Clases esenciales: Evangelismo

Evangelismo – Clase 7: ¿Y si me rechazan?

Artículo
05.05.2018

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Clase esencial
Evangelismo
Clase 7: ¿Y si me rechazan?


Bienvenido al seminario básico «Evangelismo». Oremos para empezar.

Introducción

Nuestro tema de discusión para esta mañana es: ¿Qué haces cuando la persona con la que has compartido el evangelio no reacciona de la manera que esperabas, sino que ha reaccionado exactamente de la manera que menos esperabas? ¿Cómo lidias con el rechazo?

Ahora, permíteme decir por adelantado, que hay muchas razones por las que podemos ser rechazados. Por ser idiotas, por ejemplo. Por no parar cuando alguien nos lo pidió. Por tratar mal a las personas. Por no escucharlos. Por ser manipuladores. Por pecar contra ellos. Por ser imprudentemente provocativos. Esta mañana, cuando me refiero al rechazo, no estoy hablando de ese tipo de rechazo. Ese es tema para otra clase. En la mañana de hoy, estaremos hablando de ser rechazados como resultado de nuestro testimonio de Cristo en las relaciones con las personas que Dios ha colocado en nuestro entorno.

1. Una hipótesis que no es tan hipotética

Para preparar el escenario, pensé que comenzaría presentando una situación hipotética. Podría parecer exagerado para algunos de nosotros, pero es una situación en la que muchos de nosotros ya nos hemos encontrado, y si nos empeñamos en ser evangelistas fieles en el futuro, es muy probable que nos encontremos en esta circunstancia con cierta frecuencia.

Esta es la situación:

Después de orar, como te lo hemos estado pidiendo durante estas semanas, para que Dios te de pasión por el evangelismo. Después de orar para que él ponga en tu corazón a las personas a tu alrededor que necesitan escuchar el evangelio. Después de pedir oportunidades para compartir las buenas noticas con personas en el trabajo, en tu vecindario o en tu familia. Después de hacer todo eso, finalmente sales con confianza, seguro, con cierto nerviosismo, pero confiando en Dios, y comienzas a  acercarte, a pensar estratégicamente sobre cómo compartir el evangelio.

Empiezas a relacionarte con tu compañero de trabajo inconverso con quien has trabajado en muchos proyectos, con el que siempre te sentabas en las reuniones y a veces tomabas una cerveza después del trabajo y disfrutabas estar cerca e incluso ocasionalmente hablar de tu vida personal y de tus bandas de rock británicas favoritas…

O con tus padres incrédulos, las dos personas que más conoces y amas en el mundo, y de las que estás seguro te conocen y recibirían una bala por ti en un abrir y cerrar de ojos…

O con tu hijo no cristiano, el ser humano que trajiste al mundo, al que has servido y apoyado, por el que has hecho sacrificios a lo largo de la escuela primaria, la escuela secundaria y la universidad…

O bien, con tus vecinos incrédulos, la pareja con la que te sientes cómodo cenando, a quienes fuiste a ver al hospital cuando se enfermaron, quienes pidieron prestado tu auto cuando el suyo estaba en el taller y con quien compartes una afinidad política, deportiva o pasatiempo…

O con uno de tus amigos más cercanos, la persona que es parte de muchos de tus recuerdos más dulces, la persona que estuvo allí para ti en los días difíciles después de una ruptura o una decepción profesional, la persona que te conoce como a una hermana o un hermano y frente a quien no tienes secretos…

O bien, en el campo misionero con alguien del grupo de personas por el que has estado orando durante meses, incluso años, alguien que quizá nunca se haya encontrado con otro cristiano si no te hubieras presentado y hubieras entablado una conversación con él o ella…

…Con esa persona, en una conversación en tu escritorio de trabajo, o tomando un café, o alrededor de la mesa de la cocina, o conduciendo en el auto, o hablando frente al complejo de apartamentos, te encuentras, por la gracia de Dios, convirtiendo la charla en cosas espirituales. Con tu compañero de trabajo, al que le gustan las bandas de rock británicas, empiezas a hablar  del nuevo álbum de Coldplay. Hay una canción llamada «Paradise», que trata acerca de la esperanza de una vida mejor, y le preguntas a tu compañero de trabajo qué piensa sobre la idea del paraíso, del cielo. Te pregunta qué piensas tú.

En poco tiempo, estás compartiendo el evangelio, compartiendo con esa persona cómo Dios nos creó para amarlo, adorarlo y vivir para él, pero en lugar de hacerlo, todos nos hemos rebelado contra él y hemos vivido como si fuéramos Dios. Dirige su atención a cómo se manifiestan las consecuencias de esa rebelión en lo quebrantados que están el mundo y nuestras propias vidas.

Le cuentas cómo Dios, porque es perfectamente bueno y perfectamente justo, haría bien en castigarnos eternamente por esos pecados. Luego, le dices cómo Dios, por su gran amor, envió a su hijo, Jesús, al mundo, y cómo este Jesús, aunque nunca pecó, murió en la cruz como un sacrificio por los pecadores, y luego resucitó de entre los muertos tres días más tarde, demostrando que Dios ha aceptado el sacrificio. Le explicas cómo puede ser perdonado de sus pecados y justificado ante Dios si tan solo se arrepiente de sus pecados y pone su fe en Cristo.

En tu corazón, alabas a Dios. Él ha respondido tu oración. Te ha dado la oportunidad de compartir el evangelio, pero tu alegría pronto se ve interrumpida por lo que sigue. En los días siguientes, tu compañero de trabajo comienza a evitarte en la oficina y a hablar de ti a tus espaldas. Tus padres se levantan de la mesa, como el mío en numerosas ocasiones, y salen corriendo de la habitación. Tu hijo se ríe de ti y comienza a distanciarse.

Tu vecino te saca el dedo en la cara y dice: «No vuelvas a hablarme de eso otra vez». Cuando se acerca el juego de bolos,  juego que siempre has visto en su casa, este año no hay invitación. «Tienes muchas agallas», dice tu mejor amigo, y cuando vuelves a mencionar el evangelio una y otra vez, ves que se apaga mentalmente. En imágenes de Facebook, comienzas a ver otras caras donde solía estar la tuya. Y así sucesivamente.

Te sientes casi insoportablemente decepcionado. A lo mejor te sientes abandonado. Quizá incluso, en el fondo de tu mente, silenciosamente desearías nunca haber abierto tu boca en un principio. Después de todo, ¿no estaban las cosas mejor, o eran al menos más agradables, más cómodas antes? ¿Por qué está sucediendo esto?, te preguntas. ¿Acaso eres un pésimo evangelista? ¿Qué significa que las personas que más amas y las que siempre creíste que más te amaban, qué significa cuando esas personas rechazan el evangelio y parecen rechazarte por él?

Mientras escribía este manuscrito, me llamó la atención el peso de lo que le hemos estado enseñando en estas últimas semanas. La realidad es esta: las cosas que hemos tratado de impartir —la Gran Comisión que se ofrece a los creyentes en Mateo 28, el mandato de Pedro en 1 Pedro de estar siempre preparados para dar una respuesta de la esperanza que hay en nosotros con gentileza y respeto— estas cosas, si se emplean, bien pueden resultar en dificultades para ti, no porque compartir el evangelio sea una carga o una especie de trabajo pesado y sin alegría, no, de hecho, es un privilegio que se nos confíe el evangelio, y a menudo resulta en todo tipo de alegría, sino porque compartir el evangelio en ocasiones puede tener un gran costo personal, como sin duda atestiguan muchos en esta sala.

Entonces, habiendo presentado esa serie de situaciones hipotéticas que, en realidad, no son tan hipotéticas, quiero pasar el resto de nuestro tiempo respondiendo un par de preguntas, y luego quiero dejarte con un puñado de estímulos con la esperanza de que los recuerdes en caso de que el rechazo venga en respuesta a tu evangelismo.

2. Un par de preguntas acerca del evangelismo y el rechazo

A. ¿Por qué las personas rechazan el evangelio?

Formulo esta pregunta porque quiero repetir un tema de este curso, que parece especialmente pertinente teniendo en cuenta nuestro tema de esta mañana, y que podemos haber relegado a un segundo plano en este momento. ¿Por qué las personas rechazan el evangelio? Quiero decirte con la mayor claridad posible que no es, fundamentalmente, debido a la perfección, o falta de ella, en tu presentación del evangelio.

Dios es quien salva. Dios es quien salva. Lo diré una vez más: Dios es quien salva. Lucas 19:10 dice: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido». Juan 6:63 dice: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha». La salvación le pertenece a nuestro Dios.

Nosotros, su pueblo, somos responsables de compartir sus buenas noticias, de ser sus embajadores en este mundo, pero él es quien salva. Nosotros, por tanto, no somos responsables de los efectos de nuestro evangelismo, y eso es cierto si la persona con la que compartimos el evangelio se arrepiente y cree y se convierte en miembro de una iglesia y finalmente en un anciano y conduce a otros a Cristo, o si la persona con la que compartimos el evangelio nos rechaza, calumnia nuestro nombre y nunca vuelve a hablarnos.

Si has salido con coraje y fe, y has compartido el evangelio con alguien, ya sea en una conversación o en una serie de conversaciones, y lo rechazado y te ha rechazado, libérate de la mentira que te dirá que si solo lo hubieras dicho de esta manera u otra, entonces esa persona se hubiera arrepentido y creído.

El hecho es que todos somos pecadores que hemos quebrantado los mandamientos de Dios y hemos vivido activamente en rebelión contra él, y eso incluye a nuestros amigos, familiares, compañeros de trabajo e hijos incrédulos. Todos nosotros, por naturaleza, tenemos corazones que están endurecidos hacia Dios y hacia las buenas noticias acerca de Jesús. Nosotros hemos causado esto por la forma en que hemos vivido.

John Piper, en un sermón, describe el pecado como: «La gloria de Dios no honrada. La santidad de Dios no reverenciada. La grandeza de Dios no admirada. El poder de Dios no alabado. La verdad de Dios no buscada. La sabiduría de Dios no estimada. La belleza de Dios no atesorada. La bondad de Dios no saboreada. La fidelidad de Dios no confiada. Los mandamientos de Dios no obedecidos. La justicia de Dios no respetada. La ira de Dios no temida. La gracia de Dios no apreciada. La presencia de Dios no valorada. La persona de Dios no amada».

¿Ves qué une a todas esas declaraciones? Todas menosprecian a Dios. Menospreciar al Dios del universo es un gran error; es una sentencia de muerte. Ese es el estado en el que todos nos encontramos cuando somos confrontados con el evangelio, y ese es el estado en el que permaneceríamos, todos, a menos que Dios actúe para cambiarnos, reemplazando nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, que nos haga sensibles a él y a su palabra. Él no tiene que hacerlo. El que no lo haga es solo una prueba de la rebelión del hombre contra Dios y de la justicia perfecta de Dios y su oposición al pecado.

Es por eso que las personas, cuando rechazan el evangelio, rechazan el evangelio. No es debido a la lucidez de nuestra presentación del evangelio, sino porque ellos escogen hacerlo. Porque en su estado natural se oponen a Dios y aman a casi todo lo demás más que a Dios. En su rechazo del evangelio, vemos las verdaderas intenciones de la humanidad. Vemos cuán perdidos y endurecidos están contra el Señor, realmente lo estamos.

Lo que hace surgir una segunda pregunta…

B. Entonces, ¿por qué deberíamos evangelizar?

Entonces, si estamos todos, privada o públicamente, empeñados en nuestra oposición a Dios, y si Dios, y no nosotros, es en última instancia quien salva, ¿por qué deberíamos edificar relaciones con la esperanza de compartir un mensaje que podría poner esas mismas relaciones en peligro?

La razón es porque esto glorifica a Dios. Dios es el evangelista supremo. Se trata de dar a conocer su nombre, y él ama cuando su pueblo desea lo mismo. Esa es la razón más importante.

Otra razón es porque solo hay una manera de que las personas se reconcilien con Dios, y es a través de Jesucristo. Para que las personas se reconcilien con Dios, primero deben escuchar acerca de Jesucristo, quién es él y qué ha hecho. En su providencia, nos ha llamado para ser nosotros quienes contemos esa historia, para difundir las buenas noticias.

Dios es quien salva, pero la obra del corazón que hace en las personas a través del Espíritu Santo, el reemplazo de un corazón de piedra por un corazón de carne, la revelación del pecado, de la necesidad de un salvador, la concesión del arrepentimiento y la fe,  siempre se hace conjuntamente con los hechos del evangelio que se presentan. Por eso debemos compartir el evangelio, porque el evangelio es, como dice Romanos: «es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree».

Sí, es probable que nuestras relaciones con padres, amigos, compañeros de trabajos e hijos incrédulos sean más fáciles y cómodas si nos abstenemos de compartir el evangelio, si solamente mantenemos nuestras bocas cerradas.

El novelista colombiano Gabriel García Márquez escribió un breve libro titulado: Crónicas de una muerte anunciada. La historia ocurre a lo largo de un día. Un hombre llamado Santiago Nasar ofendió a un par de hombres en su pueblo y, en respuesta a esa ofensa, los hermanos deciden matarlo. Ellos planean su ataque y se lo cuentan a todos sus conocidos. A medida que avanza el día, casi todo el mundo en la ciudad sabe lo que van a hacer y, sin embargo, nadie advierte a Nasar. Son demasiado perezosos o demasiado apáticos, o albergan secretamente sus propios deseos contra él, o creen que él ya debería saberlo. Efectivamente, cuando llegue el momento, los hermanos seguirán con su plan.

Tenemos que preguntarnos si realmente somos buenos amigos, buenos padres, buenos hijos, buenos compañeros de trabajo si no nos esforzamos por compartir el evangelio. Si un día saliste por la puerta de tu casa y viste a tu mejor amigo parado en la calle, ajeno al semirremolque que se desplazaba por la carretera directamente hacia él y no intentaste gritar una advertencia, sino que simplemente te quedaste allí durante varios minutos de silencio, ¿qué tipo de amigo serías?

El juicio de Dios estaba cayendo sobre nosotros. Estábamos, como dice Efesios 2: «muertos en delitos y pecados» y éramos «por naturaleza hijos de ira», pero alguien nos amó lo suficiente como para decirnos cuánto nos amaba Dios en Cristo. Deberíamos hacer lo mismo, independientemente de que compartir ese evangelio pueda agitar las cosas o romper el sello de tranquilidad entre nosotros y otros. Lo más amoroso que podemos hacer en nuestras relaciones es compartir el evangelio, sea cual sea el costo.

Para resumir lo que hemos cubierto hasta ahora. En primer lugar, cuando alguien rechaza el evangelio, no es fundamentalmente  nuestra culpa… Dios es quien salva. En segundo lugar, dada la realidad de la santidad de Dios y nuestra necesidad de reconciliarnos con él, el evangelismo es algo bueno y amoroso, independientemente de cómo responda la gente.

Pero eso todavía nos deja con el hecho de que el rechazo es desagradable, incluso devastador. Cuando alguien rechaza el evangelio que amamos, es difícil no tomarlo como algo personal. Puede dejarnos heridos. Puede hacernos cuestionar muchas cosas. Nunca es divertido perder amigos o estar en desacuerdo con la familia. Nadie desea ir a un trabajo hostil.

Habiendo reconocido eso, y de ninguna manera queriendo restar importancia al dolor que proviene de haber sido rechazado por compartir el evangelio, quiero cerrar con algunos estímulos por los cuales oro para que te ayuden a soportar, perseverar y confiar en la verdad del Señor cuando el evangelismo no resulta como lo esperabas.

3. Cinco estimulos contra el rechazo

A. Ten consuelo.

«Acordaos de la palabra que yo os he dicho», dice Jesús en Juan 15:20-21. «El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros… todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado».

«Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados», el apóstol Pedro anima a un grupo de creyentes en 1 Pedro 4:12: «porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros». Según Jesús y Pedro, el sufrimiento debido a nuestra fe es en realidad una prueba de que estamos en la fe. Para los cristianos, dicen, la persecución por seguir a Cristo es, de hecho, parte del recorrido. No debería sorprendernos cuando sucede, e incluso debería «alegrarnos», el que el mundo se levante contra nosotros por la oportunidad que nos brinda de compartir los sufrimientos de Cristo y dar gloria a Dios.

Pero no solo eso, en otra parte de 1 Pedro se habla de cómo un día nuestro sufrimiento terminará y seremos vindicados. Pedro presenta a Noé como un ejemplo de alguien que fue vindicado en el capítulo 3, versículos 20 al 22. En el arca construida por Noé, dice:

«21 El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo, 22 quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades».

Recuerda cómo Noé fue condenado al ostracismo por sus vecinos por confiar en Dios y construir el arca. Recuerda la fidelidad de Dios hacia él y su pequeña tripulación durante el diluvio. Entonces, si luchas contra la oposición, te preguntas si algo está mal porque solo unos pocos están contigo, entonces mira el ejemplo de Cristo. Mira también el ejemplo de Noé. Dios vindica a aquellos que verdaderamente lo siguen.

Entonces, siéntete reconfortado porque el rechazo que a veces enfrentamos por compartir el evangelio es una manera de compartir los sufrimientos de Cristo, y ten consuelo porque el rechazo no durará para siempre.

B. Ten compasión.

1 Pedro también nos llama, en medio del sufrimiento, a ser testigos a los incrédulos e incluso a desear el bien de quienes nos persiguen. Pedro, el discípulo que negó a Jesús tres veces, y luego vio a Jesús sufrir por él, aprendió esto por el ejemplo de Jesús. Él escribe:

«23 quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; 24 quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados» (2:23-24).

Pedro conocía de primera mano el perdón de Cristo. Él sabía de primera mano lo bueno que Cristo podía ser, incluso para alguien que lo había negado. También debemos recordar lo bueno que Dios ha sido para con nosotros. Lo abandonamos, sin embargo, él respondió con un amor increíble hacia nosotros. Entonces, ¿cómo podemos tratar de otra manera a los que nos rechazan?

C. Ten disponibilidad.

Es muy posible que el plan de acción más sabio después de compartir el evangelio con alguien y ver que lo rechaza sea dar un paso atrás. Puede ser aconsejable no mencionar el evangelio la próxima vez que veas a la persona, y ese es especialmente el caso si alguien te ha pedido explícitamente que no hables con él o ella acerca de Cristo. Creo que hay una sensación de que una vez que has compartido el evangelio con una persona así, has cumplido con tu deber y, sí, quieres seguir, profundizar y explicarles nuevamente las buenas noticias, pero solo cuando la ocasión lo amerite, si la persona expresa interés en escuchar más, por ejemplo, o si la situación se presenta claramente.

Sin embargo, no queremos alejarnos para evitarlos. Deberíamos vivir vidas santas a su alrededor, vidas que den crédito a nuestras declaraciones del evangelio. Deberíamos perdonarlos. Deberíamos orar por ellos. Y, cuando sea posible, deberíamos estar disponibles en caso de que ocurra algo que los haga reconsiderar. En caso de que Dios comience a trabajar en ellos y comiencen a prestarle atención al cristianismo. En caso de que surja una necesidad y ellos nos pidan ayuda.

D. Ten esperanza.

Nunca sabes cómo el Señor puede usar tu evangelismo. Solo porque alguien rechace el evangelio cuando lo compartes con ellos no significa que ya no tengan esperanza. Dos niñas en la hermandad de mi esposa Emily, la invitaron a un estudio bíblico en la universidad y Emily fue, pero no le prestó mucha atención, sino hasta después de la universidad cuando regresó a su casa en Virginia del norte, que comenzó a leer la Biblia por sí misma y a asistir a una iglesia que predicó el evangelio y, de repente, las campanas comenzaron a sonar y las cosas que esas chicas le habían enseñado en la universidad comenzaron a tener sentido.

¿Conoces la historia de Jim Elliot, el hombre que dijo: «No es ningún necio el que entrega lo que no puede guardar, para ganar lo que no puede perder»? Elliot y varios amigos se mudaron a Ecuador para compartir el evangelio con un grupo de indígenas que no habían sido alcanzados allí, solo para ser masacrados por ellos en una playa en enero de 1956. Pero en décadas posteriores, otros misioneros lo siguieron, incluidas  las esposas e hijos de algunos de los hombres que habían sido asesinados, y pudieron guiar a muchos indígenas de la misma tribu a Cristo.

E. Sé constante en la oración.

Dios escucha la oración. Orar por alguien no es una escapatoria. Orar por alguien que llegaría a conocer al Señor es un valiente acto de amor… Haz que otros oren también.