Clases esenciales: Cristianos en el lugar de trabajo

Cristianos en el lugar de trabajo – Clase 6: Las relaciones: Imitar a Cristo en el lugar de trabajo

Artículo
26.02.2019

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Clase esencial
Cristianos en el lugar de trabajo
Clase 6: Las relaciones: Imitar a Cristo en el lugar de trabajo


Introducción

¿Te gusta tu jefe? ¿Y tus compañeros de trabajo? Lo más difícil acerca de nuestros trabajos puede llegar a ser las personas con quienes se espera que trabajemos. No es como si fueran relaciones insignificantes. Trabajar con gente descuidada, injusta, insensata, despiadada o incompetente puede fácilmente hacer que una semana típica sea dolorosa y frustrante.

No obstante,  seamos honestos. La dificultad que percibimos con nuestros compañeros de trabajo, jefes o empleados a menudo no tiene tanto que ver con ellos como con nosotros. Todos tenemos una tendencia a pensar en nuestros trabajos de manera pecaminosa y egoísta, una tendencia que se extiende no solo a las labores que llevamos a cabo, sino también a aquellos con quienes trabajamos[1].

La cosmovisión bíblica que hemos estado hablando en esta clase desafía y confronta nuestras actitudes pecaminosas hacia nuestros compañeros de trabajo. Nos enseña a pensar en ellos no como obstáculos o rivales, sino como personas, personas creadas a imagen de Dios y amadas por él.  En resumen, nos libera para amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos en un lugar donde el amor suele ser radicalmente escaso: el lugar de trabajo. Y ese será nuestro tema en la mañana de hoy. Hace unas semanas, hablamos acerca de cómo trabajamos finalmente para el Rey Jesús en nuestros trabajos, sin importar quién sea nuestro jefe terrenal. Y que su asignación para nosotros es trabajar de tal forma que demostremos lo increíble que él es. En otras palabras, trabajar para ser considerados como fieles. Con esa base establecida, en la clase de la semana pasada empezamos a estudiar alguna de las implicaciones de esa cosmovisión, respondiendo la pregunta por qué trabajamos. Esta semana veremos otra implicación: cómo servimos a las personas con quienes trabajamos.

Comenzaremos con la mentalidad básica que Jesús nos pide que tengamos para con nuestros compañero de trabajo, y luego veremos cómo eso funciona en nuestro horario como empleados y luego como jefes.

SERVICIO IMPULSADO POR LA FE

Una vez que entiendes que trabajas para Jesús y que tu primera responsabilidad es seguirlo, entonces comprendes que tu trabajo ya no se trata de ti. Tu trabajo se convierte en un escenario en el cual puedes adorar y honrar a Dios. ¿Y adivina qué? La segunda manera más importante de hacerlo, justo después de amar a Dios es amar a otras personas, como Jesús.

Veamos nuevamente ese pasaje familiar en Colosenses a través de un lente un poco más ancho. Pablo escribe estas palabras en Colosenses 3:22-4:1:

«Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís. Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas. Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos».

En resumen: ¡la manera en que tratas a otras personas debería estar influenciada por la vívida comprensión de que Dios está viendo![2]

Ahora bien, cuando Pablo o los otros escritores del Nuevo Testamento hablan acerca de la malvada institución de la esclavitud, reconocemos que hablan de un sistema que de alguna forma está alejado de nuestras actuales relaciones entre empleado y empleador en el lugar de trabajo. Pero los principios que promueven permanecen porque aplican la verdad del evangelio a la raíz del problema, la condición pecaminosa de nuestros corazones.

En este pasaje, Pablo nos desafía a pensar en nuestra responsabilidad como cristianos de servir a quienes ejercen autoridad sobre nosotros. Si eres un empleado, una de las maneras en que estás llamado a honrar a Jesús, es sacrificándote por el bien de otros. Tu jefe es uno de esos otros. Pablo nos insta a obedecer «en todo» a quienes están en autoridad sobre nosotros. Aunque ese mandato ciertamente no incluye cosas pecaminosas, incluye cosas estúpidas. Es posible que tu jefe te asigne tareas que a tu parecer sean básicas, pero a no ser que lo que te pida sea pecaminoso, deberías hacerlo. Además, deberías hacerlo «con corazón sincero, temiendo a Dios». Eso es lo que honrará a Jesús.

Asimismo, tu obediencia realmente no debería tener nada que ver con si tu jefe está viendo o no. ¿Por qué? ¡Porque más importante que eso es el hecho de que Dios te está viendo! Siempre. Sus ojos deberían brindarte más motivación de lo que lo haría una revisión de desempeño trimestral.

Pablo aporta este mismo principio a aquellos que tienen autoridad sobre los demás. Así como un empleado debería recordar que Dios lo está viendo, también debería recordarlo un empleador, capítulo 4, versículo 1. Si tratas a tus empleados de manera irrespetuosa y cruel, ten la seguridad de que tu Jefe en el cielo ve eso. Si los tratas con bondad, gentileza, amor y paciencia, puedes estar seguro de que él también ve eso.

Permíteme resumir esto en una sola frase: Servicio impulsado por la fe. Somos siervos en el lugar de trabajo, independientemente de que seamos jefes o empleados, porque finalmente somos siervos de Cristo. Pero no trabajamos por las recompensas que podemos ver; trabajamos por las recompensas que son invisibles y eternas. Por tanto, trabajamos por fe. Trabajamos como siervos, confiando en que esa postura es siempre correcta simplemente porque Jesús lo dice. Y él nos recompensará por nuestro servicio.

Entonces, ¿qué significa ser un siervo impulsado por la fe en el lugar de trabajo? Podemos identificar varias características de un trabajador cuyo servicio está definido por la fe en Dios y en las buenas noticias del evangelio.

Marca #1: Determinación de no quejarse

Es un testimonio raro y poderoso no quejarse en el trabajo. Las quejas tienden a ser el pensamiento común en el lugar de trabajo. Así que cuando llega alguien que no hace de las quejas su idioma originario, el efecto puede ser sorprendente. Mira lo que Pablo escribe en Filipenses 2:14-16:

«Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo, asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado».

Observa cuidadosamente dónde empieza todo esto, con la exhortación: «Haced todo sin murmuraciones y contiendas». Bastante increíble, ¿cierto? Pero ahora ve dónde termina. ¡Para que resplandezcan «como luminares en el mundo»! ¡«Asidos de la palabra de vida»! Esos son algunos resultados extraordinariamente importantes por hacer algo tan simple como no quejarse.

Nada de esto significa que retener tus quejas sea algo fácil. ¡No lo es! Es increíblemente difícil. Naturalmente queremos que otros sepan cuando nuestras circunstancias son excepcionalmente malas. Pero el servicio impulsado por la fe en el lugar de trabajo está caracterizado por un espíritu de tenaz determinación de no murmurar, ni quejarse.

Marca #2: Sumisión feliz a la autoridad

Siempre que nuestros jefes no nos pidan que pequemos, deberíamos obedecer a aquellos que ejercen autoridad sobre nosotros «con corazón sincero» (Colosenses 3:22), no con una sonrisa falsa y un corazón explotando de rabia.

Es fácil someterse cuando tu jefe es un ejemplo de bondad, respeto y buena voluntad. Pero cuando tu jefe es un completo cretino, arrogante y egocéntrico, la manera en que respondes revela tu corazón, si realmente estás trabajando para Jesús.

[Si es posible, inserta tu propia historia aquí]. Un amigo nuestro una vez trabajó para un jefe que era absolutamente brillante en su profesión. Pero también era codicioso, abrasivo y verbalmente abusivo con sus empleados. Gritaba a sus empleados regularmente por la más pequeña de las infracciones. Hubiera sido fácil para nuestro amigo lanzar una guerra de desgaste en contra de este hombre, desmentirlo frente a sus compañeros y sabotear sus proyectos. En cambio, decidió asumir una perspectiva diferente debido a sus convicciones cristianas. En lugar de contraatacar, decidió «obedecer… con corazón sincero» (Colosenses 3:22) reconociendo que fue Jesús quién lo situó en ese trabajo durante ese momento de su vida y, por tanto, podía «trabajar como para el Señor y no para [un idiota]» (Colosenses 3:23). Trabajó duro en asegurarse de hablar bien de su jefe a otros. Protegió la reputación de su jefe, y siempre trató de demostrarle el mayor respeto. Oró para que el hombre se arrepintiera de sus pecados y confiara en Jesús para salvación.

Lamentablemente, esta historia no tiene un final feliz. El hombre no se convirtió, y no hubo un cambio dramático. Nuestro amigo ni siquiera está seguro de si su jefe llegó a notar su comportamiento. Él no actuó así porque su jefe fuera digno de su buen servicio. ¡Todo lo contrario! Pero Jesús, el Rey, era digno, infinitamente digno.

Si estás luchando con una situación difícil con un jefe o algún compañero de trabajo, intenta esto. Empieza a orar por esa persona todos los días. Ora por su familia, sus relaciones, sus circunstancias y desafíos. Ora para que sea salvo. Ora para que también puedas trabajar para o con él/ella, no solo con resignación, sino con un corazón sincero.

El servicio impulsado por la fe en el lugar de trabajo significa que seremos caracterizados por la sumisión feliz a la autoridad, incluso cuando no es divertido o justo.

Marca #3: Humildad sincera

Más que algunos de nuestros problemas en el trabajo se derivan de la sensación de que algo que se nos ha pedido hacer está por debajo de nosotros. «¡Soy mucho más valioso que eso!». ¿En serio? ¿Qué lugar tiene esa clase de pensamiento en la vida de un cristiano? Después de todo, si somos seguidores de Jesús, ¿no deberíamos esperar encontrarnos haciendo muchas cosas que no son exactamente acordes con nuestro «estatus»? ¿No es eso lo que Jesús hizo? Piensa en cómo Pablo describe la obra de Jesús en Filipenses 2:5-8:

«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».

Sin importar cual sea tu situación, nunca te has rebajado tanto como lo hizo Jesús. La Biblia enseña enfáticamente que los seguidores de Jesús deberían ser personas caracterizadas por una clara humildad. Deberían tener la misma mente que tenía Cristo.

El servicio impulsado por la fe en el lugar de trabajo está caracterizado por una humildad sincera que nos lleva a seguir las pisadas vacías de nuestro Rey.

Marca #4: Competitividad piadosa

Otro problema perenne en el lugar de trabajo proviene de las ambiciones en conflicto. Queremos lo mismo que alguien más quiere, y esto nos obliga a competir con nuestros compañeros de trabajo, a sospechar de nuestros empleados, e incluso a envidiar a nuestros jefes. La ambición enloquece.

Pero el evangelio nos libera de competir de manera impía con nuestros compañeros. Reorganiza y restablece nuestras ambiciones.

¿Esto significa que nunca deberíamos competir contra otros? No. Competir no es algo malo. No. Es que no deberíamos jugar a la manera del mundo, la mentalidad despiadada que dice que la única forma en que puedes ascender es que alguien más descienda. Nuestro objetivo como cristianos es competir y amar a nuestros compañeros de trabajo al mismo tiempo. Gana corriendo más rápido, no derribando a todos tus competidores. Es más, anímalos a correr más rápido también.

El servicio impulsado por la fe significa tener un espíritu de competitividad piadosa, trabajar duro ante el Señor en lugar de derribar a otros.

CONCLUSIÓN: Empleado

Al igual que con muchas de las otras cosas que discutimos en esta clase, no hay ninguna fórmula mágica para lidiar con jefes y compañeros de trabajo difíciles. Pero en ocasiones un cambio de perspectiva puede llevar a un cambio de corazón, lo que cambia todo. Si has estado pensando en tu jefe o compañeros de trabajo como un obstáculo para progresar en tu carrera, ora y pídele a Dios que te ayude a ver a esa persona como alguien a quien Dios quiere que sirvas. Entonces ve y hazlo. Trabaja de buena gana, sin murmurar. Deja de quejarte y voltear los ojos. Sé humilde. Ánimo.

¿QUÉ SIGNIFICA SER UN JEFE CRISTIANO? [3]

Como cristianos, entendemos que la autoridad que poseemos sobre otras personas proviene finalmente de Dios. Y la manera en que la usamos dice algo cierto o falso acerca de su autoridad. «Ama a tu prójimo como a ti mismo» es operativo incluso en la silla del jefe.

Pensemos en esto en términos de seis principios de autoridad que la Biblia nos enseña.

Principio #1: La autoridad proviene de Dios

Dios creó a los seres humanos y les asignó la tarea de gobernar y controlar la tierra. Génesis 1:28 dice: «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra». La percha de la humanidad en la parte superior no era una cuestión de fuerza bruta o inteligencia; fue una concesión divina de autoridad. Así que Adán y Eva debían seguir la dirección de Dios en la forma en que usaban su autoridad. Cultivar el huerto, no destruirlo. Llegaron los animales y debían gobernarlos, no dominarlos cruelmente.

Lo mismo es cierto para cualquier autoridad que Dios te haya dado. No es tuya por derecho, es una concesión divina. Y Dios te la dio para que puedas usarla para el bien de aquellos por debajo de ti, no para servirte a ti mismo. Eso significa que la manera en que ejerces la autoridad comunica al mundo que te rodea cómo es tu Rey. Úsala bien y demostrarás a tus empleados que la autoridad  es finalmente algo bueno, que viene de un Dios que ejerce la autoridad con un amor perfecto y una justicia perfecta. La manera en que ejerces la autoridad realmente dice más sobre el Dios al que sirves que sobre ti.

Principio #2: La autoridad debería servir y bendecir a otros

La Biblia nos enseña en repetidas ocasiones que el ejercicio sabio de la autoridad trae bendición a quienes están bajo ella. La autoridad de José en Egipto le permitió a esa nación resistir siete años de hambre. Nehemías usó su autoridad entre los exiliados que regresaban de Jerusalén para completar el muro que los defendería de sus enemigos. Quizá recuerdes de las últimas palabras de David en 2 Samuel 23. Cuando reflexionaba sobre su larga y trascendental vida, y llegó el momento de llegar a su conclusión final, habló de la bendición de la autoridad benevolente.

Supongo que no eres ni el vice-regente del Faraón ni un rey, pero el principio es el mismo para ti: la autoridad ejercida correctamente trae gran bendición. Cuando usas la autoridad para edificar y no para derribar, para corregir los males y no perpetrarlos, para animar y no aplastar, para trabajar por el bien de otros y no solo por el tuyo propio, el resultado será luz y vida en tu lugar de trabajo. Regresando a las palabras de David: «Habrá un justo que gobierne entre los hombres, que gobierne en el temor de Dios. Será como la luz de la mañana, como el resplandor del sol en una mañana sin nubes, como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra».

¿Así es como describes a tu jefe? Lamentablemente, no hay muchos hombres así en el mundo. Pero los seguidores del Rey Jesús deberían ser algunos de ellos.

Principio #3: La autoridad puede ser abusada

La mayoría de las personas piensan en la autoridad como algo malo y temeroso, un mal necesario. Existe evidencia suficiente para probar que donde hay autoridad, lo más probable es que sea abusada. Así no es cómo Dios diseñó la autoridad, pero a menudo es verdad en un mundo caído. «Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones  se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad» (Mateo 20:25). Desafortunadamente, en un mundo de pecado, ese es el caso con demasiada frecuencia.

Pero observa lo que Jesús dice justo después de eso: «Mas entre vosotros no será así» (Mateo 20:26). Deberíamos rechazar el abuso pecaminoso de la autoridad en el mundo y determinar usarla para el bien, como Dios quiere. Por tanto, cuida tu corazón. Asegúrate de no deslizarte en los patrones del mundo de enseñorearte sobre tus empleados. No uses para propósitos malos y egoístas lo que Dios diseñó como una fuente de luz y vida para otros.

Principio #4: La autoridad debería ser sacrificial

Luego de decirle a sus discípulos lo que la autoridad no es (es decir, enseñorearse sobre la gente), les dice en Mateo 20:26-28 lo que el liderazgo debe ser: «Sino el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos».

Los líderes piadosos sirven a los demás. Cuidan de ellos y trabajan para su bien. El servicio es siempre costoso.  A veces, te costará tus prioridades del día. Te costará tu tiempo limitado. Incluso podría costarte parte del éxito a corto plazo de tu organización. Pero esto es lo que Jesús nos llama a hacer con la autoridad que nos da: sacrificarnos por el bien de otros.

Principio #5: El uso piadoso de la autoridad es motivado por el evangelio y empoderado por la gracia

La única forma en la que sabremos cómo ejercer la autoridad correctamente es imitando a nuestro Rey. Debido a que él se humilló a sí mismo por nuestro bien, somos libres de una concepción de autoridad que solo sabe cómo dominar a los demás. Nuestra identidad y recompensa no están finalmente vinculadas a nuestro desempeño laboral, sino que se encuentran en Cristo. Somos libres de un ejercicio de la autoridad que solo conoce cómo usar a las personas y conducirlos como animales de carga hacia un objetivo. El evangelio nos empodera para honrar a Jesús al amar, servir y bendecir a otros.

Eso no quiere decir que decidamos de alguna manera que los logros no importan. No significa que no podamos estimularnos unos a otros hacia metas en equipo e incluso corregir y reprender a los empleados y compañeros de trabajo cuando no están haciendo el trabajo. Significa que cuando estimulemos a nuestros empleados e incluso cuando los corrijamos, lo hacemos, no pensando en nuestra propia gloria y reputación, sino con amabilidad y una preocupación genuina y amorosa por su bien.

LA PRÁCTICA: ¿CÓMO PUEDES LIDERAR Y GESTIONAR BIEN?

La estrategia más importante para liderar bien es cultivar un corazón que realmente desea hacerlo. No hay un sustituto para el deseo. Si finalmente no te importa cómo lideras, entonces ningún conjunto de tácticas y consejos podrá convertirte en un líder bueno y piadoso. Una vez que hayas cultivado un deseo genuino de liderar de una manera que refleje la autoridad de Jesús, es importante pensar en lo que eso significará mañana en el trabajo. ¿Qué harás diferente? ¿Qué no harás nunca más? No puedo darte todas las respuestas a esas preguntas. Tendrás que reflexionar mucho por tu cuenta, aplicando según tu propia situación los principios que discutimos aquí. Pero quizá pueda ayudarte con algunas ideas que surgieron de mis propios intentos de usar bien la autoridad.

Una idea muy fácil y revolucionaria es orar por aquellos que trabajan contigo. Sin importar si son cristianos o no, ora para que puedan encontrar en su trabajo una alegría, para que no sea una carga para ellos y para que encuentren contentamiento en él. Ora también por sus familias y por cosas específicas que estén sucediendo en las vidas de sus familias. Ora por tus interacciones con ellos, por las áreas de potencial conflicto que puedan surgir. Confiesa si les has hablado cruel y egoístamente o condescendientemente y pídele a Dios que te de un corazón que responda con gracia y amabilidad. Y ora por oportunidades para compartir el evangelio con ellos. ¿Hay mejor manera de amar a tus empleados que orar al Rey específicamente por ellos?

También es útil programar reuniones individuales con tus empleados. Es un poco como discipularlos, no solo (o a veces ni siquiera) como cristianos, sino como trabajadores y personas. Esta es una práctica que Sebastian Traeger describe en su libro El evangelio en el trabajo, él comenzó intentado pasar treinta minutos a la semana con cada persona que dirigía. Quince minutos para que ellos hablaran de lo que se les ocurriera, desde el trabajo hasta la familia, y luego quince minutos para que Sebastian hablara de cosas que él pensaba, normalmente acerca de su trabajo y prioridades, y quizá algunos comentarios constructivos. Todo con la intención de edificarlos como trabajadores y personas. Sí, esto toma tiempo, pero pronto empezarás a ver el fruto de  esta inversión en las vidas de las personas con las que te reúnes.

Puedes desarrollar una relación de mentoreo con uno o más de tus empleados. Muy pocos jefes en el mundo están dispuestos a dedicar el tiempo y esfuerzo que implica servir como mentor a aquellos que vienen detrás de ellos. Los trabajadores jóvenes desean escuchar consejos laborales y la sabiduría de parte de cristianos mayores y con más experiencia que pueden ayudarles a ver cómo el evangelio debería impactar sus vidas en el trabajo. Servir a trabajadores más jóvenes de esa manera no tiene que ser un compromiso de por vida. Acuerda reunirte algunas veces, y luego toma la decisión de continuar o no reuniéndote. Mentorear a alguien de manera profunda es una poderosa oportunidad, no solo para capacitar y preparar a esa persona para una mayor responsabilidad, sino también para modelar una cultura de generosidad que eventualmente puede afectar a toda tu organización.

Conclusión

Lo admito. Dirigir a un grupo de personas ha sido una lucha para mí en el transcurso de los años. En ocasiones he visto a mis empleados como simples medios para mis propios fines. No hace falta decir que esa mentalidad no me ayudaba a demostrarles la buena autoridad de Dios.

Con los años, por la gracia de Dios, he visto algo de crecimiento lento, pero seguro en esta área de mi vida, pero sigue siendo un área de lucha constante. ¿Qué hay de ti? ¿Te esfuerzas por usar tu autoridad para edificar a otros en tu lugar de trabajo? ¿Recuerdas cada día que cualquiera sea la autoridad que poseas, proviene de la mano de tu Rey? ¿Buscas ejercer esa autoridad como él lo haría? ¿O nada de eso realmente pasa por tu mente?

Recuerda que aunque seas el jefe, trabajas para Jesús. Comprométete a ejercer la autoridad que Dios te ha dado de tal manera que tu Rey sea honrado y admirado, incluso entre aquellos con quienes trabajas.

 

[1]Si haces de tu trabajo un ídolo, percibirás a tu jefe como un obstáculo y a tus compañeros de trabajo como rivales. La manera en que percibes y tratas a tus compañeros depende de si están allanando el camino hacia tu objetivo. ¿Tu jefe? Él tiene tu trabajo ¿Tu compañero de trabajo? Él quiere tu trabajo. Y si permaneces inactivo en tu trabajo, tratarás a tu jefe con desprecio y tus compañeros de trabajo se convertirán en grupos de consulta.

La imagen que estamos dibujando aquí es probablemente un poco austera en ambos lados. Nuestros pecados no siempre se hacen tan identificables. Sin embargo, si somos honestos con nosotros mismos, nuestra descripción aquí puede reflejar con precisión el amargo fruto de cualquier idolatría o inactividad que viva en nuestros corazones. Los pensamientos impíos sobre el trabajo conducen a pensamientos impíos sobre nuestros compañeros de trabajo.

[2]Debido a que estamos aplicando este pasaje, que habla acerca la esclavitud, a nuestras relaciones en el lugar de trabajo de hoy, debemos hacer una pausa por un momento y reconocer que es algo incómodo cuando llegamos a lugares en el Nuevo Testamento que parecen tomar la esclavitud como un hecho, en lugar de pedir su inmediato derrocamiento. Esa incomodidad ha llevado a muchas personas a señalar que la esclavitud romana era muy diferente de la esclavitud en el Imperio británico y en los Estados Unidos. Hay algo de verdad en esa afirmación. Existen importantes diferencias históricas entre estas esclavitudes. Sin embargo, el hecho es que la esclavitud romana no era solo una relación normal entre el empleador y el empleado. Era un sistema injusto de trabajo forzado, a menudo cruel y en ocasiones letal.

Podemos preguntarnos por qué los escritores del Nuevo Testamento parecen aceptar la existencia de la esclavitud. Podríamos decir mucho al respecto, y se han escrito muchos libros sobre el tema. Una razón es que el objetivo de Jesús y los apóstoles era simplemente más profundo que la reforma de un sistema social. Estaban enfocados en la raíz del problema: el estado pecaminoso del corazón humano. El hecho es que el sistema injusto no era la raíz del pecado de la esclavitud, y simplemente cambiar el sistema no habría resuelto el problema en ningún sentido a largo plazo. El corazón humano pecador solo encontraría otra forma de oprimir a otros, incluso si el sistema de la esclavitud romana hubiera sido eliminado. Así que eso es a lo que apuntan Jesús y los apóstoles: el corazón humano, en cualquier sistema en el que se encuentre.

[3] El tema del liderazgo ha atraído más la atención del mundo que cualquier otro tema del que hablemos en esta clase. Una búsqueda en Amazon de libros sobre liderazgo arroja 86 000 resultados. Con toda probabilidad, algunos de esos libros serán genuinamente buenos. Dios no ha reservado todas las respuestas sabias y consejos útiles sobre este tema para los cristianos. Varios autores que escriben y hablan acerca del liderazgo dicen algunas cosas genuinamente buenas y útiles: Sé humilde y carismático. Presenta una visión. Inspira a tus seguidores, crea motivación, alinea objetivos, crea equipos. Persevera contra probabilidades colosales. Sé moralmente sencillo. ¡Todo esto son buenos consejos!

Un ejemplo es Jim Collins, autor de Good to Great. La principal diferencia que advierte entre una buena compañía y una excelente es la persona que la dirige. Los líderes de grandes compañías lideran a través de una mezcla paradójica de humildad personal y voluntad profesional. Tienen un profundo compromiso para que la empresa tenga éxito, pero ese compromiso no está relacionado con su propio legado personal o con una cuenta bancaria creciente. Como cristianos, podemos afirmar y aspirar a esa definición de líder. ¡Parece una muy buena, de hecho! Entonces, ¿qué tiene de diferente la imagen de liderazgo que obtenemos de la Biblia?