Clases esenciales: El Dinero

El Dinero – Clase 4: La Economía del Mañana: Deuda y Ahorro

Artículo
29.08.2017

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Clase esencial
El Dinero
Clase 4: La Economía del Mañana: Deuda y Ahorro


ORACIÓN
I. Introducción

Bienvenido a la cuarta clase del seminario básico «El Dinero». La semana pasada aprendimos cómo administrar las presentes riquezas que Dios nos ha dado a través del presupuesto y el gasto. Esta mañana trataremos de considerar lo que Dios dice acerca de la clase de impacto que tienen nuestras decisiones financieras en el futuro.

Probablemente muchos de nosotros nos sentimos agobiados al hablar del dinero y de las finanzas. ¿Por qué? Creo que posiblemente porque sentimos la presión de las deudas o estamos preocupados por el futuro. Bien, si te sientes de esta manera, espero que esta clase pueda brindarte algo de ayuda mientras examinamos la sabiduría de Dios en estos temas.

II. Conociendo el futuro

Dios tiene mucho que decir acerca de nuestro futuro. Él quiere que seamos sabios y que entendamos cómo las decisiones que tomamos hoy impactan nuestras vidas en el mañana. Proverbios dice, «Trampa es consagrar algo sin pensarlo y más tarde reconsiderar lo prometido» (Pr. 20:25) (NVI).[1]

Proverbios nos dice que nuestra ignorancia no es algo bueno—¡Es necedad! Es sabio considerar el futuro, y una locura no hacerlo. No somos de alguna manera más santos por permanecer inconscientes de las futuras consecuencias de nuestras decisiones financieras.[2] Hacernos los tontos no es la manera de seguir el mandamiento de Jesús de no preocuparnos (Mt. 6:25). La ignorancia no nos exime del pecado[3], y tampoco nos libra de ser responsables por nuestras finanzas. En cambio, debemos crecer en la comprensión de la voluntad de Dios de cómo deberíamos pensar sobre el futuro.[4]

A.El conocimiento de Dios vs. El conocimiento del hombre

Cuando se trata del futuro, «[Dios] sabe todas las cosas» (1 Juan 3:20). Él conoce perfectamente el pasado, el presente y el futuro. Dios es soberano sobre el tiempo y él es quien permite que ocurran todas las cosas. Como David escribe, «Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas» (Salmos 139:16).

Pero a diferencia de Dios, tú y yo no sabemos todo. ¡Recordar el pasado es lo suficientemente difícil para algunos de nosotros! ¿Cómo podemos afirmar conocer el futuro?[5] En lugar de ello, con Moisés, deberíamos orar a Dios así, «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días,
que traigamos al corazón sabiduría»
(Salmos 90:12). De modo que, aun cuando no sabemos lo que sucederá el próximo año o la próxima semana o incluso la próxima hora, debemos considerar el futuro en nuestras decisiones.

B.Tomando decisiones sobre el futuro

Entonces, ¿cómo hacemos esto? ¿Cómo tomamos decisiones financieras para el futuro cuando no conocemos el futuro? Bueno, vamos a Dios. En la Escritura, Dios revela acontecimientos futuros que ocurrirán, tales como la segunda venida de Cristo. Él también da a conocer las posibles consecuencias de las acciones actuales, como por ejemplo, «La mano negligente empobrece;
Mas la mano de los diligentes enriquece»
(Pr. 10:4). Esto es la sabiduría, y la sabiduría tiene un componente futurista adjunto—ser negligentes hoy, nos hará pobres mañana. Aunque Dios no nos dice todo acerca del futuro, él revela cómo vivir en el presente para el futuro.

Pero Dios no es el único que habla y da consejos sobre el futuro. Hay especulaciones acerca del futuro en todas partes. Los meteorólogos, los científicos, los economistas, los aficionados del deporte, todos ellos hacen predicciones. Así que, ¿de qué manera deberíamos abordar consejos sobre el futuro, particularmente sobre nuestras finanzas? Estas son tres cosas a tomar en cuenta.

Primero, considera la fuente. ¿Viene de personas honestas e integras? Proverbios dice, «El que camina en integridad anda confiado» (Pr. 10:9). ¿Son personas bien informadas de lo que están hablando? Proverbios dice, «Los sabios guardan la sabiduría» (Pr. 10:14). ¿Tienen experiencia en el tema? Proverbios dice, «La hermosura de los ancianos es su vejez» (Pr. 20:29). Mantente alejado de los horóscopos y de los que practican la adivinación; no son consejeros confiables.[6]

Segundo, considera el contenido. ¿Es su consejo razonable y consciente de los tiempos? ¿O es su consejo, uno sin sustancia e inventado de la nada? Por ejemplo, ¿te están diciendo que las tasas de interés aumentarán porque hoy es noche de luna llena o porque las tasas de interés se encuentran actualmente en un 0% y no pueden continuar disminuyendo?[7] ¿El consejo tiene precedentes? Por ejemplo, después del colapso del mercado en el 2008, los asesores financieros alentaron a sus clientes a no vender las acciones despreciadas porque la historia demostraba que después de cada colapso del mercado normalmente llegaba un pico de corrección. Evita los programas de «enriquecimiento rápido». Reconoce que, «el que recoge con mano laboriosa aumenta las riquezas» (Pr. 13:11).

Tercero, considera las limitaciones. Como hemos dicho, nadie conoce el futuro. Proverbios dice, «No te jactes del día de mañana; porque no sabes qué dará de sí el día» (Pr. 27:1). Es por ello que las propagandas de compañías de inversión incluyen la frase, «Los rendimientos pasados no garantizan los resultados a futuro». Sin importar cuán confiable sea la fuente o cuán verídico sea el contenido, sólo Dios conoce el futuro.[8]

Entonces, aunque todos nosotros necesariamente tomamos decisiones sobre el futuro, no debemos hacerlo neciamente o sin asesoramiento, sino humilde y sabiamente, buscando la sabiduría de la palabra de Dios. Esto es específicamente útil cuando se trata de hablar acerca del tema de hoy—Deuda y Ahorro.

III. Deuda: Hipotecando el futuro

Hablemos sobre las deudas. Una deuda puede definirse como obtener algo ahora pagándolo después. ¿Cuántos de nosotros tiene alguna especie de deuda? Hasta cierto punto, el crédito es un medio necesario para hacer negocios. Así, puedo alquilar un auto por una semana, sin tener que pagar por él hasta que la semana haya terminado.

A.    ¿Dios prohíbe pedir prestado?

¿Qué opina Dios acerca de las deudas? ¿Dios prohíbe pedir prestado? Bien, para los que piensan afirmativamente, estarás feliz en saber que podemos pedir dinero legítimamente sin pecar. Dios no prohíbe del todo el pedir prestado.

En el Antiguo Testamento, vemos que Dios de hecho permitía el préstamo en la ley dada a los israelitas. Éxodo dice, «Cuando prestares dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portarás con él como logrero, ni le impondrás usura» (Ex. 22:25). En el Nuevo Testamento, Jesús fomentó el préstamo y dijo, «Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos» (Lucas 6:35).[9]

Por tanto, si Dios permitía el préstamo, entonces naturalmente también permitía el pedir prestado. De lo contrario, el acto de prestar conduciría al que pide prestado al pecado. En cambio, el préstamo puede ser usado en ocasiones para mostrar misericordia a aquellos en necesidad, y ser capaces de pedir prestado es una bondad de Dios.

No obstante, aunque podemos pedir prestado sin pecar, también podemos pecar pidiendo prestado. Pedir prestado puede ser el acto exterior de un corazón que es impaciente, codicioso o incrédulo, y «todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro. 14:23). Por ejemplo, podemos razonar infielmente que Dios ha fallado en proveer para nuestras necesidades, así que, sentimos que por nuestro bien debemos pedir prestado para suplir esas deficiencias.

Pedir prestado también se convierte en pecado cuando suponemos equivocadamente acerca de Dios. ¿Qué significa exactamente esto? Bien, no quiere decir que no debamos hacer planes y compromisos para el futuro. ¡La vida requiere que hagamos planes y compromisos para el futuro! Hacemos compromisos matrimoniales, planificamos nuestros presupuestos y nos preparamos para el regreso de Cristo. ¡Así es la vida!

Pero cuando se trata de deudas, suponer erróneamente sobre Dios significa una de dos cosas. Primero, puede significar que estamos intentando pecaminosamente obligar a Dios a pagar por nuestra deuda. Por ejemplo, sería como aumentar el saldo de nuestra tarjeta de crédito esperando que Dios provea el dinero adicional para pagarlo. Confiamos en Dios para algo que él no nos ha prometido y para lo que tal vez esté en contra. Asumimos que él nos atenderá, pero fallamos en recordar que Dios es santo. No podemos manipularlo para que haga lo que nosotros queramos.

Segundo, suponer equivocadamente acerca de Dios para nuestra deuda es ignorar su soberanía sobre el futuro. La suposición es sinónimo de orgullo. Suponer nos hace actuar como si controláramos nuestro propio destino y la capacidad de pagar nuestra deuda. Pero Santiago escribe, «¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala» (Santiago 4:13-16). 

B. La sabiduría de pedir prestado

Muy bien, digamos que examinas tus motivos para asumir una deuda y no los encuentras pecaminosos. ¿Cuál es el próximo paso? Bueno, probablemente deberías preguntarte si sería prudente pedir prestado. Después de todo, la libertad cristiana permite la estupidez cristiana, ¿no es así?

¿A cuántos de nosotros nos gusta tener la opción de pedir dinero prestado? ¿Por qué nos gusta?

Hay un cierto valor en tener un crédito disponible para nosotros. El crédito nos permite enfrentar emergencias no previstas, tales como pagar la cirugía de un hijo. El crédito nos brinda la oportunidad de ganar dinero proporcionando educación para un comercio o los gastos para dar marcha a un negocio. Las empresas, a su vez, generan riquezas y proveen trabajos a las personas. Los microcréditos se utilizan en todo el mundo como un recurso para ayudar a la gente a salir de la pobreza.[10] El crédito también nos permite comprar artículos de gran valor que pueden ser necesarios para cuidar de la familia, tales como una casa o un auto. De manera que hay algunos beneficios.

De acuerdo, así que si nos gusta la opción de pedir dinero prestado, ¿a cuántos de nosotros nos gusta estar endeudados? ¿Por qué no nos gusta tener deudas?

Aunque pedir prestado no es siempre un pecado, es siempre una forma de esclavitud. Proverbios dice, «El rico se enseñorea de los pobres, y el que toma prestado es siervo del que presta» (Pr. 22:7). Esto es generalmente cierto. Alguien que tiene que pedir prestado queda, por la naturaleza de la transacción, endeudado con su prestamista. Y mientras mayor sea la necesidad, mayor será el poder del prestamista sobre el deudor.[11]

En el Antiguo Testamento, si Israel fallaba en obedecer los mandamientos de Dios, Dios los maldeciría, y parte de esta maldición consistiría en que ellos se convertirían en deudores de los pueblos vecinos. Tener que pedir prestado era una señal del juicio de Dios (Dt. 28:43-45).

La deuda también hipoteca el futuro. Limita su flexibilidad financiera y las opciones que podríamos desear tener en el camino.[12] Y esas restricciones también pueden obstaculizar relaciones. Sólo mira el matrimonio. Para los solteros, tener una gran deuda puede ahuyentar a los posibles cónyuges. Y aquellos que se casan, con frecuencia, lamentablemente eligen permanecer estériles por un tiempo porque la esposa necesita trabajar para pagar las deudas. Las deudas causan tensión en la relación, y las deudas con frecuencia juegan un rol en el divorcio.

Asumir una deuda no es algo que se deba hacer a la ligera. Nunca deberíamos ver una deuda como nuestra salvación, sin importar lo baja que sea la tasa de intereses. Todavía debemos pagar todo—¡incluyendo los intereses! Y aunque no temamos ir a prisión o ser vendidos como esclavos en nuestro país, otras veces y en otros lugares estas amenazas son reales.[13] Recuerda que sólo porque un banco aprueba un crédito, no necesariamente significa que Dios lo haga.

C.Tomando decisiones sobre pedir prestado

Hagamos esto algo práctico. Digamos que estás pensando en tomar un préstamo para comprar un auto. ¿Cómo deberías estar en pensando en esto? Bien, hay tres preguntas generales que deberías hacer.

  1. ¿Por qué lo necesitas?

Primero, ¿por qué lo necesitas? ¿Cuáles son las razones? ¿Glorifican a Dios o son egoístas? ¿Necesitas nuevos neumáticos para atraer a las chicas o para dejar claro que eres exitoso? ¿O necesitas el auto para lograr el estilo de vida que has escogido para honrar a Dios, como hablamos la semana pasada? Quizá, la razón  por la que tengas que comprar un auto sea para ayudarte a llegar más rápido al trabajo y puedas tener más tiempo desarrollando relaciones? Examina tu corazón y lo que está «impulsando» tu decisión de gasto.

  1. ¿Puedes costearlo?

Segundo, ¿puedes costearlo? ¿Tienes los medios para pagarlo? La semana pasada, dijimos que Dios no nos está llamando a un estilo de vida con gastos superiores a nuestros ingresos. Si tomas un préstamo, ¿has evaluado los riesgos? Aquí es donde el presupuesto, que discutimos la semana pasada, es extremadamente beneficioso.[14] El costo de comprar un auto implica mucho más que sólo pagar el precio de compra. Primero, debemos pagar intereses por el privilegio de tomar el préstamo. Luego, debemos pagar impuestos sobre las ventas, el seguro del auto, el registro, la inspección, la gasolina, el estacionamiento y los peajes. ¿Tienes suficiente dinero para  pagar también por todo esto? No debemos vivir más allá de nuestras posibilidades.

¿Has considerado todas las otras alternativas antes de obtener una deuda? ¿Puedes producir ingresos adicionales, tomar un trabajo temporal por un tiempo? A lo mejor, ¿liquidar otros activos? ¿Puedes reducir otros gastos? ¿O renunciar a ciertas comodidades, como la televisión por cable? ¿O comprar un auto más económico? Tal vez, podrías usar diferentes medios de transporte como el autobús, el metro, caminar, andar en bicicleta o pasear. ¿Has pensado en ahorrar para el gasto primero?

Algo que caracteriza a nuestra cultura es el deseo de conseguir lo que queremos. Sin embargo, la impaciencia no es un fruto del Espíritu.[15] ¿Creemos que Dios no provee para su pueblo? ¡Qué absurdo! ¡Por supuesto que sí! Desde colocar al hombre en el mundo después de que todo había sido establecido hasta colocar a su Hijo en la cruz después de que todo estuviera arruinado, Dios ha provisto para todas nuestras necesidades. Ahora bien, podemos definir nuestras «necesidades» más libremente, pero no deberíamos ir más allá de lo que Dios ha prometido en la Escritura para sus hijos. Y debemos confiar en Dios siendo más pacientes antes de adquirir una deuda.

Cuando se trata de deudas, «El buen juicio hace al hombre paciente» (NVI) (Prov. 19:11). Por un lado, la paciencia nos impide tomar decisiones impulsivas y espontaneas que luego podemos lamentar. Ser pacientes nos da más tiempo para ver las cosas con precisión, para orar y buscar consejería. También es una gran manera de auto-disciplinarnos para ahorrar para un pago inicial, como el 50% del costo, antes de hacer la compra. Esto no solamente reduce el préstamo general, sino que nos permite establecer el hábito de realizar pagos en esta compra antes de que esos pagos sean obligatorios.

Finalmente, ¿has evaluado los riesgos asociados al préstamo? ¿Qué sucede si no cumples? Proverbios advierte que si careces de los medios para pagar una deuda después asegurarla, entonces, perderás «tu cama» (Pr. 22:26-27). ¿El valor de tener un préstamo vale la pena el riesgo de pérdida en caso de incumplimiento? ¿Estarías dispuesto a poner la casa donde duermes como garantía de un préstamo? ¿Estás dispuesto a asumir otros riesgos, como el estrés y la presión extra de pagar la deuda?

Toda deuda es esclavitud, pero el grado de esclavitud depende de nuestra capacidad de deshacer la obligación. Aquí es donde entra en juego el tipo de deuda incurrida. Por ejemplo, el préstamo de un auto se puede reducir grandemente o incluso se puede pagar, vendiendo el auto involucrado a la deuda. Probablemente tenga un menor impacto en nuestras decisiones de estilo de vida que otras deudas, tales como las deudas de las tarjetas de crédito. Esta deuda del consumidor permanecerá.

  1. ¿Has buscado consejería?

Tercero y último, ¿has buscado el consejo de personas que conozcas y en las cuales confíes? Esto va de la mano con la transparencia de la que hablamos en la clase pasada. Mientras más grande sea la deuda, más deberías buscar y obtener asesoría. Ora y examina tus motivos. Esto parece simple, pero raramente es puesto en práctica. Proverbios dice, «Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo; mas en la multitud de consejeros se afirman» (Pr. 15:22).

D. Viviendo en deuda

De acuerdo, hemos hablado sobre tomar decisiones en el futuro respecto a las deudas. Sin embargo, ¿qué pasa si ya tienes deudas…muchas…demasiadas? ¿Qué deberías hacer? La respuesta rápida es pagar. Pablo dice en Romanos, «Pagad a todos lo que debéis… No debáis a nadie nada» (Ro. 13:7-8). La Escritura también nos dice que el impío toma prestado y no paga (Salmos 37:21).[16] Las deudas no son siempre fáciles de deshacer, y puede costarnos mucho tiempo y sacrificio liberarnos de una.

La respuesta larga es que necesitas reflexionar acerca de por qué tienes tantas deudas. Es posible quedar endeudado involuntariamente. Quizá, tu cónyuge abandonó el matrimonio, tomó el dinero, y te dejó con las deudas. Pero, la mayoría de nosotros, tenemos muchas deudas por causa de nuestras decisiones imprudentes y posiblemente pecaminosas—decisiones derivadas de la codicia, la impaciencia o el materialismo.

Por tanto, debemos arrepentirnos, confesar nuestro pecado y buscar ayuda. Debemos asumir la responsabilidad de nuestras acciones, trabajando humildemente con nuestros acreedores para conciliar y pagar la deuda.[17] Jesús dijo, «Ponte de acuerdo con tu adversario pronto… no sea que el adversario te entregue al juez… y seas echado a la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante» (Mt. 5:25-26).[18]  El objetivo de Jesús es buscar la reconciliación ahora para evitar un juicio más riguroso después. El arrepentimiento también implica tomar las medidas necesarias para que no se repitan las mismas decisiones, como por ejemplo, abstenernos de usar las tarjetas de crédito.

Finalmente, todos somos deudores—deudores de la misericordia de Dios. Solamente podíamos ser liberados de nuestra deuda del pecado a través de Cristo. Jesús hizo lo imposible para pagar nuestra deuda, y nosotros deberíamos seguir su ejemplo.

IV. Ahorro: Habilitando el futuro

Supongamos que has estado en este seminario básico, y te consideras alguien generoso al dar, tus gastos no rebasan tu estilo de vida básico, y fácilmente pagas tus deudas… Pero, no estás ahorrando para el futuro. ¿Eso quiere decir que eres un tonto? O por otra parte, ¿significa que no tienes una gran fe? Eso es lo que queremos explorar el resto de nuestro tiempo juntos, mientras pensamos sobre ahorrar nuestro dinero.

Anteriormente, definimos la deuda como obtener algo ahora, pagándolo después. Bien, ahorrar es lo contrario. Es conseguir algo después, pagándolo ahora.

¿Cuántos de nosotros realmente disfrutamos de ahorrar dinero? Ahorrar no es divertido, ¿o sí? Para un niño, la mejor alcancía es una alcancía rota. Pero, ¿qué piensa Dios de ahorrar dinero?

A.Prudencia al planear

Lo primero que deberíamos entender es que la Biblia está a favor de planear para el futuro. Proverbios dice, «Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos y sé sabio… Prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento» (Pr. 6:6-8). En otra parte dice que los pensamientos del diligente tienden a la abundancia (Pr. 21:5), y que el sabio almacena, mientras que el tonto despilfarra todo lo que tiene (Pr. 21:20). José es un gran ejemplo de planear y ahorrar sabiamente para el futuro. Después de recibir una revelación de Dios, almacenó el grano de Egipto para proveer para el pueblo durante los próximos siete años de escasez.

Así que, vemos que ahorrar es el medio normal de Dios de capacitarnos para proveer para el futuro. No ignores los medios de provisión de Dios. De lo contrario, serás como el tonto de la fábula que estaba siendo arrastrado en el diluvio, y se rehusaba a ser rescatado por el bote y el helicóptero que pasaban, porque él estaba esperando que Dios lo rescatara.[19] No se dio cuenta de que el bote y el helicóptero eran los medios de Dios para rescatarlo.

Hay peligros en no ahorrar para el futuro. Ese futuro puede incluir gastos no anticipados o pérdidas de ingresos. Vivimos en mundo caído lleno de sorpresas. De modo que, es prudente apartar algo de efectivo para este tipo de emergencias. Nos impide vivir de pago en pago y nos evita tener que pedir dinero prestado cada vez que incurramos en un gasto no esperado. Dios no quiere que seamos una carga para otros.[20] Al contrario, él quiere que nosotros seamos de bendición para otros. El dinero es inherentemente relacional, y tener efectivo disponible a la mano puede ayudar a proveer para las necesidades de otros cuando éstas surjan.[21]

También podemos ahorrar para gastos mayores y anticipados, tales como el nacimiento de un hijo, el pago de una casa, la matrícula universitaria, o un nuevo horno. Podemos ahorrar para la jubilación cuando el ingreso se vea reducido y el deterioro de la salud esté pendiente. Asimismo, es bueno que los padres ahorren para sus hijos (2 Cr. 12:14). Proverbios dice, «El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos» (Pr. 13:22).[22] Lo importante es que todo el dinero que ahorremos tenga el propósito de glorificar a Dios.

B.Los riegos de acaparar

Así que, es prudente planificar y ahorrar para el futuro. No obstante, también es posible pecar en el proceso. Así es el peligro del dinero—¡Estas son las dos caras de la misma moneda!

Jesús contó un parábola sobre un hombre que recibió una gran cosecha y decidió construir graneros más grandes y almacenar sus frutos y bienes para poder vivir cómodamente (Lucas 12:13-21). Pero, ¿qué sucedió? Dios dijo, «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?» Jesús continúa diciendo, «Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios».

Esta es la definición de acaparamiento: Acumular egoístamente riquezas sin considerar a Dios. El acaparamiento es un pecado. Debemos ahorrar con un propósito. No debemos simplemente ahorrar por ahorrar o por razones egoístas—¡eso es acaparar! Dios nos llama a usar nuestras riquezas—las riquezas que él nos ha dado—para glorificarlo y para bendecir a otros generosamente. Proverbios dice, «Al que acapara el grano, el pueblo lo maldecirá; pero bendición será sobre la cabeza del que lo vende» (Pr. 11:26).

Sin embargo, el acaparamiento no sólo afecta a otros. Eclesiastés nos dice, «Hay un mal doloroso que he visto debajo del sol: las riquezas guardadas por sus dueños para su mal» (Ec. 5:13), y Santiago nos dice que Dios nos juzgará por ello (Santiago 5:1-5). Finalmente, acaparar es codiciar egoístamente, y eso es idolatría (Col. 3:5). Es un acto de independencia de Dios, ya que, el acaparador confía la seguridad de su futuro a sus riquezas. Pero, «El que confía en sus riquezas caerá» (Pr. 11:28). En lugar de ser dueño del dinero, el dinero será tu dueño. Mientras más un acaparador acumule con el tiempo, más lejos estará su lealtad de Dios. «El naufragio espiritual no es algo que ocurre en un instante, sino que es un lento y quieto emigrar hacia el mar».[23]

Entonces, el acaparador y el ahorrador bíblico pueden ahorrar las mismas cantidades de fondos, pero las motivaciones del corazón se encuentran diametralmente opuestas. Uno ahorra confiando en sus riquezas, el otro ahorra confiando en su Dios.

C. Tesoros al confiar

Hasta ahora en este seminario básico, hemos hablado sobre dar, gastar, la deuda y ahora el ahorro. A menudo surgen preguntas acerca de cuál de estas áreas tiene prioridad sobre las otras. ¿Debería pagar mi deuda o ahorrar para mi jubilación? ¿Debería ahorrar después para esto o gastar lo que tengo para esto ahora? ¿Debería dar a la iglesia o pagar mi deuda? Cada situación es diferente, y no hay una respuesta que las abarque a todas. Pero generalmente, deberíamos seguir el patrón bíblico de priorizar primero el dar y luego ahorrar. Ahorrar para las necesidades futuras es sabio, pero también es un lujo que no todos tienen.

No obstante, para aquellos que pueden ahorrar, ¿cuánto deberían ahorrar? ¿Cuál es el monto? ¿Hay una fórmula? ¿Quizá el 5% de todas las ganancias?

Sería agradable tener un versículo bíblico para eso, ¿no? Ciertamente aliviaría la tentación de estar ansiosos sobre el futuro. Pero Dios escogió no revelarnos esto en su Palabra. ¿Por qué? Porque él no quiere que confiemos en una formula, sino que confiemos en él. Tener esta tensión sobre qué ahorrar, qué guardar, y qué dar nos ayuda a esforzarnos. Nos enseña a depender de Dios y a almacenar tesoros en el cielo al confiarle a él nuestras riquezas.

Cuando Israel estaba en el desierto, Dios los alimentó proveyendo maná en la tierra cada día. Pero Dios les dijo que no recogieran más de lo necesario para ese día. De lo contrario, hedería y estaría lleno de gusanos al día siguiente. ¿Por qué Dios hizo esto? Lo hizo para enseñarle a Israel a confiar en él para proveer para su futuro, incluso cuando no tuvieran nada. Finalmente, apuntaba a Jesús como el verdadero pan del cielo (Juan 8:32-59).[24]

Ahorrar para el futuro no quiere decir que no confías en Dios, aunque podría significar eso. Ahorrar dinero puede ser una sabia administración para futuras necesidades—siempre y cuando nuestros planes estén dedicados al Señor. La pregunta de cuánto debería ahorrar es diferente para cada persona, pero los motivos deberían serlos mismos—debemos glorificar a Dios.

Hay una gran diferencia entre cómo el mundo ahorra y cómo un cristiano ahorra. El mundo confía en sus ahorros. Sus ahorros son todo para ellos. Así que, cuando el mercado de valores se hunde o su casa se incendia, su miedo, ansiedad y estrés se elevan porque todo está en riesgo. Los ahorros no son eternos, sólo Dios lo es.

El cristiano, sin embargo, no teme una inmersión del mercado de valores o la pérdida de un patrimonio porque su confianza está en Dios. Jesús dice a sus discípulos, «No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mt. 6:31-33).

El objetivo de ahorrar para el cristiano es simple—ser fiel. Dios proveerá. Si hemos sido responsables con lo que hemos recibido, entonces nuestra meta—la fidelidad—ha sido alcanzada. No importa si terminamos con nada en nuestra jubilación por circunstancias que escapan a nuestro control. Dios conoce nuestra situación. Nuestro trabajo como cristianos es simplemente ser fieles.

Si has recibido los medios para ahorrar sabiamente para gastos futuros y anticipados—bien. Se agradecido de que Dios haya provisto de esta manera y se generoso con otros que carecen de esto. Si nos ha recibido los medios para ahorrar—bien. Estás en la posición correcta para confiar en Dios, que es exactamente donde él quiere que estés.

¡Recuerda quién es nuestro Dios! Él es nuestro Padre celestial, que cuida compasivamente de sus hijos. Él es nuestro Señor soberano, que permite que todas las cosas sucedan para el bien de los que confiamos en él. Él es nuestro Príncipe de Paz, que elimina nuestros miedos sobre el futuro. Él es nuestra Roca, que nos protege. Él es nuestro Buen Pastor, que calma nuestras almas y nos extiende bondad y misericordia todos los días de nuestras vidas. Él es el Dios que cuida de la viuda y de los huérfanos (Santiago 1:27). Él es el Dios que cuidó de Israel y sus hijos en medio de una grave escasez, que convirtió a Ester en reina en un momento de gran desesperación, que envió ángeles para fortalecer a Elías, y que enseñó a Pablo a estar contento en todas las circunstancias.

Podríamos seguir y seguir, pero el punto es este: Como cristianos, no debemos preocuparnos por el mañana (Mt. 6:31). Debemos buscar el renio de Cristo y comprometernos con su voluntad. Dios puede llamarnos a tribulación o persecución (Ro. 8:35), pero incluso en estas situaciones, Dios, que no escatimó a su propio Hijo, no nos abandonará. Él es nuestro refugio y todas las cosas obran a bien para aquellos que aman a Dios (Ro. 8:28).

V. Conclusión

Así que para concluir, sólo Dios conoce el futuro. Sin embargo, él nos ha revelado cómo ser sabios para organizar nuestras vidas hoy en preparación para el mañana. Cristo prometió que regresaría, y puesto que él ha pagado nuestra deuda del pecado, trabajemos en ahorrar riquezas en el cielo para la gloria de su nombre.

APÉNDICE A
Ahorrando para el futuro

En su famoso libro ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, Leo Tolstoi narra la historia de un campesino llamado Pajom, que se quejaba por no tener suficiente tierra. Poco después, Pajom compró una pequeña parcela, la pagó, y vivió una vida más cómoda. Sin embargo, Pajom se volvió posesivo de su tierra, lo que ocasionaba conflictos con sus vecinos. Así que, decide mudarse a otro sitio donde podía acumular una pequeña fortuna de tierra, pero desafortunadamente tenía que rentar la tierra, y eso le irritaba. Finalmente, Pajom encuentra a un grupo de personas, llamado los  Bashkirs, que estaban dispuestos a venderle toda la tierra que éste pudiera recorrer a pie por la suma de mil rublos por día.

No obstante, si Pajom no regresaba el mismo día al lugar donde empezó, perdería todo su dinero y no recibiría ninguna tierra. Pajom pensaba que había encontrado el negocio de la vida. Al amanecer, Pajom comenzó a caminar la tierra. A medida que avanzaba el día, Pajom seguía aventurándose más lejos para conseguir más tierra, pero hacia el final del día, se dio cuenta de que estaba lejos del punto de partida y regresó corriendo tan rápido como pudo. Finalmente, cayó alcanzando la meta justo antes de que se ocultara el sol. Tolstoi concluye el relato escribiendo esto: «¡Vaya, qué sujeto tan admirable!» -exclamó el jefe [de los Bashkirs]-. «¡Ha ganado muchas tierras!» El criado de Pajom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pajom estaba muerto! Los Bashkirs chasquearon la lengua para mostrar lástima. Su criado empuñó la azada y cavó una tumba lo suficientemente larga para que Pajom entrara, y lo enterró en ella. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.

Seguro

El seguro es una garantía contra una pérdida. El mecanismo de los seguros funcionan de esta manera: Los riegos son evaluados y agrupados, y las primas se invierten. Los acontecimientos asegurados son pagados, mientras que los beneficios de los aseguradores se añaden a las reservas. Si hay una pérdida, entonces las reservas se retiran y las primas aumentan. Generalmente, hay dos tipos: La propiedad (e.j., el auto, la casa) y la persona (e.j., la salud, la vida). Los beneficios incluyen pagos costeables que podrían ayudar ante una gran pérdida, tranquilidad, y siguiendo las leyes obligatorias de seguros (e.j. el auto o el seguro contra inundaciones).

Los desafíos para los cristianos son los siguientes: 1) Si se cubre cada eventualidad, ¿realmente estamos  confiando en Dios?; 2) Si necesitamos seguros de gran contenido, ¿tenemos demasiado?; y 3) El seguro y el bienestar reemplazan la dependencia de las relaciones. La Escritura identifica a la iglesia y a la familia como medios de seguro (Hechos 4:34-35; 1 Co. 12:26; 1 Ti. 5). En todos los seguros, la pregunta es si estamos sustituyendo la confianza en Dios o no.

Preguntas sobre deudas

Si tenemos dinero disponible a la mano, ¿deberíamos pagar un préstamo que no devenga intereses o usar el dinero para conseguir más a través de ganancias de inversión? Dios nos dice que no dejemos ninguna deuda pendiente (Ro. 13:8). El beneficio de pagar es que la carga será liberada y el acreedor ya no tiene derecho a la garantía. Al final del día, no sabemos que ocurrirá mañana y, quizá, perdamos la oportunidad de pagar la deuda (e.j., perder el trabajo y no poder hacer pagos, o robos, o un colapso económico).

Aunque pedir prestado para emergencias necesarias es entendible, ¿no estaríamos suponiendo acerca de Dios si asumimos cualquier otra clase de deuda? Todo depende del porqué pides prestado. Por ejemplo, un préstamo para un auto puede ser «necesario» porque sin un auto, un hombre no puede llegar al trabajo y proveer para su familia. El préstamo permite al hombre trabajar para pagar el préstamo. Pero si ese préstamo es más de lo que puedes pagar trabajando, entonces caes en el área de la suposición. [Otras situaciones podrían ser 1) Una deuda escolar para obtener un trabajo mejor remunerado; 2) Un préstamo de una pequeña empresa para ser financieramente independiente; o 3) Una hipoteca para proporcionar un seguro.

[1] Ve Proverbios 22:3 – «El avisado ve el mal y se esconde; Mas los simples pasan y reciben el daño».

[2] Ve Proverbios 8:33 y 10:17.

[3] Ve Hebreos 9:7.

[4] Ve Colosenses 1:9-10 y Apocalipsis 1:1-3.

[5] Ve Eclesiastés 8:7.

[6] Ve Deuteronomio 18:10, 20-22.

[7] Ve Mateo 16:2-3.

[8] Ve Lucas 12:16-21.

[9] Ve Salmos 37:26.

[10] En lugar de dar dádivas, los microcréditos generan responsabilidades para aquellos en pobreza, a medida que empiezan a trabajar y a ganar beneficios.

[11] Esto se ve a menudo en la capacidad del prestamista para dictar los términos del préstamo, incluyendo el establecimiento de una tasa de interés más elevada.

[12] Esto no es un argumento para de manera egoísta «mantener nuestras opciones abiertas» porque simplemente nos gustan las opciones. El punto es que hay muchos beneficios a los que tendremos que renunciar por el compromiso futuro que la deuda nos impone.

[13] Ve Mateo 18:23-25.

[14] Ve Lucas 14:28.

[15] Ve Gálatas 5:22.

[16] Ve también Éxodo 22:14; Proverbios 3:28; y Mateo 5:25-26.

[17] Esto puede implicar la quiebra. La quiebra implica que el deudor, un fiador, y los acreedores consideren un posible reembolso o perdón de la deuda. El concepto de quiebra en la jurisprudencia estadounidense está arraigado en el concepto bíblico de Jubileo: Libertad de la esclavitud de la deuda. Es un derecho fundamentalmente constitucional, y sirve como una exención social, para brindar un nuevo comienzo, y para fomentar el capitalismo arriesgado y empresarial.

[18] Ve también Proverbios 6:1-5.

[19] Había una vez, un hombre que vivía a orillas del río. Él escuchó un informe radial que decía que el río inundaría todo el pueblo, y que todas las personas debían evacuar inmediatamente. Sin embargo, el hombre no se fue y dijo, «Dios me salvará». A medida que las aguas empezaron a subir, un hombre en un bote de remos se acercó y le ofreció ayuda. Pero el hombre dijo, «No gracias, Dios me salvará». Luego, un helicóptero se ofreció a llevarlo a una zona segura. Él volvió a responder, «No gracias, Dios me salvará». Al final, el hombre se ahogó. Cuando llegó al cielo, le preguntó a Dios por qué no lo había salvado, y Dios le contestó, «¿Qué quieres decir? Te envié un informe radial, un bote de remos y un helicóptero».

[20] Ve 1 Tesalonicenses 4:11-12.

[21] Ve Efesios 4:28.

[22] Dios le dio a Israel la herencia de la Tierra Prometida.

[23] Citado por Greg Gilbert durante un sermon en Capitol Hill Baptist Church.

[24] Ve Proverbios 16:3.