Clases esenciales: El Miedo del Hombre

El Miedo del Hombre – Clase 3: Tememos ser expuestos

Artículo
24.10.2017

  Descargar Manuscrito en formato Word
  Descargar Folleto del Alumno en formato Word

 

Clase esencial
El Miedo del Hombre
Clase 3: Tememos ser expuestos


ORACIÓN

Introducción

A lo largo de las últimas dos semanas hemos analizado el miedo al hombre y el temor a Dios. El día de hoy y durante las siguientes dos semanas, estudiaremos más específicamente cómo tememos al hombre. Empezamos considerando nuestro miedo a que otras personas nos expongan por quienes realmente somos. Esta es una manera común y fundamental en que tememos a otros. En realidad solamente comenzaremos a tocar la superficie de lo que significa el miedo a ser expuestos. Esta lucha claramente se remonta a la Caída. La vergüenza y la separación de Dios fueron algunos de los resultados inmediatos del pecado de nuestros padres. Con esta vergüenza y separación, viene el miedo a ser expuestos por Dios y por el hombre. Si no se contrala, este miedo puede ser la fuerza que impulse nuestras vidas, en lugar de la fuerza bíblica de «la vida vivida por fe en el Hijo de Dios».

Piensa en cuán profundo se entrelaza este miedo con tu vida y tus experiencias. Ahora bien, hay suposiciones culturales que a menudo determinan la manera en que se demuestra este miedo. Como alguien nacido en una familia caucásica de los Estados Unidos, uno de mis mayores miedos es el fracaso personal o la exposición de que no cumpliré las expectativas de aquellos que me rodean. Sin embargo, para alguien que se crió en una sociedad más comunal como China, la India o Taiwán, hay más ímpetu en evitar traer vergüenza, no sobre sí mismo, sino sobre la familia o la comunidad asociada.

Las muestras más gráficas de este miedo están retratadas en la cobertura de los medios de prensa sobre escándalos y explotaciones. Estas demostraciones hablan a nuestros temores más profundos y personales de ser avergonzados y expuestos. Encontramos un placer perverso en conocer la vergüenza de otros. El mismo miedo que nos hace escondernos, también nos lleva a descubrir y exponer a otros. Confieso que soy culpable de esto en mi vida, específicamente cuando confieso mi pecado. En varias ocasiones, cuando confieso mis pecados a alguien, espero perversa y pecaminosamente que esa persona diga, «yo también lucho con eso», en vez de tener esperanza en Cristo. ¿Puedes ver lo retorcido que es esto? Confesar mi pecado a otros con la esperanza de que ellos también admitan ser culpables. En el fondo, todos sentimos vergüenza y odiamos estar solos en nuestra vergüenza, lo que creo yo, nos lleva a exponer a los demás.

¿Qué hay de las otras maneras en que buscamos protegernos o exponer a otros con el fin de conservar una mejor imagen de nosotros mismos de la que realmente existe? Piensa en las excusas que das por llegar tarde. ¿Con cuánta frecuencia son completamente ciertas?

El propósito de considerar nuestro temor a ser expuestos es identificar el por qué y el cómo.

Tememos ser expuestos por el pecado y la vergüenza que se relaciona al pecado

Génesis 2:25 dice, «Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban». Sólo 7 versículos después leemos, «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales».

¿Qué sucedió? La Caída—el acontecimiento más grande en afligir a la raza humana. Con la desobediencia de Adán y Eva,  el pecado entró en el mundo, y con el pecado vino la vergüenza por el pecado. El pecado es descrito en la Biblia como la infracción de la ley de Dios (1 Juan 3:4), y la destitución de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Esto crea una brecha infinita entre Dios y el hombre. Y ese pecado produce vergüenza, ya que, es una consecuencia necesaria debido a que el pecado es esencialmente asqueroso, moralmente reprensible y completamente inaceptable para Dios. Adán y Eva debieron haber sentido vergüenza, debieron haber sentido la necesidad de cubrirse y debieron haberse sentido expuestos porque lo que hicieron nuestros primeros padres fue así de grave. Con la entrada del pecado y la coexistencia de la vergüenza, surgió también la tentación de esconder y cubrir esa vergüenza. La tentación de cubrirse, esconderse, retirarse y construir paredes de papel de autoprotección personal es ahora una tentación cotidiana por causa del pecado y la correspondiente vergüenza.

Ed Welch hace bien en afirmar, «Todos los días es Halloween. Ponernos nuestras máscaras es una parte regular de nuestra rutina matutina, al igual que cepillar nuestros dientes y comer el desayuno… Debajo de las máscaras hay personas a las que les aterroriza que haya una revelación. Y, ciertamente, las máscaras y otras caretas algún día serán removidas. Si nos sentimos expuestos por la gente, nos sentiremos devastados por Dios… Una manera de evitar los ojos de Dios es vivir como si el temor a otras personas fuera nuestro problema más profundo»—Cuando la Gente es Grande y Dios es Pequeño (Pág. 33).

Y esto es lo que diariamente hacemos mientras intentamos evitar ser expuestos. ¿Por qué hacemos esto? Para decirlo sin rodeos, es una forma de autoexaltar o autodesmoralizar el orgullo. Estamos demasiado enfocados en mantener la aparente imagen de quienes queremos ser o en la verdadera imagen de quienes somos. La raíz es la misma: No queremos que lo que somos se escape de los límites del control. Esto es un problema porque niega toda la mirada de Dios y niega la gracia que se encuentra cuando existe una comunión honesta y verdadera entre los santos. Nuestros corazones son empresas de relaciones públicas pecaminosas y egoístas que buscan torcer o disfrazar cada parte de la autorevelación a fin de evitar el conocimiento de otros acerca de quiénes somos.

No obstante, tememos ser avergonzados y expuestos no solamente por nuestro propio pecado, sino por causa del pecado de los demás. Cuando somos víctimas del pecado de otras personas, nos sentimos expuestos y vulnerables, este sentimiento y temor se pueden acentuar, dependiendo de la naturaleza del pecado cometido en nuestra contra. En dos semanas veremos el miedo al daño físico, en múltiples ocasiones, este miedo a ser expuestos estará vinculado a ese miedo, muchas veces este tipo de miedo será una tentación persistente para aquellos contra quienes se ha pecado, específicamente de manera física o profundamente emocional.

Más rotundamente, con la persona que tal vez ha experimentado abuso físico en el pasado. Puede haber un temor al daño físico futuro por parte de otras personas. Puede haber un miedo al rechazo por lo que hizo un cónyuge o un padre. Se sienten rechazados por esa experiencia, y por ello, temen sentirse rechazados más adelante, también han sido víctima del pecado de otros, así que hay  una vergüenza unida a eso y un miedo de vivir ese mismo sentimiento de vergüenza y exposición en el futuro.

No debemos desmoralizarnos de que no hay esperanza para vencer y obedecer mientras observamos los diferentes modos en que el pecado puede abrirse paso en nuestras vidas. En cambio, a medida que vemos cómo los pecados y los temores pueden entrelazarse, debemos animarnos porque comenzamos a lidiar con un temor que empieza a desbordarse en otras áreas de nuestra vida.

La Biblia está llena de situaciones difíciles donde la temerosa y vergonzosa humanidad busca autoprotegerse para evitar la exposición del pecado, al mismo tiempo en que registra la búsqueda de un Dios santo y lleno de gracia que quiere salvar a esa humidad pecadora por medio de la cruz de Cristo. Reflexionaremos más sobre esto luego.

Entonces, hemos discutido por qué tememos ser expuestos, ahora echemos un vistazo a:

 ¿Cómo demostramos nuestro miedo a ser expuestos?

Primero, creo que es útil reconocer que tratamos de evitar ser expuestos. Al igual que Adán y Eva, pasamos mucho tiempo buscando escondernos de la mirada de Dios y de la gente. Construimos cercas por una razón: Hay normas socialmente aceptadas para lo que es apropiado mostrar o comunicar en público, pero a menudo pasamos de lo correcto y sabio a lo controlador y pecaminoso. Buscamos vernos mejor ante otras personas, escondiendo y cubriendo lo que en realidad somos.

Por ejemplo, piensa en la última entrevista de trabajo que tuviste o en el último currículum que elaboraste. ¿Fuiste honesto? ¿Qué hay del último error que cometiste y que alguien más descubrió? ¿Cómo reaccionaste? ¿Con humildad reconociendo tu falta o con una frenética negación de la responsabilidad? Estos son indicadores importantes para nosotros cuando buscamos discernir si verdaderamente tememos a Dios o ser expuestos por el hombre al escapar.

  1. Escapamos a ídolos en lugar de huir a Dios

Buscamos escapar para evitar ser expuestos. En nuestro intento de evitar ser conocidos, edificamos ídolos a los cuales huir y escondernos. Estos dioses falsos nos ofrecen un lugar aparentemente seguro mientras intentamos escapar del verdadero Jehová y de la realidad de quienes somos.

Buscamos encontrar consuelo o perdernos en eso para aliviar el pecado, alguna debilidad o vulnerabilidad en nuestras vidas. El problema con la evasión es que nos avergonzamos de las cosas en las que nos escondemos o refugiamos. ¿Qué hay de ti?

Para mí: Es la glotonería después de un estresante día de trabajo o de una semana difícil en mi matrimonio o incluso navegar por twitter de un link a otro sin ningún autocontrol. ¿Alguno de estos ejemplos describe ídolos o formas de evitar la exposición en tu vida?

Haciendo del trabajo un ídolo—los jóvenes que vienen a la capital simplemente para «hacerse un nombre» por sí mismos, sólo para desperdiciar toda una vida escondiéndose detrás de logros desvanecientes. Toma tiempo para considerar todas las calles y edificios de la capital nombrados en honor a individuos que han sido olvidados.

La gestión de imágenes—esto está especialmente presente en la cultura política de la capital. El juego consiste en manejar las percepciones, incluso si esas percepciones no están conectadas con la verdad acerca de alguien. Las personas son tratadas como imágenes y personalidades para ser elaboradas, no como seres morales con responsabilidades para con Dios y entre sí.

Las drogas—sea que hablemos de sustancias ilegales o del abuso del alcohol, estas cosas brindan un camino para huir y evitar ser expuestos por el miedo a enfrentar la realidad.

La pornografía / las fantasías sexuales / la lujuria / las novelas románticas / las  películas—estas cosas proveen un escape, buscan proporcionar placer sexual lejos del contexto vulnerable y comprometido del matrimonio. ¿Podría ser que estás esclavizado a esto porque temes la exposición que resultaría del matrimonio bíblico? Trágicamente, participar de estas cosas sólo aumenta la vergüenza y el temor: Otorga precisamente aquello de lo que busca escapar.

Los desordenes alimenticios—a menudo alimentados por la vergüenza sobre el cuerpo que el Señor te ha dado o usados para sentir una especie de control que busca minimizar la vulnerabilidad.

Como he dicho, la trágica ironía es que cada una de estas cosas utilizadas para escapar de la exposición, en realidad incrementan nuestros miedos y experiencias de vergüenza. Pero nuestra búsqueda de estas herramientas, dice algo cierto de nosotros. Tenemos un motivo para sentirnos avergonzados, y está bien desear que esa vergüenza desaparezca. Simplemente buscamos que cosas insuficientes nos cubran. Como dijo Jonathan Leeman una vez, «Buscamos aferrarnos y escondernos detrás de pequeñas piedras, cuando el Monte Everest está disponible para nosotros por medio de Jesucristo».

¿Cuáles son tus herramientas de escape? ¿Cuáles son algunas de las maneras que has encontrado ser útiles para luchar contra la tentación de ser expuesto?

Independientemente de lo que sean, la próxima vez que te sientas tentado a usar una de estas u otra cosa para escapar, en cambio, ora y confiesa tu deseo de escapar de algo, tu miedo de que algo sea expuesto, habla con otro hermano o hermana sobre esto.

  1. Buscamos exponer a los demás

En nuestro temor a ser expuestos, no solamente nos escondemos y escapamos. La gran ironía es que a menudo hallamos placer al ver a otros ser descubiertos y expuestos. Mi vergüenza disminuye (al menos en mi mente) cuando la comparo con la vergüenza de alguien más. ¿Cómo sabes si luchas con esto?

Este es un breve diagnostico: ¿Cuál es la respuesta de tu corazón cuando alguien te confiesa un pecado? ¿O cuando sale a colación un caso de disciplina en la iglesia? ¿Te sientes apenado, triste y compasivo, o por el contrario actúas con aires de superioridad, perversamente feliz e indignado, o tal vez dejas salir un suspiro de alivio espiritual porque no eres tan malo como los demás? Las últimas dos implican un corazón que se deleita en la exposición de otros. Lee Lucas 15 y compara tu corazón con el fariseo y el publicano.

Esta exposición de otros se demuestra en el creciente voyerismo dentro de nuestra cultura, el cual es asistido por, mas no derivado de, las nuevas tecnologías que hacen posible que descubras una multitud de cosas acerca de una persona sin nunca dejar la comodidad de tu habitación. Seamos temerosos de conocer los pecados públicos de otros mejor que los pecados privados de nuestros propios corazones. La Biblia es muy clara sobre el engaño o pecados no confesados o inmortalizados.

David Wells dice en Losing our Virtue [Perdiendo nuestra virtud], «La televisión y las películas han… separado las escalas de la privacidad a la exposición, la modestia corporal a la desnudez pública… Queremos ver a la familia cuyo hijo fue asesinado. Queremos ver su luto, y creemos que tenemos el derecho de saber y observar cómo se sienten. Y en las películas, el público quiere ver desnudez y a la gente teniendo relaciones. La sensación de vergüenza que alguna vez habría vigilado lo que es privado e íntimo ha desaparecido considerablemente, desviado por nuestra inclinación a compartir nuestra hambre voyerista de ver».

Entonces, ¿dónde se manifiestan estas tendencias?

Ante Dios—esta es obviamente la relación más insensata de la cual huir. Aunque nuestro pecado nos da  razones para desear no ser descubiertos, es tonto pensar que en realidad podemos escapar de la mirada de Dios. Esto con frecuencia toma la forma de no orar. La oración es el ejercicio más básico de nuestra fe. La oración reconoce inherentemente a Dios como Dios y a la criatura como criatura. Nos escondemos de Dios a menudo cuando no oramos, o incluso peor cuando decimos frases vacías pensando que estamos siendo honestos con él. Si batallas con esto al igual que yo, te animo a ir al libro de Salmos. David es un gran ejemplo de exposición y honestidad ante Dios.

En privado—¿Qué es lo que estás haciendo ahora mismo que nadie más sabe y de lo cual te sentirías avergonzado si alguien lo llegara a conocer? Quizá no es algo que considerarías como serio. El hecho de que no mantienes tu habitación o tu casa ordenada, o tu falta de disciplina personal. ¿De qué manera temes que esas cosas sean expuestas, qué estás haciendo para esconderlas en tu vida?

¿De qué manera se diferencian tu vida privada y tu vida pública?

*¿Cuáles son las cosas que preferirías que otros no supieran acerca de ti?

En el hogar, en las relaciones cercanas—en nuestras relaciones más íntimas, donde hay grandes grados de intercambio, vulnerabilidad y honestidad, también hay un mayor grado de tentación a temer ser expuestos y avergonzados. Mientras más cercano te vuelves a una persona, más temerás que un día él o ella te vea por quien realmente eres. Cuando la clandestinidad y la disimulación caracterizan un matrimonio, la intimidad y la comunicación se ven perjudicadas o destruidas.

*¿Hay pecados que son fáciles de confesar a Dios, pero no a alguien más?

En el trabajo—¿qué es lo que escondes de tus compañeros o de tu jefe? A lo mejor es ese miedo persistente de que descubran que eres incompetente, así que pasas cada momento, buscando cubrir y pulir tu rendimiento. Esto, sin dudas, puede ser mucho más difícil cuando trabajas para un jefe que no tolera errores.

En la iglesia—Welch dice, «Con mayor frecuencia escucho a gente hablar como si la iglesia fuera su enemigo. Algunas veces estas personas han sido lastimadas por personas en la iglesia, y luego toman la decisión de no ser heridos otra vez. Generalizan el caso específico a toda la iglesia: Si una persona me lastimó, entonces la iglesia me lastimó. Otras veces, actuamos como si la iglesia fuera nuestro enemigo por nuestro propio sentido de vergüenza. En otras palabras, como podemos ver cosas en nuestras vidas que nos avergüenzan, asumimos que otros también pueden hacerlo. Normalmente, sin embargo, tratamos a la iglesia como un enemigo porque no hemos sido enseñados por la Escritura».

*¿Cuántas personas has conocido, quizá tú mismo, que han visto a la iglesia como un enemigo, tal vez por una mala experiencia o por una persona en particular? Sé instruido por la Escritura, ¡no permitas que las experiencias o enseñanzas del pasado te tienten a ver la iglesia como un lugar para ocultar y evitar la exposición!

 ¿Dónde demuestras el miedo a ser expuesto?

La vergüenza y el miedo a ser expuestos en nuestro mundo hoy

Me gustaría hacer una corta observación respecto a nuestra vergüenza y el miedo a ser expuestos en nuestra cultura, principalmente en lo que se refiere a los medios de comunicación social. Nos encontramos en un mundo interesante, con la llegada de avanzadas herramientas de comunicación, medios, y fácil acceso a los viajes, nos hemos vuelto más conectados y fragmentados. Tenemos «amigos» en Facebook, seguidores en Twitter, una red social en LinkedIn. Hay una apariencia de cercanía y conocimiento relacional. Sin embargo, hay poca responsabilidad y poco o ningún compromiso.

Aparentemente tenemos infinitas oportunidades para relacionarnos con otros, y aun así, nunca nos hemos sentido más desconectados de las verdaderas relaciones y de la comunidad. He aquí el problema: Controlamos el cauce de nuestra información y con gran frecuencia, sólo posteamos lo que obtendrá más «me gustas», más retweets, o lo que recibirá más comentarios. Construimos una imagen digital de nosotros. Permíteme reiterar la necesidad sobre discernir lo que es apropiado sobre postear. No abandones esta clase, piensa, tienes que confesar tus pecados en tu página de Facebook.

Una vez más, Wells dice, «Hay una presión considerable sobre las personas para adaptarse a cada nueva situación, para reconstruirse, para alcanzar el mundo que les rodea a fin de extraer algo significativo para sí, un sentido de quién es el ‘yo’. El vacío de la narrativa interna se oculta detrás de las apariencias superficiales. Irving Goffman habla de la gente moderna como a menudo personificando sus propios personajes. Al usar las ‘técnicas de gestión de imagen’ son capaces de moldear la manera en que desean ser percibidos. Y el estilo desempeña un papel importante en la creación de esta imagen».

Monitorea tu corazón cuando utilices las redes sociales, algo que no es inherentemente malo, pero al igual que muchas otras cosas puede ser distorsionado rápidamente.

*El punto no es la tecnología, sino lo que el corazón desea esconder y encubrir.

Ejemplos de vergüenza y del miedo a la exposición en la Escritura

Adán y Eva, como ya hemos visto. En Génesis, la consecuencia inmediata del pecado fue la vergüenza y la exposición. No fuimos creados para el pecado.

David/Betsabé/Urías (2 S. 11)—El pecado sexual de David y Betsabé fue seguido de un intenso miedo a la exposición, y David comienza un acto de encubrimiento dramático y devastador. David trata de hacer que Urías se acueste con su mujer para ocultar el hecho de que él la había embarazado. Cuando eso no funciona, ordena que Urías luche al frente de la batalla para que lo asesinen. También vemos en Urías el grado de vergüenza que sufre el cónyuge inocente como resultado del adulterio; no solamente es expuesta la persona que comete el pecado.

En su misericordia, Dios nos da en David un ejemplo de alguien que temió ser expuesto y alguien que después de ser confrontado con su pecado, lidió con su vergüenza y pecado de un modo bíblico. Vemos su respuesta a estos acontecimientos en el Salmo 51. Su respuesta en el Salmo 51 nos enseña cómo debemos abordar nuestro miedo a ser expuestos. Buscamos ser limpios en Cristo, en lugar de escapar o de recurrir a encubrimientos alternativos. [LEE UNA PORCIÓN DEL SALMO 51]

Dos capítulos después del relato de David y Betsabé, Tamar (2 S. 13) fue un trágico ejemplo de alguien que sintió una vergüenza extrema como consecuencia del pecado de otra persona. La hija de David, fue violada por su hermano Amnón. Vemos su respuesta: «Entonces Tamar tomó ceniza y la esparció sobre su cabeza, y rasgó la ropa de colores de que estaba vestida, y puesta su mano sobre su cabeza, se fue gritando» (v.19).

A lo largo de Proverbios vemos que aquellos que buscan la sabiduría evitan correctamente la exposición y la vergüenza que acompañan a la locura… Específicamente, observa la vergüenza y el dolor que experimentan los padres cuando sus hijos son necios. Proverbios 17:25, «El hijo necio es pesadumbre de su padre, y amargura a la que lo dio a luz».

Job es un ejemplo de alguien que sintió y experimentó realmente una intensa exposición y vergüenza ante sus amigos, no como resultado de su propio pecado, y aun así, él siguió confiando en el Señor.

Tal vez el resultado más trágico de ceder ante el miedo de ser expuestos nos es provisto por Cristo en Lucas 9:26, él dice, «Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria».

¿Cuál es la solución?

  1. La mirada de Dios

No hay nada que podamos esconder del Señor—de la constante mirada de Dios.

«Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda». (Salmos 139:1-4)

¿Cuán tonto es para nosotros escondernos de Dios? Esto es algo bueno si eres cristiano. Tu amoroso, bueno, poderoso y soberano Padre Celestial siempre está cuidándote y trabajando todas las cosas para tu bien. No hay algo que tu Padre Celestial no conozca y de lo que no se preocupe. Dios es tu padre, no un jefe fastidioso, que te ha conocido y te ama.

Si no has nacido de nuevo, es algo terrible que Dios lo vea todo. Dios no es tu padre, él es tu juez. Todas esas cosas que consideras pequeñeces como las mentiras blancas, la inmoralidad sexual, los chismes son pecados ante sus ojos.

¿Estás realmente seguro de que todo «está bien» entre Dios y tú? Dios te llamará a rendir cuentas por tus pecados y serás declarado culpable y merecedor de castigo, de su ira justa y santa. Esto es una eterna separación de Dios.

  1. El evangelio de Jesucristo

Este es el gran remedio para luchar contra el miedo a la exposición. En el evangelio, tenemos a Aquel que ha sido expuesto por nosotros.

«Ciertamente él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados». (Isaías 53:4-5).

Estas son buenas noticias porque ante un Dios omnisciente, estamos totalmente descubiertos y expuestos. Sin embargo, Dios envió a uno, no lleno de pecado y mentira, sino lleno de gracia y verdad, cuando todavía éramos pecadores. Su nombre es Jesucristo. Lo que estoy proponiendo no es un aumento de autoestima, sino dar a conocer que ante Dios, separados de Cristo tenemos motivos para avergonzarnos de nuestros pecados. Pero la esperanza que tenemos se encuentra en la pena sustitutiva de la muerte de Cristo. Con el evangelio, Jesús murió por ti con pleno conocimiento de todos tus pecados: pasado, presente y futuro. Es por sus heridas que somos sanados. Medita más en tu desesperada condición ante Dios y en cómo Dios te ha visto en tu indefenso estado y te ha mostrado misericordia en la cruz de Cristo.

Ahora bien, si temes ser expuesto, arrepiéntete de esos pecados y confía en la culminada obra de Cristo. Si estás batallando con la vergüenza de pecados pasados, confía en que cuando Cristo murió, él murió por esos pecados. Lo que Dios planea hacer, lo hará. En este caso, lo que Dios ha planeado hacer, lo ha hecho.

  1. La comunión familiar de la iglesia local

La iglesia local debe creer, confiar y seguir a Jesús, especialmente en lo que se refiere a este pecado. Vivir en una comunidad cristiana nos ayuda con esto—rendir cuentas y ser honestos con los demás, al edificar estas relaciones abiertas y sinceras con otros cristianos, empezamos a perder nuestro miedo al hombre. Welch dice, «Cuando nos consideramos solos y aislados, siempre seremos propensos a temer a otros. El aislamiento y el miedo al hombre son compañeros cercanos. Sin embargo, cuando entendemos verdaderamente que Dios nos ha llamado a participar en una familia más grande (es decir, en la iglesia), somos libres. La iglesia comienza a sentirse más como una familia sentada junto a nosotros en nuestra sala de estar. Mejor aún, nos sentimos como una familia unida sentada a los pies de Jesús, sentada alrededor del trono. En familia, no hay timidez, no hay vergüenza, no hay temor».

La próxima semana discutiremos, «¿Cómo tememos al hombre? Tememos ser rechazados».