Evangelización

Cuatro fundamentos bíblicos para la contextualización

Artículo
21.01.2019

La contextualización es uno de los temas más candentes en las misiones hoy. En pocas palabras, la contextualización es la palabra que usamos para el proceso de hacer el evangelio y la iglesia lo más familiar posible en un contexto cultural dado.

Los cristianos occidentales tienden a pensar en la contextualización como algo que los misioneros hacen «allá», y muchos cristianos serios en el mundo occidental se preocupan de hasta qué punto llegan las iglesias no-occidentales en sus esfuerzos de contextualizar. Pero, en realidad, todo cristiano vivo en la actualidad participa activamente en la contextualización. Cada cristiano adora en una iglesia contextualizada. La pregunta no es si vamos a contextualizar. De innumerables maneras, ya sea en América del Norte o el Sur de Asia, cada creyente vivo contextualiza el evangelio y la iglesia a su propia cultura, ya que ninguno de nosotros somos judíos palestinos del primer siglo.

La pregunta que enfrenta cada creyente e iglesia, por lo tanto, es si van a contextualizar bien o no. Quien no se de cuenta de que está contextualizando no está pensarlo cuidadosa y bíblicamente, y simplemente garantiza que contextualizará mal. ¡El sincretismo puede ocurrir tan fácilmente en cualquier país hispano como puede ocurrir en Indonesia!

Ante todo, debemos confesar que la Escritura —no nuestra experiencia— es el estándar por el cual todas las cosas deben ser evaluadas. La Escritura es inerrante, autoritaria y suficiente. Donde la Escritura da una orden, o una prohibición, o un modelo vinculante, el asunto está resuelto. Cuando la Escritura establece un límite, no podemos cruzarlo. Dentro de esos límites no hay nada particularmente sagrado acerca de nuestras formas culturales de hacer las cosas.

A través de los siglos y en todo el mundo, ha habido otras expresiones culturales del cristianismo que son tan fieles a la Escritura como la nuestra. La clave es dejar que la Biblia sea nuestro juez, y permitir que el cuerpo global de Cristo hable la Palabra de Dios en nuestros puntos ciegos particulares.

El proceso de contextualización realmente comienza en el Nuevo Testamento mismo. Tal vez el pasaje más citado de la Escritura sobre este tema es 1 Corintios 9. El resto de este artículo extraerá de dicho pasaje cuatro observaciones fundamentales para una contextualización fiel.

  1. Pablo renunció a la validez de sus derechos.

La clave del pasaje está en el versículo 12: «…lo soportamos todo, por no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo». La pasión de Pablo fue el avance del evangelio. No quería que nada fuera innecesario para interponerse en el camino de ese avance. Él estaba dispuesto a soportar cualquier inconveniente o dificultad personal que pudiera permitir que el evangelio se difundiera más efectivamente, incluyendo el no hacer uso de sus propios derechos legítimos. Por ejemplo, tenía derecho a comer carne, a llevar a una esposa creyente y a recibir apoyo monetario. No habría pecado en hacer ninguna de esas cosas. De hecho, otros apóstoles los hicieron. Aun cuando se negó a comprometer cualquier verdad o mandamiento bíblico en el proceso, renunció voluntariamente a sus derechos para no poner ningún obstáculo en el camino del evangelio.

Nosotros tenemos problemas con esto. Somos criados para exigir nuestros derechos. Como ciudadano libre, tengo el «derecho» de hacer muchas cosas que serían ofensivas en mi nuevo contexto cultural: usar zapatos en casa, comer o tocar a alguien con mi mano izquierda, poner una cerca alrededor de mi propio patio sin permiso de mi líder de la comunidad local, o irme de una fiesta de cumpleaños antes de que se sirva el arroz. Tengo el «derecho» de vestir cómo quiero, comer lo que quiera, y decorar mi casa como quiero.

Al mismo tiempo, no tengo un mandamiento bíblico para hacer ninguna de estas cosas. La cuestión en el ejercicio de estos derechos no es la obediencia a Dios, sino mi propia comodidad y conveniencia. Si algo que hago, aparte de aquellas cosas que las Escrituras me mandan, hace más difícil para los musulmanes, hindúes o ateos escuchar el evangelio, necesito estar dispuesto a renunciarlo voluntariamente.

  1. Pablo era un servidor de los incrédulos.

Segundo, Pablo tomó una postura de servidumbre hacia los incrédulos. En el versículo 19 él escribe: «Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número». No está hablando aquí de servir a los cristianos, ya que está sirviendo a aquellos que necesitan ser ganados. No sólo que escogió renunciar a sus derechos, Pablo fue más allá y escogió colocarse debajo de los que él está intentando alcanzar con el evangelio como su servidor.

Cuando estamos en medio del choque cultural, a menudo queremos corregir a la gente, no servirlos. Sin embargo, Jesús mismo no vino a ser servido, sino a servir. Sirvió a personas que estaban equivocadas, que estaban en rebelión contra él, y que eventualmente lo matarían. Pablo entendió bien la mente de su maestro en este punto. La postura de servidumbre refleja el carácter de Cristo. Rompe estereotipos y hace que las barreras caigan. La servidumbre es una característica esencial de un ministerio intercultural eficaz y, paradójicamente, define cómo debemos hacer uso de nuestra libertad en Cristo.

  1. Pablo vivió como aquellos a quienes evangelizó.

Tercero, Pablo se identificó con la gente que estaba tratando de alcanzar y se adaptó a su estilo de vida tanto como pudo sin comprometer la ley de Cristo:

«Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él» (1 Co. 9:20-23).

Si alguna cultura alguna vez tuvo el derecho de considerarse intrínsecamente más sagrada que todas las demás, fue la cultura judía. Pablo ciertamente tenía un «derecho»» a mantener su herencia cultural judía. Al mismo tiempo, Pablo había sido liberado de la carga de la ley. Sin embargo, con los judíos actuó como un judío, y con los gentiles actuó como un gentil. Con los débiles, los que tenían escrúpulos extrabíblicos, vivía dentro de sus escrúpulos. Se convirtió en todas las cosas para todas las personas para que por todos los medios pudiera salvar a algunos. Se identificó con la gente que estaba tratando de alcanzar. Adaptó su estilo de vida al de ellos en cualquier cosa que pudiera impedirles escuchar el evangelio. Valoraba el evangelio más que sus propios derechos, más que su propia comodidad, más que su propia cultura. Si había alguna ofensa en su presentación del evangelio, él quería que fuera la ofensa de la cruz, no la ofensa de lo extraño.

  1. Pablo estaba subordinado a la Escritura.

Cuarto, Pablo permaneció dentro de los límites de la Escritura. En medio de su declaración sobre identificación y adaptación, él inserta un paréntesis muy importante: «no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo» (versículo 21). Aunque estaba libre tanto de la obligación de guardar la ley ceremonial como de la pena de no cumplir perfectamente la ley de Dios, Pablo se consideraba a sí mismo como bajo la autoridad de Dios expresada en su Palabra. Las Escrituras, a través de su teología, cosmovisión, mandamientos y principios, establecieron los límites para su adaptación a las personas a las que estaba tratando de alcanzar.

Lo mismo debe aplicarse a nosotros. Toda cultura humana refleja gracia común, pero cada cultura también refleja la caída. Por lo tanto, no nos adaptamos a lo que contradice la Escritura. La comprensión de Pablo de este principio es clara. Se negó a acomodarse a la «sabiduría» de la cosmovisión helenística popular alrededor de él porque se dio cuenta de que negaba el evangelio en su esencia, a pesar de cuán sofisticado pudiera sonar. De hecho, Pablo nunca toleró la diversidad o el acomodamiento en asuntos de doctrina. No se adaptaba a las prácticas de los profesores itinerantes contemporáneos. Ciertamente no se adaptó a la inmoralidad «aceptable» de la sociedad corintia. La cultura humana y la tradición humana son negociables. La Palabra de Dios no lo es. Nunca.

CONCLUSIÓN

La contextualización es a la vez inevitable y buena. El evangelio puede y debe ser familiar en cada cultura. Debemos identificarnos con quienes estamos tratando de alcanzar y adaptarnos a su cultura, sin importar qué molestias nos cause. Sin embargo, el evangelio también desafía y condena cada cultura en algunos puntos (incluyendo el nuestro). Donde la Biblia traza una línea, nosotros debemos trazar una línea. El objetivo de la contextualización no es la comodidad, sino la claridad. El evangelio nunca será cómodo para cualquier sociedad caída o para cualquier ser humano pecador. Nuestro objetivo es asegurarnos de que no pongamos ningún obstáculo en el camino del evangelio, que el único obstáculo sea la piedra de tropiezo de la cruz y que el significado de esa cruz sea claro para todos.

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Nota del editor: Este artículo es una abreviación de una serie de conferencias que puede leerse en el blog del seminario Southeastern, Between the Times.

Zanet Pratt es Zane Pratt es el Director de Educación Teológica Mundial para el Consejo de Misión Internacional.

Traducido por Kevin Lara, Venezuela.