Clases esenciales: Viviendo Como Una Iglesia

Viviendo como una iglesia – Clase 11: El servicio

Artículo
19.06.2019

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Clase esencial
Viviendo como una iglesia
Clase 11: El servicio


1. Introducción
El día de hoy, pasamos al tema del servicio en la iglesia. Con servicio, me refiero a invertir tu tiempo, tus dones, tus recursos, tu energía y todo lo que tienes por el bien de la iglesia. El servicio de Cristo para con nosotros es el ejemplo de esto. Marcos 10:45: «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos».

Ahora Jesús nos llama a tomar nuestra cruz y seguirle. Nuestro servicio a otros entonces debería ser el resultado del derroche de amor de nuestros corazones por el amor que Dios nos ha demostrado en Cristo. Eso es lo que desencadena el ministerio; un derroche de gozo cuando comprendemos la increíble misericordia que Cristo nos has mostrado.

Hoy consideraremos cómo Dios nos ha llamado a servirnos unos a otros en la iglesia a través de nuestros diversos dones, y cómo ese servicio contribuye a la unidad en el cuerpo. Esta unidad es una parte importante de nuestro testimonio: ¡Una comunidad llena de personas que se sirven gozosamente debe sobresalir en nuestro mundo! Comenzaremos con una teología del servicio, y luego estudiaremos cuatro formas en las que el servicio puede contribuir a la unidad. En el camino, haré una pausa y reflexionaremos en las diferentes formas en las que el servicio puede malinterpretarse y fracasar en glorificar a Dios. Mi esperanza es que nuestra discusión esta mañana nos aliente a servirnos más y más para la gloria de Dios y por nuestro bien.

2. Una teología del servicio
Permíteme comenzar describiendo una teología del servicio que vemos en diferentes pasajes de la Escritura, y empezaremos viendo un pasaje en 1 Pedro 4:10, leemos: «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios». Y luego en el versículo 11, leemos: «Si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo».

Estos dos versículos en 1 Pedro son como una especie de resumen acerca de la teología del servicio o del ministerio dentro de la iglesia, y contiene cinco simples, pero importantes puntos: (1) cada cristiano ha recibido un don (esto no es solo algo para el liderazgo y el personal de la iglesia mientras que el resto observa pasivamente); (2) el don es resultado de la gracia de Dios; (3) somos responsables de usar ese don; (4) debemos usarlo por el bien de los demás y para la gloria de Dios; y (5) debemos servir conforme al poder de Dios. Por tanto, como cristiano, hay una manifestación especial de la gracia de Dios en la que puedes edificar a otros en la fe, y glorificar a Dios.

¿Cuál es el propósito de tu servicio? En Efesios 4:12, Pablo dice que estos dones son dados «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios». Lo que Pablo está enfatizando aquí es la meta de fortalecer todo el cuerpo, no solo las partes. Debemos ministrarnos unos a otros no solo con la idea de ayudarnos a crecer mutuamente, sino también de que todo el cuerpo crezca en unidad. Dios nos da dones a todos, de acuerdo con su gracia, para ser ejercidos en su poder, no principalmente como un medio de realización para cada uno de nosotros como individuos, sino para el crecimiento de su iglesia, para que podamos crecer en unidad. Ese será nuestro enfoque el día de hoy.

Y ese es también nuestro primer punto de cómo podemos servir erróneamente. La persona que se siente con derecho a servir únicamente de la manera en que siente que ha sido dotada, y que teme no poder «realizarse» como cristiano si no sirve de esa forma, ha malinterpretado este pasaje. El propósito del servicio es el fortalecimiento del cuerpo, no nuestra realización personal. Y, por tanto, eso significa que servimos donde el cuerpo necesita ser fortalecido. El hecho de que Dios nos dé dones para usarlos sirviendo a los demás no busca limitarnos en lo que hacemos, nos capacita para hacer lo que debe hacerse. Podemos estar equivocados acerca de qué don o dones creemos que Dios nos ha dado. Es mucho mejor ponernos manos a la obra y empezar a servir, que sentarnos y preguntarnos cuál es nuestro don. Porque la meta del servicio es la unidad. Descubrimos nuestros dones mientras servimos.

3. ¿Cómo deberíamos servir de una manera que promueva la unidad?
Dado el objetivo de la unidad, ¿cómo debería ser nuestro servicio en la iglesia? ¿Y qué debería ser lo que nos motive a servir en la congregación? Permíteme mencionar cuatro respuestas a esas preguntas.

Primero, debemos servir con el poder que Dios da y con gran alegría.
Nuestra meta no debe ser meras buenas obras, sino buenas obras con un espíritu que proviene de una gozosa dependencia en la ayuda de Dios, eso es lo que glorifica a Dios en particular. De vuelta a 1 Pedro 4:11, leemos: «Si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da».

Así que imagina que dos personas están considerando si deberían venir para ayudar a limpiar la iglesia. Una de ellas dice: «Oh, supongo que iré. Vale unos cuantos puntos extra con los líderes. Además, soy muy bueno en esa clase de cosas, podré impresionar a la gente allí». Él va, allí se queja de las herramientas y habla sin parar acerca de sus capacidades. Trabaja, pero no lo hace confiando en el poder de Dios, y su actitud carece de un espíritu alegre y agradecido. Su deseo de impresionar a otros es una forma del temor al hombre. No está sirviendo para glorificar a Dios.

Pero considera a la segunda persona que también espera ayudar con la limpieza. Ha estado muy enfermo últimamente. Piensa para sí: «Oh, cómo me encantaría ayudar a limpiar la iglesia. Tal vez podría animar a quienes se encuentran abatidos. O quizá podría llevarles café». Entonces se pone a orar. Y resulta que después se siente lo suficientemente bien para ir a ayudar con la limpieza. Hace lo que puede con un trapo y una escoba, y lo hace bien. Pero, sobre todo, exuda un gozo y un sentido de gratitud que promueve la unidad y glorifica a Dios.

Ahora bien, estos ejemplos son algo extremos, pero espero que resalten que lo que le importa a Dios no es simplemente que usemos nuestros dones, sino cómo los usamos, confiando alegremente en él. Esa es la actitud que deberíamos tener cuando dedicamos nuestro tiempo, dinero o energía a la iglesia. En 2 Corintios 9:7, versículo que habla acerca de dar financieramente, leemos: «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre».

Este versículo también aplica a nuestro servicio, ya que con mucha frecuencia no servimos con alegría, sino simplemente por culpa. Servimos por obligación; algo contra lo que habla este versículo. Pero la Biblia nos exhorta a servir, no como un deber, sino porque es una oportunidad fantástica para participar en la edificación del pueblo de Dios.

Forma #2 de servir mal: Servir por culpa en lugar de servir por gratitud. Piensa en lo que el servicio motivado por la culpa dice acerca de las cosas de Dios. Dice que no son más valiosas que otras cosas en nuestra vida, pero lo haremos de todos modos porque tenemos que hacerlo. La diferencia entre dejar que la tía Helga te bese cuando eres niño (porque se supone que debes hacerlo) y soportar con alegría un largo viaje para visitar a tus seres queridos cuando eres adulto (porque la recompensa vale la pena).

Ahora bien, esto puede hacer surgir una pregunta en nuestras mentes: ¿Qué pasa si no tenemos esta actitud? ¿Qué pasa si nuestro corazón es frio en nuestro servicio o está parcialmente motivado por la culpa o el temor al hombre? ¿Debería abstenerme de dar mi tiempo y mis recursos? ¿Sería hipócrita si continuara sirviendo?

La respuesta es no. No deberíamos dejar de servir en la iglesia a pesar de que nuestra alegría no siempre sea grande o nuestros motivos perfectamente puros. La Escritura nos ordena entregarnos. Y aunque debemos esforzarnos por servir con un corazón alegre y agradecido, también debemos reconocer que somos pecadores y no podemos hacerlo perfectamente. Así que, al igual que todo lo demás en la vida cristiana, lo hacemos imperfectamente pero, Dios mediante, seguimos creciendo en esta área mientras servimos. Debemos orar a Dios para que nos ayude a servir gozosamente con su poder, y para que nuestros motivos sean cada vez más puros.

Segundo, debemos servir sabiendo que el servicio de todos es necesario y valioso.
Un obstáculo para que el cuerpo de Cristo funcione como debería es que los miembros se sientan inútiles e insignificantes, lo que podría hacer que sientan envidia de los demás o amargura hacia Dios. Pablo rechaza directamente esta idea de inutilidad en 1 Corintios12, donde nuevamente usa esta maravillosa ilustración de un cuerpo con muchos miembros.
Pablo explica que la existencia misma del cuerpo de Cristo depende de la diversidad de dones que el Espíritu Santo ha dado a la iglesia. Socavamos esa diversidad que el Espíritu da cuando nos comparamos con otras personas. Así, en el versículo 17 dice: «Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?». Y luego dice en el versículo 19: «Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?» El cuerpo no existiría.

Más importante aún, en respuesta al reclamo de inutilidad, Pablo apunta a la soberanía de Dios en el asunto. En el versículo 18 dice: «Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso». En su soberanía, Dios diseñó todas las partes del cuerpo, y lo hizo para nuestro mayor bienestar.

¿Qué significa esto para nosotros? Debemos servir en la iglesia donde podamos; debemos agradecer a Dios por los dones que nos ha dado; y no deberíamos sentirnos inútiles o descontentos simplemente porque no estamos sirviendo de alguna manera o capacidad en particular. Existen muchas formas de servir en la iglesia que son fundamentales para la salud de la congregación.

Ahora, no solo me refiero al uso de los dones espirituales, sino también acerca de nuestro uso de los dones físicos que Dios nos dio. Algunos miembros son especialmente ricos en tiempo; otros en recursos; otros en sus relaciones. Quienes tienen mucho tiempo pueden edificar al cuerpo particularmente a través de actos de servicio. Así, los miembros solteros que tienen más tiempo pueden ayudar más fácilmente a otros miembros a mudarse, por ejemplo, a ayudarles a cuidar de sus hijos, o ir a un viaje misionero a corto plazo. Aquellos que son ricos en recursos, pueden ayudar específicamente apoyando a la iglesia financieramente. Quienes son ricos en relaciones pueden edificar a la congregación ayudando a otros a encontrar amigos, discipulando a los adolescentes, proveyendo un hogar lejos de casa para los estudiantes universitarios. Y las habilidades y oportunidades que tenemos para servir pueden cambiar en diversas temporadas de la vida.

Si eres madre con hijos pequeños, es posible que te sientas exhausta y desanimada por no tener el tiempo para discipular a mujeres o servir como voluntaria en la iglesia como solías hacerlo. ¡Quiero decirte que eso está bien! Ahora estás en una etapa en la que Dios te ha llamado a servirle amando e instruyendo a tus hijos. Sé que a menudo oramos los domingos por la noche para que los miembros tengan buenas oportunidades para evangelizar, para que compartan el evangelio con el ateo que conocen en el autobús, o con el budista que se sienta junto a ellos en el trabajo. No te desesperes si sientes que has perdido esas oportunidades ahora que trabajas mayormente en casa, ¡es posible que el Señor te haya dado 2 o 4 pequeños ateos que tengas que evangelizar todo el día! Es bueno desear seguir sirviendo en la iglesia incluso si tus circunstancias de la vida han cambiado. Ora por eso, y observa cómo Dios podría abrir una puerta para servir de nuevas maneras en cualquier temporada de la vida.

Forma #3 de servir mal: Dejar de servir por no creer que nuestra contribución sea importante. Nunca debemos creer que el servicio a Dios es valioso principalmente por el resultado temporal, sino por lo que el sacrificio dice acerca lo que vale Dios para nosotros. ¿Qué dijo Jesús que era más valioso, las dos monedas de cobre de la viuda o los miles que dieron los ricos?

Pero eso plantea otra pregunta. ¿Significa esto que no podemos desear o buscar obtener otros dones espirituales? Si Dios es el que nos da dones de acuerdo a su buena voluntad, ¿lo deshonramos al pedirle dones que no tenemos ahora?

La Escritura enseña que es algo bueno procurar sinceramente los dones espirituales que todavía no tenemos. En 1 Corintios 14:1, Pablo instruye a los corintios a que procuren los dones espirituales, especialmente el don de profecía. ¿Es posible desear dones espirituales sin tener en cuenta los que sí tenemos? ¿O codiciando aquellos que otros tienen? Creo que sí lo es. Este es el equilibrio entre el contentamiento en la provisión misericordiosa y soberana de Dios, y el anhelo de peticiones santas en oración. Por tanto, deberíamos estar contentos con los dones que Dios nos ha dado, pero también podemos aspirar más.

Tercero, debemos usar nuestros dones con humildad.
Este es realmente el otro lado de nuestro segundo punto. En 1 Corintios 12:14-20, Pablo anima a aquellos miembros que podrían sentir que no tienen nada con lo que contribuir. Pero luego en los versículos 21 al 26, les advierte a quienes han recibido dones de mayor responsabilidad, a ejercer esos dones con humildad. Por lo que en el versículo 21 leemos: «Ni el ojo puede decirle a la mano: No te necesito». Quienes ocupan puestos de mayor responsabilidad o visibilidad en la iglesia no deben enseñorear su autoridad sobre otros ni cumplir con sus deberes con aires de superioridad. La unidad en la diversidad es imposible sin la humildad de Cristo. Y el lugar en el que más se necesita, es en aquellos que parecen tener mayor responsabilidad o prominencia en la iglesia. Cuando esto no sucede, las personas pueden volverse territoriales por un ministerio, o celosos y desconfiados de cualquiera que sugiera cambios. Los resultados son devastadores para la unidad de la iglesia.

Nuestro llamado es reconocer y honrar el servicio de todos los miembros sin importar cuán visible o invisible, importante o insignificante pueda parecer ese servicio. Una excelente forma de hacer esto es reconociendo el servicio de los demás, especialmente en las áreas del ministerio que están detrás de escena. Envía una tarjeta de ánimo, o agradécele a alguien verbalmente por su trabajo, ya sea dirigiendo el sistema del sonido, publicando los sermones en la página web, o trabajando como monitor de sala.

Forma #4 de servir mal: ¿Alguna vez te quejaste de que otros en la iglesia no están haciendo lo que les corresponde hacer? ¿De dónde viene esa actitud? Tal vez de un pobre entendimiento de las limitaciones bajo las que otros trabajan. Quizá de un corazón orgulloso que confunde el valor personal con la cantidad de servicio. A lo mejor de suponer que otros están desatendiendo deliberadamente su servicio, en lugar de darles compasivamente el beneficio de la duda, de que tal vez no conozcan cuánta alegría proviene de servir. En todo esto, la solución es la humildad. Reconoce que no eres mejor que nadie por servir. Todos somos merecedores del juicio de Dios por igual y, sin embargo, él nos ha rescatado para que ahora podamos servirle.

Cuarto, debemos servir para glorificar a Dios, por nuestro bien y por el bien de los demás.
Ya hemos tocado algo de este punto, pero quiero abordarlo explícitamente. Nuestro servicio en la iglesia produce varios beneficios: para nosotros, para los demás y, más importante, para la gloria de Dios.

Cuando servimos fielmente, Dios recibe la gloria porque simplemente le estamos devolviendo lo que le pertenece. El Salmo 24:1 dice: «De Jehová es la tierra y su plenitud», incluyendo el poder y el tiempo que nos da. Esa es la razón por la que para pensar en el servicio, tienes que pensar en todo tu estilo de vida. Lo que hacemos con cada hora, no solo los domingos durante la iglesia, dice algo de nuestra perspectiva de Dios y lo que él significa para nosotros.

Servir también beneficia directamente a otros. Hacerle a alguien una comida proporciona sustento. Darle a alguien un aventón hace posible que crezca bajo la predicación de la Palabra. Servir en el stand de libros ayuda a un sinfín de personas a beneficiarse de recursos útiles. Todo esto es obvio, pero haz una pausa y piensa en ello. ¿Quieres dar alegría a otras personas en su vida cristiana? Cuando te comprometes a servir de cierta manera, y te esfuerzas por mantener ese compromiso, a pesar de que el mismo limite tu tiempo y tus fuerzas, estás trabajando directamente para que otros crezcan en su gozo y conocimiento de Cristo.

Sin embargo, eso no es todo, ¡nuestro servicio también tiene beneficios para nosotros! Nos ayuda a apreciar el supremo acto del servicio que Cristo hizo por nosotros. Nos enseña que hay más bendición en dar que en recibir: una vida de servicio es simplemente una vida más feliz que una vida de egoísmo. El servicio nos hace menos egocéntricos, pero irónicamente, al hacerlo, Dios ha determinado que esta es la forma de vivir una vida de satisfacción y contentamiento. Cuando estructuramos nuestra vida para que servir sea una prioridad, nos obliga a depender más de Dios y de su poder.

Forma #5 de servir mal: La persona que sirve solo un poco porque su corazón ha sido atrapado por el mundo, y cree la mentira de que la autoindulgencia y el enfocarse en sí mismo da más alegría. Sus prioridades mixtas lo alejan de la mayor satisfacción que hay en la abnegación.

Forma #6 de servir mal: La persona que sirve hasta el punto que es aceptable para quienes lo rodean en lugar de apostar todo en el poder de Dios.

4. Persevera en hacer el bien
Finalmente, permíteme culminar brindando dos puntos de aplicación para nosotros en relación con el servicio en la iglesia.

Persevera en el servicio por medio del poder de Cristo
Primero, persevera en tu servicio mediante el poder de Cristo. Pablo le dijo a sus lectores en 2 Tesalonicenses 3:13: «Y vosotros, hermanos no os canséis de hacer bien». ¿Por qué? Porque esto pasa con frecuencia. Las personas se cansan de servir. Cuando pasan los años y se asienta el cansancio, podemos sentir la tentación de retirarnos o de parar por completo. O tal vez has perdido de vista la meta más grande de servir a Dios; habiendo estado tan atrapado en los detalles y el ajetreo del ministerio, has descuidado tu relación con Dios. Quizá ahora estás confiando en tus propias fuerzas.

Si este es el caso, recuerda que nuestra fortaleza para servir viene de Cristo que está en nosotros. Él nos ha dado su Espíritu. Para llevar fruto, debemos habitar en Cristo, la vid. Así como los alimentos proveen la energía que se necesita para nuestro bienestar físico, pasar tiempo en la Palabra de Dios y en la oración proporciona la nutrición espiritual que nos motiva a servir. Cuando nos recordamos una y otra vez el carácter de Dios, su bondad, su paciencia, lo que ha hecho por nosotros en Cristo, obtenemos nuevas fuerzas para servirle. Si desatendemos nuestro amor por Jesús, entonces no es de sorprender que nuestro servicio se convierta en otra tarea, incluso una carga. Por tanto, enciende tu corazón y tu mente para servir con la verdad de la gracia y la magnificencia de Dios.

Forma #7 de servir mal: Agotarnos sirviendo en nuestras propias fuerzas en lugar de renovarnos en nuestra relación con Dios. Te animo a que estructures tu vida para que sirvas de una manera sustentablemente sacrificial. Eso podría sonar contradictorio, porque el sacrificio no debería ser fácil. Pero lo que quiero decir es que, al sacrificarte busca posicionarte de modo que puedas continuar con una actitud de completa dependencia en Cristo que no produzca cansancio, sino que te conduzca a un estilo de vida contento y lleno de entrega para la gloria de Dios mientras descansas en él.

Oportunidades de servir en CHBC.
Finalmente, mientras piensas en perseverar de esa manera, quiero tomar un minuto para hablar de las oportunidades de servicio en CHBC. Una excelente forma de conocer esas oportunidades se encuentra en la sección de miembros de la página web, hay una página completa en la que todos los diáconos han enumerado las formas en que puedes ser voluntario en sus ministerios. Obviamente otra manera es esperar las oportunidades que se anuncian en el servicio los domingos por la noche o en el boletín electrónico semanal. Aquí tienes una lista de algunos ejemplos:

Dar un aventón a los ancianos; discipular a estudiantes universitarios; ser hospitalarios; escribir tarjetas de aliento; enseñar la sana doctrina, ayudar en el grupo de jóvenes; planear bodas; cuidar de los niños y muchas, muchas otras formas que vienen todo el tiempo.

Debo señalar que algunos de los ministerios más poderosos en CHBC no están conectados a un ministerio formal, sino a uno informal y relacional. Invitar a personas a cenar; o hablar con alguien que no conoce a muchas personas después del servicio por la mañana es una gran forma de hacer que se sientan bienvenidos. Formar relaciones con quienes luchan con entablar amistades es un gran ministerio, y uno que probablemente podríamos hacer mejor en nuestra iglesia. Mi sugerencia es comenzar con el ministerio de fomentar y alentar relaciones profundas, lo que requiere de tiempo, y luego, si todavía tienes tiempo, también involúcrate en otras prácticas ministeriales.

5. Conclusión
Durante casi doscientos años, el pueblo de Dios ha servido fielmente a Dios en esta iglesia. Impulsados por nuestro amor a Dios y nuestro deseo de glorificarlo. ¡Alabado sea Dios por lo mucho que esto ha servido de ejemplo en nuestra iglesia! Entre nosotros tenemos ejemplos del servicio fiel por parte de los miembros durante décadas. Jim Cox ha estado aquí desde los 90, anunciando y recogiendo fielmente las ofrendas. Por supusto, Maxine Zopf es conocida por su ministerio de oración. Los Reedys han estado organizando convivios regulares para promover la comunión durante años, y lo hacen alegremente sin mucho reconocimiento. Somos una congregación que está obligada a servir porque el Señor Jesucristo nos ha servido de manera suprema.