Clases esenciales: Nuevo Testamento

Nuevo Testamento – Clase 8: Hechos: El Reino se expande

Artículo
27.06.2018

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Clase esencial
Panorama del Nuevo Testamento
Clase 8: Hechos: El Reino se expande


Introducción

Antes de comenzar, un comentario acerca del propósito de este seminario básico. El objetivo de esta clase del Nuevo Testamento es brindar un panorama del mensaje central de cada libro del Nuevo Testamento. Nuestra meta es que este panorama sirva para tres propósitos básicos en tu vida: 1) Fortalecer la meditación y el estudio personal mientras procuras conocer la Palara de Dios y vivir según lo que ella dice; 2) ampliar tu conocimiento acerca de la gran historia de la Escritura y de cómo ésta se enfoca en la persona y obra de Cristo; y 3) prepararte para un discipulado y evangelismo fructíferos cuando expliques la Palabra de Dios a otros. Entonces, con ese objetivo claro, regresemos a nuestro tema de hoy.

Hoy domingo, los cristianos se han reunido a lo largo de todo el continente asiático, desde Japón y China hasta la India y Arabia. Creyentes en Australia adoraron al Cristo resucitado mientras dormíamos. De un lado a otro en África desde Ciudad del Cabo hasta el Cairo, en toda Europa en ciudades como Ginebra, Oslo, Londres y Viena. Por debajo del ecuador en Suramérica, cientos de miles en Brasil, Chile y Argentina por el mismo propósito. Incluso ahora mismo, cientos de miles se reúnen en la costa este de Estados Unidos, y muchos más se reunirán a lo largo del día a lo largo de este país, desde Chicago hasta Dallas, Denver y la costa del Pacífico de San Diego hasta Seattle. Y luego en las islas del Pacífico. ¡El día de la resurrección de Jesús se celebrará hasta que personas de todos los rincones del mundo se hayan reunido para adorar al Cristo resucitado!

¿Alguna vez has pensado cómo llegamos a este punto? Bueno, en el libro que examinaremos el día de hoy, estudiaremos cómo el Reino de Cristo se expandió desde la ciudad romana avanzada de Jerusalén hasta el corazón del mundo civilizado antiguo…  Roma. ¡Y eso nos enseñará por qué este reino ha continuado expandiéndose por las naciones del mundo desde que Lucas escribió Hechos hace casi 2000 años!

El libro comienza retomando donde lo dejó Lucas en su relato del Evangelio, con Jesús dando instrucciones de despedida a sus discípulos y luego ascendiendo al cielo. Para algo de contexto, ve conmigo a Lucas 24: 46-49: «y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto. De igual forma, Lucas empieza Hechos con un recuento similar de este acontecimiento, como una continuación televisiva: «Anteriormente, en ’24’»…Omite Juan y pasa a Hechos 1:6-8. Lucas escribe: «Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad;  pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». Y con esa presentación, Lucas logra dos cosas. Conecta el Evangelio de Lucas con Hechos, y proporciona una vista previa de lo que veremos a través del resto de Hechos: antes de la culminación final del Reino de Cristo, el evangelio irá a Judea, a Samaria y a los confines de la tierra.  Y a medida que veamos la mano soberana de Dios a través de los Hechos, ¡llegaremos a comprender cómo Él también ha continuado esta expansión a través de nosotros hoy!

Contexto

Antes de considerar el mensaje del libro, algunos comentarios breves acerca de su contexto. Como ya estudiamos hace dos semanas, Lucas, compañero de Pablo, escribió el Evangelio de Lucas y Hechos. Posiblemente resultaron ser un grupo de volúmenes en sus inicios, y no fueron separados sino hasta que Juan fue ubicado en medio de ellos. Es probable que el libro haya sido escrito poco tiempo después del Evangelio de Lucas a principios de los años 60 d. C. Si bien no es una cronología precisa o un recuento completo de los eventos de la iglesia primitiva, Hechos puede considerarse una obra histórica. Lucas fue un investigador cuidadoso como se evidencia en su relato del Evangelio, y tampoco tenemos motivos para dudar de la veracidad histórica/fáctica del libro de los Hechos.

¿Por qué Lucas escribió? Los eruditos han sugerido una serie de propósitos para Hechos que incluyen: la reconciliación del cristianismo judío y gentil, proporcionar una apología del por qué Roma debería considerar al cristianismo como una religión legítima y defender el ministerio de Pablo. Si bien todas estas podrían haber sido algunas de las cosas que el Espíritu Santo estaba buscando lograr a través de Hechos, deberíamos entender que el propósito principal es la edificación de los cristianos. Fue escrito para edificarnos en nuestra fe. Para citar a un teólogo: «Lucas [nos edifica] al describir el fundamento histórico de la fe cristiana y al mostrar, mediante esta encuesta histórica, que la iglesia de aquel tiempo es la culminación de la historia bíblica. La salvación de Dios se reveló en, y se hizo disponible a través de, su Hijo, Jesucristo. El mensaje de esa salvación fue confiado por el mismo Cristo a sus apóstoles, y a través del empoderamiento y la dirección del Espíritu Santo, ahora han llevado ese mensaje, y la salvación que media, a ‘los confines de la tierra’»[1].

Mientras consideramos Hechos esta mañana, ¡espero que te animes a ver dónde encajan los propósitos redentores de Dios y algo de su cuidado soberano por ti al expandir su Reino a personas como nosotros! Tomaremos el libro en cuatro partes principales. Primero, veremos el trabajo del Espíritu Santo en el libro. Después de todo, aunque a menudo se titula «Hechos de los Apóstoles», un nombre más adecuado sería «Hechos del Espíritu Santo». A continuación, examinaremos el mensaje del evangelio que impulsa la expansión del Reino de Jesús en este libro. En tercer lugar, dedicaremos algo de tiempo a rastrear exactamente la progresión de esa expansión, desde Jerusalén a Roma. Y finalmente, examinaremos los propósitos soberanos de Dios en todo esto. ¿Preparado? Comencemos.

Primero, el poder de la expansión del Reino—el Espíritu Santo

Tal como Cristo lo había prometido en Hechos 1:8, el Espíritu Santo sí viene. Veamos Hechos 2:1-4. Como Lucas relata: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen». Esta no sería la última vez que leemos acerca de este tipo de experiencia en Hechos. Vuelve a Hecho 8:17, donde se predica el evangelio en Samaria. Se nos dice que Pedro y Juan «les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo». Luego, ve Hechos 10:44-45. Estamos en la casa de Cornelius, el centurión romano, y leemos: «Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo» (Hechos 10:44-45). Lo mismo les sucede a los nuevos creyentes en Éfeso en el capítulo 19. Ahora bien, es significativo que estas obvias venidas del Espíritu Santo reflejen las etapas de la profecía de Jesús acerca de la expansión de su iglesia en Hechos 1:8. Vemos que esto sucede en el día Pentecostés en Jerusalén. Y luego lo vemos cuando el evangelio llega a Samaria y a los gentiles de allí; y finalmente, hacia los confines de la tierra en lugares como Éfeso. El Espíritu Santo en este libro parece actuar de maneras extraordinariamente sobrenaturales para validar el mensaje del evangelio cuando llega a nuevos lugares. Como tal, estas notables obras del Espíritu deberían entenderse mejor como una extensión del día de Pentecostés, no necesariamente como las experiencias normativas de los creyentes que reciben a Cristo a través de los siglos. Sin embargo, eso no significa que el Espíritu Santo no sea importante o activo hoy. Necesitamos escuchar a Lucas: en Hechos, trabaja para demostrarnos que Jesús cumplió realmente su promesa de enviar su Espíritu Santo a la Iglesia, no solo a la iglesia primitiva, sino a todos los que creemos en él.

Y la llenura del Espíritu Santo no es un acontecimiento de una sola vez. Es algo que continuará ocurriendo a lo largo de la vida del creyente; de ​​hecho, en Efesios, Pablo realmente nos ordena: «sed llenos del Espíritu». A medida que avancemos a través del Nuevo Testamento, veremos que la manera en que los cristianos crecen en la fe no es recordando los milagros del Espíritu Santo, sino haciendo que el Espíritu Santo transforme su carácter mediante la predicación de la Palabra y mediante los otros dones de edificación impartidos por el Espíritu en la iglesia (1 Corintios 12:7).

Por tanto, una buena pregunta para que reflexionemos podría ser, ¿estás consciente y agradecido por el Espíritu Santo? Hay una gran tendencia a enfatizar demasiado las experiencias de la obra del Espíritu Santo, pero también es peligroso ignorarlo por completo. Deberíamos alegrarnos de que Dios, por su Espíritu, está abriendo nuestras mentes a su Palabra, convenciéndonos del pecado, conformándonos a la imagen de Cristo, asegurándonos su gracia y guiándonos por su presencia.

En resumen, en el libro de Hechos, el Espíritu proporciona el poder que Cristo prometió antes de su ascensión. ¿Qué hace ese poder? Eso nos lleva a nuestro segundo punto: el Espíritu obra a través de hombres y mujeres para expandir el Reino, dando a conocer el Evangelio de Jesucristo.

El mensaje de la expansión del Reino—El evangelio de Jesucristo

Algo fascinante que ves en el libro de Hechos es que, aunque Dios está milagrosamente en acción, cada conversión se debe a que una persona explica el mensaje del evangelio. Así, cuando Dios quiere que el eunuco etíope crea, envía a Felipe para anunciarle «el evangelio de Jesús» (8:35). En el siguiente capítulo, incluso después de que Jesús se aparece a Saulo como el Cristo resucitado, no es sino hasta que Ananías lo explica que recibe el Espíritu (9:17). Y luego, en el capítulo 10, Dios usa una serie de visiones tanto para Pedro como para Cornelio para unirlos, a fin de que Pedro pueda compartir el evangelio con Cornelio. Por alguna razón, Dios siempre ha elegido trabajar su poder divino de conversión a través de los seres humanos que proclaman el mensaje del evangelio. ¿Y cuál es ese mensaje? Mira Hechos 2:38-39. Pedro lo proclamó en el día de Pentecostés: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare».

Es el mismo mensaje de esperanza que necesitamos escuchar hoy. Son la buenas noticias que nos declaran que aunque Dios es absolutamente perfecto, el Espíritu Santo es completamente santo, separado de nosotros, y aunque nos hemos rebelado contra este Dios perfecto y hemos roto su ley en nuestro pecado, de modo que ninguno de nosotros es apto para su santa presencia, al contrario, somos merecedores de su juicio; a pesar de todo, debido a su misericordia, el Hijo de Dios vino en forma humana para salvarnos. Jesús de Nazaret, mediante el sacrificio voluntario de su propia vida en la cruz, nos reconcilió con Dios, para que pudiéramos ser perdonados de nuestros pecados y por gracia disfrutar de la presencia del Espíritu Santo de Dios, si solo nos arrepentimos de nuestro estilo de vida vacío y egoísta, y creemos en Jesús como Salvador y Señor. Ese es el evangelio.

Y es por eso que el punto de los Hechos y lo que enseñan los Apóstoles a lo largo de este libro no fue, en última instancia, la vida de Jesús, sino su muerte, resurrección y lo que él logró. Cuando hablaron acerca de Jesús, lo hicieron de manera muy diferente a una biografía. La mayoría de las biografías dan igual atención a cada detalle notable de la vida de una persona. Pero estos apóstoles estaban obsesionados con el final de la historia. El centro de su mensaje fue la muerte y resurrección de Jesús. Como ejemplo, ve Hechos 3:13-15: «El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos».

Entonces, el poder detrás del libro de Hechos es el Espíritu Santo, pero su medio es el evangelio. Lo que eso significa para nosotros, hoy, cuando vemos personas a nuestro alrededor que no confían en Jesús, es que deberíamos orar y proclamar. Ora para que el Espíritu Santo milagrosamente transforme los corazones. Pero no solo ora, y luego siéntate en tu sofá; proclama las buenas noticias con denuedo y gracia, en tiempos felices y en medio de la persecución, como los creyentes en Hechos.

Hemos visto el poder y el mensaje de la expansión del Reino, y luego veremos la progresión del Reino en Hechos.

La progresión de la expansión del Reino

Pasaremos la mayor parte de nuestro tiempo esta mañana considerando este progreso de la expansión del Reino. Esos primeros versículos de Hechos ofrecen un excelente desglose para todo el libro: «y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». Desde Jerusalén hasta Roma.

A partir de Hechos 2:42 hasta 6:7, Lucas nos cuenta lo que está sucediendo en la iglesia en Jerusalén.

Se mueve hacia la expansión geográfica en Hechos 6:8 al 9:31, comenzando con el discurso de Esteban ante el Sanedrín. Esteban presenta con valentía una teología bíblica de por qué el Reino nunca fue destinado a estar confinado a un pueblo étnico en particular, los judíos. ¿Cuál es la respuesta? Es apedreado. Sin embargo, después de que matan a Esteban, vemos que el evangelio se extiende por Judea y Samaria. Felipe explica el evangelio a un funcionario de la corte de la reina de Etiopía en el capítulo 8 (8:26-40), y Saulo de Tarso, el futuro misionero, se convierte en el capítulo 9 (9:1-30).

La primera mitad de Hechos, en la que Pedro es el personaje central, concluye (9:32-12:34) con un relato dramático del evangelio presentado al centurión romano Cornelio en el capítulo 10. Considera cuán monumental era esto para Pedro. Ser llamado para llevar el evangelio a un gentil. Leemos que Pedro se sorprendió ante la insistencia de Dios de no considerar impuro lo que Dios había llamado limpio; el Señor desafía el corazón mismo de lo que Pedro valoraba como judío. Leamos Hechos 10:27-29. Lucas nos cuenta: «hablando con él, entró, y halló a muchos que se habían reunido. Y les dijo: Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo; por lo cual, al ser llamado, vine sin replicar. Así que pregunto: ¿Por qué causa me habéis hecho venir?». Leemos que inmediatamente después de escuchar el evangelio y creer, Cornelio y los que estaban en su casa experimentaron el mismo derramamiento del Espíritu Santo que se experimentó en el día de Pentecostés.

¿Qué debe haber estado pensando Pedro? ¿Podrían las palabras de Cristo en Lucas 13 haber estado resonando en sus oídos en este momento? «¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció, y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas» (Lucas 13:18-19). Aquí está Pedro, quien persistentemente había confundido el Reino de Cristo con sueños mesiánicos judíos falsos. Ahora, es un instrumento de exactamente la clase de reino que Cristo había comenzado a establecer. Para usar las imágenes de la parábola de Jesús en Lucas 14, Pedro era ahora el que invitaba a nuevas personas al banquete de las bodas de Dios, a las que parecerían más indignas del privilegio.

No fue solo una nueva experiencia para Pedro; vemos que a medida que el evangelio se expandió a los gentiles, forzó a la comunidad cristiana judía en Jerusalén a empezar a lidiar con algunas preguntas básicas acerca de la naturaleza del evangelio y su expansión a los gentiles. Hechos relata en el capítulo 11: «Y cuando Pedro subió a Jerusalén, disputaban con él los que eran de la circuncisión diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?» (11:2-3). Entonces, Pedro relata todo el evento, incluido su llamado por parte de Dios y el posterior derramamiento del Espíritu Santo. Después de escuchar todo esto, Lucas nos dice: «Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!» (11:18).

¿Cómo respondes a esta temprana expansión del evangelio? ¿Puedes identificarte con Cornelio, un receptor de la gracia de Dios a pesar de que no era judío? En la poderosa providencia de Dios, él ha considerado apropiado expandir su Reino a muchos más «Cornelios». ¿Puedes identificarte con Pedro, quien al principio no entendía este aspecto del plan de Dios? Aquí hay una lección: no deberíamos considerar que alguien sobrepasa la capacidad de Dios para ser alcanzado; no hay un grupo de personas que sea «impuro» o «intocable». Si sientes la tentación de ver el evangelismo principalmente en términos de compartir el evangelio con personas relativamente parecidas a ti, lee este relato de Pedro yendo a Cornelio. Considera que habrían sido hombres similares a Cornelio quienes supervisaron y llevaron a cabo la ejecución de Jesús, ¡y ahora Pedro estaba llevando el mensaje del evangelio a uno de estos hombres! Pedro fue y compartió, no porque fuera fácil o conveniente, sino por el poderoso mandato de Dios.

Más adelante, en la segunda mitad de Hechos, Lucas quita el enfoque de Pedro y cambia la cámara a Saulo de Tarso (Pablo), quien sería el medio que Dios usó para expandir dramáticamente el Reino en el mundo de los gentiles.

Al comenzar la segunda mitad de Hechos desde el 12:25 hasta el 16:5, vemos a Pablo y Bernabé dirigirse desde Antioquía a Chipre (de donde era Bernabé), y luego a Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe (todos los cuales están en hoy en día suroeste de Turquía). En cada uno de estos pueblos y ciudades, Pablo y Bernabé establecieron un patrón, en primer lugar, iban a la sinagoga y enseñaban, encontraban el rechazo general judío del mensaje del evangelio, lo que resultaba en la predicación de Pablo a los gentiles, y finalmente en la persecución judía obligándolos a irse. Después de volver de sus viajes a Antioquía en Siria, Pablo y Bernabé fueron convocados a Jerusalén para defender y discutir su alcance gentil.

Eso es lo que hacen en Hechos 15, cuando se reúnen con los ancianos y apóstoles. La preocupación central era si los conversos gentiles debían circuncidarse o cumplir otros aspectos de la ley judía para poder ser cristianos. El siempre audaz Pedro defiende con razón la obra de Bernabé, diciendo: «Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos» (Hechos 15:11). El concilio coincide y redacta una carta a los creyentes gentiles pidiéndoles que simplemente alienten a sus compañeros cristianos judíos viviendo vidas rectas y evitando obstáculos comunes.

El resto de Hechos, 16:6-28:31, trata realmente de la continua expansión del evangelio en el mundo gentil. El primer viaje de Pablo fue a la Turquía moderna; su segundo viaje lo llevaría a la Grecia moderna. Pablo y Silas viajan a Macedonia, y después de compartir el evangelio con Lidia en Filipos en el capítulo 16, Pablo y Silas son arrestados y encarcelados. Son rescatados de manera similar a como lo había sido Pedro antes, pero esta vez por un terremoto divinamente designado. Se trasladan a Tesalónica y luego a Berea, antes de llegar a Atenas. En Atenas, Pablo da su famoso discurso al Areópago, en el que cita a los filósofos y poetas griegos para ganar una audiencia, y luego les proclama al único Dios verdadero. Aquí estaba Pablo encarnando lo que enseñaría más tarde, que se convirtió en todo para todos los hombres, no alterando el mensaje de Jesucristo, sino centrándolo en el trasfondo y contexto de su audiencia. Debemos orar por fidelidad, ya que hacemos lo mismo cada vez que compartimos el evangelio con nuestros hijos, con nuestro vecino ateo, con un compañero de clase de la nueva era, con un compañero de trabajo musulmán, o simplemente con un tío o tía no religiosos.

En el capítulo 18, Pablo se traslada a Corinto, donde pasa tiempo trabajando con Priscila y Aquila, quienes Lucas nos dice que también eran hacedores de tiendas. Mientras estaba en Corinto, el Señor le dice a Pablo: «Entonces el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad». (Hechos 18:9-10). ¡Qué aliento en medio de tiempos menos obvios de expansión del evangelio! Pablo, y cualquier otro cristiano después de él, puede ser animado en este ministerio a ser fiel. Dios ha elegido quién vendrá a él. No tenemos la responsabilidad de cuánto o cuán rápido se expande el Reino: Dios sí. Nuestro trabajo es proclamar fielmente el mensaje del evangelio.

Luego, en el capítulo 19, Pablo se traslada a Éfeso, donde se produce una revuelta porque los obreros plateros reconocen que el mensaje de Pablo es una mala noticia para sus negocios. Después de todo, eran fabricantes de ídolos, ¡y Pablo predicaba la exclusividad de Jesucristo! Sin embargo, en la providencia de Dios, los disturbios no perjudican a Pablo ni a la joven iglesia de allí. De hecho, cuando Pablo regresa a Éfeso algún tiempo después, puede animar a los ancianos de Éfeso en lo que es quizá la escena más tierna del libro de los Hechos. Pueden surgir disturbios y oposición, pero estos hombres tienen la más pesada de las responsabilidades: Versículo 28: «Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hechos 20:28). Cuando leemos acerca del sufrimiento en Hechos, oremos por nuestros propios ancianos aquí en CHBC, para que nos lleven a confiar en Cristo en medio de las dificultades.

Después de este segundo viaje a Asia Menor, Pablo regresa a Jerusalén y problemas le aguardan. Los siguientes capítulos en Jerusalén, capítulos 21-26:32, proporcionan algunos de los relatos más apasionantes en el Nuevo Testamento aparte de los relatos de la semana de la Pasión. Primero, los judíos incitan a la multitud contra Pablo y es arrestado. Aparece primero ante el Sanedrín judío (22:30-23:10), y luego es transferido a una prisión en Cesarea debido a las amenazas contra su vida en Jerusalén. Comparece ante Festo donde apela su caso al mismísimo César (25:1-12). En Hechos 23:11, Dios ya le había prometido a Pablo que proclamaría el evangelio en Roma y, ​​sin embargo, Pablo no se limitó a sentarse y esperar; en su apelación, aprovechó su ciudadanía romana, que Dios usó para enviar a Pablo a Roma. En este caso y en todos los Hechos, vemos a los apóstoles y a los primeros cristianos tomar medidas valientes por Cristo, utilizando todos los recursos que el Señor había dado para expandir el Reino, y este es un buen modelo para nosotros. No está mal usar los dones, oportunidades, ventajas y relaciones que el Señor nos ha dado con el propósito de expandir su Reino. Es una interpretación errónea del Nuevo Testamento pensar que los cristianos están llamados a «sentarse» y esperar a Dios. Ciertamente, la paciencia y la confianza son parte de la vida cristiana, ¡pero también lo es la ambición piadosa!

Después de un largo y peligroso viaje, que incluyó un naufragio, Pablo llega a Roma, y es ahí donde Lucas termina su historia. En cuestión de años después de la muerte y resurrección de Cristo, el evangelio se abrió camino desde Jerusalén hasta el mismísimo centro del poder y la cultura en ese momento. Qué palabras tan alentadoras las de Pablo al concluir Hechos: «Sabed, pues, que a los gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oirán».

La providencia de la expansión del Reino—El Dios soberano

Bueno, entonces, es hora de nuestro último punto. Si sentimos la tentación de colocar demasiada responsabilidad en las manos de los discípulos de Cristo para llevar a cabo su misión, como consideramos antes, las sabias palabras de un fariseo llamado Gamaliel en el capítulo 5 ofrecen consejos correctivos. En los primeros días de la iglesia, los discípulos fueron arrestados y llevados ante el Sanedrín, el grupo gobernante de judíos en Jerusalén. Después de que Pedro y los apóstoles dieron su defensa, el Sanedrín estaba listo para darles muerte, hasta que Gamaliel habló. Mira Hechos 5:35-39: «Varones israelitas, mirad por vosotros lo que vais a hacer respecto a estos hombres. Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien. A éste se unió un número como de cuatrocientos hombres; pero él fue muerto, y todos los que le obedecían fueron dispersados y reducidos a nada. Después de éste, se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo. Pereció también él, y todos los que le obedecían fueron dispersados. Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios».

El libro de Hechos, en una frase, es una larga confirmación de que esto era de parte de Dios. Los ángeles son enviados a liberar a los discípulos de Cristo de la prisión. Numerosos pasajes muestran cómo los acontecimientos de la iglesia primitiva cumplían la profecía del Antiguo Testamento. El discípulo que traicionó a Jesús es reemplazado como se predice en el Salmo 109:8 (1:16-20). Dios derrama su Espíritu como Joel (2:28-32) había predicho (2:16-21). E Israel persistió en la incredulidad, mientras que los gentiles creían, exactamente lo que Isaías (49:6) había dicho que sucedería. Y más allá del cumplimiento de la profecía, vemos que Dios hace la obra en el libro de los Hechos. Otorga el arrepentimiento (11:18). Designa la vida eterna (13:48). Abre la puerta de la fe y el corazón de los que creen (14:27, 16:14). Y es esta elección de un pueblo para ser suyo lo que Dios usa incluso como una motivación para las misiones, cuando le dice a Pablo que vaya a Corinto porque tiene «mucho pueblo en esta ciudad» (18:10). De hecho, el libro de Hechos nos dice que incluso la muerte de Jesús fue parte del gran plan de Dios. Como Pedro ora en el capítulo 4: «Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera. Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra» (4:24-29).

Jesús dijo que incluso las «puertas del Hades» (Mateo 16:18) no prevalecerían contra su iglesia por el poder soberano de Dios detrás de ella, y eso es exactamente lo que vemos en el libro de los Hechos. Dios está trabajando. Nada puede detener su mano, y su plan se resuelve magistralmente. ¡Y qué gran motivo de esperanza para nosotros! Sin duda, la iglesia de hoy no es perfecta. Ni su mensaje aún ha resonado a cada grupo de personas; aunque los cristianos se pueden encontrar en casi todas partes en la tierra, como pensamos al principio de la clase, todavía hay millones que nunca han escuchado el evangelio de Jesucristo. Sin embargo, Dios todavía está trabajando. Continúa llamando a hombres y mujeres a creer en él, continúa expandiendo su iglesia, continúa utilizando vasijas débiles como nosotros como sus embajadores, y la esperanza cierta del libro de Hechos es que logrará todo el trabajo que tiene planeado para nosotros hasta que nuestro Señor regrese nuevamente.

 

[1] Carson, Moo, y Morris, «An Introduction to the New Testament», 198.