Membresía

La membresía: un jardín florido

Artículo
16.08.2017

El 21 de enero de este año, la ciudad de Washington experimentó un evento emblemático en el largo ocaso de la civilización occidental. Ese día miles de mujeres marcharon en repudio del recién electo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Esta marcha encontró ecos en muchas marchas en distintas ciudades del mundo. Sin duda, para las organizadoras fue un éxito. La mayoría de los que analizaron los eventos de ese día no hicieron otra cosa que una exégesis política. Pero vale la pena analizar el evento desde las alturas de una cosmovisión bíblica. Desde ésta perspectiva se puede evidenciar la desintegración de nuestra sociedad occidental.

A pesar de la aparente unidad de las que marcharon en contra de Trump, el día dejó en evidencia las profundas contradicciones de nuestra cultura. Por empezar, muchos vieron la marcha como el repudio de los iluminados progresistas hacia las fuerzas oscuras de los reaccionarios; pero, en realidad, fue el enfrentamiento inevitable de dos corrientes provenientes de la contracultura de los años 60: el feminismo de Gloria Steinham y el hedonismo de Hugh Hefner. La contracultura ha copado el espacio público de nuestra cultura y todos padecemos sus contradicciones.

La protesta reveló otras grietas. Aunque la marcha se hizo en apoyo a los derechos de la mujer, las organizadoras aclararon que las mujeres que tuvieran una postura en contra del aborto no eran bienvenidas. Otra fractura quedó en evidencia cuando las mujeres de color protestaron por la cantidad de mujeres blancas que fueron invitadas a dirigirse a la multitud. Otra comunidad ofendida fue la de las mujeres transgénero que se sintieron excluidas.

A lo mejor, mi querido lector, te estás preguntando, «¿qué tiene que ver todo esto con la membresía de la iglesia?». He aquí la respuesta. Es necesario entender dos cosas. Primero, en gran medida nuestra sociedad, bajo la influencia de la contracultura del siglo pasado, se ha revertido a un estado similar al paganismo del primer siglo. Segundo, la iglesia bíblica ha recuperado su condición original de genuina contracultura.

Nuestra sociedad vive la inevitable fragmentación que resulta cuando la voluntad del individuo reemplaza la autoridad divina. Cuando esto ocurre, el único orden posible es el que impone el más fuerte. Sin embargo, la iglesia vive bajo un credo que promete genuina unidad, paz e irónicamente, la autorrealización del individuo que tanto anhela el mundo.

En Efesios 4:4-6, Pablo asevera la existencia de «un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.». En la iglesia, la identidad de Dios sirve como principio ordenador frente a la diversidad y desorden de nuestras identidades individuales. En Gálatas 3:28, Pablo nos dice que la diversidad de identidades que traemos a la iglesia son absorbidas en nuestra nueva identidad en Cristo, «No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús».

En su libro sobre la membresía, Jonathan Leeman enseña un principio importante: los cristianos no se unen a las iglesias; se someten a ellas. Esto es lo opuesto del consumismo que impera en nuestra cultura. El mundo del consumo me ofrece la ilusión de una autonomía cuasi-divina. Como lo que yo quiero. Me visto como yo quiero. Me corto el pelo como yo quiero. Escucho la música que yo quiero. Navego en internet adonde yo quiero. Incluso me atribuyo la potestad de definir elementos de mi propia identidad – como el género – que nuestros antepasados hubieron creído inmutables. A pesar de tanta libertad, descubro que las fuerzas comerciales me han reducido a un algoritmo para venderme lo que ellos quieren.

Cuando me hago miembro de una iglesia encuentro algo distinto: un grupo de individuos moldeados no por sus propias inclinaciones, sino por la identidad de Otro. Somos personas convertidas – regeneradas – que confesamos que Cristo es Señor. Ahora compartimos un propósito en común de representar fielmente a Cristo ante la mirada del mundo. Cada uno llega a la iglesia con un trasfondo distinto, pero nuestros destinos ahora convergen en un mismo punto. Bajo la influencia del Espíritu, la disciplina de la Palabra y la ayuda mutua de los hermanos, encontramos que la misma imagen de Cristo se va construyendo en nosotros.

Lo maravilloso es que este proceso no produce clones. Como vemos en Efesios 4, nuestra identidad se ancla en Cristo sin eliminar la diversidad de nuestros dones. Los Bautistas del siglo dieciséis usaban la figura de un huerto encerrado y protegido para describir la iglesia. Haciendo eco de Cantar de los Cantares, dibujaban un cuadro de un lugar de deleites, armonía y paz. En un jardín bien cuidado hay gran variedad de flores y plantas, cada una distinta y especial; y todas ordenadas de una forma que haga resaltar su particular belleza sin distorsionar el diseño armónico del huerto entero.

Hacerse miembro de una iglesia bíblica es someterse a la disciplina del Jardinero. Bajo Su cuidado encontramos nuestra razón de ser y nuestro verdadero potencial florece. Por ahora nuestra iglesia local nos puede parecer un huerto pequeño, pero vale recordar que el Jardinero es también nuestro Rey. Pronto volverá y la creación entera volverá a florecer.