Predicación expositiva

¿No hay aplicación? Entonces no has predicado

Artículo
23.05.2018

¿Alguna vez te has sentado en un salón de clases preguntándote cuál era el punto?Recuerdo claramente ese sentimiento mientras luchaba con el cálculo en la universidad. El curso era enseñado como si la aplicación de los principios fuera auto-evidente. Y quizás para los genios de las matemáticas de la clase lo era. Pero para este iluminado inglés era un ejercicio constante y de pérdida de pensamiento puramente abstracto. Al no comprender la aplicación del mundo real, tenía un tiempo difícil tratando de entender porque necesitaba conocer el valor de cualquier cosa mientras se acercaba pero nunca alcanzada, como la eternidad.

Y si eras un fenómeno de la matemática, simplemente recuerda cómo te sentías cuando se te pedía que discutieras el significado de uno de los sonetos de Shakespeare.

EXPLICACIÓN ≠ APLICACIÓN

No estoy tratando de sacar a la luz los malos recuerdos. Pero ¿me pregunto si algunos de nosotros los predicadores no somos culpables de poner a los miembros de nuestras iglesias en el equivalente espiritual de un novato en cálculo o composición cada domingo? Al igual que muchos maestros en muchas áreas, nos apasionamos con nuestra materia y nos preparamos extremadamente bien. Podemos responder preguntas sobre los tiempos verbales del griego y el hebreo y los antecedentes históricos y culturales del antiguo oriente. Podemos señalar un quiasma antes de que nuestra gente pueda imaginarse como decir la palabra. Y estamos preparados para explicar porque los traductores expertos se equivocaron y en lugar de eso deberían ir con nuestra lectura.

Y a pesar de esta riqueza de conocimiento y entendimiento, comunicada apasionadamente como la mayor importación, nuestra congregación es dejada con poco entendimiento sobre lo que deberían hacer con el mismo. Ellos saben que es importante—porque es la Palabra de Dios. Más que eso, ellos saben que debe ser la Palabra de Dios para ellos. Pero habiendo explicado, le decimos a ellos, «A ti. Tendrás que averiguar cómo aplicar esto por ti mismo». O aún peor, dejamos a las personas sintiéndose un poco vergonzosas y no espirituales por no saber cómo aplicarlo, ya que para nosotros parece ser algo muy obvio.

Simplemente no es suficiente para nosotros como predicadores explicar el texto a nuestra congregación. Si vamos a ser buenos pastores, tenemos que aplicar el texto a sus vidas de hoy.

Así que, ¿por qué no? Puedo pensar en varias razones.

Primero, la aplicación es un trabajo duro. Comparado con pensar en la complejidad del corazón y la condición humana, analizar la gramática y el contexto es como un juego de niños.

Segundo, la aplicación es algo subjetivo. Me doy cuenta cuando he resumido una oración o analizado un verbo correctamente. Pero ¿cómo puedo saber que tengo la aplicación correcta?

Tercero, la aplicación es algo complejo. El texto tiene un punto principal. Pero hay decenas de aplicaciones, tal vez tantas como oidores. Clasificar a través de las diferentes opciones es desalentador.

Cuarto, la aplicación es algo personal. Tan pronto como comienzo a pensar sobre la manera en que un texto aplica a mi congregación, no puedo más que enfrentarlo igual que como aplica para mi vida. Y algunas veces, prefiero simplemente explicarlo antes que lidiar con él.

Todas estas razones tienen que ver con nuestra propia carne, y nuestro deseos de evitar el trabajo duro en el que no somos buenos, o evitar la convicción personal completamente. Por tanto, nuestra respuesta a estas excusas es simplemente arrepentirnos.

APLICACIÓN ≠ CONVICCIÓN

Pero hay una quinta razón más teológica que algunos de nosotros descuidamos aplicar en nuestros sermones. Estamos convencidos de que la aplicación es el trabajo de otra persona y en última instancia que va más allá de nuestro nivel de pago. ¿No es el Espíritu Santo quien debe finalmente aplicar el texto en el corazón de la persona? Si yo lo aplico, y no aplica, ¿no he dejado a la gente fuera? Pero si coloco la verdad allí y luego me quito del camino, entonces el Espíritu Santo tiene un campo limpio para hacer su trabajo. Y de todas maneras, él lo hará mejor de lo que yo podría hacerlo. He escuchado a más de un predicador muy estimado hacer esto. Pero con el debido respeto, pienso que la objeción es tanto no bíblica como teológicamente confusa. La confusión es confundir la convicción con la aplicación. La convicción de pecado, justicia y juicio es trabajo del Espíritu Santo (Juan 16:8). Nadie más que el Espíritu Santo puede traer verdadera convicción, y cuando tratamos de hacer este trabajo por él, inevitablemente caemos en el legalismo. ¿Por qué? Porque la convicción es un asunto del corazón, en el que una persona es convencida no sólo de que algo es verdadero, sino también de que son responsables ante Dios por esa verdad y deben actuar basado en eso.

La aplicación es diferente a la convicción. Aunque su objetivo es el corazón, está dirigida al entendimiento. Si la exégesis requiere que entendamos el contexto original del texto, la aplicación se trata de la exploración del contexto contemporáneo en el que el texto es escuchado. Se trata de identificar categorías de vida, ética, y entendimiento en el que esta palabra en particular de Cristo necesita habitar ricamente (Colosenses 3:16). Todos tendemos a escuchar a través de nuestros propios filtros y más allá de nuestra propia experiencia. Así que cuando un pastor trabaja para aplica la Palabra, hay una oportunidad para nosotros considerar el significado de un pasaje en maneras que no lo habíamos hecho antes, o pudiéramos no considerar de manera natural.

Así que, por ejemplo, cuando escucho a Juan 3:16 pienso inmediatamente en mi llamado al evangelismo. Esa es mi aplicación personal natural y casi reflexiva sobre el versículo. Pero la aplicación homilética cuidadosa me hace pensar más profundamente en la naturaleza del amor de Dios para mí, o lo que significa el hecho de que en Cristo tengo vida eterna. Al expandir mi entendimiento sobre las posibles aplicaciones de este versículo, Juan 3:16 comienza a morar más ricamente en mi vida. Lejos de traspasar la obra del Espíritu Santo, la buena aplicación multiplica las oportunidades de convicción.

EVITAR LA APLICACIÓN NO ES BÍBLICO

Evitar la aplicación es también algo simplemente no bíblico. La aplicación es precisamente lo que vemos a los predicadores y maestros de la Palabra de Dios hacer en las páginas de las Escrituras. A partir de Deuteronomio 6:7—donde se le dice a los padres que «impriman [esos mandamientos] en sus hijos»—hasta Nehemías 8:8—donde Esdras y los Levitas no sólo leen el libro de la Ley a las personas sino que trabajan en «hacerlo de manera clara y dándole significado para que las personas puedan entender lo que había sido leído»—el Antiguo Testamento se preocupa de que el pueblo de Dios no sólo conozca su Palabra, sino de que entienda el significado para sus vidas.

Y esta preocupación fue seguida por las enseñanzas de Jesús y los apóstoles. En Lucas 8:21, Jesús afirma su relación con aquellos que «escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» y esta enseñanza está llena de lo que parece poner esa palabra en práctica, comenzando con el Sermón del Monte. Las cartas de los apóstoles están llenas de aplicación práctica, y ellos pasaron esta preocupación a los ancianos, quienes estaban para enseñar piedad práctica (1 Timoteo 4) y encomendar esa misma enseñanza a «hombres confiables que también estarán capacitados para enseñar a otros» (1 Timoteo 2:2).

En ninguna parte vemos esto más claramente que en Efesios 4:12-13. El propósito del don de Cristo de pastores y maestros a la iglesia es «preparar al pueblo de Dios para obras de servicio, para que todo el cuerpo de Cristo sea edificado». ¿Cómo podemos equipar a los miembros de la iglesia para sus diferentes ministerios dentro y fuera de la iglesia, si nunca hablamos específica o prácticamente con ese fin? Pablo parece asumir que lejos de evitar la aplicación, es hacia donde constantemente apuntamos.

ALGUNOS EJEMPLOS

Así que, ¿cómo podría verse esto de manera práctica? Permíteme ofrecer dos ejemplos. Primero, considera 2 Samuel 11, la narración del adulterio de David con Betsabé y luego el abuso de poder para conspirar a cometer un homicidio y cubrir su pecado. Obviamente, las aplicaciones sobre la pureza sexual y el asesinato están en la superficie del texto. Pero ¿qué sucede con las personas de tu congregación para quienes el adulterio y el asesinato no son una tentación? Estoy seguro de que hay pocos. ¿No hay nada que decirles a ellos? Claro que si lo hay.

Observando el pecado específico de David, puedes ayudarles a ver el modelo de pecado en general, que es engañoso, oportunista, de naturaleza progresiva. Luego puedes ayudarles a pensar en los «pecados de oportunidad» que ellos enfrentan, no como el rey de Israel, sino como madres y abuelas, estudiantes universitarios, trabajadores de oficina, gerentes y personas retiradas. En tu aplicación, no estás tratando de ser exhaustivo sino que darles el sentido del pasaje y hacer que las ruedas giren en su mente sobre sus propias vidas.

O considera a Efesios 6:1-4. Este es un pasaje sobre las obligaciones mutuas de los padres y los hijos uno hacia el otro. Y hay mucha aplicación aquí. Pero ¿y entonces las personas de tu iglesia que no tienen hijos, o que ya no tienen hijos en casa? ¿Ellos simplemente tienen que escuchar y esperar aprender algo para poder motivar a los padres que están a su alrededor? Eso es un comienzo. Pero esta es la Palabra de Dios para ellos, también. El principio de autoridad ejercido y sometido de manera correcta es aplicable para todos nosotros. Maestros y estudiantes, empleadores y empleados, los ancianos y la congregación, todos tienen algo que aprender sobre lo que significa prosperar a través y bajo una autoridad piadosa. Como lo especifica el Gran Catecismo de Westminster, «en el quinto mandamiento se incluyen, no sólo los padres naturales sino también todos los superiores en edad y dones; y especialmente aquellos que por orden de Dios están por encima de nosotros en posiciones de autoridad» (Respuesta 124). Todos nosotros estamos bajo autoridad en algún lugar, y la mayoría de nosotros ejerce autoridad en algún lugar. La aplicación considerada ayudará a hacer que esto sea más claro.  

QUÉ SIGNIFICA ESTO PARA TI

Pienso que lo que todo esto significa es que un sermón sin aplicación no es un verdadero sermón, sino simplemente un discurso de la Biblia. No queremos que las personas abandonen nuestros discursos tratando de ver cuál era el punto. En lugar de eso, entreguémonos a la aplicación del texto, para que «el cuerpo de Cristo pueda ser edificado… y alcanzar toda la medida de la plenitud de Cristo».

Traducido por Samantha Paz.