Predicación expositiva

Predícale al ignorante, al que duda y a los pecadores

Artículo
19.03.2019

Muchas veces escucho la pregunta «¿cómo aplicas el texto en un sermón expositivo?».

Detrás de esta pregunta pueden haber hipótesis cuestionables. El interrogador puede estar recordando los sermones «expositivos» que ha escuchado —o tal vez predicado— que no eran diferentes de algunas conferencias bíblicas del seminario, bien estructurados y precisos, pero demostrando poca urgencia piadosa o sabiduría pastoral. Estos sermones expositivos pueden haber tenido poca o casi ninguna aplicación. Por el otro lado, el interrogador puede simplemente no saber cómo reconocer la aplicación cuando lo escucha.

William Perkins, el gran teólogo puritano del siglo dieciséis de Cambridge, instruyó a los predicadores para que imaginaran varios tipos de oyentes y pensaran en aplicaciones para cada uno: los endurecidos, los pecadores, los que dudan y preguntan, los santos ya cansados, los jóvenes entusiastas y así sucesivamente.

El consejo de Perkins es muy útil, pero afortunadamente ya hicimos eso. Quiero abordar el tema de la aplicación de una manera un poco diferente: no solo existen diferentes tipos de oyentes sino también diferentes tipos de aplicación. Mientras tomamos un pasaje de la Palabra de Dios y lo explicamos clara, convincente y urgentemente, hay por lo menos tres tipos diferentes de aplicaciones que reflejan tres tipos diferentes de problemas que son encontrados en el peregrinaje cristiano.

Primero, luchamos con la plaga de la ignorancia. Segundo, luchamos con la duda, a veces más de lo que percibimos en un principio. Tercero, aun luchamos con el pecado, ya sea a través de actos directos de desobediencia o de negligencia pecaminosa. Como predicadores, esperamos ver cambios en las tres formas cada vez que predicamos la Palabra de Dios, tanto en nosotros mismos como en nuestros oyentes. Y estos tres problemas dan lugar a un tipo diferente de aplicación legítima.

LA IGNORANCIA

La ignorancia es un problema fundamental en un mundo caído. Hemos alejado a Dios de nosotros. Nos hemos separado de la comunión directa con nuestro Creador. Entonces, no es una sorpresa que informar a las personas de la verdad acerca de Dios sea en sí misma un tipo de aplicación poderosa que necesitamos desesperadamente.

Esto no es una excusa para los sermones fríos o sin entusiasmo. Puedo estar muy emocionado —y más— tanto por las declaraciones indicativas como por las ordenanzas imperativas. Las órdenes del evangelio a arrepentirnos y creer no significan nada fuera de las declaraciones indicativas referentes a Dios, nosotros mismos y Cristo. La información es vital. Somos llamados a enseñar la verdad y proclamar un gran mensaje acerca de Dios. Queremos que las personas que escuchan nuestro mensaje cambien de ser ignorantes a ser conocedoras de la verdad. Dicha información sincera es la aplicación.

LA DUDA

La duda es diferente a la ignorancia. En la duda, tomamos ideas o verdades que son familiares para nosotros y las cuestionamos. Este tipo de cuestionamiento no es extraño entre los cristianos. De hecho, la duda puede que sea uno de los asuntos más importantes que deben ser explorados cuidadosamente y desafiados profundamente en nuestra predicación. Enfrentarse a la duda no es algo que un predicador asume de los no creyentes por un poco de apologética antes de la conversión. Algunas personas que se sientan a escuchar sermones semana tras semana pueden conocer bien los hechos que el predicador menciona acerca de Cristo, Dios u Onésimo, pero pueden muy bien tener luchas con relación a si realmente creen o no que esos hechos son verdaderos. Algunas veces las personas pueden hasta no estar conscientes de sus dudas, y mucho menos dispuestas a expresarlas como dudas.

Sin embargo, cuando comenzamos a considerar la Escritura exhaustivamente, encontramos persistencia en las preguntas sombrías, las incertidumbres y los titubeos, y todo esto nos hace tristemente conscientes de esa gran cantidad de dudas que hay en la distancia que nos apartan del camino fiel del peregrino. Para dichas personas, y tal vez para algunas partes de nuestro propio corazón, queremos discutir y recomendar la veracidad de la Palabra de Dios y la urgencia de creerla. Estamos llamados a sugerir a los oyentes la veracidad de la Palabra de Dios. Queremos que las personas que escuchan nuestros mensajes cambien de la duda a la creencia de la verdad con todo el corazón. Dicha predicación urgente y que busca la verdad es la aplicación.

EL PECADO

El pecado también es un problema en este mundo caído. La ignorancia y la duda pueden ser en sí mismas pecados específicos, el resultado de pecados específicos o ninguna de las dos cosas, pero el pecado es ciertamente más que la negligencia o la duda.

Puedes estar seguro de que las personas que escuchan tus sermones tuvieron luchas con desobedecer a Dios en la semana que acaba de pasar, y que seguramente lucharán con desobedecerlo en la semana que está comenzando. Los pecados serán diferentes. Algunos serán desobediencias de acción y otros de falta de acción, pero ya sea de comisión o de omisión, los pecados son desobediencias a Dios. Parte de la predicación es desafiar al pueblo de Dios a una santidad de vida que reflejará la santidad de Dios mismo. Por tanto, parte de aplicar el pasaje de la Escritura es extraer las implicaciones de ese pasaje para nuestras acciones de esta semana. Nosotros como predicadores estamos llamados a exhortar al pueblo de Dios a la obediencia a su Palabra. Queremos que nuestros oyentes cambien de la desobediencia pecaminosa a la obediencia gozosa y alegre a Dios según su voluntad revelada en su Palabra. Dicha exhortación a la obediencia es ciertamente aplicación.

EL EVANGELIO

El mensaje principal que necesitamos aplicar cada vez que predicamos es el evangelio. Algunas personas aún no conocen las buenas nuevas de Jesucristo. Y otros hasta han estado sentados en tu predicación por un tiempo, distraídos, durmiendo, soñando despiertos o cualquier otra cosa menos prestando atención. Ellos necesitan estar informados del evangelio. Necesitan que se les hable.

Otros pueden haber escuchado, entendido o tal vez hasta aceptado la verdad, pero ahora están luchando con la duda de los asuntos que estás abordando o asumiendo en tu mensaje. Dichas personas necesitan ser exhortadas a creer la verdad de las buenas nuevas de Cristo.

Y además las personas pueden haber escuchado y entendido, pero permanecen lentas en el arrepentimiento de sus pecados. Pueden hasta haber aceptado la verdad del mensaje del evangelio, pero no quieren renunciar a sus pecados y confiar en Cristo. Para esos oyentes, la aplicación más poderosa que puedes hacer es exhortarles a odiar su pecado y huir hacia Cristo. En todos nuestros sermones, debemos buscar aplicar el evangelio informando, instando y exhortando.

Un desafío común que enfrentamos los predicadores al aplicar la Palabra de Dios en nuestros sermones es que las personas que experimentan problemas en un área definida pensarán que no estás aplicando la Escritura en tu predicación porque no estás abordando su problema de forma específica. ¿Están ellos en lo correcto? No necesariamente. Aunque tu predicación pueda mejorar si comienzas a abordar cada categoría más frecuente o profundamente, no está mal que le prediques a aquellos que necesitan estar informados o ser exhortados a abandonar el pecado, aun cuando la persona que habla contigo no se encuentre tan consciente de esa necesidad.

Una nota final. Proverbios 23:12 dice: «Aplica tu corazón a la enseñanza, y tus oídos a las palabras de sabiduría». En las traducciones en inglés, parece que las palabras traducidas como «aplicar» en la Biblia casi siempre ¿tal vez siempre?hacen referencia no a la obra del predicador como nos enseña la homilética, ni tampoco al Espíritu Santo como los sistemáticos correctamente nos enseñansino a la obra de uno que escucha la Palabra. Estamos llamados a aplicar la palabra a nuestros propios corazones y a aplicarnos a esa obra. Esa tal vez es la aplicación más importante que podríamos hacer el próximo domingo para beneficio de todo el pueblo de Dios.