Predicación expositiva

Una defensa bíblica de la predicación expositiva

Artículo
12.07.2017

¿Qué es la predicación expositiva? Un sermón es expositivo si su contenido y su propósito son controlados por el contenido y el propósito de un pasaje en concreto de las Escrituras. El predicador dice lo que el pasaje dice y se propone que el sermón logre en sus oyentes exactamente lo que Dios busca lograr a través del pasaje escogido de su Palabra.

Predicador, imagínate a Dios sentado en la congregación cuando predicas. ¿Cuál sería la expresión de su cara? Diría: “Eso no es en absoluto lo que yo quise decir con este pasaje”. O diría: “Sí, eso es exactamente lo que yo pretendí”.

El argumento bíblico para la predicación expositiva empieza con la conexión entre el don que el Cristo ascendido ha dado a la iglesia en los pastores y maestros (Ef. 4:11) y el mandamiento bíblico de que los pastores y maestros “prediquen la palabra” (2 Ti. 4:2). Aquellos que predican deben predicar la Escritura.

Posiblemente, el mejor lugar para empezar a demostrar la legitimidad de identificar la predicación con la predicación de la Palabra, es el libro de los Hechos. En este libro, la frase “la palabra de Dios” es el concepto habitual que contiene la esencia de la predicación apostólica. En Hechos 6:2, por ejemplo, los apóstoles dicen que “no es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios” (ver Hch. 13:5, 46; 17:13; 18:11). La frase también aparece frecuentemente como “la palabra del Señor” (8:25; 12:24; 13:44; 15:35, 36; etc.), y no pocas veces es resumida como “la palabra” (ver 4:29; 8:4; 11:19). En el libro de los Hechos hay una identificación clara y constante entre la predicación apostólica y la frase “la palabra de Dios”.

Mientras que la esencia de la predicación apostólica fueron las buenas noticias de reconciliación con Dios a través de Cristo Jesús, ese mensaje fue explicado deliberada e invariablemente por medio de la exposición de las Escrituras del Antiguo Testamento. Así, la predicación en los tiempos neotestamentarios incluyó la predicación de la Palabra de Dios, y un componente esencial de tal predicación fue la exposición del Antiguo Testamento. Esto, a su vez, nos lleva a la conclusión de que las Escrituras del Antiguo Testamento deben ser incluidas en nuestra concepción de la Palabra que debe ser predicada, una conclusión confirmada tanto por las afirmaciones directas (2 Ti. 3:16; Ro. 3:2), como por las indirectas (Ro. 15:4) del Nuevo Testamento.

Así que esta Palabra es la palabra acerca de Jesús, tal y como fue anticipada en el Antiguo Testamento y ahora explicada en la predicación apostólica. Esta es la Palabra que es “hablada” (Hch. 4:29), “anunciada” (13:5) y que debe ser “recibida” (17:11) como “la palabra de Dios”. Esta misma identificación es mantenida por todas las cartas de Pablo. Sin dudarlo, Pablo llama al  mensaje que proclama “la palabra de Dios” (2 Co. 2:17; 4:2; 1 Ts. 2:13), o simplemente “la palabra” (Gá. 6:6).

Incluso en el contexto de la exhortación de Pablo a Timoteo de “predicar la palabra” encontramos confirmación de esta identificación entre “predicar” y “predicar la Palabra de Dios”. Timoteo hubiera  sabido inmediatamente a qué palabra se refería Pablo. Tal y como la biografía de Timoteo subraya, incluía ambas, las Sagradas Escrituras y el mensaje apostólico: “persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido” (2 Ti. 3:10-17).

La conclusión que extraemos de todo esto es que la Palabra que tenemos que predicar es el conjunto de verdad compuesto por las Escrituras del Antiguo Testamento y la enseñanza apostólica respecto a Cristo (el Nuevo Testamento). Por eso, es correcto identificar la Palabra con nuestras Biblias. Esto es lo que deben enseñar aquellos que han sido comisionados como pastores y maestros. Nuestra tarea es proclamar la Palabra que Dios ha hablado, preservada en las Escrituras, y que ha sido confiada a nosotros.

La vida espiritual del pueblo de Dios depende de esta Palabra (Dt. 8:3). Este es el motivo por el que  un pastor joven es comisionado a ocuparse en la lectura, la exhortación, y la enseñanza (1 Ti. 4:13). Si esta comisión es relevante para nosotros hoy —y lo es— entonces la fuente de nuestra predicación debe ser —de forma integral— una extensión de nuestras Biblias.

¿Qué significa esto? En nuestra preparación de sermones, significará tomar pasajes definidos de la Palabra de Dios y estudiarlos cuidadosamente para que usemos bien la palabra de verdad. En el púlpito, significará la ilustración que vemos en Nehemías 8:8: “Y leyeron en el Libro de la Ley de Dios, interpretándolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura”. Dios ha determinado y  prometido usar esta clase de predicación para llevar a cabo uno de sus grandes propósitos: la reunión y la edificación de su pueblo.