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Nuevo Testamento – Clase 13: Filipenses: El compañerismo del Reino

Artículo
27.06.2018

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Clase esencial
Panorama del Nuevo Testamento
Clase 13: Filipenses: El compañerismo del Reino


Por ahora, hemos explorado bastante las cartas de Pablo que hemos visto un patrón general. La primera sección es la doctrina del evangelio; la segunda, es la aplicación del evangelio. Y esa aplicación solamente tiene sentido, y solamente es posible a la luz del evangelio.

Pero esta mañana, al estudiar el libro de Filipenses, veremos un gran cambio en esto. Porque la carta no se centra únicamente en el evangelio, se centra en la humildad del evangelio. Y esta humildad del evangelio es la clave para desbloquear los muchos imperativos famosos en este libro. Hasta ahora hemos visto cómo el evangelio cambia los mandamientos aplicativos en las cartas de Pablo. ¿De qué manera la humildad hace lo mismo? ¿Y qué faltaría si intentáramos vivir de la manera que Pablo describe con una comprensión del evangelio, pero no una actitud de humildad? Esas son las preguntas que abordaremos cuando entremos en la carta de Pablo a los filipenses.

Contexto

La iglesia primitiva era unánime en su testimonio de que Filipenses fue escrito por el apóstol Pablo. Lo dice justo al comienzo de la carta, y las muchas referencias personales del autor encajan con lo que conocemos de Pablo en los otros libros del Nuevo Testamento.

Desconocemos la fecha en que esta carta fue escrita, en gran parte debido a que no sabemos dónde fue escrita. Es evidente que Pablo se encuentra en prisión (Fil. 1:13-14), pero no está claro si este es su encarcelamiento romano, como muchos han pensando, u otro encarcelamiento, en Éfeso o en otro lugar. Por tanto, lo mejor que podemos fichar en la fecha de esta carta, es decir que fue escrita en algún momento a mediados de los años 50 y principios del año 60 d. C.

Aunque no sabemos cuando escribió su carta, sí sabemos bastante acerca de las personas a las cuales Pablo escribió esta carta. La escribió a la iglesia en la ciudad de Filipos. Filipos era una colonia romana ubicada en el extremo norte del mar Egeo (actualmente el norte de Grecia). Era una ciudad estratégica en Macedonia. Fue una importante parada en una importante carretera llamada la Vía Egnatia, que conducía desde Bizancio (Estambul) a través de la Grecia moderna hasta el mar Adriático [ruta que Pablo seguiría desde Neápolis hasta Filipos, hasta Tesalónica en su segundo viaje misionero, como puedes observar en el mapa]. También era un famoso lugar de retiro para los exsoldados y oficiales romanos.

Pablo fundó la iglesia en Filipos cerca del año 50 d. C. durante su segundo viaje misionero con Silas. Quizá recuerdes de Hechos 16 que Pablo tuvo una visión de un hombre en Macedonia suplicándole que fuera y prestara ayuda. Así, Pablo fue a Macedonia, y se detuvo en Filipos. Como muestra de cuán romana era esta ciudad, Pablo no encontró una sola sinagoga allí. En cambio, encontró un lugar a las afueras de la ciudad, donde unas pocas mujeres judías se reunían para orar. Dios usó a Pablo para llevar al menos a una mujer a Cristo, Lidia, quien, resulta ser, no era de Filipos [Hechos 16:12-15]. Pablo también sanó a una esclava endemoniada, lo que ocasionó disturbios y lo llevó al encarcelamiento. Milagrosamente, Dios liberó a Pablo y a Silas, y esto provocó la conversión del carcelero de Filipos y su casa a Cristo. Pablo no pasó mucho tiempo en Filipos. Por tanto, la iglesia en Filipos era en su mayoría gentil, nacida en medio del sufrimiento y la persecución, y rápidamente despojada de su fundador. Este fue el inicio de la iglesia de Filipos.

De manera que al recorrer esta carta, ten en mente estas circunstancias: Pablo escribe desde prisión, está sufriendo por causa del evangelio y, de hecho, hablando de la verdadera posibilidad de una muerte inminente. Sin embargo, pese a este futuro incierto, su carta a la iglesia está llena de gozo. Pablo hace referencia al gozo o a regocijarse muchas veces en esta carta.

Asimismo, recuerda que Pablo escribe a un grupo de cristianos quienes muy probablemente eran cristianos recién convertidos; que están asustados y desanimados por el encarcelamiento de Pablo y su propio sufrimiento y peligro de persecución.

Entonces, ¿por qué motivo Pablo escribió esta carta? Dadas las circunstancias, podríamos esperar que los cristianos filipenses fueran víctimas de algún tipo de herejía. Pero, de hecho, ese no parece ser el caso. Al contrario, parecería que Pablo tenía una serie de razones prácticas para escribir esta carta.

En primer lugar, aparentemente había recibido un regalo de la iglesia filipense y quería agradecerles por ello. (4:10-19; lee v.18). ¡Así que el libro de Filipenses es una carta de agradecimiento!

En segundo lugar, Pablo escribe para ponerlos al día con sus circunstancias, y animarles por temor a que se desanimen debido a sus cadenas y encarcelamiento (1:12-30). Así que este libro es un buen libro al cual recurrir en busca de aliento si luchas con la ansiedad, el miedo o el desánimo.

En tercer lugar, no solo quiere alentarles por su condición, también quiere tranquilizarlos acerca de Epafrodito, a quienes los filipenses habían enviado a Pablo con su regalo, pero que se había enfermado y casi había muerto. Los filipenses escucharon acerca de esto y se preocuparon, así que Pablo escribe para calmarlos y enviar al mismísimo Epafrodito con la carta (2:25-30).  En este contexto Pablo hace hincapié en el servicio por el evangelio, así que este es un buen libro al que puedes ir para recordar por qué deberíamos estar más involucrados en el servicio y ministerio de la iglesia.

No obstante, el tema principal de la carta se encuentra por encima de estos elementos circunstanciales. Más allá de todo, Pablo escribe para entregar una poderosa descripción de la humildad de Cristo al ir a la cruz, e insta a sus lectores a crecer en una actitud de humildad como la de Cristo. Y así, Filipenses es un buen libro al que pueden ir los cristianos para recordar nuestro propósito elemental: modelar a Cristo a otros de todas las maneras, incluyendo cómo se humilló para servir a su pueblo. Puedes ver el bosquejo del libro bajo el punto 4 en tu folleto, pero lo primordial de lo que hablaremos es acerca de nuestro tema principal: la humildad, que se encuentra en el punto 5.

Estaremos cruzando la carta temáticamente, observando qué es la humildad del evangelio, y luego cuatro maneras diferentes en que esta carta se aplica a nuestras vidas. Entonces, primero: la humildad del evangelio.

Cuando Pablo intenta explicar con exactitud lo que significa imitar el amor de Cristo, elige hablar acerca de la humildad. Y el lugar donde lo hace con más fuerza se encuentra en el conocido pasaje al principio del capítulo 2 (2:1-11).

«Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre».

Para comprender mejor la humildad de Cristo, debemos recordar la verdadera majestad de Jesús, y a lo que él renunció o dejó de lado para convertirse en siervo. Él es «Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Isaías 9). Él es aquel «Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo», a quien «le fue dado dominio, gloria y reino» para que «todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran». Cuyo «dominio es dominio eterno, que nunca pasará» (Daniel 7). «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación». «Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud» (Colosenses 1).

Jesús es el Rey, heredero de David, legítimo gobernante de Israel y de toda la creación. Él es más que un Rey terrenal; él habita con el Anciano de días y recibe adoración y dominio eterno. Él es nada más y nada menos que Dios mismo. Y tiene una misión. Es la cabeza de su pueblo, la iglesia, el Conquistador de la Muerte, el Alfa y la Omega, el primogénito y el juez de la creación. Sin embargo, este mismo Jesús «no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Se convirtió en un hombre mortal, un niño, el hijo de un carpintero en una provincia rezagada sin importancia. Casi todos le rechazaron, tuvo pocos seguidores, no dejó escritos y no fundó escuelas, fue acusado injustamente, arrestado injustamente y ejecutado como un criminal. Ese es el alcance de la humildad de Jesús. Y se humilló a sí mismo para salvarnos.

¿Cuánto más nosotros? Jesús, quien era y es Dios, se hizo hombre. Nosotros, que no somos divinos, solo debemos reconocer nuestras fallas humanas reales. Jesús fue y es perfecto, sin embargo, se convirtió en pecado por nosotros, como dice Pablo en 2 Corintios 5:21. Nosotros, que somos pecadores, debemos reconocer y alejarnos de nuestra propia pecaminosidad. Nuestra humildad es, en última instancia, un reflejo de la actitud perfecta de Cristo. Estamos llamados a sacrificar nuestros propios intereses por el bien de los demás, así como Cristo lo hizo por nosotros.

Esta humildad no es teórica o simplemente un sentimiento interno. Pablo habla de la obediencia. Nos exhorta a hacer todo sin quejas ni discusiones. Parece que refunfuñar y quejarse es una de las formas más comunes en que revelamos nuestra falta de humildad. Como dice el refrán, todos quieren que se les considere como un siervo, pero nadie quiere que lo traten como tal. ¿Cómo respondes cuando estás o sientes que te están tratando como a un siervo? ¿Tu respuesta revela humildad?

Nuestra humildad no es solo un reflejo del amor que Cristo nos ha mostrado, también es una demostración de que hemos entendido y comprendido las buenas noticias del evangelio. Pablo advierte a los filipenses y a nosotros lo peligroso que es enorgullecemos de cualquier cosa que no sea Cristo y su obra en nuestro nombre. Llama a todas las cosas «pérdida», en comparación con «la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús». La humildad, entonces, no es solo una virtud moral que procuramos, ¡sino la evidencia de que nos hemos encontrado y hemos sido amados por Cristo! Entonces, ¿cómo se muestra esta humildad? Primero, por nuestra paciencia en el sufrimiento.

A. La humildad como paciencia en el sufrimiento

Pablo les dice a los filipenses que una de las maneras en que los cristianos muestran humildad es soportando el sufrimiento por el bien de Cristo pacientemente.

Pablo modela el sufrimiento paciente en el capítulo 1 cuando reflexiona sobre sus circunstancias. Es capaz de ver que su encarcelamiento «ha redundado más bien para el progreso del evangelio», porque sus prisiones «se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás» y «la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor» (1:12-14).  No importaba que hubiera sido acusado y arrestado injustamente porque Dios se glorificó y difundió su evangelio incluso a través de las difíciles circunstancias de Pablo. ¡Pablo incluso se regocija de los predicadores rivales! «¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún».

Pablo llega al punto de decir que le da igual vivir o morir, porque vivo puede seguir trabajando por el evangelio y muerto está unido con Cristo. «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia», dice en Fil. 1:21, un versículo clave en el libro y quizá en toda la Biblia, que podría ser el resumen más sucinto del significado de la vida y la actitud cristiana hacia la muerte en la Biblia. Continúa diciendo: «Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros» (22-24).

Piensa en esto un momento. ¿No es bastante increíble? Incluso en medio de pensamientos acerca de su propia muerte, Pablo se preocupa por los filipenses. Tendemos a pensar que nuestro sufrimiento justifica al menos un poco de egoísmo. No hay señales de eso aquí. La principal preocupación de Pablo, incluso cuando su propia vida está en peligro, es el avance del evangelio. Con esto demuestra a los filipenses un modelo de servicio por el evangelio en circunstancias adversas. ¿De qué manera? Con humildad. Pablo se veía a sí mismo como debería. Como merecedor de nada y, sin embargo, dotado con la bendición de proclamar el evangelio a los gentiles. Así es como podemos regocijarnos en los propósitos de Dios incluso cuando sus circunstancias se vuelven sombrías.

Pablo regresa a su tema acerca de la paciencia en todas las circunstancias al final de la carta. Los filipenses le habían brindado apoyo durante sus viajes, y quiere agradecerles, pero también enseñarles que Dos se preocupa por su pueblo independientemente de sus circunstancias. «No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (4:11-13).

En Fil. 1:27-30, Pablo dirige su atención a sus lectores y exhorta a los filipenses a seguir este modelo de paciencia en medio del sufrimiento y las circunstancias hostiles:

«Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio, y en nada intimidados por los que se oponen, que para ellos ciertamente es indicio de perdición, mas para vosotros de salvación; y esto de Dios. Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él,  teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí».

Pablo quiere que los filipenses —y por extensión, nosotros—estemos preparados para estar en necesidad, para estar hambrientos y para sufrir sabiendo cómo confiar en la provisión de fortaleza que Dios nos da. ¿Cómo haremos eso? No teniendo más alto concepto de nosotros mismos que el que deberíamos tener. Humildad. No merecemos nada, pero hemos recibido todas las cosas. Así que podemos regocijarnos. Estos son pasajes útiles si tú o algún hermano creyente están atravesando momentos difíciles. Sea que estés desempleado o solo, luchando contra la tentación, o siendo burlado por tu fe, los recordatorios de Pablo a los filipenses de descansar en la fortaleza de Dios y glorificar a Dios en tus sufrimientos es un mensaje para ti.

B. La humildad como unidad y apoyo mutuo

Entonces, la humildad ejemplificada en Cristo se muestra con paciencia en medio del sufrimiento. Pero hay otra forma en que se muestra en esta carta, —el tercer tema que veremos— la humildad impulsa a una iglesia a unirse y apoyarse mutuamente cuando es necesario. Las dos virtudes, la unidad y la generosidad, son lados opuestos de la misma moneda. Cuando los cristianos están unidos, son movidos a cuidarse unos a otros, y el cuidado mutuo construye y refuerza la unidad del evangelio.

Recordemos de nuevo cómo Pablo comienza su famoso pasaje acerca de la humildad de Cristo (2:2): «completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa». Los cristianos imitan la humildad de Cristo dejando a un lado el desacuerdo y teniendo la misma mentalidad, el mismo amor, trabajando juntos por el evangelio y siendo uno en espíritu y propósito. Dice antes (1:27) que quiere que  se mantengan «firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio». Nuevamente, la presunción de Pablo es que actuar de una manera digna de Cristo implica unidad con otros creyentes, tanto en nuestros corazones y mentes (espíritu) y en acción (contendiendo como un solo hombre).

Pablo aplica el llamado a la unidad a las circunstancias específicas de los filipenses. En Fil. 2:14, les dice: «Haced todo sin murmuraciones y contiendas», y en el 4:2-3, Pablo insta a dos mujeres en la iglesia que habían estado argumentando destructivamente a ponerse de acuerdo, y a que la iglesia las ayudara a resolver la disputa. A todos ellos les dice: «Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres» (4:5). Las exhortaciones de Pablo sugieren que las quejas, las discusiones, los desacuerdos, la falta de bondad y las palabras cortantes son los indicios más claros de la falta de unidad en el cuerpo.

¿Alguna vez has escuchado a alguien quejándose de la iglesia o de alguien en la iglesia? ¿Quejándose de la música, los asientos, la predicación o alguna relación? ¿O simplemente mostrando una falta de dulzura y usando palabras agudas? Pablo modela la respuesta correcta: ora a Dios por la unidad y exhorta a la iglesia a intervenir y trabajar por la unidad. La unidad no es automática: debe ser trabajada y buscada deliberadamente. Y la iglesia tiene un papel definido que desempeñar para fomentar la unidad entre sus miembros.

Pablo resume esto bien cuando comienza el pasaje acerca de la humildad de Cristo en el capítulo 2 (2:3-4): «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo;  no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros». Que es exactamente lo que los filipenses habían hecho al mirar los intereses de Pablo antes que los suyos.

Y Pablo concluye la carta volviendo a enfatizar su agradecimiento a los filipenses por su colaboración en el evangelio y la forma en que habían cuidado de sus intereses. Les agradece su preocupación por él y su generosidad al brindar apoyo financiero. El regalo reciente de los filipenses era evidentemente el más reciente en un hábito de generosidad de larga data, y Pablo los elogia por su hábito de provisión y, de hecho, en el versículo 15, los elogia como la única iglesia que compartió con él en días anteriores y por enviar ayuda «una y otra vez» para sus necesidades[1].  Pablo dice que al enviar regalos, los filipenses participan con él en su tribulación (4:14), sugiriendo que dar apoyo y experimentar el sufrimiento están relacionados; en realidad, son formas diferentes de vivir la humildad del evangelio. 

C. La humildad como dependencia en Dios

Entonces, la humildad se demuestra en la unidad y la generosidad. Pero, en última instancia, no podemos imitar la humildad de Cristo por nuestra propia cuenta. Ninguno de nosotros puede sufrir pacientemente, trabajar por la unidad o colaborar con el evangelio únicamente con la fuerza de nuestra voluntad o nuestro carácter. Pablo les recuerda a los filipenses que no podemos avanzar sin confiar en Dios y su amable ayuda para nuestra salvación y madurez espiritual. Este es otro aspecto de la humildad del evangelio: reconocer nuestra pecaminosidad y limitaciones y aprender a depender de Dios en fe por su justicia, provisión y apoyo.

Pablo se presenta como un ejemplo de dependencia en Dios. No era como si fuera humilde porque no tenía motivos para pensar que era grandioso ante los ojos del mundo. Contaba con el currículum religioso perfecto. «Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible» (3:4-6). Pero Pablo insiste en que los cristianos no confían en la carne (3:3), es decir, no dependen de sí mismos para su salvación o crecimiento espiritual. Pablo reconoce que no tiene una «propia justicia, que es por la ley». Más bien, busca una justicia «que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe» (3: 9).

Este es el punto decisivo del evangelio. Los filipenses seguramente ya habían escuchado esto, después de todo, eran cristianos, pero Pablo no se rehúsa a repetirlo, porque es muy importante. Los cristianos creemos que estamos perdidos y muertos en nuestros pecados, totalmente incapaces de acercarnos a Dios por nuestra propia cuenta o lograr el bien espiritual por nuestros propios medios. No podemos encontrar la paz con Dios sobre la base de nuestros propios currículums espirituales. Asistir a la iglesia, diezmar, ayudar a los pobres y leer la Biblia no alterará fundamentalmente mi estado espiritual, me hará justo ni apaciguará la justa ira de Dios contra mí. La única cosa que puede hacer eso es la muerte de Cristo en la cruz. Eso es algo difícil de comprender debido a nuestro orgullo natural (pecaminoso). Queremos ganar el favor de Dios por nuestro propio esfuerzo y mérito. Se requiere la humildad del evangelio para reconocer nuestra total incapacidad de efectuar la misericordia de Dios hacia nosotros. La muerte de Cristo en la cruz abre el camino para la misericordia de Dios. Solo si nos arrepentimos de nuestros pecados y confiamos en Cristo, Dios perdonará nuestros pecados y nos otorgará «la justicia que es de Dios por la fe».

Pero nuestra humilde dependencia en Dios no se detiene con nuestra salvación. Continúa en nuestra santificación, es decir, nuestro crecimiento en madurez espiritual y santidad. Y aunque ese trabajo con certeza implica nuestro propio esfuerzo, incluso eso es un regalo de Dios y requiere una continua humildad.

Pablo le dice a los Filipenses en 2:12-13: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,  porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad». Qué magnífica declaración. En una frase, Pablo capta la responsabilidad de los filipenses junto a la soberanía de Dios. Él les ordena ocuparse de su salvación con temor y temblor, con lo que quiere decir que deben trabajar y esforzarse por su santificación y crecimiento en santidad, pero que finalmente «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer», de modo que pueden descansar en sus promesas y humildemente darle la gloria. No hay lugar para el orgullo o la jactancia en nuestro crecimiento espiritual.

Finalmente, Pablo muestra que debemos depender de Dios no solo para nuestra salvación y santificación, sino también para la provisión diaria en todas las cosas. Dice en Fil. 4:6-7: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios». En todo, debemos acudir a Dios en oración. Y Dios es fiel para mantener a su pueblo. Si él no nos da exactamente lo que creemos que necesitamos, todavía proporciona lo que sabe que necesitamos: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (4:7). Una vez más, ¿ves cómo la humildad cambia todo esto? Dependemos de Dios no porque sea lo correcto, sino porque, habiéndonos evaluado honestamente, desesperadamente no tenemos otra opción. No podemos evitar depender de Dios, para su gloria eterna.

D. La humildad como modelar el ejemplo de Cristo unos a otros

Nuestros último tema, entonces: contraintuitivamente, la humildad nos impulsa a ser un ejemplo de Cristo unos a otros. Pablo se señala a sí mismo como un ejemplo de la vida cristiana y exhorta a los filipenses a ser ejemplo unos a otros.

Esto puede sonar altivo. Normalmente, si alguien camina diciendo: «Soy un ejemplo. ¡Todos deberían ser como yo!», sonaría arrogante, no humilde. Pero eso no es lo que Pablo está diciendo. Dice: «Cristo es un ejemplo. ¡Síguelo! Si ves a Cristo en mí, ¡síguelo!». Pablo no se señala a sí mismo, sino a la obra de Cristo en su vida. Se requiere la humildad del evangelio para sostener cualquier cosa ejemplar en tu vida que los demás admiren y quieran emular, y darle crédito a alguien más. Pero eso es lo que hacen los cristianos.

Y eso es lo que hace Pablo. Le dice a los filipenses: «Sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros» (3:17). Observa que el ejemplo del que habla no es su currículum religioso, todo su logros mundanos que le valieron el elogio de los hombres. No, específicamente sostiene su dependencia en Dios (2:4-10), su perseverancia (2:12-14) y su enseñanza (2:15) como modelos para los filipenses.

Pablo no solo se señala a sí mismo como un ejemplo a seguir para los filipenses; insta a los filipenses a ser un ejemplo para otros. Les dice: «Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo» (1:27), mientras anticipan el sufrimiento futuro. Los exhorta a ser «irreprensibles y sencillos», para que brillen «como luminares en el mundo», en medio de una «generación maligna y perversa» (2:15). Y les instruye que su «gentileza sea conocida de todos los hombres» (4:5).

La exhortación de Pablo es similar a la instrucción de Jesús a sus seguidores de: «Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder». El punto, como dice Jesús, es: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:13-16). El objetivo es que Dios sea glorificado, no nosotros. Ser un ejemplo de Cristo es parte del testimonio del evangelio para los incrédulos y parte de cómo nos alentamos mutuamente en la iglesia.

Observa también cómo Jesús y Pablo describen la vida cristiana. Las estrellas y las ciudades no tienen que ser especiales para ser brillantes: está en su naturaleza serlo. No se necesita un tipo especial de cristiano para ser un ejemplo de Cristo. Cada cristiano lo es. Las vidas santas de los cristianos deberían destacarse y ser un notable contraste con el mundo. Si tú, o mejor, tus amigos y familiares, examinan tu vida y no encuentran ejemplos de la actitud del amor y la humildad de Cristo, entonces es posible que quieras examinar cuidadosamente tu corazón y tu fe.

Conclusión

Ese es un buen lugar para que terminemos. Filipenses es una representación hermosa y edificante de la humildad de Cristo. Y es una exhortación para que los seguidores de Cristo emulen su humildad. Estamos llamados a seguir a Cristo en el sufrimiento, en el servicio y la unidad entre nosotros, al practicar la dependencia en Dios y al modelar a Cristo a este mundo. Oremos.

 

[1] 2 Co. 8 – Pablo elogia a las iglesias en Macedonia que daban su extrema pobreza.