Clases esenciales: Antiguo Testamento

Antiguo Testamento – Clase 7: Números

Artículo
21.03.2018

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Clase esencial
Panorama del Antiguo Testamento
Clase 7: «Las promesas del pasado prevalecerán a pesar de los problemas actuales» Números


Introducción

¡Bienvenido! Estamos a un cuarto del camino en nuestro estudio acerca del Antiguo Testamento, analizando cada libro desde una perspectiva de 15000 m para entender su mensaje y temas principales. Y siempre estamos mirando hacia el Nuevo Testamento para ver cómo el Antiguo Testamento nos enseña acerca del evangelio: las buenas noticias de Jesucristo, su Iglesia, y el Cielo venidero. De hecho, al entrar en el estudio de esta mañana de nuestro cuarto libro de la Biblia, Números, estaremos viendo cada uno de esos temas.

Oremos.

Contexto

Comencemos con el contexto. Números viene después de Éxodo, cuando el pueblo de Dios, los israelitas, sale de Egipto. Y acaban de recibir los Diez Mandamientos en el Sinaí. Pero aún no hemos llegado a la Tierra Prometida por lo que todavía estamos antes que los libros de Deuteronomio y Josué.

En Números, veremos al pueblo de Israel empacar el campamento al pie del monte Sinaí y avanzar hacia la tierra de Canaán, la tierra fértil justo al este del mar Mediterráneo. Si echas un vistazo a tu folleto, verás un mapa del viaje israelita. La ruta son solo 321 km, pero la narrativa comprenderá 40 años, porque, como veremos, el pueblo no va directamente a la tierra. En cambio, deambula por el desierto. Al dividir los capítulos geográficamente, vemos que los capítulos 1-10 tratan acerca de empacar en el Sinaí, los capítulos 11-12 del viaje a Cades donde el pueblo se revela, los capítulos 13-19 explican las peregrinaciones en el desierto, y los capítulos 20-21 describen el viaje a las llanuras de Moab. Finalmente, en los capítulos 22-36, veremos que Israel está acampando a la orilla este del río Jordán, mirando al otro lado del río, la Tierra Prometida.

Pero este libro no solo relata la búsqueda del pueblo de Dios de un lugar para vivir. Si ampliamos un poco más, recordaremos que esta historia encaja en el panorama más amplio de cómo se cumplirán las promesas de Dios a Abraham. En Génesis 12 (y en los capítulos 15 y 17), Dios hace muchas promesas a Abraham. Permíteme resaltar los cuatro puntos claves que estaremos viendo a lo largo de Números:

  1. Él promete que su pueblo tendrá un lugar. «Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre» (Gn. 13:15).
  2. Promete que los israelitas, su pueblo, la descendencia de Abraham, será numerosa, «una nación grande» (Gn. 12:2), «como el polvo de la tierra» (Gn. 13:16), «como las estrellas del cielo» (Gn. 15:5).
  3. También promete su presencia (Gn. 15:1).
  4. Por último, Dios promete que por medio de los israelitas, todas las naciones serán bendecidas. «Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!» (Gn. 12:3).

El libro de Números es crucial para comprender la historia redentora, porque es la primera vez (desde que Adán y Eva estuvieron en el huerto del Edén) que vemos la posibilidad de que estas cuatro promesas se cumplan. El pueblo de Dios intenta habitar un lugar donde puedan disfrutar de la presencia de Dios, y así ser una bendición a las naciones.

Pero, por supuesto, estas cuatro promesas no tienen éxito sino hasta Apocalipsis 21. Así que sabemos de antemano que Números, en ese sentido, es un comienzo en falso. Pero lo que es significativo es por qué estas cuatro promesas no prosperan. ¿Puede alguien responder esa pregunta en una sola palabra? [Incredulidad].

Correcto. En resumen, dos ideas temáticas se yuxtaponen en el libro de Números.

En primer lugar, los problemas actuales: la incredulidad, la rebelión y la desobediencia del pueblo.

Entonces, frente a eso, está la fidelidad de Jehová a sus antiguas promesas: su paciencia y gracia.

Y la gran pregunta que enfrentamos aquí es: «¿Qué ganará?». «¿Prevalecerán las promesas de Dios en medio de la desobediencia, la desconfianza y la incredulidad?».

La respuesta es, y una buena oración temática para el libro, sería…

Las promesas del pasado prevalecerán a pesar de los problemas actuales.

Bien, eso es lo que veremos en este libro. Pero para asegurarnos de que veamos este tiempo como algo práctico y no solo como algo académico, hablemos un poco acerca de esto: ¿Por qué tendríamos que recordar que las antiguas promesas de Dios prevalecerán a pesar de los problemas actuales? 

Volvamos a Números. Dividiremos el libro en tres partes en función de tres temas principales que sustentan la declaración resumida que acabo de darte.

  • Desde el capítulo 1 al capítulo 10 vemos que Dios prepara a su pueblo para el cumplimiento de sus promesas.
  • Desde el capítulo 11 al 16 vemos que Dios castiga a su pueblo por su gran incredulidad y falta de fe en que sus promesas se cumplan.
  • Y desde el capítulo 17 al 36 vemos la paciencia de Dios para con su pueblo. Quizá lo más importante que aprendemos es que sus promesas se cumplirán a pesar de todo lo que ha sucedido.

Entonces, primero, miremos estos capítulos iniciales y veamos cómo la preparación de Dios preserva sus promesas (1-10)

Al comienzo de estos diez primeros capítulos, el pueblo de Dios todavía se encuentra al pie del monte Sinaí, listo para levantar el campamento. El ambiente es muy optimista. ¡Esto era todo! Habían recibido las leyes, habían pactado con Jehová, él habitaba entre ellos, y ahora iban a poseer la tierra de Canaán. Estos capítulos están llenos de anticipación. Profundicemos y veamos cómo se cumplen las tres primeras promesas hechas a Abraham[1].

En primer lugar, con respecto al pueblo de Dios, vemos que la promesa de Dios de una gran nación toma forma. En el capítulo 1, leemos acerca de un censo para contar cuántos hombres podían pelear en el ejército. Como puedes ver en Números 1:46 (o 2:32), el pueblo de Dios se está convirtiendo en una gran nación con «603 550» hombres capaces de ir a la guerra[2].

En segundo lugar, vemos que la promesa de Dios de un lugar también cobra forma. Una vez que se han hecho los preparativos, vemos al pueblo de Dios en marcha.

Entre esos dos períodos de censo (capítulos 1-4) y ajuste (capítulo 10), también vemos que el pueblo de Dios se prepara para la plenitud de su presencia. Como vimos en Éxodo, el pueblo no puede acercarse a Dios a menos que esté limpio. Así, en los capítulos 5 y 6 vemos que el campamento es purificado; en el capítulo 7, el Tabernáculo es consagrado; y en el capítulo 8, versículo 5, vemos que los sacerdotes son incorporados en sus roles.

Sin embargo, los capítulos 9 y 10, también se centran en la presencia de Dios con su pueblo mientras este avanza. En el capítulo 9, vemos la presencia de Dios en forma de fuego y nube sobre el Tabernáculo. Ve conmigo Números 9:15-17:

«15 El día que el tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio; y a la tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de fuego, hasta la mañana. 16 Así era continuamente: la nube lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego. 17 Cuando se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de Israel partían; y en el lugar donde la nube paraba, allí acampaban los hijos de Israel».

Y como vemos en el capítulo 2, el campamento está diseñado para que el Tabernáculo, y la nube o columna de fuego adjunta, siempre estén en el medio. Para que el pueblo recuerde siempre que Jehová está habitando en medio de ellos justo en el centro de su campamento.

Creo que es fácil para muchos de nosotros sentir algo de celos de cuán cerca vivieron estas personas de la presencia visible de Dios. «¡Si tan solo pudiera vivir con esa nube ardiente siempre a la vista!». Pero, por supuesto, necesitamos recordar que como cristianos no vivimos en un campamento habitado por Dios; en nosotros mora su Espíritu. Tenemos su Palabra en nuestras manos. Somos mucho más afortunados que ellos.

Entonces, en resumen, ¡todo esto es emocionante! Todo se ve bien. El numeroso pueblo es obediente y tienen a Jehová guiándolos visiblemente a su tierra.

Pero luego, de repente, comenzando el capítulo 11, las cosas cambian.

El castigo de Dios preserva sus promesas (11-16)

«Queja» es la palabra que aparece casi en cada uno de los siguientes seis capítulos. Pese a la razones para ser optimistas, el pueblo de Dios se queja. En el capítulo 11:1, se quejan de sus «dificultades». En Números 11:13, se quejan de la comida. En el capítulo 12, versículo 1, María y Aarón, hermanos de Moisés, «hablan contra él». Finalmente, en el capítulo 13, llegamos a la peor transgresión, porque es aquí donde el pueblo demuestra que no confía en que Dios les dará la tierra.

En este famoso capítulo, Jehová instruye a Moisés para enviar espías a la tierra. Doces espías van. Al regresar, este fue su reporte (versículos 27-28):

«Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac».

Ese no era exactamente el reporte que Moisés esperaba. El reporte de Caleb en el versículo 30 sí lo era:

«Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos».

¡Esas son palabras de fe y confianza en el Dios de promesas!

Pero de los doce espías, solamente Caleb y Josué respondieron con fe. Los otros diez espías se quejaron de que la victoria era imposible. Y, lamentablemente, los espías no eran los únicos que no tenían fe. Escucha la respuesta del pueblo en el capítulo 14:

«1 Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos! ¿Y por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada, y que nuestras mujeres y nuestros niños sean por presa? ¿No nos sería mejor volvernos a Egipto? Y decían el uno al otro: Designemos un capitán, y volvámonos a Egipto».

Entonces, ¡es un motín! Y peor aún, ¡quieren volver a la esclavitud! Moisés y Aarón se apresuran en señalar que su rebelión es contra Jehová (14:7). No quieren ser un pueblo separado, no quieren una tierra separada, no quieren bendecir a las naciones, ¡no quieren la presencia de Dios!

Ahora bien, vale la pena hacer una pausa aquí para reflexionar sobre las raíces de su pecado, y a menudo, nuestro propio pecado. Observa la constante conexión entre su insatisfacción y su pecado. La queja revela un estado espiritual subyacente. El pueblo recibe comida sobrenatural por la que no tienen que trabajar. Han sido rescatados milagrosamente de Egipto sin tener que pelear una sola batalla. Tienen un líder fiel. Tienen la ley de Dios. Es fácil ver cuán bendecidos han sido y cuán inapropiada es su queja. ¿Pero con qué frecuencia tenemos una actitud similar? La insatisfacción pecaminosa nos dice más acerca de nuestras almas que nuestras circunstancias. Cuidado con el descontento.

Entonces, de vuelta a Números, ¿cuáles son los resultados de todo este descontento? Bueno, cuando se trata de quejas en las dificultades, Dios envía fuego para quemar el campamento (11:1); cuando se trata de comida, Dios envía una plaga (11:33); cuando María se queja, Dios envía lepra sobre su cuerpo (12:10); pero cuando se trata de una falta absoluta de fe en todas las promesas de Dios, bueno, ¡Jehová no lo tolerará! Su ira se enciende. Mira cómo protege a Moisés y pronuncia su sentencia contra el pueblo, capítulo 14:10-12. Escucha la ira de Dios por su falta de fe:

«10 Entonces toda la multitud habló de apedrearlos. Pero la gloria de Jehová se mostró en el tabernáculo de reunión a todos los hijos de Israel, 11 y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos? 12 Yo los heriré de mortandad y los destruiré, y a ti te pondré sobre gente más grande y más fuerte que ellos».

Y así, al igual que con el becerro de oro en Éxodo, Jehová está listo para destruirlos.

Un largo camino desde los diez primeros capítulos, ¿no crees? ¡Qué tragedia! Y es por su falta de fe en las promesas de Dios.

Pero aquí es donde tenemos otra oportunidad de ver el ministerio del Señor Jesucristo, ya que Moisés prefigura a Cristo por lo que hace a continuación. Moisés suplica por el pueblo (versículos 13-19), y basa su alegación en el deseo de Dios por su propia gloria y fama. Como resultado, Dios los perdona, versículo 20, y no los destruye.

No obstante, la incredulidad del pueblo es grave. Como resultado hay serios castigos para el pueblo de Dios. Mira los siguientes versículos, 21-23:

«21 Mas tan ciertamente como vivo yo, y mi gloria llena toda la tierra, 22 todos los que vieron mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz, 23 no verán la tierra de la cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá».

De acuerdo, entonces, ¿qué conexión hay entre este castigo y las promesas de Dios? A simple vista, pareciera que el castigo de Dios estuviera quebrantando sus promesas. Pero debemos recordar que Dios, en Éxodo, declaró a este pueblo que solo sería bendecido si cumplía su pacto y obedecía. De lo contrario, sería maldecido. Entonces, Dios está cumpliendo su promesa. Dios había prometido castigar su falta de fe.

Pero, ¿y las promesas abrahámicas? ¿Dónde estamos en relación con ellas?

Bueno, en relación con la promesa del pueblo de Dios, parece que el pueblo de Dios ya no lo es. Ninguno de ellos «verá la tierra de la cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá» (14:23). Sin embargo, si pasamos al versículo 31 del capítulo 14, vemos que Dios todavía va a cumplir las promesas hechas a su pueblo. El versículo 31 dice: «31 Pero a vuestros niños, de los cuales dijisteis que serían por presa, yo los introduciré, y ellos conocerán la tierra que vosotros despreciasteis». ¡Qué ironía! Y con esto aún hay esperanza.

Con esto en mente, el lugar prometido todavía sigue a la vista. Pero la tierra no sería heredada por los incrédulos. De hecho, en el versículo 25 del capítulo 14, quizá vemos el versículo más deprimente en todo Números: «Volveos mañana y salid al desierto, camino del Mar Rojo». En otras palabras: «¡Vuelvan a lugar de donde vinieron!». Así, la promesa de un lugar esperaría a otra generación por su falta de fe.

Hebreos 3 aplica esta tragedia directamente a nosotros:

«16 ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? 17 ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? 18 ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? 19 Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad».

Hebreos dice que debemos tomar la experiencia de Israel como una advertencia muy dura para nosotros.

Al igual que ellos, hemos escuchado el evangelio, pero lo hemos escuchado mucho más claramente. Puedes estar expuesto a las riquezas de la gracia, a muchas enseñanzas bíblicas, y aún así, perder el lugar de Dios. Y, por supuesto, si perder el lugar de Dios pudo haberle costado a los israelitas la Tierra Prometida; a nosotros nos costaría el cielo. Debes tener fe, y debes perseverar en la fe hasta el final. No dejes que el pecado y la incredulidad te engañen y te lleven a naufragar en la fe. No juegues con fuego; todavía no estás en el cielo; ¡persevera en la fe!

Eso es todo acerca del lugar. Pero en tercer lugar, vale la pena destacar que la presencia de Dios todavía está con ellos. Dios no los ha abandonado. Él continúa hablando a Moisés en el capítulo 15, y en el capítulo 16, versículos 41-42, a pesar de las continuas quejas, Dios se revela en gloria en una nube.

En esta sección, vemos poca interacción con otros pueblos, aunque es notable que debido a la naturaleza del pecado de los israelitas, la posibilidad de ser una bendición para las naciones queda bastante reducida.

¿Preguntas?

Muy bien, pasemos a nuestra última sección. Hasta ahora hemos visto cómo Dios prepara al pueblo para el cumplimiento de sus promesas en los capítulos 1-10. Luego, en los capítulos 11-16, vimos que el pueblo desconfía y, por tanto, cómo es castigado de acuerdo con las promesas de Dios. Sin embargo, en los capítulos finales vemos la paciencia de Dios con su pueblo a fin de que sus promesas puedan prevalecer.

La paciencia de Dios preserva sus promesas (17-36)

Puede que hayamos pensado que el castigo y la justicia de Dios habrían sido suficientes para dominar la rebelión y la insatisfacción en el campamento israelita. No obstante, al comenzar esta nueva sección rápidamente es evidente que el pueblo continúa en su pecado e incredulidad. En el capítulo 17, el pueblo tergiversa lo que Dios dice. En el versículo 13, el pueblo grita: «¡Cualquiera que se acercare, el que viniere al tabernáculo de Jehová, morirá!», lo cual claramente no es verdad.

Más adelante, en el capítulo 20, descubrimos que ni siquiera Moisés es inmune a deshonrar pecaminosamente al Señor, ya que en un arrebato de ira, golpea una roca en lugar de hablarle como Dios le había ordenado (versículos 8-12). Y así, Moisés recibe el mismo castigo que esta generación de Israelitas.

En Números 21, volvemos al centro de su descontento. Empecemos leyendo el versículo 4:

«Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano».

Allí están otra vez quejándose contra Jehová y su líder designado, Moisés. Y como siempre, este pecado es castigado. Así que en el versículo 6, Dios envía serpientes venenosas al campamento.

¿Qué sucede después? El pueblo se arrepiente y busca un intercesor —Moisés—, para que acuda al Señor y pida misericordia.

¿Puedes ver el patrón aquí que aparece a lo largo de todo el libro de Números? El pueblo peca; Dios muestra su justa ira; se necesita un mediador; se necesita la paciencia de Dios.

Bueno, ¿cómo mostrará este ejemplo la paciencia de Dios? Veamos los versículos 8-9, Jehová dice a Moisés:

«Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía».

Ahora bien, claramente lo que sucede en Números 21 es un milagro. Jehová en su infinita paciencia sana sobrenaturalmente al pueblo. Pero mira por qué lo hace. «Mirar» a la serpiente es el acto de obediencia que proviene de la fe en lo que Dios ha provisto. Es decir, si Dios ha dado esta serpiente de bronce como medio de sanidad, simplemente mirarla, como se les dice, es un acto de confiar en la provisión de Dios para la sanidad y el perdón de pecados.

De la misma forma, somos llamados nuevamente a confiar en la provisión de Dios para salvación. La cruz de Jesucristo fue idea de Dios. Fue el diseño de Dios. Nos fue dada como la única manera de ser salvos de nuestros pecados: la incredulidad, la desconfianza y la desobediencia de las que somos culpables todo el tiempo. Si buscas algún otro medio de salvación, no funcionará. Solo la fe en lo que Dios ha provisto, la muerte de su Hijo por tus pecados, será suficiente para rescatarte del infierno. Y de esa manera, Cristo es un gran Salvador, el camino de salvación que Dios ha provisto para todos los que quieran creer.

Solo escucha lo que Jesús dice en Juan 3:14-15, los versículos antes de uno de los versículos más famosos en toda la Biblia: «14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna».

Así, las promesas del Señor continúan prevaleciendo en medio de los problemas actuales. De hecho, a partir de este momento en adelante, vemos la increíble paciencia de Dios con su pueblo, la cual permite que se cumplan sus antiguas promesas hechas a Abraham. Veamos nuevamente esas cuatro promesas claves y rastreémoslas en los 15 capítulos restantes.

En relación con el pueblo, vemos que la paciencia de Dios permite que el pueblo de Dios prospere y crezca en tamaño. Por el extraño relato de Balaam en los capítulos 22-24. Al pueblo de Dios se le promete bendiciones futuras, incluso en un contexto de horrorosa idolatría e inmoralidad en Moab, en el capítulo 25. De hecho, cuando llegamos al capítulo 26, vemos que el pueblo de Dios, a pesar de las plagas, los incendios y la guerra, todavía es considerado una nación. Este segundo censo revela (versículo 51) que hay «601 730» hombres, que es casi exactamente el mismo número que teníamos en Números 1.

En segundo lugar, vemos que la paciencia con su pueblo hace que se alcance el lugar de Dios. En el capítulo 27, descubrimos que Josué conducirá al pueblo de Dios a la tierra. En efecto, en el capítulo 32, las primeras tribus se establecen justo al este de la Tierra Prometida. Más adelante, en el capítulo 34, Dios le da al pueblo instrucciones para asignar la tierra a los clanes israelitas. En el capítulo final, capítulo 36, vemos cómo se hacen provisiones especiales acerca de cómo la tierra permanecerá con cada tribu. Las antiguas promesas de Dios están llegando.

Con respecto a la presencia, ¡Dios todavía está con ellos! En el capítulo 29, descubrimos que habrá una fiesta de trompetas, donde (versículo 1) los israelitas recordarán la presencia de Dios con todo un día de trompeta.

Pero, ¿y la promesa de Dios de bendecir a las naciones? Si algo vemos, es al pueblo de Dios siendo una maldición para las naciones. Después de todo, en el capítulo 21, los cananeos y los amorreos son destruidos por el pueblo de Dios, en los capítulos 22-24, los moabitas pierden sus posesiones ante el pueblo de Dios, y en el capítulo 31, se hacen venganzas contra los madianitas.

Sin embargo, debemos volvernos nuevamente al pacto abrahámico, Génesis 12:3 dice: «Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra».

Balaam, en Números 24:9, expresa casi exactamente lo mismo cuando dice a los israelitas: «Benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren». Bienaventurados los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren».

La implicación es que las naciones que traten a Israel generosamente, que no rechacen a su pueblo y su Palabra, serán bendecidas.

Conclusión

Bueno, entonces, hemos llegado al final del libro y es hora de concluir. El mensaje de Números es este: Dios prepara a su pueblo para el cumplimiento de sus promesas, pero el pueblo es castigado porque no cree en sus promesas. Sin embargo, la paciencia de Dios ve que sus promesas prevalecerán y se cumplirán.

Como pueblo de Dios, actualmente enfrentamos problemas similares. A veces nos sentimos tentados a cuestionar si las promesas de Dios se harán realidad. Tal vez nos preguntemos si Dios nos usará en la construcción de su pueblo, la Iglesia. Cuestionamos la realidad del cielo dadas todas las dificultades que la tierra tiene para ofrecer. Olvidamos que Dios está con nosotros. Por tanto, al igual que Hebreos nos dice, debemos recordar a este pueblo como un ejemplo, un ejemplo de lo que no debemos hacer, para que podamos confiar en nuestro Dios. Porque tal como vemos en Números, sus promesas siempre prevalecerán.

Oremos.

 

[1] Podrías señalar que cuando el suegro de Moisés (un madianita) se une a ellos, están empezando a ser una bendición a las naciones, promesa #4.

[2] No solo eso, sino que en el censo de los sacerdotes, en los capítulos 3-4, vemos que hay «8550 sacerdotes» (4:48).