Predicación expositiva

La predicación: aplicando la Palabra de Dios a adultos mayores

Artículo
12.07.2017

Tal vez eres como yo. Tengo 29 años y cada domingo predico a personas décadas mayores que yo. Estamos separados por un mundo. Yo vivo en el mundo informal de la generación X, prefiriendo sandalias, bermudas y camisetas (aun en la adoración del domingo por la mañana). Pero predico a gente que prefiere pantalones, zapatos brillantes y corbata. Respiro Google, YouTube, iPods y MP3. Pero predico a gente que necesita que sus nietos tengan el control para manejar el reproductor de DVD. Soy sano y fuerte (relativamente). Pero predico a gente que se pregunta si celebrarán su próximo cumpleaños. Estoy al principio de mi carrera y sueño con posibilidades tan grandes como las montañas más altas. Pero predico a gente que ha estado ahí, que ya lo han hecho, y ahora miran atrás.

Quiero tender un puente sobre esa brecha. Quiero conectar la Biblia con su mundo. Quiero entrar en sus vidas, responder a sus necesidades, alimentarles de una manera apropiada a su situación, amonestarles y animarles con fuerza paciente y amorosa. Sin embargo, ¿cómo puedo hacer esto siendo un muchacho de 29 años?

Gracias a Dios por Paul David Tripp y Deborah Howard. Sus libros me llevaron como en una máquina del tiempo a lo que son para mí otros mundos de la edad adulta. Lo que descubrí ahí fue extrañamente familiar.

 

La edad media y la gracia de Dios

Paul David Tripp sabe acerca de los desafíos de la edad media. La realidad de que “ya no soy joven” ya le ha golpeado en la cara y le cambió para siempre. Con una vulnerabilidad iluminadora, Tripp abre su vida como un ejemplo de cómo navegar por los años del ecuador de la vida. Como pastor veterano, consejero, y conferencista, la reflexión de Tripp —centrada en Dios, saturada de la Biblia y culturalmente sensible — sobre su propia experiencia da credibilidad y poder a su diagnóstico y solución para los asuntos de la fase de edad media. Primero, Paul arraiga a sus lectores en la realidad de la gran historia redentora de Dios plasmada en las páginas de la Escritura. Entonces, con una gran variedad de ejemplos de la vida real, los lleva a través de la crisis de los cuarenta: qué es, por qué ocurre y cómo podemos responder a sus desafíos.

 

El trayecto final de la vida

Viajar en el tiempo con Deborah Howard a los días finales de la vida fue igualmente esclarecedor. Howard es enfermera en un hospital para enfermos terminales, por tanto la muerte es una realidad diaria para ella. Además, Deborah es una cristiana bien fundada bíblicamente, pensativa y, sin ningún tipo de complejo, reformada. Con un estilo de conversación cautivador, Howard muestra con gran detalle desde las Escrituras que Dios es soberano sobre la creación, la salvación y el sufrimiento. La sección final de su libro está llena del debate del estado eterno, disipando malas concepciones acerca de la vida después de la muerte y pintando un cuadro de hacia dónde la muerte lleva al creyente y al no creyente. Intensos ejemplos enfatizan la importancia de abarcar estas realidades y describe el proceso por el cual la persona viene a experimentar la vida eterna y la verdad transformadora de la soberanía de Dios en todas las cosas. Deborah se basa también en su formación médica para ayudar al lector a familiarizarse con los síntomas físicos de la muerte, las consideraciones legales alrededor del fallecimiento y el mundo de los cuidados en los centros de pacientes terminales.

 

Predicando hacia arriba en la escalera de la edad

Pero, ¿qué tiene que ver esto con predicar? Al fin y al cabo, después de haber leído los libros, aún tengo que preparar sermones. ¿Cómo puedo con 29 años aplicar la Palabra de Dios de una manera que ministre a aquellos en mi congregación que están a la mitad o al final de sus vidas?

Tal vez la respuesta no sea tan difícil como pensaba antes. Cuando entré en el mundo único de los años adultos, me quedé impactado no tanto por las diferencias, sino por las similitudes de las experiencias de la gente a través del abanico de edades. Los seis temas que Tripp y Howard dirigieron a los adultos y a los adultos mayores se pueden aplicar a toda persona en cualquier etapa de la vida. Es por esto que estoy convencido de que necesito continuar predicando acerca de esos temas semana tras semana. Por  cierto, la predicación expositiva libro por libro seguramente tocará uno de esos temas cada domingo, ya que cada texto de la Biblia argumentativamente trata alguno de ellos. Por este concepto no te cobro.

Primero, necesito continuar predicando sobre la soberanía de Dios. Como Tripp explica, solo cuando el creyente acepta la soberanía de Dios sobre los detalles más pequeños de la vida, entonces andará en el descanso y el gozo que Dios quiere que experimente. Howard está de acuerdo. Aunque esté rodeada cada día de trágico sufrimiento y muerte, enfatiza una verdad más que ninguna otra: Dios controla cada cosa en el universo, aun “cuando la luz del semáforo cambia a verde o rojo al aproximarnos a la intersección”.[1]

Segundo, necesito continuar predicando sobre el sufrimiento. Envejecer intensifica el sufrimiento que sentimos y vemos, ya sea el dolor del remordimiento, las articulaciones atrofiadas o la perdida de los seres queridos. Por tanto, es vital recordarnos los unos a los otros acerca de los propósitos purificadores de Dios en el sufrimiento. Tripp y Howard dedican mucho espacio a este tema. Hermanos, debemos predicar a los nuestros las bendiciones del sufrimiento (para el beneficio de sus almas). El sufrimiento es un mal terrible que debemos detestar y confrontar, pero también debemos aceptarlo como una de las armas más poderosas de Dios para moldearnos a la imagen de Cristo.

Tercero, necesito continuar predicando acerca de la idolatría. Aunque la mayoría de los americanos no se postran ante ídolos conscientemente, el enorme pecado de la idolatría sigue abundando (a menudo bajo la apariencia de espiritualidad). La madurez — como Tripp dice — derrumba la fachada que esconde el becerro de oro en nuestros corazones. Como un predicador joven, puedo aplicar la Palabra a aquellos grupos de mayor edad y hacer que la luz de la ley de Dios brille sobre sus ídolos: salud, juventud, riquezas, apariencia, posesiones, relaciones, hijos, prestigio, vecindario, carrera, comida, aplausos, casa, coches, aventuras, vacaciones y el engaño de que puedes tener todas las cosas bajo control. Predicar acerca de la idolatría a la gente de edad adulta puede tener un efecto transformador, ya que el envejecimiento expone la incapacidad de estos ídolos para cumplir sus promesas y revela la continua presencia interior de pecado aun en el creyente con muchos años en la fe.

Cuarto, necesito seguir predicando acerca de la muerte, como un predicador joven que soy ministrando a gente mayor que yo. La mayoría de los mortales intentan ignorar los pensamientos acerca de la muerte. En su lugar, nos distraemos de la realidad con “ilusiones de invencibilidad”, como dice Tripp.[2] Jonathan Edwards reconoce esta tendencia destructiva y como resultado tomó la decisión de “en toda oportunidad pensar mucho en mi propia muerte, y en las circunstancias comunes que la acompañan”. Ciertamente, Deborah Howard consideraría la muerte como un tema fructífero para meditar. Ella escribe: “Es de vital importancia que nos preparemos espiritualmente antes de enfermar, antes de encontrarnos en un accidente de automóvil o en una explosión que nos cueste la vida, antes de pasar a través de la puerta que lleva a la eternidad (a una eternidad en el infierno o en el cielo)”.[3]

No obstante, necesito predicar no solo acerca del momento de la muerte, sino que también acerca del proceso de morir. Tanto la ignorancia sobre los síntomas físicos de la muerte y la escatología demasiado presente del evangelio de la sanidad y la prosperidad han hecho que para muchos cristianos sea muy difícil aceptar que un día morirán. En lugar de aceptar el proceso de morir, se adhieren a la vida terrenal con una fuerza idólatra. Mark Dever pone su dedo en este problema en un artículo reciente: “Nuestra reticencia a cantar el domingo en la iglesia acerca de la tumba solo revela cuántas esperanzas hemos puesto en esta vida (y no deseamos concebirlas como perdidas). Nuestros tesoros han sido puestos en este mundo de forma excesiva”.[4]

Quinto, necesito seguir predicando acerca de la esperanza del cielo. Howard nos recuerda que como cristianos deberíamos ser consumidos con pensamientos y anhelos del cielo.[5] Cuando pensamos en las cosas celestiales, entonces la insatisfacción, el desánimo, el lamento y la desorientación de nuestros últimos años producen gozo.

Finalmente, necesito continuar predicando acerca de la nueva identidad que está en Cristo. El consejo de Tripp muestra que predicar sobre la identidad del creyente en Cristo no es solo para bebés cristianos. Él observa que las crisis de la madurez provienen a menudo de la “amnesia de identidad” o algo peor, del “reemplazo de identidad”.[6] Una madre de mediana edad, por ejemplo, se deprime y se desorienta porque sus hijos adolescentes se rebelan contra el molde con el cual ella intenta darles forma. O un hombre de negocios en sus cuarenta vive para el éxito que ha obtenido, estando tan ocupado que descuida a su familia y su vida espiritual. Nosotros que estamos en Cristo fácilmente olvidamos que nuestra identidad no proviene de nuestro trabajo, lugar de residencia, título, género, edad, familia o apariencia. No solo son los nuevos cristianos quienes necesitan recordatorios frecuentes de que son nuevas criaturas, que ya no viven para ellos mismos, y que Cristo vive en ellos.[7] Encontrar en Cristo la identidad propia aliviará el dolor del rechazo, cortará la raíz del orgullo, secará del pozo cenagoso del abatimiento, clarificará la confusión de los años adultos y producirá fruto que durará por la eternidad.

Tengo 29 años. ¿Puedo aplicar las Escrituras de una forma efectiva a las vidas de personas que me doblan en edad y que viven en un mundo sin YouTube, ni iPods, ni sueños tan grandes como las montañas más altas? Sí. Al final, todos estos mundos no son tan diferentes. Ya sean 29, 49 u 89, la raíz de los problemas es la misma al igual que la solución. Morir a uno mismo. Morir a nuestros sueños. Morir a las mentiras de nuestra cultura. Morir a las apariencias de que tienes el control. Morir a la perniciosa idolatría del éxito, de las apariencias y del aplauso. Vivir para Dios. Vivir para su gloria. Vivir en la luz de su Palabra. Vivir en el poder de su Espíritu. Vivir de forma sumisa bajo su control y de acuerdo a su voluntad. Vivir para el deleite de su presencia eterna. Hermanos, prediquen esto, ¡a cualquiera en cualquier edad!

[1] Howard, Sunsets, 72.

[2]Tripp, Lost, 81-82.

[3]Howard, Sunsets, 182.

[4] Mark Dever, http://blog.t4g.org/, “Completely Unavoidable Optimism” (Optimismo que no se puede evitar) publicado en Feb. 22, 2007, accesible en Mar 01, 2007.

[5] Howard, Sunsets, 183.

[6] Tripp, Lost, 268.

[7] 2 Corintios 5:17 y Gálatas 2:20.