Clases esenciales: Nuevo Testamento

Nuevo Testamento – Clase 16: 2 Timoteo

Artículo
27.06.2018

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Clase esencial
Panorama del Nuevo Testamento
Clase 16: 2 Timoteo


2 Timoteo: La continuación del Reino

Algunas de las palabras más memorables de un líder son las que se dan en un discurso de despedida. Una vida o una carrera de logros, contratiempos, alegría y dolor pueden darnos perspectivas que antes no teníamos en la vida. De los discursos de despedida obtenemos una idea de la vida de la persona que habla. En ocasiones aprendemos interpretaciones de acontecimientos pasados desde su punto de vista. Aprendemos lo que la persona valora. Y a menudo nos quedan palabras inspiradoras para el futuro. Considera algunas de estas palabras memorables de discursos de despedida:

General Douglas MacArthur:

«Los soldados viejos nunca mueren. Sólo se desvanecen».

Reagan:

«Amigos: Lo logramos. No sólo estábamos ganando tiempo. Creamos una diferencia».

Nathan Hale dijo:

«Solo lamento tener una única vida que perder por mi país».

Y por supuesto, Oscar Wilde: «¡O se va ese papel pintado, o me voy yo!».

En 2 Timoteo, lo que se cree que es la última carta escrita por el apóstol Pablo, tenemos estas palabras del discurso de despedida de Pablo: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe». Estas palabras de Pablo son algunas de las últimas palabras más famosas jamás pronunciadas, y junto con el contenido de esta última carta, sirven para decirnos algo no solo del hombre que dijo estas palabras, sino del propósito del evangelio por el que vivió. A través de estas últimas palabras de Pablo, no solo aprendemos acerca de él y lo que lo motivó. Pablo tiene otro propósito al escribir esta carta que es más que solo hablar de su esperanza personal en el evangelio. Como en una última voluntad y testamento, Pablo quiere asegurarse de que su mayordomía del evangelio se transmita bien a la próxima generación. Así que… Entremos en 2 Timoteo. En primer lugar, veamos algunos antecedentes. 

Contexto

Pablo parece saber que estas son sus últimas palabras escritas. Por tanto, hay una claridad de expresión, ya que éste quizá sea su último contacto con su hijo en la fe, Timoteo. Al parecer, Pablo había sido arrestado nuevamente en Éfeso, tal vez por instigación de Alejandro, el calderero. Le dice a Timoteo: «Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos. Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos. Guárdate tú también de él, pues en gran manera se ha opuesto a nuestras palabras. En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león. Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén» (4:13-18).

Entonces, el juicio de Pablo en Roma ha comenzado. Su confianza ha cambiado de la confianza que tenía en su anterior encarcelamiento. Allí, había escrito de manera célebre, al reflexionar sobre si era mejor quedarse aquí por el bien de la iglesia o partir y estar con Cristo:

Filipenses 1:24-26:

«Pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros. Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe, para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo Jesús por mi presencia otra vez entre vosotros».

Pero ahora vemos que su esperanza está en otra parte:

2 Timoteo 4:6-8:

«Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida». 

¿Ves dónde está la esperanza personal de Pablo? Él se enfoca en su descanso eterno en Cristo, y esto motiva su mensaje final a Timoteo. 

Resumen/Estructura:

Bien, antes de profundizar, echemos un vistazo a una descripción general de ese mensaje final.

En el capítulo 1, vemos a Pablo haciendo un llamado a Timoteo a proteger el mensaje que se le ha confiado. La necesidad de guardar el mensaje del evangelio y asegurarse de que su mensaje no fuera alterado o comprometido no fue algo que Pablo supuso. Pablo sabía que el mensaje del evangelio, una vez asumido, estaba en peligro de perderse rápidamente. 

En los capítulos 2 y 3, vemos que Pablo cambia su enfoque a la necesidad de levantar hombres fieles que continuarán enseñando y predicando el evangelio. Aunque esto no será sin la continua oposición de los falsos maestros. Pablo ya ha sufrido por el evangelio y sigue recordándole a Timoteo que predicar fielmente el mensaje del evangelio resultará invariablemente en alguna forma de sufrimiento en la época presente.

Hacia el final del capítulo 3 y en el capítulo 4, Pablo le da su último encargo a Timoteo: «Persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste» (3:14). El ministro fiel, el cristiano fiel, continuará, perdurando en la fe hasta sus últimos días. Como ya hemos visto, Pablo se ofrece a sí mismo como ejemplo de esto: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (4:7).

Y entonces Pablo termina la carta con algunas instrucciones finales, algunos saludos y una oración: «El Señor Jesucristo esté con tu espíritu. La gracia sea con vosotros. Amén» (4:22). 

Para Timoteo y para nosotros, el mensaje de Pablo se puede resumir en tres palabras: proteger, predicar y perseverar. Protege el mensaje que se te ha confiado, predica la Palabra sin importar el costo personal y persevera hasta el final. Tomaré cada una de ellas para darte un repaso temático del libro. En primer lugar, protege el mensaje.

Protege el mensaje

Pablo comienza su carta a Timoteo dando esta exhortación: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio, del cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles. Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día. Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros» (1:7-14).

Dios dio un espíritu de poder. Sufrimos por el evangelio por el poder de Dios. Dios designó a Pablo como un heraldo del evangelio. Y Timoteo ahora debe guardar ese mensaje con la ayuda del Espíritu Santo. Entonces, lo primero que vemos es que la tarea de proteger el mensaje del evangelio no comienza con nosotros; comienza con Aquel que dio el mensaje. En definitiva, la integridad del mensaje no descansa en la cantidad de valentía que poseemos, o el celo y la pasión que tenemos al proclamarlo. Dios nos da las buenas noticias. Dios nos salva y nos sostiene. Dios nos llama. El hombre no inventó esta religión como una forma de acercarse a Dios. Dios trajo este evangelio al hombre. En medio de la exhortación a proteger el mensaje del evangelio, que es una mayordomía seria, debemos recordar que la tarea no depende de nosotros en última instancia. No, es Dios quien nos da el evangelio y también Dios nos da la capacidad de guardar el buen depósito que se nos ha confiado. 

Sin embargo, observa que Dios nos confía el evangelio. Los hijos de Dios son los medios que Dios usa para guardar las buenas noticias. Entonces, ¿cómo debemos protegerlo? En cierto sentido, nuestro llamado es no hacer nada. Y eso es mucho más desafiante de lo que podría parecer a primera vista. Tú y yo no estamos llamados a comunicar otro mensaje; o a encontrar algo que tenga un mayor atractivo superficial; o a elaborar un evangelio que se adapte mejor a las necesidades modernas, tal como las vemos. Estamos llamados únicamente a comunicar el evangelio de Jesucristo. Si el evangelio de Jesucristo se altera, se pierde.

¿Y a nivel personal? ¿Alguna vez has sentido la tentación de alterar el evangelio? Tal vez es en el momento de pecar. Queriendo ceder ante nuestro pecado, nos olvidamos del costo de la gracia y negamos el llamado del evangelio de que una vez que nos convertimos en hijos de Dios, Jesús es nuestro Salvador y nuestro Señor. Recuerda las palabras de Pablo en Romanos 6: 

«¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Ro. 6:1-4). 

O tal vez sentimos la tentación de alterar el evangelio en los momentos posteriores al pecado. Abrumados por la culpa, sentimos que tenemos que hacer algo para estar bien con Dios rápido: ir a la iglesia, leer un libro de la Biblia. Todas cosas buenas, pero ninguna de ellas puede justificarnos ante Dios. Recuerda, la obra de Cristo en la cruz ya se completó: todos nuestros pecados son borrados. Así que arrepiéntete de tu pecado y confía en lo que Cristo ha hecho por nosotros.

Finalmente, tal vez somos tentados cuando evangelizamos. Cuán filosas son las esquinas del evangelio cuando lo compartimos con un incrédulo. La idea del infierno parece tan dura para sus oídos: «¿Realmente Dios me haría esto?». Y así, en un esfuerzo por ser agradable, redondeamos las esquinas del evangelio, minimizando la depravación total del hombre y el justo juicio de Dios. La consecuencia, por supuesto, es que nuestro mensaje se diluye tanto que se convierte simplemente en una de las muchas cosas agradables en las cuales creer. No hay inmediatez en ello y no hay más necesidad de un Salvador. Procura mantenerte fiel al evangelio al compartirlo con otras personas.

Timoteo se habría enfrentado a muchas tentaciones para alterar el evangelio frente a los falsos maestros. Después de todo, el evangelio cristiano no era exactamente el camino rápido hacia la popularidad en el antiguo Éfeso. Pablo sabía que el evangelio nunca estaba a más de una generación de ser alterado o negado. La defensa segura de Pablo del mensaje del evangelio no garantizaba que cada una de estas iglesias permaneciera fiel para las generaciones venideras. Si bien el evangelio permanecerá y continuará extendiéndose por todo el mundo, las iglesias individuales pueden verse comprometidas si no guardan este mensaje.

Hay dos aspectos particulares del mensaje del evangelio que merecen especial atención al protegerlo actualmente, porque a menudo son desafiados o cambiados. En primer lugar, debemos cuidar cuidadosamente cómo presentamos la necesidad humana… Lo más fundamental es que nuestra necesidad es una necesidad espiritual causada por el hecho de que todos hemos pecado contra Dios. Y esos pecados merecen su condena. Satisfacer las necesidades físicas de las personas, por supuesto, no es malo. De hecho, es muy importante, pero nuestras necesidades físicas son efímeras, desaparecen en un respiro desde el punto de vista de la eternidad. Los cristianos se preocupan por el sufrimiento, pero de acuerdo con el evangelio de Jesucristo, la necesidad principal de la humanidad es ser salvados del sufrimiento eterno.

En segundo lugar, también debemos cuidar cómo presentamos la provisión de Dios para nuestra necesidad. El cristianismo no presenta a Jesús como un maestro moral, alguien que ha ganado el respeto de personas de todo el mundo debido a su gran enseñanza. Más bien, el cristianismo presenta a Jesús como el Mesías de Israel, que fue rechazado y que murió como un proscrito en la cruz. Y al morir en la cruz, cargó con los pecados de todos los que alguna vez se arrepentirían y confiarían en él.

En muchos puntos de la historia de la iglesia, el evangelio ha sufrido ataques de personas de afuera, aquellos que creen que el mensaje es dañino u ofensivo. Sin embargo, algunos de los ataques más insidiosos al evangelio provienen de aquellos que dicen ser predicadores y maestros de este mensaje. Cuando los hombres a quienes se les confió este mensaje del evangelio comienzan a cambiar o alterar el mensaje para hacerlo más «amigable» o más positivo o culturalmente apropiado o menos exclusivo, rápidamente comienzan a recorrer un camino que invariablemente conduce a la negación de la verdadera esencia de este mensaje.

Un peligro adicional que debe evitarse en la protección de este mensaje, más allá de negar o alterar el mensaje, es suponer el mensaje. La caída de muchas iglesias al liberalismo teológico a principios y mediados del siglo XX no ocurrió de la noche a la mañana; muchas iglesias que alguna vez apoyaron fuertemente el mensaje del evangelio, comenzaron a suponer el evangelio y dejaron de enfocarse exclusivamente en las implicaciones del evangelio, creyendo que había cosas adicionales en las que debían enfocarse. Si bien deberíamos estar interesados ​​y preocupados por las implicaciones del evangelio, nunca debemos confundir o sustituir las implicaciones por el mensaje mismo.

El llamado a proteger el mensaje no es uno fácil. Pablo sabía que llamar a Timoteo, y a todos los que lo seguirían, a proteger este mensaje invariablemente llevaría al sufrimiento por el bien del mismo. ¿Querrías tal «regalo» de Dios? ¿El don del poder para sufrir por el evangelio? ¿Qué mensaje estás guardando? ¿Hay algún mensaje por el que estarías dispuesto a sufrir? Me pregunto, ¿pensamos en proteger el evangelio lo suficiente? Tal vez no estamos sufriendo porque no lo estamos compartiendo. ¿Estás dispuesto a sufrir por el evangelio?

Por supuesto, proteger el evangelio a menudo conducirá  a sufrir por el evangelio, lo que nos lleva a la siguiente razón por la cual Pablo escribe esta carta a Timoteo.

Predica la Palabra, sin importar el costo:

Timoteo no solo es llamado a proteger el evangelio, también debe predicar la Palabra a los demás. Parte de este llamado implica confiar este mensaje a otros hombres fieles. Pablo le dice a Timoteo: «Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2:1-2).

No es suficiente simplemente enseñar a otros qué es el evangelio. Es responsabilidad de aquellos que tienen ministerios de predicación/enseñanza dentro de la iglesia local que también se levanten, capaciten y califiquen a otros para tener tales ministerios de enseñanza para la siguiente generación.

Por ello, es bueno que CHBC esté dispuesto a invertir una gran cantidad de tiempo y recursos en capacitar a hombres que no necesariamente pastorearán en esta iglesia local, pero que podrán proclamar el evangelio a la próxima generación, y geográficamente a nuevas ubicaciones.

Y parte de lo que debemos comunicar a esa próxima generación de aquellos que predican el evangelio es que a veces eso implicará sufrimiento.

Ya vimos en 2 Ti.1:8 que Pablo ha llamado a Timoteo a unirse con él en el sufrimiento por el evangelio; en el capítulo 2, continúa este estímulo diciendo: «Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo» (2:3). Pablo continua hablando desde la experiencia: «conforme a mi evangelio, en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa» (2:8b-9).

Los cristianos debemos estar dispuestos a soportar el sufrimiento y la oposición a la verdad. Cuando llega la oposición al evangelio, tenemos una opción: podemos soportarla, o podemos evitarla renegando del evangelio. A menudo en la vida, podemos sostener el evangelio con una mano y nuestro consuelo con la otra… Las circunstancias nos permiten llevar ambas cosas, entonces, ¿quién cuestiona nuestra sinceridad? Pero la comodidad tiene una forma lenta y progresiva de apoderarse de nuestros corazones. Comienza con buscar proveer genuina y seriamente para nuestras familias, luego se convierte en comprar lo que todos los demás dicen que es normal, y termina en el trono de nuestros corazones. Supongamos, entonces, que una prueba difícil te golpea… Tienes una elección. Puedes ser fiel al evangelio o puedes aferrarte a tu comodidad. ¿A cuál vas a aferrarte? ¿Vas a dejar ir el evangelio para mantener la comodidad? ¿O abandonarás tu comodidad por guardar el evangelio? Pablo le dice a Timoteo que puede que necesite tomar esta decisión algún día. Él nos dice lo mismo. Recuerda, los cristianos se caracterizan por un amor inconveniente. 

Ya sea que Timoteo tuviera que enfrentar el sufrimiento antes o después, Pablo lo alienta a permanecer firme en la predicación de la Palabra. Da una orientación muy directa a Timoteo acerca de esto: «Recuérdales esto, exhortándoles delante del Señor a que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para perdición de los oyentes. Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2:14-15). La predicación que Pablo encarga a Timoteo, debería actuar como un correctivo y contrapeso para los falsos maestros. Pablo continúa describiendo la naturaleza de este predicador y su predicación diciendo: «Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él». (2:24-26). Esta es una lista desalentadora para cualquiera que quiera ser un maestro público de las Escrituras. Considera lo que se requiere: tenacidad sin mezquindad; firmeza sin aspereza; y la capacidad de hablar articuladamente y permanecer sabiamente en silencio. Así  es como debería ser un maestro. En realidad, así deberían ser todos los cristianos: decididos a sacrificarse por el bien de los demás y la gloria de Dios.

Como vimos la semana pasada en Tito, un pastor debe ser capaz de refutar el error y enseñar la verdad. Pablo sabe que la falsa doctrina puede extenderse como un cáncer en toda la iglesia. Así que continúa advirtiendo a Timoteo: «También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita» (3:1-5).

Al igual que el primer siglo de Éfeso, vivimos actualmente en un mundo pluralista. La gente puede aferrarse a varias cosas contradictorias a la vez.  Por tanto, un pastor debe ser capaz de decir lo que el evangelio niega, así como lo que afirma. Esto significa que un pastor tendrá que ser alguien capaz de redargüir y corregir, así como de entrenar en rectitud. Y a menudo su mayor sufrimiento vendrá a manos de aquellos dentro de la iglesia. Ora para que el Señor continúe levantando tales hombres en su iglesia. Ora para que apoyemos a dichos hombres que lideran. Ora para que seamos esa clase de cristianos.

Persevera hasta el final

Después de alentar a Timoteo a ser fiel en la predicación de la palabra, encomendar el evangelio a hombres fieles, resistir a los falsos maestros y hacer todo esto sin importar el costo, llegamos al último tema de esta carta. Pablo se ha mantenido fiel a Cristo en la alegría y la dificultad, y ahora concluye su exhortación a Timoteo alentándolo a perseverar hasta el final. Tal vez Pablo sintió la necesidad de decirle a Timoteo: «Persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido» (3:14), porque había visto a otros abandonar la fe. Dice a Timoteo: «Procura venir pronto a verme, porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica. Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia» (4:9-10). No todos los que dicen ser seguidores de Cristo, perseveran en seguir a Cristo. ¿Recuerdas a Demas? Estaba con Pablo cuando escribió las cartas de Colosenses y Filemón. Pablo envió sus saludos a la iglesia de Colosas. Y, sin embargo, al final abandonó a Pablo. Nunca supongas, basado en tu prominencia en la iglesia o en las personas que te acompañan que de alguna manera eres inmune a dicha acción. No todos los que proclaman el nombre de Cristo perseverarán hasta el final.

Pero la esperanza de Pablo es que Timoteo perseverará. Y es interesante cómo Pablo sugirió que hiciera eso. Con este fin, le dice a Timoteo: «y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (3:15-17). Si deseas continuar hasta el final, no puedes descuidar las Escrituras. Esta es una de las principales herramientas que Dios nos ha dado para soportar hasta el final. Como dijo Thomas Cranmer, debemos leer, marcar, aprender y digerir internamente la Palabra de Dios. Nuestra lectura de la Biblia debe ser regular. Nuestro estudio debe ser diligente. Nuestra meditación debe ser reflexiva. Nuestras referencias a la Biblia deben ser frecuentes. Si somos cristianos, esto es lo que estamos llamados a hacer, alimentarnos de la Palabra de Dios. ¿Te alimentas de la Palabra de Dios? Sería especulativo adivinar por qué cayó Demas; todo lo que sabemos es que Pablo dice que amaba este mundo presente. Me pregunto qué hizo Demas para cultivar el amor por la Palabra en las semanas y meses previos a su caída. La Escritura es autoritativa, es verdadera, es perfecta, es instructiva, ¡es suficiente para decirnos todo lo que necesitamos saber acerca de vivir en este mundo a fin de que estemos preparados para el próximo!

Entonces la perseverancia implica la Palabra de Dios. Pero también implica cómo Timoteo enseña, Pablo dice: «Te encarezco… que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina» (4:2). Se requiere gran paciencia por la naturaleza misma de la enseñanza. Si alguna vez has enseñado en la escuela dominical o a tus propios hijos, sabes lo que es repetirte. Tienes que estar dispuesto a explicar algo por segunda vez, una tercera vez, una cuarta vez sin protestar a los estudiantes o hacer que se sientan mal por tener que hacer preguntas. Así es como Dios es paciente con nosotros… Un maestro de la Palabra debe instruir cuidadosamente y con gran paciencia. Pero perseverar no se trata solo de mí como individuo. Nosotros perseveramos juntos. Y entonces, enseñar con paciencia, desde el púlpito o durante el almuerzo, es una forma clave en la que podemos hacer esto juntos.

Y en ese sentido, vemos que para Pablo, perseverar hasta el final implica más que cualquiera de nuestros destinos individuales. En la acusación final de Pablo: «Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano» (4:6ff), vemos una razón adicional por la cual Timoteo debe perseverar hasta el final. Pablo pronto estaría fuera de escena. No es suficiente que una generación de cristianos persevere; a medida que el evangelio pasa de una generación de creyentes a la siguiente, ¡es imperativo que hombres y mujeres continúen, perseverando en ese evangelio que una vez fue entregado a los santos! Poder perseverar significa capacitar a la siguiente generación para perseverar, para que puedan hacerlo con la siguiente, y así sucesivamente, hasta llegar a Jesús.

¿Viste cómo los llamados de Pablo a perseverar van más allá de lo que normalmente pensamos? Cuando pensamos en un llamado a perseverar, a menudo pensamos en la necesidad de rechinar los dientes, refugiarnos y esperar a que la tormenta estalle. Pero en la mente de Pablo, esto no se trata de nuestro propio poder de permanencia. Se trata de la Palabra de Dios. Así es como perseveramos. Y por encima de eso, no solo pensamos en esto como individuos. No, perseverar como individuo está ligado a la capacidad de la comunidad cristiana que me rodea para perseverar. Así que mientras enseño e instruyo pacientemente a otros, no solo les estoy haciendo un gran servicio, sino también a mí mismo. Y luego, más allá de eso, el objetivo no es solo una generación. Debemos perseverar en el evangelio para que la próxima generación haga lo mismo. De manera que perseverar también significa proteger. Y predicar. Todo para la gloria de Cristo en este mundo.

Conclusión:

Pablo sirve como un ejemplo de alguien que protegió el mensaje, predicó la Palabra sin importar el costo y perseveró hasta el final. Entonces, ¿cómo le fue? ¿Cómo esperamos que nos vaya? Me gustaría cerrar nuestro tiempo con una sección de una biografía de Pablo, basada en el Nuevo Testamento, que fue escrita por John Pollock.

La antigua tradición del sitio de ejecución de Pablo es casi ciertamente auténtica, pero los detalles no se pueden arreglar. Mientras que la Vía Dolorosa de Cristo puede seguirse paso a paso, la de Pablo sigue siendo vaga. Así lo preferiría. Y debido a que Cristo había transitado ese camino anteriormente, el de Pablo no era una Vía Dolorosa, porque estaban caminando juntos: «Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús».

Lo condujeron a través de las paredes más allá de la pirámide de Cestia, que aún se encuentra, en la vía Ostiensis hacia el mar. Las multitudes que viajaban hacia o desde Ostia reconocerían un pelotón de ejecución por parte de los lectores con sus fajos de cañas y hachas, y el verdugo cargando una espada, que en el reinado de Nerón había reemplazado al hacha; por el escolta, y el criminal esposado, caminando rígidamente y con las piernas torcidas, harapiento y sucio desde su prisión, pero no avergonzado o degradado. Iba a una fiesta, a un triunfo, al día de la coronación que había esperado. El que había hablado muchas veces acerca de la promesa de Dios de la vida eterna en Jesús no podía temer; creyó lo que había hablado: «Todas las promesas de Dios son en él Sí». Ningún verdugo iba a hacerle perder la presencia consciente de Jesús; no estaba cambiando su compañía, solo el lugar donde la disfrutaba. Mejor aún, vería a Jesús. Esos destellos, en el camino a Damasco, en Jerusalén, en Corinto, en ese barco hundiéndose; ahora iba a verlo cara a cara, a conocerlo como lo había hecho antes.

Lo llevaron al tercer hito de la vía Ostiensis, a un pequeño bosque de pinos aglomerados, probablemente un lugar de tumbas, conocido entonces como Aquae Salviae o Aguas Curativas, y ahora como Tre Fontane, donde se encuentra una abadía en su honor. Se cree que estuvo en una celda pequeña durante la noche, ya que este era un lugar común de ejecución. Si a Lucas se le permitiera permanecer junto a su ventana, si Timoteo o Marcos hubiesen llegado a Roma a tiempo, los sonidos de la vigilia no serían de lloro sino de canto: «como entristecidos, mas siempre gozosos; como moribundos, mas he aquí vivimos».

Al amanecer, los soldados llevaron a Pablo al pilar. El verdugo estaba listo. Los soldados desnudaron a Pablo hasta la cintura y lo ataron, arrodillado en posición vertical al pilar, dejándole el cuello libre. Algunos relatos dicen que los verdugos lo golpearon con varillas; una paliza había sido el preludio habitual de la decapitación, pero en los últimos años no siempre se infligía.

Si deben administrar esta última dosis de dolor sin sentido a un cuerpo que morirá tan pronto: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación… o espada?».

«Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con» –el destello de una espada– «la gloria».