Las 9Marcas

Reestructurando el éxito en el ministerio

Artículo
13.03.2019

El autor y teólogo David Wells reportó en su libro escrito en el año 1994 God in the Wasteland [Dios en el desierto] que los «[estudiantes del seminario] no están satisfechos con la situación actual de la iglesia. Ellos creen que ha perdido su visión y quieren más de ella de lo que ella está ofreciéndoles». Pero esta falta de satisfacción no es suficiente, como expresa el mismo Wells. Necesitamos algo más. Necesitamos recuperar de forma positiva lo que la iglesia debe ser. ¿Qué es la iglesia en su naturaleza y esencia? ¿Qué debe distinguir y caracterizar la iglesia?

UNA HISTORIA DE LA SALUD DE LA IGLESIA

Los cristianos han hablado mucho de las «marcas de la iglesia», pero el tema de la iglesia no se convirtió en un centro de difusión de debates teológicos formales hasta la reforma. Antes del siglo dieciséis, la iglesia era más asumida que discutida. Era vista como un medio de gracia, una realidad que existía como la presuposición del resto de la teología. Sin embargo, con la llegada de las críticas radicales de Martín Lutero y otros en el siglo dieciséis, la discusión de la naturaleza de la iglesia fue inevitable. Tal y como lo explica un académico, «la reforma hizo al evangelio y no una organización eclesiástica, la prueba de la verdadera iglesia (Edmund Clowney, The Church [La iglesia], 1995], 101).

En el año 1530, Melanchton escribió la confesión de Augsburg, cuyo artículo VII estableció que «esta iglesia es la congregación de los santos en la que el evangelio es enseñado correctamente y los sacramentos son administrados correctamente. Y por esa verdadera unidad de la iglesia es suficiente tener unidad de creencia en lo que se refiere a la enseñanza del evangelio y la administración de los sacramentos. En el año 1553, Thomas Cranmer escribió los cuarenta y dos artículos de la iglesia de Inglaterra donde expresó que «la iglesia visible de Cristo es una congregación de hombres fieles, en la que la Palabra de Dios pura es predicada y los sacramentos son administrados debidamente». Juan Calvino escribió en sus Institutos que «dondequiera que vemos la Palabra de Dios predicada y escuchada de manera pura y los sacramentos administrados al cuerpo de Cristo, no hay duda de que allí existe una iglesia de Dios».

El artículo 29 de la confesión belga (1561) decía: «las marcas por las que se conoce la verdadera iglesia son las siguientes: si la doctrina pura del evangelio es predicada en ella; si mantiene la administración pura de los sacramentos según fue instituido por Cristo; si la disciplina de iglesia es ejercida como castigo del pecado; en resumen, si todas las cosas son administradas según la Palabra de Dios pura, todas las cosas opuestas son rechazadas y Jesucristo es reconocido como la única cabeza de la iglesia».  

LA CREACIÓN Y PRESERVACIÓN DE LA IGLESIA

En estas dos marcas podemos ver la proclamación del evangelio y la observación de los sacramentos, y tanto la creación como la preservación de la iglesia son la fuente de la verdad de Dios y el vaso amoroso que lo contiene y refleja. La iglesia es generada a través de la predicación correcta de la Palabra; la iglesia está comprendida y se destaca por la correcta administración del bautismo y la cena del Señor (en esta última marca se asume que la disciplina de iglesia está siendo practicada).

Ciertamente, ninguna iglesia es perfecta. Pero, alabado sea Dios, muchas iglesias imperfectas son saludables. Sin embargo, temo que muchas no lo sean, aun aquellas que podrían afirmar toda la deidad de Cristo y la autoridad de la Escritura. Por tanto, las nueve marcas constituyen un plan de recuperación de la predicación bíblica y el liderazgo de la iglesia en un tiempo donde muchas congregaciones se encuentran débiles debido al cristianismo meramente teórico y nominal, teniendo como resultado pragmatismo y mezquindad. El propósito de muchas iglesias ha caído de simplemente glorificar a Dios a crecer en tamaño, asumiendo que debemos glorificar a Dios una vez que el objetivo es alcanzado.

En una sociedad donde el cristianismo está siendo rechazado amplia y rápidamente, donde el evangelismo muchas veces es considerado inherente, intolerante y hasta oficialmente clasificado como un crimen de odio, encontramos que nuestro mundo cambió. La cultura a la que nos conformamos para ser relevantes tiene tanta relación con el antagonismo hacia el evangelio que conformarse al mismo debe significar una pérdida del evangelio mismo. En días como estos debemos escuchar nuevamente la Biblia y reestructurar el concepto del ministerio exitoso no como algo necesario e inmediatemente fructífero, sino como una demostración fiel a la Palabra de Dios.

NECESITAMOS UN NUEVO MODELO

Necesitamos un nuevo modelo para la iglesia. En realidad, el modelo que necesitamos es el antiguo. Necesitamos iglesias donde el factor principal indicador de éxito no sean los resultados evidentes sino la perseverancia en la fidelidad bíblica. Este modelo nuevo (antiguo) de iglesia se enfoca en dos necesidades básicas: la predicación del mensaje y hacer discípulos. Las primeras cinco «marcas de una iglesia sana» (predicación expositiva, teología bíblica, un entendimiento bíblico del evangelio y un entendimiento bíblico del evangelismo) todas reflejan la preocupación por predicar correctamente la Palabra de Dios. Las últimas cuatro marcas (membresía de iglesia, disciplina de iglesia, una preocupación por el discipulado y el crecimiento y el liderazgo de iglesia) abordan el problema sobre cómo administrar correctamente los límites y marcas de la identidad cristiana, por ejemplo: cómo hacer discípulos.

El fin y propósito de todo esto es la gloria de Dios mientras lo damos a conocer. A través de la historia Dios ha deseado darse a conocer (por ejemplo: Éxodo 7:5; Deuteronomio 4:34-35; Salmo 22:21-22; Isaías 49: 22-23; Ezequiel 20:34-38; Juan 17:26). Él creó el mundo y ha hecho todo lo que ha hecho para su propia alabanza. Y es correcto y bueno que lo haga. Mark Ross lo expresa de la siguiente manera:

«Somos una de las principales muestras de evidencias… La gran preocupación de Pablo [en Efesios 4:1-16] por la iglesia, es que la iglesia manifieste y refleje la gloria de Dios además de vindicar el carácter de Dios contra la calumnia de los reinos demoníacos y de que no vale la pena vivir para Dios… Dios le ha confiado a la iglesia la gloria de su propio nombre».

Todos los que leen estas palabras, aquellos que son líderes de iglesia y los que no lo son, están hechos a imagen de Dios. Debemos ser un reflejo de la naturaleza moral y el carácter justo de Dios, manifestándolo a todo el universo para que lo vean, especialmente de nuestra unión con Dios por medio de Cristo. Por consiguiente, esto es a lo que Dios nos llama y por lo cual nos llama. Él nos llama a unirnos a él y a nuestras congregaciones, no para nuestra propia gloria sino para la suya.


Traducido por Samantha Paz