateuco a la efusividad de los salmistas, a la épica respuesta de Dios a Job, al asombro de los profetas, al testimonio de los Evangelios, a las extáticas exultaciones y divinas doxologías de las Epístolas, al desconcertante Apocalipsis de Juan, la Biblia es hermosa con la intrínseca y abrumadora hermosura de Dios.

Y este Dios —este Dios maravilloso, inescrutable y santo— nos conoce, nos ama, nos elige, nos llama y nos salva. “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). Toda la hermosura de la conversión —y aún queda más de ella para ser explorada por toda la eternidad—, encuentra su fuente en, y se queda eclipsada por, la hermosura de Dios mismo, cuya gloria se extiende sin límite y para siempre y también hasta nosotros, con el fin de que la pudiéramos contemplar, y conocer a Jesús, y ser transformados para siempre.

[1] Bruce Marshall, The World, The Flesh and Father Smith (Boston: Houghton Mifflin, 1945), 108.

[2] C.S. Lewis, That Hideous Strength (New York: Macmillan, 1970), 318-319.

Jared C. Wilson es el pastor de la iglesia Middletown Springs Community Church en Middletown Springs, Vermont, y es el autor de Gospel Wakefulness (Crossway, 2011).

Traducido por Andrew Birch