Clases esenciales: Evangelismo

Evangelismo – Clase 4: Un Testimonio Personal

Artículo
05.05.2018

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Clase esencial
Evangelismo
Clase 4: Un Testimonio Personal


Bienvenido nuevamente. Oremos antes de iniciar. 

Introducción

Esta es la cuarta clase de trece sobre el evangelismo. Como hemos mencionado anteriormente, esta clase tiene como propósito enseñarte las verdades teológicas del evangelismo, pero más que eso, está diseñada para prepararte y exhortarte a ser activo e intencional en llevar el evangelio a las personas que Dios ha puesto a tu alrededor.

La semana pasada, pasamos algo de tiempo estudiando qué dice la Biblia del evangelio, y luego miramos cómo la Biblia define el evangelio antes de finalmente ver las cosas que necesitamos explicar claramente al compartir las buenas noticias. Si recuerdas, sugerimos un marco de cuatro pasos para comunicar el mensaje del evangelio: Dios, hombre, Jesús y respuesta.

Dios nos creó para servirle, amarle y vivir bajo su autoridad, pero nos hemos rebelado contra él, escogiendo en cambio servirnos y amarnos a nosotros mismos y rechazar el gobierno de Dios en nuestras vidas. La Biblia no toma la rebelión a la ligera. La llama pecado. Debido a que Dios es completamente bueno, sería justo que nos castigara eternamente por estos pecados. PERO, cuando todavía éramos pecadores, proveyó un camino para que nos reconciliáramos con él. Envió a su Hijo, Jesús, al mundo. A diferencia de nosotros, Jesús vivió en perfecta obediencia a su Padre, y luego murió en una cruz como sacrificio por los pecadores. Y tres días después, Jesús resucitó de los muertos, demostrando que Dios había aceptado su sacrificio. Lo que Jesús logró en la cruz —el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios— ahora está disponible para todo aquel que se aparta de sus pecados —lo que la Biblia llama «arrepentimiento»— y pone su confianza en Cristo.

Como cristianos, consideramos que es una alegría y un privilegio recibir la responsabilidad de compartir este evangelio. ¿CÓMO podríamos no compartirlo? Es superior a cualquier otra noticia que podamos transmitir sobre el clima, nuestra salud, los deportes, una gran comida o un gran libro, la política o la economía, el evangelio es el único mensaje en el mundo por medio del cual Dios trae almas de la muerte a la vida.

Si eres cristiano, sabes que eso es cierto, sabes cómo, como dice la canción, «estuviste perdido en la  noche más oscura», hasta que «contemplaste el amor de Dios» en el evangelio, y cómo, como resultado, «ahora todo lo que conoces es la gracia». Lo cual nos lleva a nuestro tema del día: Qué significa compartir fielmente tu testimonio personal.

Qué es un testimonio personal y qué no lo es

A lo que me refiero con testimonio personal es: la historia de cómo llegaste a reconciliarte con Dios a través del evangelio. Desarrollaremos esto con más detalle en unos minutos, pero desde el primer momento, deberíamos tener claro algo para evitar cualquier malentendido. Compartir tu testimonio, en sí mismo, no necesariamente constituye el evangelismo.

En Mateo 28, Jesús comisiona a los cristianos a ir y hacer discípulos, en otras palabras, a compartir el evangelio con la gente, y luego a animar a quienes lo acepten a crecer en madurez espiritual en su relación con Dios. Jesús integra a los cristianos en la Gran Comisión para hablar a otros de su logro en la cruz. Ese es su encargo, no una opción. El evangelismo, como hemos dicho varias veces, es el acto de compartir el evangelio de Jesucristo.

Entonces, aunque le dediquemos una clase completa, no queremos que pienses que compartir tu testimonio personal es un sustituto de compartir el evangelio. Nuestro pastor principal lo expresó así en un mensaje hace unos años:

«Un testimonio personal es algo maravilloso. La Biblia está llena de ejemplos de ello, y deberíamos testificar la asombrosa experiencia de recibir la misericordia de Dios. Pero considera Juan 9 y el hombre que nació ciego. Él da su testimonio, pero ni siquiera sabe quién es Jesús. Sus palabras glorifican a Dios, pero no presentan el evangelio. Esto no es evangelismo. A menos que seas explicito al hablar de Jesucristo y la cruz, entonces no es el evangelio».

Nuestros testimonios personales no son el evangelio, sino una prueba de cómo el evangelio demuestra ser una realidad en nuestras vidas. En lo que resta de tiempo, espero que podamos asimilar cómo el acto de compartir nuestros testimonios puede ser una herramienta efectiva para los fines del evangelismo.

3 razones para compartir tu testimonio 

Salmo 66:16: «Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma».

Definitivamente,    hay muchas más, pero analicemos al menos tres razones por las que debemos reflexionar y compartir el evangelio.

  1. Para luchar contra el miedo y la duda en el evangelismo.

Cada vez que comiences a sentir nervios con la idea de compartir el evangelio con alguien, o cuando empieces a dudar si Dios realmente tiene el poder de salvar a la persona que ha puesto en tu corazón con la cual hablar acerca del evangelio, tomar algo de tiempo para recordar cómo Dios se cruzó en tu propia vida, puede ser un arma poderosa en tu lucha por encontrar valentía y fe. Piensa en esto, ¡alaba a Dio porque la persona que compartió el evangelio contigo no se acobardó, sino que fue lo suficientemente valiente para comunicarte la verdad en amor!

Recuerda lo perdido que estabas realmente sin Dios. «Recuerda», como Pablo instruye a los creyentes en Efeso en Efesios 2:12: «En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo». Recuerda cómo tú, como el predicador y escritor de himnos John Newton escribió sobre sí mismo antes de su conversión, eras «capaz de todo» y «no tenía[s] el más mínimo temor de Dios ante [tus] ojos… ni la menor sensibilidad de conciencia». Recuerda cómo estuviste en el infierno, cómo el vacío de las mentiras del mundo te roía, cómo tu corazón estaba frío y duro como una piedra, recuerda cómo eras un enemigo de Dios.

Luego maravíllate de cómo Dios te salvó. Maravíllate de cómo, como continúa Pablo en ese pasaje de Efesios: «en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo». Maravíllate de cómo, como escribió San Agustín en su libro Confesiones, Dios «te liberó de los grilletes de la lujuria que te mantenían [tan] fuertemente esposado y de [tu] esclavitud a las cosas de este mundo». Maravíllate de cómo cambió tu trayectoria. Cómo te rescató. Cómo llenó ese vacío persistente en tu vida. Cómo perdonó tus pecados. Cómo rompió tu corazón de piedra y lo reemplazó con un corazón de amor por él. Cómo te hizo su amigo.

La verdad, si somos honestos con nosotros mismos, es que si Dios puede salvarnos a ti y a mí, él puede salvar a cualquiera. Al recordar el milagro y el gozo de nuestra propia salvación, nos sentimos alentados a procurar la salvación de los demás.

  1. Para alentar a otros cristianos a compartir el evangelio.

De manera parecida, cuando nos encontramos con hermanos y hermanas que luchan por ser fieles en el evangelismo, o hermanos y hermanas que luchan con un sentimiento de apatía hacia los perdidos, debemos compartir con ellos cómo hemos visto a Dios trabajar en nuestras propias vidas y desafiarlos a recordar la obra de salvación y  santificación de Dios en ellos. ¡Ayúdalos a recordar!

Es fácil para nosotros hablar de dónde venimos, qué hacemos o qué tipo de cosas nos gustan, las conversaciones entre cristianos deben estar llenas de testimonios acerca de lo que el Señor ha hecho y lo que está haciendo. Aquí hay una pregunta para ti:

¿Conoces las historias de cómo tus amigos, de cómo las personas en tu grupo pequeño, de cómo las personas con las que te sientas regularmente cerca en la iglesia, llegaron a conocer al Señor? ¿Cuando oras por tus amigos, compañeros y miembros de la iglesia, agradeces a Dios por la forma en que él los salvó, por la forma en que trajo un fiel testimonio del evangelio en sus vidas y los llevó al arrepentimiento y la fe?

Si no es así, hazlo una tarea, incluso esta semana, pídeles que te cuenten su historia y comparte la tuya con ellos. Puedes descubrir que al hacerlo quizá sientas que el deseo de compartir tu fe crece nuevamente.

  1. Para dirigir las conversaciones con los incrédulos hacia las buenas noticias y dar testimonio de su verdad en tu vida.

Aunque compartir un testimonio personal no reemplaza el hecho de compartir el evangelio, puede ser una forma extremadamente efectiva de iniciar el evangelismo. Es una excelente manera de conversar con un incrédulo con el que intentas construir una relación profunda y significativa con el evangelio.

Aprovechemos nuestros testimonios para guiar a los incrédulos a Jesús

Para revelar este tercer punto, volvamos a la Biblia y dejemos que ella guíe nuestro pensamiento. Entonces, si tienes tu Biblia, ve conmigo al cuarto capítulo del Evangelio de San Juan. Este es el pasaje acerca de la interacción de Jesús con la mujer samaritana en el pozo. Leámoslo, comenzando en el versículo 4:

«Y le era necesario pasar por Samaria. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.

Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.

La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. 10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.

11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? 13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; 14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla. 16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. 17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; 18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.

19 Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.

21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. 26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo. 27 En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?

28 Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: 29 Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? 30 Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él».

Luego salta al versículo 39:

«39 Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. 40 Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. 41 Y creyeron muchos más por la palabra de él,

42 y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo».

Hay muchas cosas que podríamos decir acerca de este pasaje. (1) La forma en que Jesús va directamente en contra de los estándares sociales y religiosos del día al entrar voluntariamente en un intercambio con una mujer samaritana, (2) la forma en que lee el corazón de la mujer y revela su pecado, (3) la forma en que él se presenta misericordiosamente a ella como la fuente de la vida, (4) la forma en que afirma la voluntad revelada de Dios a través de la nación de Israel, mientras que al mismo tiempo abre el reino de Dios a los gentiles. Bastante asombroso, ¡este es el Jesús al que servimos!

Pero miremos más de cerca lo que hace la mujer en respuesta a su encuentro con Jesús en el pozo. A partir de esto, presentaremos dos pautas generales para compartir nuestros propios testimonios personales con los incrédulos.

A. Primero, la mujer testifica a otros de su experiencia con Cristo.

El hecho de que la mujer deja su jarra de agua en el pozo, habla de su asombro ante la aparente omnisciencia de Jesús, que se muestra claramente en su revelación de los pecados ocultos en su vida y en su asombro ante la afirmación de Jesús de ser el Mesías. Mira su respuesta, tenía que encontrar a alguien y contarle lo que había hecho Jesús, tenía que decirle a alguien lo que le acababa de pasar.

Y eso es exactamente lo que hace. De vuelta en la ciudad, dice el texto, ella va y encuentra un grupo de personas, personas que, supuestamente, la han conocido toda su vida, Siquem es un pueblo pequeño, y ella les cuenta cómo Jesús, a quien nunca había conocido antes, sabía todo acerca de sus muchos matrimonios, de sus muchos pecados. Toda la escena tiene una sensación apresurada, como si testificara mientras huía, mientras incitaba a su audiencia a que lo comprobaran por sí mismos.

Antes de pasar a la siguiente observación, deberíamos presentar un recurso aquí: En ocasiones, es la gente que nos conoce mejor —los familiares que han estado con nosotros durante los difíciles años de la adolescencia, los amigos con los que solíamos festejar, los compañeros de trabajo que fueron testigos de nuestras quejas o deshonestidad en el trabajo antes de convertirnos en cristianos—. A veces, es con esas personas, las que nos conocen mejor, con las que tememos compartir nuestro testimonio y compartir el evangelio. Creemos que nos criticarán y no tomarán en serio nuestros cambios.

Aquí es donde tomamos el ejemplo de la mujer en el pozo. No deberíamos dejar de compartir el evangelio con las personas que nos conocen mejor. De hecho, estas pueden ser las mismas personas por las que debemos orar más. Cuán asombroso sería el testimonio de ellos al explicarles la gracia de Dios y el poder salvador, cómo Dios ha cambiado nuestras vidas, admitirles que estábamos tan perdidos antes y que, como bien saben, nuestras vidas estaban llenas de pecado y orgullo. Luego, proclamarles cómo Jesús cambió todo eso en la cruz.

B. Ella los dirige a Jesús.

Una segunda observación: después de testificar a otros acerca de su experiencia con Cristo, la mujer los conduce a Jesús. Ella los dirige de vuelta al pozo. Y el testimonio de estos samaritanos es bastante revelador. Más adelante, el texto nos dice qué le dijeron a la mujer: «Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo».

Nunca es nuestro testimonio lo que trae a alguien, finalmente, a la salvación. Dios es quien salva. Y aun así, nuestros testimonios pueden ser una forma maravillosa, como hemos visto aquí en Juan 4, de guiar a la gente hacia el Salvador. A diferencia de la mujer en el pozo, no tenemos la opción de llevar literalmente a nuestros amigos y familiares a Jesús. En cambio, tenemos el encargo de presentarles a Jesús a través del evangelio.

Un marco general para compartir tu testimonio personal

Cerraremos, entonces, con un breve modelo de cómo compartir fielmente nuestros testimonios.

A. Cómo era tu vida antes de Cristo.

Este no es un lugar para presumir de tu pecado (si pecaste amplia o públicamente) o para minimizar tu pecado (si llegaste a Cristo a una edad temprana y no te rebelaste tanto públicamente), sino que este es un lugar para hablar de dónde estabas separado de Cristo. Nadie nace cristiano. Por la gracia de Dios algunos llegan a conocerlo temprano, pero todos estábamos separados de Cristo, éramos enemigos de Dios. Habla de esta temporada de tu vida. Habla de cómo solías pensar sobre Dios, el pecado o el cristianismo. A menudo, al compartir esto, la persona o las personas con las que compartes el evangelio pueden relacionarse contigo y ver cómo ellos también se han desviado de Dios.

B. Cómo llegaste a arrepentirte de tus pecados y creer en el evangelio.

Una vez más, algunas personas pueden tener circunstancias dramáticas respecto a su conversión, mientras que otras pueden tener una conversión aparentemente «menos dramática»… el punto es que hay un momento en el que te apartaste de tu pecado y confiaste en Cristo. Habla acerca de lo que Dios hizo durante este tiempo y acerca de qué se convirtió tu creencia. Hábleles de la muerte de Cristo en tu lugar y su resurrección. Comparte con ellos cómo te apartaste de tu pecado y cómo confiaste plenamente en Cristo para el perdón de tus pecados.

C. Cómo ha sido tu vida desde que conociste a Cristo.

Este no es un momento para resaltar cuán bueno eres, sino que es un momento para mostrarles cuán grande es Cristo y cómo ha transformado tu vida. También es un excelente momento para hablar con ellos de tu necesidad perdurable del evangelio, del hecho de que todavía lo necesitas hasta el día de hoy. Aprovecha la oportunidad para disipar las falsas ideas de que el cristianismo es para las personas perfectas. ¡No! Diles cómo Cristo todavía es tu Salvador y cómo aún necesitas su abundante misericordia para cubrir tu propensión a deambular.

D. Cómo la persona con la que estás compartiendo el evangelio puede experimentar lo mismo.

Al igual que con cualquier presentación del evangelio, debe haber un llamado a responder a Cristo. Es importante cuando termines de compartir tu testimonio y llames a alguien a arrepentirse que indiques claramente que no le estás pidiendo que se vuelva como tú… en cambio, lo estás llamando a hacer lo que hizo la mujer del pozo… ven a ver a Jesús. Tu testimonio debe apuntar a Cristo y tu llamado al arrepentimiento debería hacer lo mismo. Invítalos a que consideren a este Jesús que ha cambiado tu vida. Diles que él también puede cambiarlos.

Conclusión y tarea

  • Continúa orando por un corazón que vea a las personas perdidas como lo hace Dios.
  • Continúa orando para que se abran puertas en el evangelismo.
  • Continúa orando por las personas perdidas en tu área de influencia cotidiana.
  • Escribe tu testimonio y compártelo con alguien esta semana.