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Unirse a la iglesia a la manera antigua: de Clemente a Egeria

Artículo
16.08.2017

¿Cómo se unía  una persona a una congregación en los primeros días del cristianismo? Desde una perspectiva, es fácil responder esta pregunta. En pocas palabras, el bautismo del creyente fue el rito de entrada a la Iglesia a principios del siglo IV.

Pero, y no es de extrañar, unirse a una congregación era algo más amplio que simplemente pasar por el bautismo.

 

La Confesión y el bautismo

El Nuevo Testamento describe a  la iglesia como una congregación de creyentes. ¿Qué creían estos creyentes? Tal como enseñaron los apóstoles, creían que Jesús es el Señor y que fue levantado de entre los muertos (1 Co. 12:3; 1:2; Ro. 10:9). Además, creían que Jesús es Dios mismo venido en carne (1 Jn. 4:1-6). Y también creían en la Trinidad (Mt. 28:19, 2 Co. 13:14; Ef. 4:4-6).

Con el fin de unirse a una iglesia, toda persona tuvo que confesar formalmente este cuerpo de verdad: la fe en Cristo Jesús (Jud. 3; 1 Ti. 1:19), lo que también incluía otras creencias cruciales tales como el retorno de Cristo. Normalmente, esto se llevaba a cabo, al parecer, en el momento del bautismo. Durante el bautismo, la persona recitaba una declaración de credo que contenía los elementos fundamentales de la fe cristiana y a la que él daba su asentimiento (cf. 1 Ti. 6:12).

Así surgieron las declaraciones de credo en la era post-apostólica, inspiradas por los ejemplos del Nuevo Testamento (como el que encontramos en Ef. 4:4-6). Por ejemplo, Ireneo (c.130-c.200), obispo de Lyon, cita lo que pudo haber sido la declaración de fe de su propia iglesia en su tratado Contra las herejías (180), es decir, su defensa del cristianismo contra el gnosticismo.

Comienza señalando que, contrario a la cosmovisión del gnosticismo, hay un Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y del mar y todas las cosas que están en ellos. Esta confesión pasa a subrayar que también hay un Jesucristo, el Hijo de Dios, que se convirtió en un hombre encarnado para nuestra salvación, quien sufrió y murió, resucitó de entre los muertos y ascendió en la carne al cielo, y que vendrá otra vez desde el cielo en la gloria del Padre. El gnosticismo niega todos estos puntos; los cuales, son absolutamente centrales al cristianismo apostólico. Y cualquier persona tenía que afirmar esta declaración de fe para ser recibida en la iglesia de Lyon.

 

La necesidad de catecismo

Conforme la iglesia evangelizaba al mundo greco-romano, se encontraba con personas que estaban dispuestas a creer en Jesucristo como Salvador y Señor, aunque fuesen ignorantes de la Escritura y de la teología que ésta contiene. Así que la iglesia necesitaba instruir o catequizar a las personas en las afirmaciones fundamentales del credo cristiano. La iglesia necesita enseñar a la gente sobre cosas como la creación de Dios del mundo y la vida de virtud que fluye de una confesión verdadera. La catequesis; por lo tanto, tenía componentes bíblicos, doctrinales y morales.

De esta manera, al menos para finales del siglo II, el catecismo y el proceso de catequización se habían desarrollado. Por ejemplo, el único otro escrito existente de Ireneo es un catecismo, Demostración de la predicación apostólica (a comienzos del año 190). La primera mitad de este trabajo detalla  la historia de la salvación y la segunda mitad presenta pruebas de la verdad del cristianismo a partir del Antiguo Testamento.

En el siglo siguiente, es evidente, por ejemplo, en los escritos de Hipólito de Roma (170–236) que la catequización podía tomar hasta tres años. Y mientras la persona estaba siendo instruida, era llamada un catecúmeno y era considerado como un cristiano, él o ella no podían recibir la Cena del Señor hasta el bautismo. El autor cristiano del siglo segundo, Justino Mártir (murió en el 165), afirmaba: «nadie puede participar de la Cena del Señor, a menos que crea que lo que enseñamos es verdadero, y que haya sido limpiado… y que viva de la manera que Cristo nos ha ordenado» (Primera defensa, 66).

Durante el período de catequesis, también hubo un tiempo en el que los catecúmenos podían hacer preguntas al profesor, quien generalmente era un obispo. La autora de final del siglo cuarto, Egeria, (de gran influencia entre los años 381-384) señaló esto cuando visitó Jerusalén. Resaltó que el efecto de esta catequesis fue que todos los creyentes en las iglesias de Jerusalén eran capaces de seguir las Escrituras cuando se leían en el servicio de la iglesia. Sólo con la propagación del bautismo infantil en los siglos V y VI comenzó el declive de este proceso de catecismo cristiano.

 

Un pasado utilizable

Cuando estudiamos el pasado, debemos evitar privilegiar las preguntas que surgen de nuestras propias circunstancias. El pasado debe ser entendido en sus propios términos, en relación con los asuntos que dominaron la época. Sin embargo, Dios nos ha dado la historia como un vehículo de instrucción (podemos establecer una analogía, por ejemplo, con Romanos 15:4). Por lo tanto, la búsqueda de un pasado utilizable, que arroje luz sobre las circunstancias actuales es un ejercicio legítimo.

Entonces, ¿qué significado tiene la investigación histórica realizada para nuestra situación actual? Una cosa está clara: muchas partes del que una vez fuese el occidente cristiano están siendo rápidamente paganizadas. Por tanto, el tipo de instrucción bíblica, doctrinal y moral que la iglesia primitiva consideró necesaria, se hace; una vez más, necesaria para nosotros.

Tal como lo fue en los primeros días de la fe cristiana, lo es de nuevo: la entrada en una iglesia local debe ser por medio del catecismo, el credo, y el bautismo; en ese orden.