Clases esenciales: Historia de la Iglesia

Historia de la Iglesia – Clase 3: Constantino, controversias y concilios (años 312-500 d. C.)

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23.08.2019

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Clase esencial
Historia de la Iglesia
Clase 3: Constantino, controversias y concilios (años 312-500 d. C.)


«Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros» 2 Timoteo 1:13-14.

  1. Introducción

Los primeros cristianos enfrentaron varias crisis de autoridad. Para finales del siglo I, todos los apóstoles habían fallecido, la gran mayoría de ellos como mártires. Circulaban varios escritos bíblicos, pero el Espíritu aún no había guiado a la Iglesia para que estuviera de acuerdo acerca de la uniformidad del canon de las Escrituras. Tampoco existía una tradición clara de doctrina común ni credos o confesiones que establecieran los límites de la ortodoxia. Surgieron voces divergentes dentro de la Iglesia, ya que varios líderes enfatizaban creencias y prácticas distintas. Y algunos de ellos introdujeron en la fe creencias y prácticas nuevas, y a menudo «inútiles» o incluso heréticas. Todo esto ocurrió en medio de la incertidumbre política. Campañas periódicas, pero brutales por parte del Imperio romano para exterminar a la Iglesia repentinamente cedieron ante la aceptación de Constantino y el apoyo de la fe. Lo que planteó muchas interrogantes nuevas para la Iglesia acerca de la relación terrenal y la autoridad celestial. Intimidaciones externas y confusiones internas amenazaban la existencia de la Iglesia durante sus primeros siglos, mientras que los cristianos se ocupaban de su fe con «temor y temblor».

Esto nos lleva rápidamente a la pregunta de la autoridad: ¿Quién o qué determina la fe verdadera? Los primeros cristianos se apoyaron en las mismas fuentes que hoy nosotros confiamos: La Escritura y los credos. La semana pasada estudiamos el proceso de reconocimiento del canon. En esta clase, estudiaremos los concilios de la Iglesia. También continuaremos resaltando a ciertos padres de la Iglesia de particular importancia:

  1. El levantamiento de Constantino

En el año 312 d. C., sucedió un dramático cambio político en Roma que tendría consecuencias profundas para la fe cristiana. Un líder romano llamado Constantino se preparaba para la batalla contra Majencio, su último rival por el trono. Como el propio Constantino luego relata la historia, decidió orar al «Dios supremo» por la victoria. Mientras oraba, tuvo una visión de una cruz llameante que flotaba en el cielo, decorada con las palabras: «Conquista con esto». Más adelante, esa noche, Cristo se le apareció en sueños y le mostró la señal del Chi-Rho, las primeras letras del nombre de Cristo en griego: «como protección en todos los enfrentamientos con sus enemigos»[1]. Cuando el ejército de Constantino se encontró con el de Majencio en el Puente Milvio, en las afueras de Roma, las tropas de Majencio fueron acorraladas, su general fue ejecutado, y Constantino tomó posesión de la capital jurando servir a su nuevo Dios, quien él creía le había hecho ganar la batalla y la corona.

Al año siguiente, Constantino emitió el Edicto de Milán (313 d. C.), que concedía a los cristianos el derecho de adorar, los restituía a sus propiedades e iglesias, y les permitía ser compensados por otras perdidas que habían sufrido bajo persecución. Constantino también permitió a los cristianos servir abiertamente en el gobierno romano. Gran parte de estas medidas trajeron gran alivio a la Iglesia, la propia fe de Constantino siguió siendo, entonces y ahora, un enigma. Parece haberla abrazada tanto por los beneficios políticos como por una convicción genuina; después de todo, Roma continuaba operando bajo la suposición de que el emperador debía buscar el favor de los dioses para el beneficio de Roma.

Constantino no comprendió completamente las doctrinas del cristianismo, mucho menos sus implicaciones. Si bien no permitió la veneración de su imagen en el templo, permitió que permaneciera el culto imperial, y continuó practicando algunos ritos paganos. También mantuvo las imágenes de deidades paganas en su acuñación por más de una década, especialmente su favorita, el Sol, que pudo haberla identificado con Cristo. Teológicamente, permaneció confuso, vacilando entre el arrianismo y la ortodoxia, a menudo dependiendo de qué lado parecía ser más poderoso en lugar de qué lado era verdadero. Hombre con un temperamento impetuoso, hizo que su esposa y su hijo fueran condenados a muerte por cargos de adulterio (es incierto si los cargos eran válidos o no). Por último, Constantino se negó a ser bautizado hasta su lecho de muerte, quizá por temor al pecado mortal o por una creencia bastante supersticiosa del poder del bautismo. Luego de su muerte, en el año 337 d. C., una sucesión de emperadores se desvió entre la ortodoxia, el arrianismo y el paganismo, hasta que Teodosio I a finales del siglo ordenó la destrucción de todos los templos paganos y convirtió al cristianismo en la religión oficial del Estado de Roma.

Constantino dejó un legado mixto para la Iglesia. Además del alivió que concedió a los cristianos de la persecución, dio a la fe un estatus y respeto que nunca había gozado. También usó su poder y prestigio para ayudar a resolver disputas eclesiales, tales como convocar al concilio monumental de la Iglesia en Nicea en el año 325 d. C. Pero en su esfuerzo por conectar el poder de Cristo en el servicio de Roma, sentó las bases para el dañino establecimiento del «cesaropapismo», la creencia de que el gobernador secular, por mandato divino, se convierte a su vez en cabeza de la Iglesia. Constantino incluso se consideró a sí mismo el «13er apóstol». Y con el apoyo oficial del imperio, la creencia en Cristo se volvió más un medio para el avance político que un asunto de fe y arrepentimiento. El cristianismo se convirtió en una norma cultural, y la Iglesia se confundió con el mundo. Muchas de las prácticas antiguas de los paganos se comenzaron a infiltrar en la adoración cristiana, conduciendo a prácticas antibíblicas, tales como la veneración de María y de los santos. Finalmente, en ocasiones, los cristianos llegaron a ser los perseguidores en lugar de los perseguidos. Cuando el culto pagano fue prohibido, los oficiales romanos vetaron a los paganos de entrar en el ejército, e incluso sentenciaron a muerte a las personas que negaban la Trinidad (los arrianos) o repetían el bautismo (los donatistas). Esos fueron algunos de los peligros de permitir que el Estado, y no Dios gobernara a la Iglesia. [Esto también debería advertirnos. Así como cristianos somos supremamente bendecidos de vivir en los Estados Unidos, no deberíamos confundir nuestro país o nuestro gobierno con el pueblo del pacto especial de Dios].

  1. Padres del siglo IV d. C.

Además de Constantino, existen otros tres líderes del siglo IV d. C. que ameritan nuestra atención:

A. Ambrosio, obispo de Milán.

Fue un hombre de Roma bien educado y refinado que alcanzó gran influencia con el gobierno romano. En un momento dado, logró aplastar con éxito el esfuerzo de la emperatriz romana Justina de llevar la adoración arriana a la Iglesia, y posteriormente en su vida se convirtió en el consejero personal del emperador Teodosio. El cristianismo había llegado lejos en tres siglos, del martirio por mano de los emperadores hasta un asiento en sus mesas. Después de la muerte del obispo Arrio de Milán, se produjo un espontáneo apoyo de la gente que eligió a Ambrosio para el obispado de Milán. Este primer ejemplo de congregacionalismo potente tuvo éxito en completar el derrocamiento del arrianismo en Occidente. Sin embargo, Ambrosio tal vez dejó su más grande legado sirviendo como mentor a Agustino.

B. Jerónimo

El principal erudito bíblico de finales del siglo IV e inicios del siglo V fue Jerónimo, quien vivió en Antioquía. Irritable y contencioso, Jerónimo denunció fervientemente a los heréticos y compañeros creyentes por igual. En el año 374 d. C., Jerónimo fue a Roma para servir como secretario del papa Dámaso. Durante su tiempo allí, Dámaso lo comisionó para crear una nueva traducción de los textos bíblicos al latín. Cuando Dámaso muere, Jerónimo se muda a Belén y completa la Vulgata, que se convirtió en la traducción estándar usada por la Iglesia Católica Romana. Jerónimo también escribió comentarios acerca de la mayor parte de la Biblia, y fue un reconocido exégeta y maestro. Consideraba una Roma cristianizada como la culminación de la agencia divina en la historia humana. Cuando Roma cayó, su fe se sacudió profundamente, y preguntó: «¿Cómo puede la madre de las naciones convertirse en su tumba?».

C. Agustín de Hipona

El más influyente e importante de los Padres de la Iglesia fue Agustín de Hipona. De hecho, si bien la mente cristiana más mordaz de su época, el Agustín sutil, profético y profundo también puede ser el pensador más grande que la Iglesia haya conocido en cualquier época. La teología, la filosofía política y la ética han sido todas ineludiblemente moldeadas por su filosofía. Nació en el año 354 d. C., en un pequeño pueblo en lo que hoy es Algeria, pasó los años de su juventud adulta viviendo una vida pecaminosa e inmoral, incluso al punto de engendrar un hijo ilegítimo de su concubina. Eventualmente, años de preguntas filosóficas y búsqueda espiritual lo llevaron a la convicción abrumadora de su propio pecado. Esto finalizó con una dramática conversión, que él describió en Confesiones, gran clásico de los devocionales cristianos:

«Luego que por medio de estas profundas reflexiones se conmovió hasta lo más oculto y escondido que había en el fondo de mi corazón, y junta y condensada toda mi miseria, se elevó cual densa nube, y se presentó a los ojos de mi alma, se formó en mi interior una tempestad muy grande, que venía cargada de una copiosa lluvia de lágrimas… Entonces, no sé con qué palabras, que si bien eran diferentes de éstas, el sentido y concepto era lo mismo que si dijera: Y tú, Señor, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo habéis de mostraros enojado? No os acordéis ya jamás de mis maldades antiguas…  Estaba yo diciendo estoy llorando con amarguísima contrición de mi corazón, cuando he aquí que de la casa inmediata oigo una voz como de un niño o niña, que cantaba y repetía muchas veces: Toma y lee, toma y lee… Yo, pues, a toda prisa volví al lugar donde estaba sentado, porque allí había dejado el libro del Apóstol, cuando me levanté de aquel sitio. Agarré el libro, le abrí, y leí para mí aquel capítulo que primero se presentó a mis ojos, y eran estas palabras: «No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo. No quise leer más adelante, ni tampoco era menester, porque luego que acabé de leer esta sentencia, como si se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima se disiparon enteramente todas las tinieblas de mis dudas»[2].

Revisando su rebelión y luchas por descubrir no solo el significado en la vida, sino el significado de la vida, Agustín llegó a entender que «nuestros corazones no tienen descanso, y no descansan hasta que encuentran su descanso en Él».

Estudió bajo la tutela de Ambrosio, de quien aprendió la verdad filosófica de la fe. Luego de asumir los deberes pastorales como obispo de Hipona en África del Norte, Agustín se sumergió en las contiendas teológicas y filosóficas de la época. Esto era simple indulgencia intelectual para él. En cambio, como pastor, vio las consecuencias de las falsas enseñanzas y errores en las vidas diarias de aquellos bajo su cuidado. Por ejemplo, en un equivocado esfuerzo por crear una iglesia en la tierra completamente pura, un grupo llamado los «donatistas» enseñaban que cualquier ordenación de un ministro, o cualquier administración del bautismo o de la Cena del Señor que no era realizada por un obispo indisputablemente puro y genuino era inválida.

Esto hizo que la legitimidad de la ordenación y los sacramentos dependiera del hombre y no de Dios. Y provocó muchas crisis graves de la fe para los cristianos devotos atemorizados de que su bautismo no fuera válido porque no podían estar completamente seguros de la virtud del ministro que los bautizó. En contra del donatismo, Agustín enseñó que era el Señor Dios quien creó y controla la ordenación y los sacramentos, y que eran válidos de haberse realizado de acuerdo a lo prescrito por Dios, en su nombre y por creyentes genuinos.

La  disputa más impetuosa y famosa fue en contra del pelagianismo. El monje británico Pelagio, cuyos seguidores difundían sus enseñanzas por toda África del Norte, negaba el pecado original y enseñaba que los humanos nacen básicamente buenos, y que si se esfuerzan lo suficiente pueden alcanzar la perfección. Además, enseñaba que dado que no somos pecadores verdaderos, no necesitamos un Salvador verdadero, y que Cristo no murió como el perfecto sustituto en nuestro lugar, sino que simplemente estableció un buen ejemplo moral que deberíamos seguir. [Aunque esta herejía es antigua, todavía persiste en la actualidad. Ejemplos modernos de errores doctrinales pelagianos podrían incluir algunas de las variedades del protestantismo liberal, las enseñanzas de «salud y prosperidad», el mormonismo, la ciencia cristiana, etc.]. En respuesta a la herejía pelagiana, Agustín primero se apoyó en las Escrituras, y segundo en su propia experiencia como miserable pecador en rebelión contra Dios, hecho salvo solo por gracia. Afirmó que los seres humanos no solo nacen siendo pecaminosos como hijos o hijas de Adán, sino que escogemos invariablemente pecar, y por medio de nuestros esfuerzos no podemos hacer nada para salvarnos. Antes bien, solo por medio de la misericordiosa iniciativa de Dios en darnos el don de la fe en Cristo podemos arrepentirnos de nuestros pecados y confiar en Cristo para nuestra salvación.

La mayor obra de arte de Agustín es La ciudad de Dios. Escribiendo en las secuelas inmediatas de la invasión de Roma por las hordas barbáricas (410 d. C.), respondió a las criticas paganas que culpaban al cristianismo de la caída de Roma y a cristianos como Jerónimo, cuya fe había sido sacudida por el fallecimiento de su amada ciudad. Agustín dejó en claro que los cristianos moran en dos ciudades: la ciudad del hombre, que es nuestra residencia temporal en la tierra y que se basa en el amor del yo, y la ciudad de Dios, que es nuestro hogar eterno, y que se basa en el amor de Dios. En esta vida habitamos ambas ciudades, y debemos ser buenos ciudadanos de ambas, pero nunca debemos confundirlas, cosa que habían hecho algunos cristianos que identificaban a Roma como la ciudad perfecta. Después de todo, el reino de Dios no está sujeto a ningún reino terrenal, y así como los cristianos no podían alcanzar su propia salvación, tampoco podían crear un paraíso eterno en la tierra, porque su, y nuestro, hogar final está en el cielo.

  1. Cuatro preguntas y cuatro concilios

Una forma en que la Iglesia afirmó su fe desde sus inicios fue a través de los credos. Como vimos la semana pasada, los primeros cristianos recitaban credos sencillos antes de ser bautizados para afirmar su fe común y protegerse del error. El más antiguo y eminente es el Credo de los Apóstoles, una versión de la cual encontramos ya en el año 110 d. C. de la pluma de Ignacio de Antioquía.

Sin embargo, luego surgieron otros desafíos, y la Iglesia celebró cuatro concilios durante los siglos IV y V, para resolver asuntos teológicos apremiantes así como también disputas políticas litigiosas. Podemos resumir cada concilio como un esfuerzo a cada una de las siguientes cuatro preguntas, todas centradas en la naturaleza de Jesucristo. Primero, ¿es Cristo divino? Segundo, ¿es Cristo humano? Tercero, si es ambas cosas, ¿cómo se combinan dichos elementos? Y cuarto, ¿qué lenguaje o términos usamos para describirlo?

A. Concilio de Nicea (325 d. C.).

El Concilio de Nicea del año 325 d. C. abordó esa primera pregunta. La controversia empezó cerca del año 318 d. C., cuando la ciudad de Alejandría estalló en disputas. Uno de los ancianos, Arrio, bajo la influencia de  Platón, deseando mantener la supremacía absoluta de Dios el Padre, planteó que Jesús había sido creado, que no existía eternamente y que, por tanto, no podía ser divino como el Padre. El obispo de la ciudad, Alejandro, y su archidiácono Atanasio se opusieron fervientemente a esta falsa enseñanza y defendieron la Trinidad y la Encarnación de un grave error. En el año 321 d. C., un sínodo llamado en Alejandría destituyó a Arrio y condenó su doctrina, pero esto solo empeoró el problema en lugar de terminarlo. Orador fascinante y personalidad carismática, Arrio logró de su lado ganar a varios de los miembros principales de la Iglesia, y la situación empeoró constantemente. Después de escribir a los contendientes en un esfuerzo por sofocar esta «tontería teológica», Constantino finalmente se dio cuenta de la enormidad del problema y ejerció su autoridad como jefe de la Iglesia convocando un concilio de todo el imperio en Nicea, en el noroeste de Asia Menor, para decidir el asunto. El mismo Constantino simpatizaba con el arrianismo y estaba más preocupado por preservar la unidad cultural y política que la ortodoxia teológica. Alejandro y Atanasio defendieron vigorosamente y persuasivamente a Dios el Hijo por ser de la misma «sustancia» que Dios el Padre, y lograron persuadir a casi todo el concilio junto con el emperador. Arrio mismo fue depuesto y excomulgado, y el concilio adoptó un credo que se presenta hoy como una declaración ortodoxa de la creencia cristiana.

Atanasio fundamentó su defensa de la ortodoxia en tres áreas. Primero, la verdad de la Escritura, muchos pasajes de los cuales enseñaban la completa divinidad de Cristo. Segundo, la lógica de la salvación, por la cual Cristo para expiar nuestros pecados y mediar entre Dios y el hombre, debía ser totalmente divino. Tercero, la experiencia y apoyo de muchos cristianos comunes. Creyentes ordinarios habían sido bautizados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y habían orado a Cristo durante años. Muchos de ellos apoyaron a Atanasio, porque estas nuevas enseñanzas de Arrio les parecieron confusas y erradas. Aquí, nuevamente, vemos un ejemplo del congregacionalismo, ya que los  laicos se resistieron a la herejía patrocinada por sus líderes. Elogiando a Atanasio, C. S. Lewis hizo una observación mordaz:

«Él defendió la doctrina de la Trinidad, ‘completa e inmaculada’, cuando parecía que todo el mundo civilizado pasaba del cristianismo a la religión de Arrio, a una de esas religiones sintéticas ‘sensibles’… que, entonces como ahora, incluyen entre sus devotos a muchos clérigos altamente cultos»[3].

Como destacó un erudito cristiano: «El llamado de Arrio a lo que él considera la lógica del monoteísmo ilustra una tendencia recurrente a lo largo de toda la historia cristiana de someter los hechos de la revelación divina a las concepciones actuales de ‘lo razonable’»[4]. [El arrianismo persiste en diversas formas inclusa hoy día: los testigos de Jehová, por ejemplo, se apegan a esta falsa enseñanza]. Debemos recordar siempre que nuestra fe está cimentada finalmente en la revelación de Dios en la persona de Cristo y en la Palabra de la Biblia, no en lo que nos pueda parecer «razonable» en un momento dado. Casi toda creencia cristiana ha sido denunciada como «irrazonable» en diferentes momentos y lugares de la historia, ya sea la divinidad de Cristo, la Trinidad, la inspiración de la Biblia, la divina creación del mundo, la igualdad de todos los seres humanos, o los que hoy en día son temas bastante impopulares e «irrazonables», incluida la existencia del infierno, la exclusividad de Cristo para la salvación, la omnisciencia y la soberanía de Dios, la moralidad sexual bíblica…

B. Concilio de Constantinopla (381 d. C.)

Después de la muerte de Constantino, el consenso de Nicea comenzó a desmoronarse. Es posible que Nicea haya afirmado a Cristo como completamente Dios, pero pronto nuevos grupos de teólogos herejes comenzaron a hacer nuevas trastadas. Una camarilla, dirigida por Apolinar y conocida (como podrás adivinar) como los apolinares,  negaban que Cristo tuviera alma humana, planteando así la segunda gran pregunta de la humanidad de Cristo. Mientras tanto, otro grupo conocido como los «pneumatomaquianos» o luchadores contra el Espíritu, negaron la absoluta divinidad del Espíritu Santo. Además de sus herejías, su ridículo nombre también limitaba su capacidad de atraer más seguidores, es probable que las personas no quisieran unirse a un grupo cuyo nombre no podían pronunciar. Sin embargo, en el año 318 d. C., el Concilio de Constantinopla rechazó ambas herejías y afirmó la divinidad total de todas las tres personas de la Trinidad así como también la completa humanidad de Cristo. Este concilio también modificó levemente el Credo de Nicea para darnos la versión que aún confesamos actualmente. Como destacó un erudito cristiano: «El punto de inflexión en la historia cristiana representado por el Credo de Nicea fue la elección crítica de la Iglesia por la sabiduría de Dios en lugar de la sabiduría humana»[5]. Y la sabiduría humana, como leemos en 1 Corintios, realmente no es sabiduría en absoluto, sino simplemente «locura para Dios».

Constantinopla también marcó la muerte final del arrianismo. Aunque había sido formalmente rechazado en Nicea, el arrianismo no había sido completamente expulsado de la Iglesia. Atanasio, por ejemplo, se encontró exiliado no menos de cinco veces después de Nicea, ya que la oficina imperial cambiaba de cristiana a no cristiana, a arriana y de regreso a cristiana. Muchos teólogos arrianos fueron reelegidos a sus puestos, algunos de ellos incluso se convirtieron en los principales consejeros de Constantino. De cierta forma, la disputa arriana también abordó la relación de Iglesia y Estado. Los emperadores arrianos y sus seguidores usualmente favorecían el control directo del gobierno sobre la Iglesia. Así como Dios gobierna sobre el Hijo, ellos razonaron, así también el Imperio debería gobernar sobre la Iglesia. Los cristianos ortodoxos tendieron a rechazar este modelo como rechazaron el arrianismo. La Iglesia necesitaba tener cierta autonomía, particularmente en asuntos espirituales, Ambrosio, obispo de Milán, a quien estudiamos anteriormente, dio una poderosa ilustración de esto cuando rechazó la comunión con el emperador Teodosio, hasta que Teodosio confesó y se arrepintió de un pecado específico.

C. Concilio de Éfeso (431 d. C.); o un relato de dos ciudades

Una vez establecidas la completa divinidad y la completa humanidad de Jesús, muchos creyeron que la paz duradera finalmente podría llegar a la Iglesia. Esto demostró ser una esperanza vacía. Si Jesús era Dios y hombre a la vez, surgió nuestra tercera pregunta: ¿Cómo se relacionan estos dos elementos entre sí? Esta pregunta resultó especialmente desconcertante en la Iglesia oriental, porque Occidente estaba más enfocado en rechazar las invasiones barbáricas, y no compartía la predilección de Oriente por las especulaciones filosóficas oscuras. Las preguntas, aunque técnicas, eran de vital importancia. Dos escuelas de pensamiento surgieron en Oriente, centradas en dos ciudades diferentes, y divididas tanto por desacuerdos intelectuales como por rivalidades políticas. El primer grupo, establecido en Antioquía, enfatizaba la naturaleza humana de Jesús, y sostenía que sus dos naturalezas eran distintas y estaban libremente conectadas dentro de la persona Cristo. El otro grupo, situado en Alejandría, hacía hincapié en la divinidad de Jesús a tal punto que reducía su naturaleza humana.

En el año 428 d. C., un hombre llamado Nestorio se convirtió en obispo de Constantinopla. Criado bajo la enseñanza de Antioquía, alegó además que ninguna de las dos naturalezas de Cristo compartía propiedades de la otra. No podía creer que lo divino había nacido o había sido crucificado, criticando la idea de que el Dios eterno solo podía tener tres días de vida, y llegando a  decir en cierto momento: «Dios no es un bebé».  Cirilo, obispo de Alejandría, acusó a Nestorio de hereje y se produjo un amargo intercambio de cartas. Cirilo quería mantener una estricta unidad de la naturaleza de Cristo, en lugar de crear una dualidad como la que Nestorio tenía. Escribió que si Nestorio estuviera en lo correcto y las dos naturalezas de Cristo estuviesen estrictamente separadas, entonces era solo la naturaleza humana la que había sufrido y muerto, y que la simple humanidad nunca podría lograr la redención.

El emperador en el año 431 d. C., convocó a los obispos del imperio a una asamblea en Éfeso para decidir este tema. Cirilo y sus partidarios de Alejandría llegaron primero a la ciudad, y convocaron el concilio antes de que los partidarios de Nestorio llegaran, y rápidamente excomulgaron a Nestorio. Un buen giro merece otro, así que cuando Juan, obispo de Antioquía, llegó con los partidarios de Nestorio, convocaron su propio concilio al otro lado de la ciudad, se declararon el verdadero concilio y excomulgaron a Cirilo. En respuesta, el concilio de Cirilo emitió otra ronda de excomulgaciones, esta vez en contra del obispo Juan y los antioquenos. Harto de esta lucha de poderes, el emperador Teodosio II intervino. Hizo que tanto Cirilo como Juan fueran encarcelados y declaró nulas las diversas excomulgaciones. Teológicamente, el emperador se puso del lado de los alejandrinos. Desterró a Nestorio al exilio en un monasterio, y buscó que el Concilio de Éfeso afirmara el intercambio dinámico de los dos elementos en la persona de Cristo.

D. Concilio de Calcedonia (451 d. C.)

La resolución desordenada en Éfeso en realidad no fue una resolución en absoluto. Aunque Éfeso afirmó las dos naturalezas de Cristo, aún prevalecía la difícil pregunta de cómo describir la relación de ambas naturalezas. Solo unos pocos años después, la controversia surgió nuevamente. En el año 446 d. C., un monje en Constantinopla llamado Eutiquio comenzó a argumentar que antes de la encarnación, Cristo tenía dos naturalezas, estas dos uniones estaban completamente combinadas, la naturaleza humana se disolvía en lo divino, al igual que una gota de vino se disuelve en el mar. Por tanto, la naturaleza de Jesús no era perfectamente divina ni perfectamente humana. El emperador Teodosio aprendió de esta última controversia en Oriente, y convocó un concilio el año 449 d. C. para resolver el debate. Dióscoro I, obispo de Alejandría que apoyaba a Eutiquio, pagó al emperador grandes sumas de oro y manipuló astutamente a sus partidarios para garantizarles que sus ideas prevalecerían en el concilio. Ni siquiera escucharon la carta enviada por Leo, obispo de Roma en Occidente, defendiendo la idea ortodoxa de las dos naturalezas de Cristo. En cambio, el corrupto Dióscoro declaró que el punto de vista ortodoxo era «herético» y desterró a todo el que lo mantuviera del liderazgo de la Iglesia. Un enfurecido obispo Leo rechazó este consejo como un «sínodo de ladrones». El caos, la división y la herejía amenazaron seriamente a la Iglesia.

En uno de esos bizarros, pero providenciales giros de la historia, un torpe caballo ayudó a solucionar el debate. Al año siguiente, el caballo que el emperador Teodosio cabalgaba tropezó, y el emperador cayó y se rompió el cuello. El nuevo emperador que sucedió a Teodosio afirmó la perspectiva ortodoxa de Cristo, e inmediatamente convocó un nuevo concilio en Calcedonia, en el río de Constantinopla, en el año 451 d. C. Esta vez, la posición de Leo fue aceptada. Describió sus ideas en el Tomo de Leo, que declaraba a Cristo como una sola persona, «perfecto en deidad y perfecto en hombría, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre… en dos naturalezas, inconfundiblemente, inmutablemente, indivisiblemente e inseparablemente». Además, Leo conectó esta doctrina con la obra salvífica de Cristo. Cristo vino «para que la muerte pueda ser conquistada y para que el diablo, que una vez ejerció la soberanía de la muerte; pueda ser destruido por su poder, ya que no podríamos vencer al autor del pecado y de la muerte a menos que aquel a quien el pecado no pudo manchar, ni la muerte pudo detener, tome nuestra naturaleza y la haga suya»[6].

Calcedonia afirmó una cristología ortodoxa, pero fue casi igual de importante por lo que no dijo. Calcedonia derribó las barreras que guardaban la doctrina ortodoxa de Cristo como una persona que es completamente Dios y completamente hombre, pero resistió la tentación de definir con precisión lo que no se puede definir con precisión. El apóstol Pablo varias veces describe el evangelio como un «misterio» y en su núcleo está el misterio de cómo Dios se hizo hombre. Una de las razones por las que muchas de estas primeras figuras de la Iglesia se equivocaron fue que intentaron ir más allá de lo que la Escritura ha revelado en cómo podemos describir a Cristo. El Señor usó el Concilio en Calcedonia para rechazar estos diversos errores, para afirmar una perspectiva bíblica de Cristo y para establecer barreras que nos impidan especular más allá de esa visión bíblica.

Sin embargo, Calcedonia reveló una creciente división en la Iglesia. Así como Oriente aceptó la teología de Calcedonia, Oriente también resintió la de Occidente, particularmente la afirmación de Roma de la autoridad suprema en Calcedonia. Aunque la división oficial entre Oriente y Occidente no sucedería dentro de otros 600 años, la división efectiva ya había comenzado.

  1. Conclusión

En nuestra segunda clase vimos cómo la Iglesia sobrevivió a la persecución, y preguntamos si podría sobrevivir a la aceptación. La aceptación trajo una nueva serie de desafíos, pero también trajo nuevas oportunidades. Así como la fe continuó creciendo, la Iglesia también clarificó lo que creía y lo que no creía. Estas no fueron simples disputas teológicas misteriosas, ya que en muchos de estos casos, las interrogantes acerca de la naturaleza de Cristo incidían directamente en asuntos de la Trinidad y la salvación. Nuevamente, aquí vemos al Señor preservando fielmente a su Iglesia, en medio de toda clase de desafíos y de toda clase de errores. Además, también vemos la suprema importancia de la Biblia, la suprema autoridad que gobierna a la Iglesia y nuestras vidas, la Palabra de Dios para su pueblo entonces y ahora.

 

[1] Downey, Eerdman’s Handbook to the History of Christianity, pág.139.

[2] Augustine, Confessions (Penguin edition), 177-178.

[3] Citado en Noll, 55.

[4] Mark Noll, Turning Points (Puntos de inflexión), 54.

[5] Noll, 59.

[6] Citado en Noll, 74.