Evangelización

Esencial e indispensable: las mujeres y la misión de la iglesia

Artículo
22.12.2020

La contribución de las mujeres a la misión de la iglesia no solo es «importante», «vital» o «crucial». Las mujeres son «esenciales e indispensables» para la misión y el ministerio de la iglesia. Así lo señala la conferencista y escritora Jen Wilkin de The Village Church en Flower Mound, Texas.

No conozco a nadie que niegue esto. Pero cuando la escuché decirlo, me impactó. ¿Por qué no lo he escuchado expresado de esa manera? ¿Por qué no lo he dicho? Con el énfasis complementarianista en los ancianos, ¿hemos fallado en reconocer el papel esencial e indispensable que tanto hombres como mujeres desempeñan en cumplir la Gran Comisión a través de nuestras congregaciones?

No estoy de acuerdo con todo lo que Wilkin dice acerca de las mujeres y la iglesia, pero aquí está en lo cierto. La Biblia nos lo dice. No trata el trabajo de las mujeres —nuevamente en palabras de Wilkin—, como «bueno, pero no necesario». En cambio, la Biblia dice que las mujeres son esenciales e indispensables para cumplir el Mandato Cultural de multiplicarse y llenar la tierra, de sojuzgar y gobernar. Y dice que son esenciales e indispensables para cumplir el llamado de la Gran Comisión a hacer discípulos.

EL MINISTERIO ESENCIAL E INDISPENSABLE DE LAS MUJERES EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Bajo el Antiguo Pacto, el ministerio de las mujeres, con riesgo de caer en un anacronismo, estaba vinculado a la maternidad en general, así como a proteger específicamente la simiente de Abraham [1]. Dios bendijo los vientres estériles de Sara y Rebeca, así como los vientres de las mujeres hebreas esclavizadas en Egipto, quienes literalmente dieron a luz a un pueblo. Frente a ataques satánicos, Dios preservó una y otra vez el linaje ungido de Cristo a través de madres como Tamar, Rut y Betsabé, pero también en otras formas, como con Débora y Ester.

El erudito bíblico Stephen Dempster resume este tema del Antiguo Testamento como «la mujer contra la bestia».

Eva contra la serpiente; Sara y Rebeca contra la infertilidad; Tama contra Judá; Jocabed y Miriam contra el Faraón; Débora y Jael contra Sísara; Rut y Noemí contra la muerte; Ana contra la infertilidad; Jehoseba contra Atalía. En todos estos ejemplos de luchas, estas mujeres participan en la batalla para salvar al pueblo de Dios. La victoria de Ester sobre Amán continúa dramáticamente este tema [2].

EL MINISTERIO ESENCIAL E INDISPENSABLE DE LAS MUJERES EN EL NUEVO TESTAMENTO

La maternidad y la guerra en contra de la bestia sigue siendo un tema crucial al pasar al Nuevo Testamento, comenzando con la historia de María y el intento de la serpiente por destruir, de la mano de Herodes, a la única simiente a la cual apunta todo el Antiguo Testamento.

La maternidad también sigue siendo relevante para el trabajo de las iglesias. Pablo anima a las mujeres a ocuparse de su salvación engendrando hijos (1 Ti. 2:15), a las viudas más jóvenes a casarse (1 Ti. 5:14), y a las ancianas a enseñar a las mujeres a amar a sus esposos e hijos (Tito 2:3-5). También les pide a sus lectores que piensen en la honra que damos a nuestras madres como el modelo de cómo debemos tratar a las ancianas (1 Ti. 2). Y como muchos hijos conocen de la fe a través de sus madres y abuelas, como lo hizo Timoteo (2 Ti. 1:5).

Pero el Nuevo Pacto también da nuevas dimensiones al «ministerio de las mujeres».

Discípulas

Para empezar, el Nuevo Testamento trata a todas las mujeres cristianas como «discípulas». Los discípulos personifican la enseñanza de su maestro y le siguen. En el antiguo Cercano Oriente, las mujeres no habrían sido bienvenidas como discípulas en la comunidad de un rabí o de algún gran maestro. El historiador judío Josefo las creía inferiores. El filósofo judío Filón se refería a las mujeres y a los rasgos femeninos como ejemplos de debilidad. Decía que debían quedarse en casa en reclusión. Los hombres judíos usaban la Tosefta para orar y agradecer a Dios por no ser mujeres [3].

Es en contra de este trasfondo que Jesús invitó a María para que «sentándose a los pies de Jesús, [oyera] su palabra», incluso como Saulo fue «instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres» (Lucas 10:39; Hechos 22:3). Él le dijo a Marta, que estaba «[preocupada] con muchos quehaceres» que María había escogido la «mejor parte» (vv. 40, 42).

¿Nos atrevemos hoy a ofrecer un camino diferente a las mujeres del que Jesús ofreció? ¿Nos atrevemos a impedir que las mujeres escojan la buena parte de aprender todas las doctrinas, principios y mandatos necesarios para conocerlo y seguirle?

Jesús escogió especialmente a doce discípulos varones. Pero también enseñó a un grupo más grande a ser discípulos (Mt. 8:21; 10:24-25, 42; 27; 57), que incluía a mujeres. Él viajó y predicó con los doce y «algunas mujeres», incluyendo María Magdalena, Juana, Susana y «otras muchas que les servían de sus bienes» (Lc. 8:2-3).

Esas mujeres incluso terminaron siendo más fieles que los doce. Los hombres abandonaron a Jesús después de su arresto. Pero las mujeres lo siguieron a la crucifixión (Mt. 27:55-56; Mr. 15:40; Lc. 23:49; Jn. 19:25-27); acompañaron a José de Arimatea en su entierro (Mt. 27:57-61; Mr. 15:45-47; Lc. 23:50-55); y fueron las primeras en visitar la tumba (Mt. 28:1; Mr. 16:1; Lc. 24:1; Jn. 20:1). En oposición a los estándares del antiguo Cercano Oriente para testigos confiables, la Biblia las presenta como las primeras en testificar la resurrección (Mt. 28:7-10; Lc. 24:8-12; Jn. 20:2) [4].

En la actualidad, ¿con qué frecuencia las mujeres son las trabajadoras más fieles en nuestras iglesias, ¿A quién creemos que el Padre celestial toma en cuenta como «primero» en el Reino de los cielos? Las galerías de arte europeas están llenas de cuadros de los grandes hombres de la cristiandad, pero las galerías de arte en el cielo podrían verse un poco diferente.

Profetizas y testigos

Después de la ascensión de Jesús, el Nuevo Testamento registra la llenura del Espíritu en hombres y mujeres por igual, justo como había prometido el Joel, una nueva era escatológica llegaría, Dios dijo: «derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán» y «todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Hch. 2:17, 21). A través de la narrativa de Hechos, Lucas continúa resaltando la obra de Dios entre las mujeres: María, la madre de Jesús; Tabita o Dorcas; María, la madre de Juan Marcos; Rode, la sirvienta; Lidia de Tiatira; Damaris la areopagita; Priscila y las cuatro profetizas en Hechos 21:9.

No es necesario preocuparnos aquí por establecer si el don de profecía continúa o no hoy. El punto es simplemente que el Nuevo Pacto promete un derramamiento equitativo del Espíritu de Dios entre hombres y mujeres por igual a los fines de testificar y hacer discípulos. Recuerda la manera como Lucas inició el libro, con la promesa de Jesús: «pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8).

Sacerdotisas

Relacionado con el don del Espíritu está el hecho de que toda mujer creyente ahora ha recibido el ministerio del sacerdocio del Nuevo Testamento (1 P. 2:9; Ap. 1:6; 5:10). En ninguna parte el Nuevo Testamento señala deliberadamente a las mujeres respecto a los hombres en esta tarea. Sin embargo, el oficio y el trabajo se les da a todos los creyentes.

Tanto las mujeres como los hombres deben asumir el trabajo de luchar contra las incursiones satánicas y mantener la línea clara entre la Iglesia y el mundo, Cristo y Belial, lo santo y lo pecaminoso (2 Co. 6:14-17:1). Ambos deben «contender ardientemente por la fe» contra los falsos maestros (Judas 3). Ambos, por su parte, deben proteger y enseñar la Palabra de Dios a la próxima generación (cf. Hch. 18:26; Tit. 2:3-5).

Si eres un congregacionalista como yo, por tanto, afirmas que las mujeres, junto con los hombres, ejercen la máxima autoridad terrenal en la iglesia. Juntos, como discípulos y sacerdotes, deben tomar decisiones concernientes al qué y el quién del evangelio (cf. Mt. 18:17; 1 Co. 5; 2 Co. 2:6; Gá. 6:1–9). Llenas del Espíritu y el conocimiento de Dios (cf. Jer. 31:33-34), las mujeres deciden y declaran formalmente junto con los hombres: «¿Es esta una confesión verdadera? ¿Es este un confesor verdadero?».

La clase de autoridad que poseen los hombres y las mujeres en conjunto es la autoridad para hacer de una iglesia una iglesia. Lo cual significa que la autoridad que detentan las mujeres y los hombres es más esencial e indispensable para la existencia de la iglesia que la autoridad pastoral. Las iglesias pueden existir (aunque de forma más débil) sin ancianos (cf. Hch. 14:23 y Tit. 1:5). Las iglesias no pueden existir sin los hombres y las mujeres que se reúnen en el nombre de Jesús (Mt. 18:20), registran su «acuerdo» oficial en base al evangelio (v. 19) y, por tanto, ejercen las llaves del Reino de los cielos (v. 18).

Colaboradoras

Ve el ministerio de Pablo, él considera a Priscila su «colaboradora» (Ro. 16:3). En todo Romanos 16, Pablo enumera el doble de hombres (19) que mujeres (10), pero encomia al doble de mujeres que hombres [5]. Encomia a tres hombres por trabajar por el evangelio (Urbano, Aquila y Adrónico, los dos últimos acompañados de mujeres); pero también encomia a siete de las diez mujeres por tal obra evangelística (Febe, Priscila, Julia, María, Trifena y Trifosa y Persis). Trifena, Trifosa y Persis «trabajan en el Señor». María «ha trabajado mucho entre vosotros»[6]. Priscila arriesgó su vida por Pablo, junto con su esposo. Julia se unió a él en prisión junto con su esposo. Y Febe actuó como un modelo para él y otros, y probablemente viajó cientos de kilómetros peligrosos para entregar su carta a los romanos. Pablo limitó el oficio de los ancianos a los hombres (1 Ti. 2:12), pero seguramente sabía lo esencial e indispensable que eran las mujeres para su ministerio específicamente y para la Gran Comisión en general.

RELATIVIZANDO LA MATERNIDAD (Y LA PATERNIDAD)

Sin embargo, al elaborar una descripción de trabajo de la mujer del nuevo pacto, observa lo que sucede de fondo: la historia de la redención estaba progresando. La simiente de Abraham había llegado, relativizado la importancia de la maternidad (y la paternidad), incluso el nuevo pacto de Cristo relativizó la identidad judía y el papel de la familia en general. «Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mr. 3:34-35; también, Lc. 14:16). Y Juan el Bautista les dice a los líderes judíos: «No penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras» (Mt. 3:8).

La historia de la creación continúa en el Nuevo Testamento, así como el mandato cultural. Los hombres deben seguir engendrando y las mujeres concibiendo. Tal trabajo es glorioso, crucial y necesario. Y Dios usa estos roles para propósitos redentores.

Pero el nuevo pacto también trae discontinuidad a la historia de la redención. Primero, el nuevo pacto inaugura un nuevo orden de la paternidad y la maternidad, una concebida en términos espirituales y no físicos, como cuando Pablo se refiere a Tito como su «verdadero hijo» en la fe. Todos los cristianos deben, por tanto, esforzarse por multiplicar a los portadores de la imagen, no a través de la procreación, sino a través del evangelismo y la conversión, para que personas sean «nacidas de nuevo» y «revestidas» a la «imagen del creador» (Jn. 3:1-8; Col. 3:10).

Segundo, el pueblo de Dios ya no está conformado por linajes de descendencia familiar. Ya no dependen de madres y padre como sucedía en el antiguo Israel.  El tipo abre camino al antitipo (ve mi apéndice abajo: «Complementarianismo credobautista versus paedobautista»). Por medio de Cristo, el primogénito, nos convertimos en «la familia de Dios» a través del arrepentimiento y la fe. La soltería, desconocida en el Antiguo Testamento, se convierte en un don especial en el Nuevo Testamento (1 Co. 7: 7) y universal en los nuevos cielos y tierra (Mt. 22:30). Las relaciones familiares también asumen el papel de símbolos para la comunidad del nuevo pacto. Dios nos ordena tratar a los ancianos como a «padre, a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas» (1 Ti. 5: 1–2).

DONDE COMIENZA EL MINISTERIO DE LAS MUJERES

¿Qué significa esta transición del antiguo pacto al nuevo para el lugar donde comienza el ministerio de una mujer? Sin duda, las mujeres (junto con sus esposos) deben esforzarse por practicar el ministerio del nuevo pacto en el hogar haciendo discípulos de sus hijos.

Sin embargo, las mujeres cristianas de cualquier estado civil y parental deberían saltar al «ministerio de mujeres» todas las semanas haciendo el trabajo de hacer discípulas. Cada semana, todas las mujeres deben ir a trabajar ministrando a los santos, usando cualquier don que tengan para el bien común. Esos dones pueden o no ser reconocidos públicamente. Ese no es el punto.

De cualquier manera, su trabajo (al igual que el del hombre) es mirar a su alrededor en busca de madres y padres, hermanas y hermanos, y preguntarse a quién puede servir. ¿Debería ofrecerle a esa hermana solitaria una palabra de aliento o instrucción? ¿U ofrecer esa a esa familia ayuda logística? ¿O ser como Febe y emplear sus recursos como un «patrón» para los ancianos? Nunca falta trabajo evangelístico del nuevo pacto por hacer. Pregúntale a Febe, Priscila, Julia, María, Trifena y Trifosa y Persis.

Además, nunca faltan los ataques serpentinos o bestiales en contra de la iglesia. Por tanto, todas las mujeres deben desear estar equipadas para el trabajo del ministerio de edificar el cuerpo de Cristo, para que la iglesia pueda alcanzar al varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Esto impedirá que la iglesia sea arrastrada por todo viento de doctrina (Ef. 4:11-14). Todas las mujeres necesitan doctrina sólida y fuerte. Imagina si todas las mujeres en tu iglesia la tuvieran. ¿¡Qué clase de protección creerías que eso le proporcionaría a tu iglesia!?

Fuera del cuerpo de creyentes, por supuesto, las mujeres deben usar cualesquiera sean las habilidades y los dones que Dios les ha dado para hacer discípulos entre los que no creen.

¿IGUALES O COMPLEMENTARIOS?

Además del oficio de ancianos, entonces, el trabajo del ministerio del nuevo pacto de la mujer (discipula, testigo, sacerdotisa, colaboradora) aparece en paralelo al del hombre, al menos a primera vista. Salvo el oficio y trabajo de un anciano, el mismo objetivo aparece en ambos. Sin embargo, cuando el hombre y la mujer trabajan, su trabajo lucirá diferente, así como un hombre y una mujer cantando la misma canción sonarán diferentes. Después de todo, la historia de la creación continúa, seguimos siendo hombres y mujeres encarnados, y Dios nos ha diseñado de manera diferente. No solo eso, las mujeres a menudo serán capaces de llegar a espacios femeninos con más facilidad que los hombres.

Una vez, mi esposa formó parte de un estudio bíblico para mujeres en el que dos de las mujeres tenían esposos difíciles. Una noche, la mujer con el peor de los dos esposos, compartió cómo la Palabra de Dios la había alentado recientemente y cómo la sostenía. Sus palabras, en ese momento, lograron hacer más bien espiritual en la vida de la otra mujer que una serie de sesiones de consejería con un anciano.

Por todo el honor que le debemos a los ancianos, esto no debería sorprendernos. Cada parte del cuerpo necesita de las demás.

El ministerio de las mujeres es esencial e indispensable, en otras palabras, porque las mujeres poseen perspectivas y oportunidades que los hombres no tienen. De hecho, si Dios nos creó hombres y mujeres, las mujeres poseen una forma de ser humanas que los hombres no, lo que significa que poseen formas de hacer discípulos que los hombres no, sin embargo, podríamos articular esas diferencias de ser y hacer (al respecto, ver el artículo de Alistair Robert y el artículo de Kevin DeYoung). Los hombres no pueden hacerlo todo. Ambos sexos son esenciales e indispensables.

En otras palabras, el complementarianismo, por definición, es un argumento para incluir a las mujeres en el ministerio, no excluirlas, como comunica la misma palabra «complementaria». Al igual que el yin y el yang, las dos partes complementarias son esenciales e indispensables para el todo.

Mientras tanto, el igualitarismo, al menos a nivel estructural, debe ser indiferente a la inclusión o exclusión de género. Desea insistir tanto en una intercambiabilidad vocacional perfecta que debe silenciar cualquier diversidad ontológica y adoptar una especie de androginia. Sin embargo, cuando los hombres y las mujeres se vuelven intercambiables, ambos se vuelven desechables, al menos como clase. Tampoco son esenciales e indispensables.

En resumen, Dios llama a los ancianos de manera única y crucial para enseñar la Palabra a «todo el rebaño». Sin embargo, el trabajo de la Palabra acaba de comenzar. Esa Palabra debe ser masajeada durante toda la vida de todo el cuerpo, y los discípulos deben hacerse fuera de la iglesia. Y esta tarea depende esencial e imprescindible tanto de las mujeres como de los hombres, cada uno a su manera y cada uno aportando las fortalezas que Dios les dio.

LO QUE NO QUIERO DECIR

Observa, finalmente, lo que no estoy diciendo. No digo lo que a menudo se escucha decir hoy: que ahora es el momento de enfatizar lo que las mujeres pueden hacer, no lo que no pueden hacer.

«Qué no podemos hacer» es siempre una buena pregunta para todos los cristianos, hombre o mujer. El crecimiento espiritual en la Biblia no llega solo o principalmente cuando estamos libres de toda restricción. Por lo general, ocurre cuando nos restringimos a través de la obediencia, la disciplina y los límites, al igual que un árbol crece con ayuda de pilares, una rosa crece cuando se podad, un atleta crece a través del entrenamiento y un estudiante crece memorizando una lección.

Jesús mismo se sometió por completo a la ley de Dios, y ese fue el medio por el cual creció en sabiduría y estatura entre los hombres, y finalmente recibió toda autoridad en el cielo y en la tierra.

Crecimiento sin restricciones, de hecho, es precisamente lo que el maligno promete en Génesis 3.

En segundo lugar, no digo que «marginemos» a las mujeres al no contratarlas, o que las deshonremos al no llamarlas «líderes» (ve el artículo de Sam Emadi acerca de este tema). Ambas afirmaciones cometen el error de insistir en una forma particular de ministerio que no está en la Biblia y luego evaluar la fidelidad de una iglesia por esa forma ideada humanamente.

Más específicamente, tales declaraciones confunden los mandatos bíblicos y las responsabilidades con las formas programáticas del mundo corporativo: «¡Si quieres que algo se haga, debes contratar a alguien para que lo haga!». Así es como lideramos a las empresas, no las familias (iglesias), punto que Pedro afirma implícitamente cuando prohíbe a los ancianos y, por tanto, presumiblemente a todos los demás, preocuparse demasiado por el pago (1 P. 5:2).

Además, la palabra genérica «líder», me temo, a menudo se usa para pasar por encima del oficio bíblico de ancianos. «Sí, solo los hombres pueden ser ancianos», afirman los complementarianistas, pero dirigen sus ministerios a través de equipos de «liderazgo» que tienen el efecto de cambiar el nombre de una rosa, incluso cuando todavía huele dulce.

Que quede claro, no tengo absolutamente ninguna objeción con que una mujer «lidere» un ministerio diaconal, o con que se contrate a una mujer para que ministre a la iglesia de diversas maneras. A menudo puede ser sabio. Varios pastores amigos míos de iglesias medianas han contratado a directoras del ministerio de mujeres, para ayudar a facilitar cómo las mujeres en la iglesia se cuidan entre sí. Y todos afirman que ha sido una de las mejores contrataciones que hayan hecho. Además, siento la tentación de escribir otro largo artículo sobre cómo el trabajo diaconal de las mujeres juega un papel central en lo que hace que el ministerio de las mujeres sea esencial e indispensable.

No obstante, a lo que soy alérgico es a convertir lo que la Biblia trata como «puedes» en «debes», y luego evaluar la fidelidad de una iglesia en consecuencia. Pablo podía dar instrucciones «en todas las iglesias» (1 Co. 14:33). Nosotros no podemos.

CONCLUSIÓN

La naturaleza esencial e indispensable de las mujeres para la misión de la iglesia no depende de ninguna forma de ministerio programático o pagado. Depende de en lo que Cristo ha convertido a las mujeres al morir y resucitar para ellas: discípulas, testigos, sacerdotisas, colaboradoras.

Depende de su trabajo y su sabiduría revelada, no de nuestra sabiduría programática.

En círculos complementaristas, enfatizamos correctamente el énfasis de la Biblia en la supervisión y enseñanza de los ancianos. Pero este énfasis nunca debería hacer que abandonemos el trabajo esencial e indispensable que Dios da a hombres y mujeres por igual como discípulos, testigos y sacerdotes. Él ha determinado que, sin su trabajo, la Gran Comisión no tendrá éxito.

Pastor, ¿cómo te va enseñando y demostrando a las mujeres de tu iglesia que su trabajo es esencial e indispensable?

* * * * *

Apéndice: El complementarianismo credobautista vs. el complementarianismo paidobautista

A la luz de la discusión bíblica anterior acerca del paso del antiguo al nuevo pacto, vale la pena señalar que el complementarianismo y la visión del ministerio de mujeres de un credobautista, si es consistente, podría sentirse un poco diferente al complementarianismo y la visión del ministerio de mujeres de un paidobautista.

El complementarianismo de un paidobautista, que se inclina profundamente en las líneas de la continuidad del pacto, podría parecerse un poco más al estilo del Antiguo Testamento. Al fin y al cabo, el trabajo de la mujer de tener hijos desempeña el mismo papel de construir y preservar esa comunidad que tuvo bajo el Antiguo Pacto, que los paidobautistas demuestran al bautizar a los niños en la comunidad del pacto y la iglesia. La maternidad casi se convierte en hacer discípulos y construir iglesias en un hogar fiel.

Por tanto, uno podría esperar un énfasis comparativamente mayor en familias numerosas y la educación en el hogar y el ministerio de la maternidad y la paternidad. ¿Por qué no hacer que esas familias sean tan grandes como sea posible para que los niños disfruten de las bendiciones del pacto que los paidobautistas dicen que disfrutan?

El complementarianismo de un credobautista no debe descuidar el énfasis y el don de la paternidad. Después de todo, la historia de la creación continúa. Dios nos ordena ser fructíferos y multiplicarnos, y quiere que los cristianos empleen fielmente las relaciones familiares con fines redentores, tal como lo hicieron la madre y la abuela de Timoteo con él. Pero esas relaciones familiares ya no constituyen la comunidad del pacto. La fe sí.

A decir verdad, tanto la mujer paidobautista como la credobautista pueden responder: «¿Por qué no ambos? ¿Por qué no el ministerio del pacto de la creación de la maternidad (y la paternidad) y los ministerios del nuevo pacto de los discípulos, sacerdotes y colaboradores? Pueden y deben. Solo estoy sugiriendo que estas diferentes teologías acerca de quién constituye la iglesia (creyentes o creyentes y sus hijos) pueden afectar el énfasis de una iglesia, el lenguaje utilizado en aula de la escuela dominical, la cultura de una iglesia, la marca del complementarianismo que crece, y los puntos de vista de una iglesia respecto a los deberes de las madres y los padres en relación con otras responsabilidades del nuevo pacto.

Traducido por Nazareth Bello


[1] Véase «A Biblical Theology of Motherhood» (Una teología bíblica de la maternidad), de James M. Hamilton, Jr., en Journal of Discipleship and Family Ministry 2.2 (2012): 6-13.

[2] Stephen Dempster, Dominion and Dynasty (Dominio y dinastía) (Downers Grove, IL: IVP), 223.

[3] Estos ejemplos se tomaron de «Women» (Las mujeres) en el Dictionary of Jesus and the Gospels, de D. M. Scholer, editado por Joel B. Green, Scot McKnight, y yo. Howard Marshall (Downers Grove, IL: IVP, 1992), 880.

[4] Véase la excelente sección de «Women as Disciples» (Mujeres y discípulas) de Michelle Lee-Barnewall en el mal llamado Neither Complementarian nor Egalitarian: A Kingdom Corrective to the Evangelical Gender Debate (Ni complementarianista ni egalitarista: Un reino correctivo para el debate de género evangélico) (Grand Rapids, MI: Baker, 2016), 93–97.

[5] Craig Keener, «Man and Woman» (El hombre y la mujer) en el Dictionary of Paul and His Letters, editado por Gerald F. Hawthorne, Ralph P. Martin, Daniel G. Reid (Downers Grove, IL: IVP, 1993), 589.

[6] Véase Dominika Kurek-Chomycz, «Tryphaena and Tryphosa: not too dainty to work hard in the Lord», en L’Osservatore Romano (Sept. 1, 2018): http://www.osservatoreromano.va/en/news/tryphena-and-tryphosa.